domingo, 28 de noviembre de 2010

ENSAYO SOBRE EL SILENCIO
Escribe Carlos Sforza*
Santiago Kovadloff es uno de los más destacados ensayistas argentinos. Nació en Buenos Aires en 1942, ciudad en la que reside. Obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura como ensayista en 1992 y en 2000 el Primer Premio de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires. Es Miembro de la Academia Argentina de Letras y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española. A su labor ensayística se agrega su calidad de poeta, de autor de relatos para niños y de traductor.
Ahora acaba de aparecer una nueve edición de su profundo ensayo EL SILENCIO PRIMORDIAL (Emecé, Bs.As., julio de 20l0, 208 p.).
El libro trata del silencio a través de siete capítulos donde se habla de él en la poesía, en el psicoanálisis, en la música, en las matemáticas, en el monaquismo, en la pintura y claro, culmina con el silencio amoroso. Un vasto y profundo panorama para entrar en las profundidades del silencio y desde allí buscar la comprensión de uno mismo y el encuentro con lo profundo del ser a partir del silencio primordial.
Es interesante entrar en el mundo que nos presenta Kovadloff, pero lo es sobremanera para quienes, escritores, nos valemos de la palabras que precisamente pareciera que contradicen el silencio.
En el prólogo, el ensayista se plantea la pregunta de cómo hablar de lo que no puede ser designado. Y a renglón seguido aclara que “lo indesignable, empero, puede ser reconocido”. Sabe, y lo expresa, que el silencio no puede ser atrapado. Pero no obstante ello, agrega que “Se advierte, entonces, que si no tiene objeto discurrir sobre el silencio, ese discurrir tiene, sin embargo, sujeto. Hay, se diría, una imagen sin forma en la que el hombre puede contemplarse sin verse. Es la del silencio primordial (…).
Desde el punto de vista de Kovadloff, el hombre roza la cima de su conformación libre, “cuando llega a saber que las raíces de su misteriosa singularidad se hunden en el silencio”. Reconoce, claro, que al ser un libro personal es una “obra discutible”. Y es bueno que así sea. Porque con su ensayo el autor nos impele a pensar sobre el silencio primordial y a sacar nuestras propias conclusiones. Que se pueda estar de acuerdo con su pensamiento en un todo o en parte, o disentir de él en un todo, es cuestión de cada lector. Kovadloff afirma que para él, meditar es “una aventura mayor”. Y aquí nos remitimos a la bibliografía y citas que hace el autor y que nutren cada uno de los capítulos del libro. Ya Buda sostenía que la manera de llegar al conocimiento de la verdad absoluta era por medio del cuestionamiento y la propia investigación. Y una de las maneras de lograrla, es a través de la meditación.
LA PALABRA Y EL SILENCIO
Cuando en el primer ensayo del libro, Kovadloff habla sobre poesía y silencio, plantea una curiosidad: “que los griegos, que casi todo lo presintieron, no hayan concebido una divinidad del silencio”. Y él, dice que “A esa divinidad del silencio la imagino yo emparentada con Jano: uno de sus rostros vuelto hacia atrás, el otro hacia delante y ambos unidos por un tronco común capaz de recordar el parentesco indisoluble de los contrarios”.
De allí que el pensador pueda decir que “El silencio humano –es sabido- no se expresa sólo mediante la prescindencia de las palabras. También se expresa mediante las palabras de la prescindencia”. Esto que parece un juego de palabras, no es sino la búsqueda de cómo entroncar los contarios. El insondable silencio con la voz poética.
De allí que Kovadloff sostenga que hay una trayectoria del poema: “va del silencio al silencio”. El silencio del que el poema parte al constituirse como poema que “es fruto de una trama verbal”. Es que en el pensamiento del autor está presente encontrar la epifanía del silencio o el silencio de la epifanía. Dice así que el silencio no es el fracaso del lenguaje sino la culminación del lenguaje.
Kovadloff nos habla del oír. ¿Oír qué o a quién? Pone el ejemplo del
Ángel que parece soplarle al oído a San Mateo las palabras que debe escribir en su Evangelio conforme a la obra de Rembrandt de 1661, titulada “El Evangelista Mateo inspirado por el ángel”. Y sostiene que Mateo presta oído no a lo inteligible sino a lo ininteligible. Y al verterlo en el Evangelio no transcribirá lo escuchado, sino que el Ángel lo ha puesto en presencia de algo ininteligible, que sería la inspiración según la mirada del ensayista. Yo, como muchas veces lo he dicho, descreo de la inspiración y creo en la imaginación que crea. Pero en la mirada de Kovadloff, poeta él, está esa inspiración que hace que “desde el contacto con lo indecible se rebota hacia la palabra que intenta reflejar y preservar el efecto de ese encuentro. Poeta es el que sabe iluminar líricamente ese efecto en su escritura”.
OTRAS FORMAS DEL SILENCIO
En los capítulos siguientes el ensayista nos plantea otras formas del silencio. Es sumamente ilustrativo y profundo cuando se sumerge en las profundidades del psicoanálisis, donde el paciente se enfrenta con el silencio de quien lo psicoanaliza. Cita a Liliana Zolty cuando expresa que “Los pacientes siempre dicen la verdad cuando dicen que no tienen nada que decir. Pero para encontrar esa nada que decir hay que hablar”. Ante esta situación, sostiene Kovadloff que el sitio del psicoanalista “será el de quien asume la representación de lo callado”. Y líneas después afirma que “En un primer momento, al encontrarse con el silencio del psicoanalista, el paciente no sospecha que ese silencio constituye una representación, un semblante”.
A través del encuentro paciente-psicoanalista, se produce un reconocimiento de aquél en el silencio de éste. Cuando el paciente retorna a la palabra es porque el silencio la devuelve y “reconfigura al hombre al permitir que se reconozca en su básica condición de carente, en lugar de hacerlo mediante la negación de esa carencia”.
Cuando habla del silencio en la música, sostiene que “el arte de la música no quiere ser sino alusión” En su etimología, nos dice, la palabra remite al juego, a la diversión. Recuerda que “Una de las resonancias más antiguas de la palabra juego (ludus) retrotrae a la idea de la representación efectuada en honor de una divinidad” Y agrega: “Esa ceremonia mayor es en nuestro caso, la música, rito consagratorio de lo indesignable”. Con variadas citas, nos hace entrar en el juego y recupera palabras esenciales de Murena y con cita de Vladimir Jankélevitch expresa que “La música, presencia sonora, es, ella misma, una forma de silencio”.
Asimismo introduce su meditación en el silencio matemático y el silencio en la luz: la pintura. Entra en el campo de lo religioso propiamente dicho cuando reflexiona sobre el silencio monástico. Se vale como apoyatura en escritos de Thomas Merton, el monje trapense, del creador del monaquismo occidental: San Benito de Nursia, de San Juan de la Cruz, de Blas Pascal, de Vicente Fatone, para sacar sus propias conclusiones. “El silencio que lleva a Dios, es entonces, el que implica haber superado la identificación de lo real y lo verdadero con lo doblegable y puramente inteligible. Pero es también el que ha superado el desprecio”.
FINAL
El libro culmina con el silencio amoroso. Es una profunda meditación sobre el silencio en el amor. Recurre a citas de variados pensadores que se han ocupado del tema. Disiente del pensamiento de Schopenhauer y Hegel. Trae sabrosas citas de Gabriel Marcel extraídas de su “Diario Metafísico”, de Emmanuel Lévinas, de Kierkegaard, de Platón, de Ortega y Gasset, del poeta Rainer María Rilke entre otros. Éste como los demás temas abordados a través del silencio, es un capítulo que merece (y necesita) una lectura pausada y reflexiva. Sostiene que “la caricia responde a la convocatoria del silencio primordial. Contesta a lo indecible mediante lo indecible”.
Estamos ante un libro que hace pensar y por ello, tiene un valor agregado. Al interés propio del tema, se suma una permanente actitud reflexiva y de meditación del autor. A la que, se espera, se sume el lector.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

domingo, 21 de noviembre de 2010

TIERRA HOGAR de LAURA PÉREZ
Escribe Carlos Sforza
Hablar de una novela recientemente publicada, y más aún, de la primera novela de una autora que anteriormente nos entregó un poemario, conlleva la responsabilidad de adentrarse en el contenido de la misma que implica también examinar la forma y el tema para lograr aproximarse a una definición más o menos verdadera de la obra.
Laura Pérez, nacida en Distrito Rincón de Nogoyá Sur de Victoria, nos ofrece hoy TIERRA HOGAR (Ediciones Del Castillo, Rosario (S.F.), septiembre de 20l0, 186 págs.) que la presenta como novela y está narrada en tercera persona.
Hay un juego sutil en la presentación de la obra y en el tema. Y lo hay puesto que la narradora habla del personaje central, como una persona a la que ha tomado para mostrar su periplo existencial en momentos cruciales de su vida. Pero, a la vez, ese personaje es la autora misma. De allí que en la contratapa del libro Víctor Elizalde afirme que estamos ante “una novela autobiográfica que más allá de lo estrictamente literario, marca la búsqueda de la Verdad desde el tibio sol que le dio origen”.
Sabemos que definir lo que es una novela hoy en día no es fácil. Se ha ampliado tanto el abanico de sus posibilidades, que es un verdadero río cenagoso en el que caben diversas formas de novelas. De allí que Camilo José Cela haya dicho que novela es aquella obra que debajo del título lleva la palabra “novela”.
Más aún tengo presente lo que escribió hace varios años Luis Alberto Sánchez: “(…) como quiera que uno se coloque frente a la novela, es absolutamente imposible: a) clasificarla o definirla estrictamente, y b) separarla de la vida. Vida presente o pretérita, actualidad o historia, beligerancia o tradición, ella se refleja en la novela. Es su misma sustancia Por lo tanto, la vida es imposible sin su novela”.
En el caso de TIERRA HOGAR pienso que estamos ante una novela que rompe ciertos cánones por su estructura y porque las historias narradas, que al fin de cuentas es una sola y única historia aderezada con diferentes tiempos y momentos que no se conducen lineal y cronológicamente, sino que de una etapa se regresa a otra anterior, y se sitúa en lo que algunos colocan como subgénero de la novela histórica y la llaman novela biográfica. Y, como decía Manuel Gálvez, “Casi siempre la novela biográfica es autobiográfica”.
Podría incluso plantear la cuestión siguiente: ¿es la de Laura Pérez una novela autobiográfica o es una autobiografía novelada?
Debo confesar que lo que podría aventurarme a llamar el esqueleto de la novela que hoy nos entrega Laura, yo la conocí oralmente de boca de la autora, hace algunos años. Y ahora, que la veo plasmada en el libro, advierto que ha logrado una obra que no es pura ficción, sino que es fundamentalmente un testimonio de vida. Testimonio valiente, claro, porque el tema planteado requería de valentía para afrontarlo de esa manera y no perder en ningún momento la esperanza. Es una vida de contratiempos, es un claro enjuiciamiento a instituciones, en este caso, religiosas, encasilladas en parámetros que muchas veces por querer o pretender querer cumplir las leyes internas, matan el espíritu que dio nacimiento a una forma de vida consagrada a través de una orden religiosa. Y también, en el drama infantil, en la enfermedad de la madre, un enjuiciamiento a instituciones de salud que en vez de devolver la cordura en forma de amor, trastocan la personalidad del paciente y aplican métodos reñidos con el respeto al otro, al prójimo, convertido en esas circunstancias, en paciente.
En medio de la trama novelesca, donde aparecen nombres y personas convertidas en personajes, que muchos conocemos, hay un verdadero canto a la vida. Lo trasuntan los poemas que mechan la narración en prosa, la misma prosa que toma vuelos poéticos y además, el temple demostrado por el personaje que no es sino la autora que es presentada, como queda dicho, por la voz del narrador en tercera persona.
En la nómina de novelas biográficas existen tantas variaciones que el crítico peruano Sánchez, afirma que para salvar el escollo conviene incluir como novelas biográficas a las biografías noveladas. Y trasladando esta conclusión a TIERRA HOGAR, yo encuentro que estamos ante una autobiografía novelada, que adquiere los atributos de novela porque tiene una buena estructura, si bien es parca en el uso de los diálogos, logra mostrarnos la vida en la vida de su personaje central, como asimismo en el entorno humano y las comparsas que la acompañan. Es emotivo el tramo en el que nos relata la autora la relación y posterior decepción, con Aníbal. La incógnita que plantea la presencia casi misteriosa de Mario. La fortaleza y fe en Dios de los padres de la protagonista. Las relaciones humanas con sus hermanos, con las alumnas de la escuela de adultos. Y, lo urticante que resulta la vida en la comunidad religiosa, de la cual fue separada sin razones valederas que explicaran esa separación.
Para armar esta autobiografía novelada, Laura Pérez recurre a diversos procedimientos ya sea en los tiempos históricos o en el ensamble de situaciones diversas. Asimismo tiene una prosa poética que habla de una fina sensibilidad. Y al decir esto recuerdo el sonido musical de la casuarina de su casa en el campo, que tiene la belleza de una muy bien trabajada prosa.
Es indudable que de la escritura de Laura Pérez emerge su don de poeta. Y como ha escrito Santiago Kovadloff, “Poeta es, primeramente, no quien sabe emplear el idioma, sino aquel que se muestra apto para desembarazarse del uso corriente del idioma”.
Podría decir que en este libro encontramos muchas contradicciones que se dan en la vida. Pero que esas contradicciones la autora las supera en una dolorosa catarsis que aparece en la obra. Porque, como dijera André Breton en “Los manifiestos del surrealismo”: “Todo hace creer que hay un momento del espíritu en que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de percibirse contradictoriamente”.
En esa misma complejidad del espíritu, es donde, en el libro, Laura Pérez consigue la epifanía de su ser y logra transmitirla en esta promisoria primera novela que no es sino una muestra más de lo que puede la mujer fuerte de que nos habla la Biblia.

sábado, 13 de noviembre de 2010

LA PALABRA ENCANTADA
Escribe Carlos Sforza*
El escritor nicaragüense Sergio Ramírez ha publicado un original y feliz artículo sobre LAS MIL Y UNA NOCHES. Es original puesto que no sólo rescata la palabra de Schehrazada que la salva de morir bajo la orden del califa Schahriar, sino porque también ubica al contador de historias que en el mercado oriental, sobrevive gracias a la palabra. Puesto que, al contar las historias transmitidas oralmente, recibe las monedas suficientes para poder alimentarse y seguir con vida. Y es feliz porque me ha hecho reencontrarme con el libro que he leído en su totalidad y muchas veces fragmentariamente y que siempre nos muestra aspectos no vistos antes y nos encandila con las narraciones encadenadas, con los cuentos orientales, con las alfombras voladoras y los eunucos, con los ladrones y mercaderes, con los que luchan por vivir en medio de las zozobras de las largas caravanas. En fin, me ha devuelto a un mundo lejano y a la vez plagado de aventuras y misterios, de fantasías y de opulencia en la imaginación.
COMIENZO DEL LIBRO
En la edición en español que poseo y tengo a la vista, el libro comienza con “Historia del Rey Schahriar y su hermano el Rey Schahzaman. Es por demás conocida la situación del segundo, engañado por su mujer y que se reitera cuando visita al primero, quien también es engañado por su esposa. Al enterarse y ver con sus propios ojos la traición de su mujer, Schahriar ordena que la maten a ella y a los esclavos y esclavas de la cohorte. Y cómo, desde entonces, el califa Schahriar todos los días se casa con una joven del reino y después de la noche nupcial, la manda matar. Llega a un punto en que todos han huido del reino y es cuando el Califa ordena al gran visir que le busque una joven. Sucede que ya no quedan ya en esos lugares salvo las dos hermosas hijas del visir. Y cuando él les relata lo que le ha pedido el califa y sabe lo que le espera a quien se case con él, Schehrazada pide ser ella la elegida. Ante la aflicción del padre, la lleva y se casa.
VALOR DE LA PALABRA ENCANTADA
La noche de la boda, cuando Schahriar se acercó a la joven desposada, ésta comenzó a llorar y al inquirir la causa el califa, Schehrazada le dijo que quería despedirse de su hermana Doniazada. Accedió el rey e hizo llevar a la joven para encontrarse con su hermana y despedirse. Se abrazaron y Doniazada “dijo entonces a Schehrazada: “¡Hermana, por Alah sobre ti!”, cuéntanos unas historia que nos haga pasar la noche. Y Schehrazada contestó: “De buena gana, y como un debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras.” El rey al oír estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado a escuchar la narración de Schehrazada”.
Y allí comienzan las narraciones, los cuentos, las leyendas, contadas por la joven esposa al rey. Y como la joven mujer conoce todas las historias que se han narrado a través de años y años, aquellas que llegan a través de las narraciones traídas por las caravanas desde países lejanos, las que se transmiten en los mercados diariamente, va hilvanándolas de tal forma, que mantiene la atención, el interés del califa. Porque sin dudas, la joven mujer es una narradora excepcional ya que si el interés del rey decae, su cabeza también caerá cortada por el alfanje del verdugo.
Y no decayó. Durante tres años, en mil y una noches, la palabra encantada de Schehrazada mantuvo atento, cautivado, hipnotizado al rey y se salvó la esposa de seguir la suerte de las anteriores mujeres del califa.
El valor de la palabra está allí, en boca de Schehrazada. Y lo está no sólo por la palabra en sí misma, sino por cómo dice la joven esa palabra. Cómo arma sus relatos y cuentos para atrapar el interés, la atención del marido. Y por esa palabra encantada no sólo salva su cabeza sino hace que el rey se arrepienta y perdone a todas las jóvenes mujeres del reino. El valor de la palabra campea en todo su esplendor y encantamiento en boca de Schehrazada. Es la narración perfecta para conquistar a un severo oyente como era el hasta entonces sanguinario califa.
FINAL DE LAS MIL Y UNA NOCHES
Sucede cuando, transcurridos tres años desde la primera noche, Schehrazada lleva ante el rey a sus tres pequeños hijos y los pone ante él y le dice: “¡Oh rey del tiempo!, he aquí a los tres hijos que en estos tres años te ha reparado el Retribuidor por mediación mía.” Y se escribe en el libro: “Y mientras el rey Schahriar besaba a sus hijos, penetrado de una alegría indecible y conmovido hasta el fondo de sus entrañas, Schehrazada continuó: “Tu hijo mayor tiene ahora dos años cumplidos, y estos dos gemelos no tardarán en tener un año de edad. (¡Alah aleje de los tres el mal de ojo!)”
Viene el arrepentimiento del califa y el reconocimiento a las virtudes de su joven esposa y consecuentemente, el perdón y salvación no sólo de ella sino de todas las mujeres del reino. Y cuando logra dominar un poco su emoción se encara con su esposa y le dice: “¡Oh Schehrazada!, ¡por el Señor de la piedad y de la misericordia que ya estabas en mi corazón antes del advenimiento de nuestros hijos. Porque supiste conquistarme con las cualidades de que te ha adornado tu Creador y te he amado en mi espíritu porque encontré en ti una mujer pura, piadosa, casta, dulce, indemne de toda trapisonda, intacta en todos sentidos, ingenua, sutil, elocuente, discreta, sonriente y prudente. ¡Ah! ¡Alah te bendiga, y bendiga a tu padre y a tu madre y tu raza y tu origen!”
Al fin el hermano del califa se casa con la hermana de Schehrazada y la paz regresó al espíritu del rey y a todos los habitantes del reino. “Y entonces fue cuando los regocijos y las iluminaciones llegaron a su apogeo, y durante cuarenta días y cuarenta noches toda la ciudad comió y bebió y se divirtió a costa del tesoro.”
DE DÓNDE VINO EL LIBRO
Es sabido que “Las mil y una noches” fue traducida en el siglo XVIII. Más concretamente entre 1704 y 1707 en francés gracias a la traducción realizada por el arqueólogo Antonio Galland. Es, se ha dicho, un compendio resultante de un proceso de fusión y de síntesis, puesto que se cree que estos relatos nacieron en la India, de allí pasaron a Persia y de ese lugar a los países árabes. Ello significa que la fusión de relatos orales ha hecho posible que ese portentoso libro que es “Las mil y una noches” llegue hasta nosotros y como en sus comienzos orales, siga deleitándonos. Y, así como Schehrazada logró salvarse y salvar a las jóvenes mujeres, de la muerte física gracias a la palabra armónica, encantada, de la joven en sus relatos nocturnos al califa, también, como analiza Sergio Ramírez, el contador de cuentos de los mercados orientales, se salva por la palabra que sabe decir y no la profana sino que le devuelve lo sagrado que ella tiene. Dice el escritor nicaragüense que, “Ambos, Schehrazada en el palacio del sultán y el narrador callejero en las plazas y los mercados que se gana la vida contando historias, se salvan de la muerte y del hambre por medio de su habilidad con las palabras. Se salvan con la lengua”.
COLOFÓN
Muchas veces he escrito y hablado del valor de la palabra. Y el fabuloso libro de autor anónimo, “Las mil y una noches”, nos muestra claramente el valor de la palabra. En la voz de Schehrazada y en la del contador de cuentos de los miles de mercados donde se reúnen los viandantes del desierto y los mercaderes que regatean. Y ese valor es el que nos hace fuertes porque sabemos que la palabra salva. Pero salva cuando mantiene su sacralidad y su valor y cuando quien la dice, quien la escribe, sabe hacerlo para no traicionarla.

jueves, 28 de octubre de 2010

LA FIESTA PROVINCIAL DE LA POESÍA

Escribe Carlos Sforza
Los días 23 y 24 de octubre se realizó en el Teatro Victoria la Fiesta Provincial de la Poesía. Fue un encuentro al que asistieron más de 80 poetas de toda la provincia, destacándose asimismo la presencia de numerosos poetas de Victoria. En tandas de cuatro expositores por mesa, se realizaron entre la tarde del sábado y la mañana del domingo, las lecturas de los trabados de quienes asistieron a este encuentro anual.
Las palabras de Roberto Romani, Subsecretario de Cultura de Entre Ríos (quien abrió y cerró la Fiesta), del Presidente Municipal César Gracilazo, de la Directora de la Editorial de Entre Ríos Graciela Iannuzzo y del Coordinador de Cultura Municipal Marcelo Salinas, fueron las que se refirieron al evento como responsables de la organización del mismo.
En esa ocasión, el Subsecretario de Cultura de Entre Ríos me entregó El Cimarrón Entrerriano como galardón a la trayectoria en la escritura, el periodismo y la labor cultural.
A mí me tocó hablar sobre el poeta cuyo nombre llevó esta fiesta, Marcelino Román. Por ello, transcribo a continuación lo que expresé.
SEMBLANZA DE MARCELINO ROMÁN
Hace l9 años se realizó en Victoria, en cumplimiento de la Ley 7984, la Quinta Fiesta Provincial de la Poesía organizada por la Municipalidad de Victoria, La Sociedad Argentina de Escritores, Sección Entre Ríos que entonces presidía, la Subsecretaría de Cultura de Entre Ríos y la Editorial de nuestra provincia. Estuvo convocada bajo el nombre de nuestro gran poeta Gaspar L. Benavento.
Hoy, por segunda vez, se realiza en el mismo escenario que la anterior, la Fiesta Provincial de la Poesía. La Municipalidad de Victoria, la Subsecretaría de Cultura de Entre Ríos y colaboradores, bajo el control y la organización de la Coordinación de Cultura municipal, ha denominado a esta Fiesta con el nombre de otro de los grandes poetas de Victoria, que como Gaspar, ha trascendido el lar nativo, se ha insertado en la lírica de la provincia y se ha incorporado a las muchas y buenas voces de la poesía argentina. Se trata de MARCELINO MARIANO ROMÁN.
Marcelino nació en Victoria, en una casa de calles Vélez Sarsfield y Sargento Cabral el dos de junio de l908 y falleció en Paraná en 1981. Siendo un niño, sus padres se trasladaron con él a Villa Ángela, Antelo, y allí cursó parte de la escuela primaria. Él recordó ambos acontecimientos en sendas poesías incluidas en su primer libro CANTAR Y SOÑAR publicado en 1931, a los 23 años de edad y que Marcelino jamás incluyó en su bibliografía pues como lo escribió en el poemario TIEMPO Y HOMBRE: “En Nogoyá, donde nos iniciamos en el periodismo, publicamos en 1931 nuestro primer muestrario de versificación, bajo la influencia de Carrieguito y de Amado Nervo, éste sobre todo, al punto de que un capítulo del volumen estaba integrado por expresiones de acento místico”.
Marcelino Román fue un trashumante hasta que echó raíces en Paraná. Y lo fue puesto que con una autoformación sólida y con la intuición y la experiencia que lo caracterizaban, jovencito emprendió la tarea periodística que como lo expresó, comenzó en Nogoyá, en el diario “El Radical” en1933, en el mismo año en Gualeguay en “El Día”, En 1935 en “Alerta” de Victoria, en Paraná en “Libre Palabra”. Y culminó esa tarea creando en la ciudad capital en 1935 el Círculo de Periodistas de Paraná del que fue Vocal entonces y luego Presidente. Fue el fundador de la página literaria de “El Diario” de Paraná bajo el nombre de Letras, Autores, Ideas, que hasta el día de hoy continúa en el matutino paranaense. Fue un periodista vocacional y lo fue hasta sus últimas consecuencias.
Simultáneamente, Marcelino dedicó su vida a escribir poesía, ensayos, investigaciones sobre el folklore. Así son insoslayables sus libros “Itinerario del Payador”, “Sentido y alcance de los estudios folklóricos”, “Reflexiones y notas sobre poesía y crítica”.
Marcelino sabía lo que quería cuando dedicaba su palabra a la poesía, al verso. Muchas veces se sale de los cánones académicos pues lo mueve la realidad del hombre cotidiano. Como lo mueve la naturaleza y quienes la habitan como lo demuestra con su poemario “Pájaros de nuestra tierra”.
De los versos al estilo más clásico, regresa a lo gauchesco, bajo la influencia de José Hernández, pero actualizando los temas y el lenguaje. Así lo hizo con “Coplas para los hijos de Martín Fierro” y la continuación de esta obra, “Nuevas coplas para los hijos de Martín Fierro” publicada en 1968. El aclara bien cuando expresa en el prólogo a este libro que “No usamos la sextina martinfierrista, sino un molde más sencillo: la cuarteta, que probablemente fue la más frecuentada por los antiguos payadores”.
En las “Anotaciones preliminares” de su poemario “Tiempo y Hombre”, Marcelino hace una especie de raconto sobre sus poemarios anteriores, situando el fondo y la forma que les impuso. Así dice que en “TIERRA Y GENTE quisimos testimoniar nuestra fidelidad al terruño y sus pobladores, y a la vez a nuestros antecedentes campesinos, buscando una poesía criolla, de raigambre popular (…)”. Y agrega que en “PÁJAROS DE NUESTRA TIERRA de igual modo habíamos trabajado la expresión en marco sencillo, a la vez que cumplíamos el propósito de exaltar la libertad y la alegría en el mundo alado” Ya en TIERRRA Y AMOR, el poeta da cabida en su temática a “los árboles, los insectos y los yuyos. Y siempre tuvieron su lugar personas populares, andanzas, oficios”.
En otros poemarios advertimos, como el propio Marcelino lo expresa, su búsqueda de lo universal desde lo regional.
Marcelino Román fue un poeta social, como él mismo lo reconoció en sus escritos, en sus prólogos, en sus charlas y encuentros. Me tocó estar con Marcelino en algún encuentro de escritores y en otras circunstancias de charlas mano a mano. En una oportunidad, y valga la anécdota para poder alcanzar la dimensión humana y fraternal de Marcelino, en ocasión de una visita que hizo a Victoria, me dijo “Hermanito, tenemos que llevar la poesía a los clubes deportivos, a la gente que está en ellos”. Y así conseguí al día siguiente, una tenida poética de Marcelino en el salón del Club Huracán. Leyó y habló de poesías, ante la atención de los habitués, que con un vaso de vino en la mesa, lo siguieron atentamente. Marcelino salió entonces, reconfortado con ese dar su poesía a la gente del pueblo, sin protocolos, con la humildad que lo caracterizaba.
Shelley escribió en su “Defensa de la poesía, que ésta, “la poesía crea un nuevo universo después de haber aniquilado en nuestro espíritu el universo formado por la repetición de chatas impresiones”.
Marcelino Román cultivó esencialmente una poesía social. Pero a la vez, supo adentrarse en varias ocasiones en las formas clásicas, como cuando transita su verbo por el soneto. Era un hombre que no hesitaba en buscar la forma más conveniente para expresarse conforme quería hacerlo, para “crear un nuevo universo” como decía Shelley.
Por eso, en esta Fiesta donde se celebra a la Poesía, quiero concluir con breves versos de Marcelino Mariano Román, que hoy tutela esta reunión, publicados en los Pliegos de Poesía del Club de Letras, en 1971:
EL POETA EN LA TIERRA DE NADIE
Sollozo de la noche viuda y luto
deshilachado por los estallidos.
Pero aún la poesía dará fruto.
Se reunirán los prójimos perdidos.

En el lucero roto de su frente
se adelantan los soles venideros.
En la canción florece, ¡oh siglo veinte!
la rosa de lo rumbos verdaderos.

miércoles, 27 de octubre de 2010

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PREMIO “EL CIMARRÓN ENTRERRIANO” PARA CARLOS SFORZA
En el comienzo de la Fiesta Provincial de la Poesía, el 23 de octubre de 20110, la Subsecretaría de Cultura de Entre Ríos entregó el galardón “El Cimarrón Entrerriano” al escritor Carlos Sforza por su trayectoria en su quehacer periodístico, literario y cultural por la comunidad. Hicieron entrega del Premio el Subsecretario de Cultura entrerriano Licenciado Roberto Romani, el Intendente de Victoria César Gracilazo, la Directora de la Editorial de Entre Ríos Graciela Iannuzzo y el Coordinador de Cultura de la Municipalidad de Victoria Marcelo Salinas.
Se realizó en el Teatro Victoria con asistencia de poetas de toda la provincia y público que asistió al acto. Romani destacó la trayectoria del galardonado y expresó que con el galardón “va el corazón agradecido de todos los entrerrianos”: Por su parte Sforza, al agradecer el premio lo dedicó a su esposa “que hace 51 años que comparte mis sueños, me apoya y me alienta”, a sus hijas, hijos políticos, nietos y bisnieto y al pueblo de Victoria “en el que vivo y del que soy parte”.

lunes, 25 de octubre de 2010

EL 5º CUARTEL CENIZA Y HUMO
Escribe Carlos Sforza
Acaba de presentarse la segunda edición del libro que escribiera Raúl R. Trucco sobre el viejo barrio de Las Caleras. Esta edición ha sido posible gracias al empeño y trabajo de la Sociedad Filantrópica “Terror do Corso” cuyo Comité Ejecutivo integran Leandro Guzmán, Juan Manuel Danielli, Eduardo Cabrera (h) y Ricardo Castillo. El libro tiene en tapa y contratapa valiosas ilustraciones de Gabriel F. Calabrese. Se trata del óleo “El Puerto de las Caleras” (tapa) y el dibujo “Cargando Cal” (contratapa).
Asimismo se han anexado a la obra primitiva el cuento de mi autoría: “El fantasma de la cal” ilustrado con otro valioso óleo de G. Calabrese; “Aquel Quinto que imagino”, breve y sentida estampa de Oscar Lami; Raúl R. Trucco”, semblanza de la actuación del autor del libro por Marcela Trucco y la recuperación y rediseño de todas las fotografías que ilustraron la primera edición, realizada por Juan Carlos Gonzálvez.
La edición, de muy buena factura, fue hecha por Ediciones Del Castillo de Rosario (Santa Fe), impresa en el mes de septiembre de 2010. Tuve a mi cargo la escritura del Prólogo de esta segunda edición, que a manera de comentario del libro, incluyo al pie de este breve comentario.
Debo destacar la labor de la Sociedad Filantrópica “Terror do Corso” que ya reeditó “La de las Siete Colinas” y ahora lo hace con esta obra de Raúl Trucco. Es el puente cultural que nos une con Rosario a través de los victorienses nucleados en dicha sociedad, que no olvidan el terruño sino que mantienen enhiesta la llama de la cultura y el arte a través de la unión física del viaducto y, sobre todo, de la comunión espiritual y cultural con la tradición y el quehacer de nuestra ciudad.
PRÓLOGO
Prologar la segunda edición de “El 5º Cuartel CENIZA Y HUMO” es una tarea grata y gratificante. Grata por lo que el libro y su autor, Raúl Ricardo Truco, significan en el quehacer cultural de Victoria. Gratificante porque releer esta breve obra es reencontrarse con un hermoso trabajo de recuerdos y estampas y, en mi caso, con su autor a través de sus escritos, que era amigo y con quien compartimos muchas tenidas literarias y de su boca escuché muchos cuentos, anécdotas y recuerdos del antiguo barrio de las Caleras.
En su brevísima introducción, Trucco define su libro y dice que “No es ningún trabajo con pretensiones históricas” y agrega más adelante: “Es nada más que una estampa, o mejor, varias estampas. Imprecisas como el humo. Informe como la ceniza”. Acertada presentación de lo que es este libro.
La obra está dividida en dos grandes partes. En la primera hace una reseña histórica, recogida en su gran parte por la tradición oral, de cómo nació el quinto y su desarrollo y final decadencia y cuasi extinción, como representante de sus orígenes de mediados del siglo XIX. La segunda la titula “Acá cerca y no hace tanto” en la que desfilan ocho hermosas estampas de recuerdos, personajes, vivencias de ese lugar emblemático de Victoria que en su extinción dejó un halo de misterio, de fantasmas que andan sueltos por las calles terrosas, por la costa, por la vieja Capitanía y se adentran en las casonas y caleras que, muchas ruinosas, hablan de un pasado que no muere porque la memoria y el olvido se conjugan para que puedan ser recuperadas como lo hace Trucco en sus estampas.
En la historia que narra sobre el nacimiento del 5º Cuartel, Raúl nos habla de la cal que era una de las principales industrias del lugar. Y aclara que el 5º “careció de canteras de piedra caliza. Las hubo en Victoria, pero no precisamente allí. Lo que floreció en este lugar no fue la industria extractiva de la piedra de cal, sino la transformación de ella”. De lo que deduce que esa industria no fue causa “sino consecuencia de la radicación inmigratoria”.
Cuando nos habla de la edificación, encontramos clara su explicación y el por qué de las primeras casas de dos plantas a la usanza europea y luego, su adecuación al clima local con casonas de una sola planta. Por haber oído a sus mayores y por sus vivencias de niño y jovencito, Trucco nos hace entrar en la vida comercial del quinto, en la explotación industrial de la cal, en los productos que salían por el denominado “puerto viejo”, con su Capitanía y lo que también hemos escuchado del trajinar de carros y carretones transportando la piedra caliza al lugar y los troncos de árboles para leña que alimentaban las caleras. Toma datos de diversos periódicos y de la recopilación de “Crónicas victorienses” que eran notas que el corresponsal del diario “La Acción” publicaba en Paraná. Ese casi anónimo corresponsal era el benedictino Padre Bernardo Daguerre, que tenía característica de periodista nato y dirigió varias publicaciones de la Orden de San Benito.
LAS ESTAMPAS
En la segunda parte, Raúl R. Trucco se muestra con una excelente veta para retratar a través de atrapantes estampas, momentos y personajes típicos del 5º Cuartel. Para ello hace uso de muy buenas descripciones, emplea una adjetivación adecuada, no sobrecargada, pero que fortalece el sustantivo al que acompañan, metáforas acertadas. Así describe ese lugar donde vivió su niñez y primera juventud: “Como una cuña detenida por el bracito que impedía una penetración más honda, se extendía un caserío de arquitectura y palpitaciones europeas, con calles polvorientas bajo el sol y barrosas cuando las nubes bajaban hasta su techo”. Habla, describiendo, de “nochecitas de invierno junto al brasero crepitante de chispas de ceniza y fuego” y de “atardeceres de verano con mosquitos y amorosos paraísos florecidos y que se renovaba con las luces de cada advenimiento repetido del sol”. Nos dice de las “caleras con su vientre rojo de fuego y su cabellera de humo despeinándose por días y por semanas”. Los recuerdos fluyen en esta parte del libro para recuperar lo que fue. Como en “El baúl de un inmigrante”, donde se guardaban los pocos recuerdos de la lejana tierra abandonada para llegar a la promisoria patria nueva. Y aparece el autor, en el final, ya que en aquel baúl añoso y lejano había libros y códigos. Esos “códigos que un descendiente alzó un día bajo el brazo para cumplir una vocación de abogado”.
Sus retratos de personajes típicos del viejo quinto, desfilan en estampas de excelente factura Y digo esto porque el autor sabe retratar y sabe utilizar recursos literarios apropiados para hacerlo, como cuando habla de “las chicharras con el tirabuzón de su canto”, o de Freschinou con “su sombrero verdinegro de años”. O de Tinoco con “la respiración agitada de un viejo sin edad”. También cuando hace un retrato moral en “Eran tres”: “Un día la muerte se llevó al más viejo. Se fue don Santos, llevándose consigo la rebeldía de su incipiente socialismo. Después fue don Oreste, encorvado de años y bondad”. Pinta las tertulias en el almacén de Fregaiase, que era el de sus antepasados. Desfilan las abnegadas maestras de la precaria escuela que funcionaba en el lugar. Y un halo de nostalgia, mucho de imaginación, no poco de fantasmas, se ciernen en las páginas que Raúl Ricardo Trucco dedicó a su querido 5º Cuartel. Y quedaron muchas otras figuras y anécdotas que solía contarme y que esperaban ser fijadas en el papel pero que se perdieron en el recuerdo de quienes tuvimos la suerte de escucharlas de boca del autor de este libro.
Es una obra que recupera una parte de nuestro pasado, escrita por quien conoció y vivió parte de ese mundo para muchos misterioso, del viejo barrio de las Caleras. Que algunos hemos rescatado en cuentos y relatos de ficción, pero que, como toda ficción, muestra una verdad. Y otros, como Raúl, lo han hecho con su abrevar en la tradición oral y su propia vivencia en el lugar.
¡Felices los pueblos que no olvidan y saben recuperar sus orígenes! En este caso, de los que vinieron en barco y encallaron en el 5º Cuartel y que se insertan en la historia lugareña gracias a la buena pluma de Raúl R. Trucco.