LA ESCRITURA Y LOS LECTORES
Escribe Carlos Sforza*
Es indudable que toda escritura no es sólo un movimiento solipsista, sino es la expresión de quien la realiza y tiene, a la postre, un probable receptor: el lector.
Borges decía que él era fundamentalmente un lector. Claro que el Borges lector incansable, ha sido sobrepasado por el Borges escritor en cuanto a lo que ha contribuido para acrecentar la literatura universal.
El escritor normalmente no escribe para un lector modelo o ideal. Lo hace sencillamente porque, como queda dicho, necesita expresarse. Esa necesidad no piensa en el posible receptor de lo escrito, sino que lo trasciende y llega (o al menor puede llegar) a la comunidad de los lectores. Umberto Eco escribió que “cuando un texto se produce no para un único destinatario sino para una comunidad de lectores, el autor sabe que será interpretado no según sus intenciones, sino según una compleja estrategia de interacciones que también implica a los lectores, así como a su competencia en la lengua en cuanto patrimonio social”.
Una vez que una narración ficcional, un poema, están escritos y se dan a conocer a través del soporte libro, serán los lectores comunes quienes podrán gozar o no con esa escritura. Y de allí en más, serán ellos los que completen el circuito de la obra literaria, muchas veces con su imaginación, ampliándola.
Ricardo Piglia en su libro “El último lector” sostiene que cuando se interroga sobre qué es un lector, se está ante la pregunta de la literatura. “Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta –pata beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato: inquietante, singular y siempre distinto”.
Es evidente que antes que el lector está el escritor. El que imagina mundos y crea ficciones o poemas que nacen de su interior y los expresa para que haya alguien que pueda llegar a ellos. Ese alguien es el lector. Yo siempre he sostenido que el narrador, el creador de ficciones, recurre a su imaginación (supuesto el don que tiene de ser escritor) para mostrar a través de la escritura, sus relatos sea con cuentos, novelas, fábulas u otras formas expresivas. En “Seis propuestas para el nuevo milenio”, Italo Calvino afirmaba: “Pero hay otra definición en la que me reconozco plenamente, y es la imaginación como repertorio de lo potencial, de lo hipotético, de lo que no es, no ha sido ni tal vez será, pero que hubiera podido ser” (p. 97).
Nosotros, como escritores, podemos pensar después de haber escrito una obra, en los lectores imaginarios que accederán a ella. Pero, una vez liberada la creación a través del libro, corre toda una aventura en busca de esos lectores imaginarios. Sucede muchas veces que quien accede a un libro es una persona que nunca imaginamos. Es un lector ignorado que en un rincón cualquiera del planeta, posó sus ojos sobre nuestra escritura y leyó nuestras creaciones.
A los escritores nos ha pasado más de una vez que, en momentos inesperados, alguien se nos acerque y nos hable de un relato, una novela, un poema de nuestra autoría, que ha leído, y nos comente sobre él.
Esos lectores, imaginados muchas veces por el escritor, son los anónimos que han recibido nuestro mensaje. No hemos escrito para ellos expresamente, sino para la comunidad de lectores. Y esos anónimos son los que nos deparan, al encontrarnos casualmente con ellos, las grandes satisfacciones cuando nos hablan de un libro de nuestra autoría o nos expresan su recuerdo gozoso sobre un cuento que a ellos los impactó de una u otra forma.
PREGUNTA
Siempre he pensado en una pregunta que la he formulado muchas veces y que hoy la reitero a quienes leen esta nota. Es la siguiente: ¿Una obra de arte, en este caso un libro, existe si no tiene un receptor, un lector que la reciba?
No hablo de la parte concreta de esa obra, de su apoyatura. Hablo de lo que desea transmitir el artista que la creó.
Pensemos en una obra de arte perdida en una isla remota o en el fondo del mar, a la que nadie tuvo ni tiene posibilidad de acceder. ¿Existe como obra de arte o no? Es decir, como una creación que debe ser compartida por otro u otros…
Pienso que existe como creación del artista. Pero como una entrega para que otro la comparta no existe. Es como si no hubiera sido creada nunca. Carece de entidad como comunicación para que el posible lector (hablo en concreto del libro) sea el receptor y complete el periplo que tiene toda creación que es una expresión del autor y, a la vez, busca comunicarse y completarse con el lector.
Sin dudas este tema da tela para cortar mucho. Pero es una realidad que se plantea, quizá más teóricamente que realmente, y que busca analizar la función o misión que el libro cumple en el circuito de la cultura. Se podría decir, simplificando la cosa: libro no leído no existe como tal pues carece del término de su circuito: el lector.
Diría que el lector es una parte indispensable en la existencia del libro. Es ese hombre, esa mujer, ese homo sapiens que puede leer y hacerse partícipe, cómplice de la lectura y lograr que las distancias, las diferencias entre la realidad cotidiana y la de la ficción se confundan y sean una.
Para eso, el libro es un elemento necesario, imprescindible. El libro que como ha escrito Piglia, se lee con el ritmo especial de un viaje en tren; o en una estación; o en la soledad de una gruta; o en el Mato Grosso como me dijo un mochilero que había leído uno de mis libros. O, también, como relataba Borges, en la inconmensurable biblioteca total, donde cada libro es un centinela que espera la voz de mando para abrirse y dar las nuevas a quien se acerca a sus páginas.
*Blog del autor: www.hablaelconde.com.ar
jueves, 24 de febrero de 2011
lunes, 14 de febrero de 2011
UN JUGLAR RIOJANO
Escribe Carlos Sforza*
Mi relación con el poeta, cuentista y ensayista riojano Héctor David Gatica, nació en la década del sesenta del siglo pasado. Era cuando se producía la eclosión de una nueva generación de escritores que, si tomamos la década, seríamos los del sesenta.
Por entonces yo dirigía la página CRISOL LITERARIO en el diario victoriense (hoy desaparecido) “Crisol”. Y esa página semanal me puso en contacto con escritores que emergían como yo, en los sesenta y con otros, consagrados que accedieron a incorporar sus nombres a través de sus colaboraciones, en aquella página.
Entre los últimos, estaban Leonardo Castellani. Arturo Cerretani, Fermín Chávez, Pablo Ramella, Luis Gorosito Heredia, Luis Ricardo Furlan, Albertro Luis Ponzo entre otros. De los primeros colaboraban escritores de diversas ciudades y pueblos entrerrianos, de otras provincias como Roberto Jorge Santoro, Marcos Silber, Daniel Barrios, Juan Carlos Distéfano, Osvaldo Guevara, Ferdinando Ricci, Héctor David Gatica…
Precisamente, después de muchos años de no tener contacto directo con Gatica, acaba de enviarme su último libro de poemas. Se trata de EL VIAJE (3ª. Edición, con ilustraciones de Hugo Albarracín, Córdoba, 2010,104 páginas). Lo ha subtitulado “Libro en cinco jornadas -1960-2007-“. Este poeta riojano nació en Villa Nidia, Depto. San Martín en 1935. Ha publicado más de una veintena de libros y, en su larga y fecunda labor, ha recibido importantes distinciones. Así Primer Premio Nacional Fondo Nacional de las Artes en cuento, en dos ocasiones la Faja de Honor de la SADE en género poesía y cuento, la Faja Nacional de Honor de ADEA, Primer Premio Nacional “R. J. Payró” de Gente de Letras. Fue declarado Ciudadano Ilustre de La Rioja y obtuvo el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, entre otras distinciones.
EL VIAJE
Como lo ha subtitulado el autor, el libro está dividido en cinco jornadas: Primera Jornada: Entre zorros y perdices, Segunda Jornada: Esperando la torcaz, Tercera Jornada: Tu amistad ahora, Cuarta jornada: Afanes cotidianos, Quinta Jornada: El viaje.
Gatica que despuntó como poeta a través del libro con su excelente y siempre recordado “Memoria de los llanos” (1961 y que lleva doce ediciones), en EL VIAJE nos muestra poéticamente los pasos de su vida enraizada en el lar nativo y desde allí, proyectada al país y al mundo a través de su canto.
A manera de justificación en una breve página, explica en cierta forma la génesis de la obra y dice: “No he respetado el orden cronológico de los nacimientos. Asimismo, la altura de vuelo no es la misma en todas las jornadas.” Y es así puesto que como allí también lo expresa, el libro es una síntesis de su poesía, que fue escrita durante casi cincuenta años. Por eso no ha respetado estrictamente el nacimiento de cada poema, y por eso también, todos los poemas no tienen la misma altura. Pero, digo yo, tienen sí la calidad y la calidez que un auténtico creador puede darle a su creación
Hay muchas dedicatorias, que es una señal de grandeza y agradecimiento a quienes de una u otra forma, han estado a su lado o han representado instancias cruciales en su vida. Y a propósito de ese racconto poético, recuerdo que en una ocasión, hace muchos años, cuando Gatica era maestro en una escuela perdida en un lugar casi ignorado de La Rioja, me escribió que el último poema que había creado allí, lo debió garabatear en la cacha de su revólver, porque no tenía papel para escribir.
Gajes del oficio de un poeta perdido en la inmensidad de su provincia, alejado de la civilización, pero con una vocación incontenible y una pasión de iguales dimensiones, para expresarse a través de la poesía.
Bien expresa en este sentido libro: “Mi corazón tiene además el latido de los vientos/ y se multiplica al alba” (p.7).Y en el poema siguiente hace alusión metafórica al nacimiento del verso y así dice: “Toda raíz es luz en potencia/ que se desatará en lo alto./ ¿Hasta dónde subirá mi voz/ para decir su nube?” (p. 8).
En el poema “SED” nos muestra su propio ser, su propia existencia en medio de la soledad o de la multitud. Por eso concluye poéticamente con aquello de “Tengo sed/ siempre. Amo la sed.// Debe ser tan triste/ no aprender a morir.” (p. 10).
El acto creador, la misión de un hacedor como Héctor David Gatica, se encuentra en sus propios poemas que son una autobiografía de su poetizar. “Una y otra vez/ no pude sacarlo al viento de sus madrigueras/ por más que me colgué de su cintura.// Pero no lo consideré un motivo/ para tirarme al río.// Al alba se la junta con los pies/ no con las sábanas.” (p.12). Hay en la poesía de Gatica referencias al paisaje y al tiempo riojanos. Así ilumina líricamente el estío: “El verano circula en la resina de los días pegajosos/ y se deshidrata en el cuerpo poroso del calor”. Y en este otro verso: “La siesta es un árbol chorreando sombra”. Esa imagen del árbol que chorrea sombra es un perfecto hallazgo poético del autor.
Hay una actitud de resistencia a través de la poesía, a través de la palabra. Es lo que mantiene vivo al hombre poeta, lo que lo sostiene en medio de las adversidades y lo hace sobrevivir ante el olvido, las ausencias, los dolores. “Escribo/ ¿sabes por qué?/ Por no olvidarte.// No me reproches el tiempo de mis versos/ quiero en algo vivir” (p. 24).
En su poesía, Gatica recurre a comparaciones y metáforas que explican si así se quiere ver, o justifican, si también quieren justificaciones, lo que es la poesía, las alas de la lírica cuando necesita expresarse: “Solo las aves llegan a sus ramas/ o sea lo que vuela/ lo demás se queda aquí, abajo/ lo demás que no tiene el vuelo de las aves.// Las palabras son aves/ cuando alcanzan el don del canto y el vuelo” (p.30).
El poema “DEMASIADA MALEZA” yo lo llamaría poema-metáfora, puesto que nos habla líricamente de la pérdida de la pureza que conlleva la niñez con su inocencia. Y para expresarlo toma la metáfora de la maleza y busca la solución a través de versos que nos hablan de la necesidad de hacernos niños, de recuperar lo lúdico y volver a transitar los caminos de la paz a través de la pureza del corazón.
Todo el libro, en sus cinco jornadas, es el ser mismo, profundo, arraigado a su tierra, del creador que se transparente al expresarse en versos que nacen de su interior y nos entregan parte del ser existente y existencial que es Héctor David Gatica.
Un hermosos reencuentro a través de su poesía, con este poeta que nunca cejó en su hacer y crear porque visceralmente es como puede resistir en una vida que con contratiempos y dolores, con lapsos felices y alegrías, va forjando tramo a tramo y en sus versos nos la transmite con la palabra justa, la palabra que al fin de cuentas, salva.
Escribe Carlos Sforza*
Mi relación con el poeta, cuentista y ensayista riojano Héctor David Gatica, nació en la década del sesenta del siglo pasado. Era cuando se producía la eclosión de una nueva generación de escritores que, si tomamos la década, seríamos los del sesenta.
Por entonces yo dirigía la página CRISOL LITERARIO en el diario victoriense (hoy desaparecido) “Crisol”. Y esa página semanal me puso en contacto con escritores que emergían como yo, en los sesenta y con otros, consagrados que accedieron a incorporar sus nombres a través de sus colaboraciones, en aquella página.
Entre los últimos, estaban Leonardo Castellani. Arturo Cerretani, Fermín Chávez, Pablo Ramella, Luis Gorosito Heredia, Luis Ricardo Furlan, Albertro Luis Ponzo entre otros. De los primeros colaboraban escritores de diversas ciudades y pueblos entrerrianos, de otras provincias como Roberto Jorge Santoro, Marcos Silber, Daniel Barrios, Juan Carlos Distéfano, Osvaldo Guevara, Ferdinando Ricci, Héctor David Gatica…
Precisamente, después de muchos años de no tener contacto directo con Gatica, acaba de enviarme su último libro de poemas. Se trata de EL VIAJE (3ª. Edición, con ilustraciones de Hugo Albarracín, Córdoba, 2010,104 páginas). Lo ha subtitulado “Libro en cinco jornadas -1960-2007-“. Este poeta riojano nació en Villa Nidia, Depto. San Martín en 1935. Ha publicado más de una veintena de libros y, en su larga y fecunda labor, ha recibido importantes distinciones. Así Primer Premio Nacional Fondo Nacional de las Artes en cuento, en dos ocasiones la Faja de Honor de la SADE en género poesía y cuento, la Faja Nacional de Honor de ADEA, Primer Premio Nacional “R. J. Payró” de Gente de Letras. Fue declarado Ciudadano Ilustre de La Rioja y obtuvo el Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, entre otras distinciones.
EL VIAJE
Como lo ha subtitulado el autor, el libro está dividido en cinco jornadas: Primera Jornada: Entre zorros y perdices, Segunda Jornada: Esperando la torcaz, Tercera Jornada: Tu amistad ahora, Cuarta jornada: Afanes cotidianos, Quinta Jornada: El viaje.
Gatica que despuntó como poeta a través del libro con su excelente y siempre recordado “Memoria de los llanos” (1961 y que lleva doce ediciones), en EL VIAJE nos muestra poéticamente los pasos de su vida enraizada en el lar nativo y desde allí, proyectada al país y al mundo a través de su canto.
A manera de justificación en una breve página, explica en cierta forma la génesis de la obra y dice: “No he respetado el orden cronológico de los nacimientos. Asimismo, la altura de vuelo no es la misma en todas las jornadas.” Y es así puesto que como allí también lo expresa, el libro es una síntesis de su poesía, que fue escrita durante casi cincuenta años. Por eso no ha respetado estrictamente el nacimiento de cada poema, y por eso también, todos los poemas no tienen la misma altura. Pero, digo yo, tienen sí la calidad y la calidez que un auténtico creador puede darle a su creación
Hay muchas dedicatorias, que es una señal de grandeza y agradecimiento a quienes de una u otra forma, han estado a su lado o han representado instancias cruciales en su vida. Y a propósito de ese racconto poético, recuerdo que en una ocasión, hace muchos años, cuando Gatica era maestro en una escuela perdida en un lugar casi ignorado de La Rioja, me escribió que el último poema que había creado allí, lo debió garabatear en la cacha de su revólver, porque no tenía papel para escribir.
Gajes del oficio de un poeta perdido en la inmensidad de su provincia, alejado de la civilización, pero con una vocación incontenible y una pasión de iguales dimensiones, para expresarse a través de la poesía.
Bien expresa en este sentido libro: “Mi corazón tiene además el latido de los vientos/ y se multiplica al alba” (p.7).Y en el poema siguiente hace alusión metafórica al nacimiento del verso y así dice: “Toda raíz es luz en potencia/ que se desatará en lo alto./ ¿Hasta dónde subirá mi voz/ para decir su nube?” (p. 8).
En el poema “SED” nos muestra su propio ser, su propia existencia en medio de la soledad o de la multitud. Por eso concluye poéticamente con aquello de “Tengo sed/ siempre. Amo la sed.// Debe ser tan triste/ no aprender a morir.” (p. 10).
El acto creador, la misión de un hacedor como Héctor David Gatica, se encuentra en sus propios poemas que son una autobiografía de su poetizar. “Una y otra vez/ no pude sacarlo al viento de sus madrigueras/ por más que me colgué de su cintura.// Pero no lo consideré un motivo/ para tirarme al río.// Al alba se la junta con los pies/ no con las sábanas.” (p.12). Hay en la poesía de Gatica referencias al paisaje y al tiempo riojanos. Así ilumina líricamente el estío: “El verano circula en la resina de los días pegajosos/ y se deshidrata en el cuerpo poroso del calor”. Y en este otro verso: “La siesta es un árbol chorreando sombra”. Esa imagen del árbol que chorrea sombra es un perfecto hallazgo poético del autor.
Hay una actitud de resistencia a través de la poesía, a través de la palabra. Es lo que mantiene vivo al hombre poeta, lo que lo sostiene en medio de las adversidades y lo hace sobrevivir ante el olvido, las ausencias, los dolores. “Escribo/ ¿sabes por qué?/ Por no olvidarte.// No me reproches el tiempo de mis versos/ quiero en algo vivir” (p. 24).
En su poesía, Gatica recurre a comparaciones y metáforas que explican si así se quiere ver, o justifican, si también quieren justificaciones, lo que es la poesía, las alas de la lírica cuando necesita expresarse: “Solo las aves llegan a sus ramas/ o sea lo que vuela/ lo demás se queda aquí, abajo/ lo demás que no tiene el vuelo de las aves.// Las palabras son aves/ cuando alcanzan el don del canto y el vuelo” (p.30).
El poema “DEMASIADA MALEZA” yo lo llamaría poema-metáfora, puesto que nos habla líricamente de la pérdida de la pureza que conlleva la niñez con su inocencia. Y para expresarlo toma la metáfora de la maleza y busca la solución a través de versos que nos hablan de la necesidad de hacernos niños, de recuperar lo lúdico y volver a transitar los caminos de la paz a través de la pureza del corazón.
Todo el libro, en sus cinco jornadas, es el ser mismo, profundo, arraigado a su tierra, del creador que se transparente al expresarse en versos que nacen de su interior y nos entregan parte del ser existente y existencial que es Héctor David Gatica.
Un hermosos reencuentro a través de su poesía, con este poeta que nunca cejó en su hacer y crear porque visceralmente es como puede resistir en una vida que con contratiempos y dolores, con lapsos felices y alegrías, va forjando tramo a tramo y en sus versos nos la transmite con la palabra justa, la palabra que al fin de cuentas, salva.
viernes, 4 de febrero de 2011
¿PREGUNTA INCÓMODA?
Escribe Carlos Sforza*
Hay una pregunta que algunos escritores y periodistas, consideran incómoda. Es cuando se entrevista a un escritor y se le lanza la interrogación sin más ni más: ¿por qué escribe?
A raíz de esto, ADN Cultura La Nación ha realizado esta pregunta a cincuenta escritores de diversos países y diferentes temáticas. Y las respuestas han sido variadas como variopintos han sido los consultados.
La nota fue redactada por Jesús Ruiz Mantilla del diario “El País” de España y arranca, como no podía ser de otra forma, y como yo lo he hecho muchas veces al hablar de la palabra, del verbo, recordando lo dicho por San Juan en el Comienzo de su Evangelio. Había cosas creadas pero no tenían nombre. Y había que ponerles un nombre. En síntesis, había que darles una identidad para distinguir a una de la otra. Y en el principio era el Verbo y el Verbo estaba y era Dios…
Luego los hombres comenzaron a nombrar las cosas según el mandato de ese Dios. Y así fueron naciendo las palabras que nombraban y daban existencia propia a cada cosa.
El creador, hablo del escritor en este caso, continúa esa primera creación. Se constituye en un cocreador del universo que habitamos. Y no sólo eso, sino que amplía la visión y da entidad propia a otras vidas diferentes de las existentes. En la ficción, crea esas nuevas vidas que quizá no existieron nunca salvo en la imaginación del hacedor. Y de allí en más, comienza a poblar universos nuevos que perviven gracias a la creación de un hombre, el escritor, que supo darles vida propia.
LAS RESPUESTAS
En la encuesta a cincuenta escritores las respuestas son variadas. Algunas ocupan sólo un renglón o menos. Y otras se alargan. Cada escritor da sus razones del por qué escribe. Se enumeran varias de las razones expuestas por los consultados: para amar, para entender, para que nos quieran, para saber, por necesidad, por dinero, por costumbre, para vivir otras vidas, para dar testimonio, por miedo a la soledad, porque es lo único que se sabe hacer más o menos bien…
El novelista Javier Marías, por ejemplo, entre otras cosas responde: “Escribo para no tener jefe y no verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas cosas que sepa hacer y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases que al parecer sí sé hacer (…)”. Y concluye: “Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso”.
Como vemos, la respuesta de Marías es bien sincera y no pone tapujos en sus palabras. Hay quienes escriben para salir de ciertos estados de desánimo o por no sentirse bien. Así lo dice, por su parte, Juan José Millás: “Escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien”. Es como buscar a través de la escritura un remedio a una enfermedad indefinida (o definida). Un acto de defensa de uno mismo frente a la invasión de algo que nos molesta y necesitamos vencer.
Rosa Montero, a su vez, hace algunas buenas elucubraciones sobre los motivos que la llevan a escribir. En su mente fluyen imágenes que se tornan verdadero torbellino y que ella necesita encauzarlas: “Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruzan la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa de la duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias”. Y busca al escribir, dice, un sentido al mal y al dolor aunque en realidad ella sabe que no lo tienen.
Como dije, hay contestaciones de excelentes autores que ocupan apenas un renglón o menos. Pero que en la síntesis dan una respuesta clara, contundente al por qué escriben. Así el caso de Umberto Eco que sencillamente responde: “Porque me gusta”. Qué más se puede agregar a esa confesión del novelista y semiólogo piamontés. Porque me gusta. Simple, contundente y con no poco sentido de humor la respuesta de Eco. También el caso del novelista mexicano Carlos Fuentes que a la interrogación responde con una pregunta: “¿Por qué respiro?” El lector puede sacar muchas consecuencias de la respuesta interrogativa del autor de “La muerte de Artemio Cruz”. Si no se respira no hay vida sino que sobreviene la muerte. La respiración es uno de los actos imprescindibles del ser humano para existir. Y, trasladando la respuesta de Fuentes a la pregunta originaria, tenemos que escribe porque si no, no vive. Así de sencillo, pienso.
Por supuesto que las respuestas tocan diversas cuerdas que hacen a las razones por las que cada creador escribe. Y esas cuerdas muchas veces parecen muy diferentes pero, hilando fino, se encuentran puntos donde se tocan. Porque el acto de escribir puede ser motivado por muchas causas. Cuando se es un escritor no de ocasión, sino de oficio o vocación o como quieran llamarlo, hay una necesidad de escribir que hace uno tome la pluma, se acerque a la máquina de escribir o desde el tecleado se exprese en la pantalla de la computadora, y comience a crear nuevas vidas, mundos surgidos de la imaginación del escritor que se plasmaran en obras que a su vez, trascenderán al autor para andar libres por el mundo de las letras en busca o a la espera de un potencial lector. Pienso que cuando Javier Marías dice que lo que no hace es escribir por necesidad, ha expresado una ironía. Creo que todo escritor lo hace, al escribir, por necesidad. Lo que puede ser el motor de esa necesidad varía, claro. Pero si se es escritor en serio, es decir, por vocación, se escribe por necesidad. Hay algo visceral que nos mueve a escribir. Como hay adicción a la lectura cuando se le ha tomado el gusto a la misma y se torna imprescindible para quien tiene esa adicción.
Para Vargas Llosa “en cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de la lectura que para mí sigue siendo la experiencia máxima, la más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración”. Y rememora la célebre frase de Flaubert: “Escribir es una manera de vivir”. Y agrega que en su caso ha sido eso, de tal manera, afirma, que “no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura”.
Razones que han dado y damos los escritores ante la pregunta por qué escribimos. Hay en la vida opciones que son definitorias de un porvenir: si se opta por la escritura es porque es esa manera de vivir de que hablaba Flaubert y glosa Vargas Llosa. Que no es poco decir. Y que muchos, quizá más de los que se cree, hemos adoptado.
Escribe Carlos Sforza*
Hay una pregunta que algunos escritores y periodistas, consideran incómoda. Es cuando se entrevista a un escritor y se le lanza la interrogación sin más ni más: ¿por qué escribe?
A raíz de esto, ADN Cultura La Nación ha realizado esta pregunta a cincuenta escritores de diversos países y diferentes temáticas. Y las respuestas han sido variadas como variopintos han sido los consultados.
La nota fue redactada por Jesús Ruiz Mantilla del diario “El País” de España y arranca, como no podía ser de otra forma, y como yo lo he hecho muchas veces al hablar de la palabra, del verbo, recordando lo dicho por San Juan en el Comienzo de su Evangelio. Había cosas creadas pero no tenían nombre. Y había que ponerles un nombre. En síntesis, había que darles una identidad para distinguir a una de la otra. Y en el principio era el Verbo y el Verbo estaba y era Dios…
Luego los hombres comenzaron a nombrar las cosas según el mandato de ese Dios. Y así fueron naciendo las palabras que nombraban y daban existencia propia a cada cosa.
El creador, hablo del escritor en este caso, continúa esa primera creación. Se constituye en un cocreador del universo que habitamos. Y no sólo eso, sino que amplía la visión y da entidad propia a otras vidas diferentes de las existentes. En la ficción, crea esas nuevas vidas que quizá no existieron nunca salvo en la imaginación del hacedor. Y de allí en más, comienza a poblar universos nuevos que perviven gracias a la creación de un hombre, el escritor, que supo darles vida propia.
LAS RESPUESTAS
En la encuesta a cincuenta escritores las respuestas son variadas. Algunas ocupan sólo un renglón o menos. Y otras se alargan. Cada escritor da sus razones del por qué escribe. Se enumeran varias de las razones expuestas por los consultados: para amar, para entender, para que nos quieran, para saber, por necesidad, por dinero, por costumbre, para vivir otras vidas, para dar testimonio, por miedo a la soledad, porque es lo único que se sabe hacer más o menos bien…
El novelista Javier Marías, por ejemplo, entre otras cosas responde: “Escribo para no tener jefe y no verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas cosas que sepa hacer y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases que al parecer sí sé hacer (…)”. Y concluye: “Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso”.
Como vemos, la respuesta de Marías es bien sincera y no pone tapujos en sus palabras. Hay quienes escriben para salir de ciertos estados de desánimo o por no sentirse bien. Así lo dice, por su parte, Juan José Millás: “Escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien”. Es como buscar a través de la escritura un remedio a una enfermedad indefinida (o definida). Un acto de defensa de uno mismo frente a la invasión de algo que nos molesta y necesitamos vencer.
Rosa Montero, a su vez, hace algunas buenas elucubraciones sobre los motivos que la llevan a escribir. En su mente fluyen imágenes que se tornan verdadero torbellino y que ella necesita encauzarlas: “Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruzan la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa de la duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias”. Y busca al escribir, dice, un sentido al mal y al dolor aunque en realidad ella sabe que no lo tienen.
Como dije, hay contestaciones de excelentes autores que ocupan apenas un renglón o menos. Pero que en la síntesis dan una respuesta clara, contundente al por qué escriben. Así el caso de Umberto Eco que sencillamente responde: “Porque me gusta”. Qué más se puede agregar a esa confesión del novelista y semiólogo piamontés. Porque me gusta. Simple, contundente y con no poco sentido de humor la respuesta de Eco. También el caso del novelista mexicano Carlos Fuentes que a la interrogación responde con una pregunta: “¿Por qué respiro?” El lector puede sacar muchas consecuencias de la respuesta interrogativa del autor de “La muerte de Artemio Cruz”. Si no se respira no hay vida sino que sobreviene la muerte. La respiración es uno de los actos imprescindibles del ser humano para existir. Y, trasladando la respuesta de Fuentes a la pregunta originaria, tenemos que escribe porque si no, no vive. Así de sencillo, pienso.
Por supuesto que las respuestas tocan diversas cuerdas que hacen a las razones por las que cada creador escribe. Y esas cuerdas muchas veces parecen muy diferentes pero, hilando fino, se encuentran puntos donde se tocan. Porque el acto de escribir puede ser motivado por muchas causas. Cuando se es un escritor no de ocasión, sino de oficio o vocación o como quieran llamarlo, hay una necesidad de escribir que hace uno tome la pluma, se acerque a la máquina de escribir o desde el tecleado se exprese en la pantalla de la computadora, y comience a crear nuevas vidas, mundos surgidos de la imaginación del escritor que se plasmaran en obras que a su vez, trascenderán al autor para andar libres por el mundo de las letras en busca o a la espera de un potencial lector. Pienso que cuando Javier Marías dice que lo que no hace es escribir por necesidad, ha expresado una ironía. Creo que todo escritor lo hace, al escribir, por necesidad. Lo que puede ser el motor de esa necesidad varía, claro. Pero si se es escritor en serio, es decir, por vocación, se escribe por necesidad. Hay algo visceral que nos mueve a escribir. Como hay adicción a la lectura cuando se le ha tomado el gusto a la misma y se torna imprescindible para quien tiene esa adicción.
Para Vargas Llosa “en cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de la lectura que para mí sigue siendo la experiencia máxima, la más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración”. Y rememora la célebre frase de Flaubert: “Escribir es una manera de vivir”. Y agrega que en su caso ha sido eso, de tal manera, afirma, que “no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura”.
Razones que han dado y damos los escritores ante la pregunta por qué escribimos. Hay en la vida opciones que son definitorias de un porvenir: si se opta por la escritura es porque es esa manera de vivir de que hablaba Flaubert y glosa Vargas Llosa. Que no es poco decir. Y que muchos, quizá más de los que se cree, hemos adoptado.
jueves, 27 de enero de 2011
DE CASAS Y MISTERIOS
La Sociedad Filantrópica "Terror do Corso" tiene programada la reedición de un nuevo libro para este año. Se trata de DE CASAS Y MISTERIOS, cuentos de CARLOS SFORZA, que fuera editado en 1978 por Ediciones Castañeda de Buenos Aires.
Para esta reedición, la mencionada Sociedad prevé que la tapa y los cuentos lleven ilustraciones del plástico Gabriel Calabrese.
Este libro (agotado) mereció el Primer Premio de la Dirección de Cultura de Entre Ríos, en el Concurso Mejor Obra Édita, género cuento, otorgado por un jurado integrado por Julieta Gómez Paz, Juan Carlos Ghiano y Delfín L. Garasa.
Varios de los cuentos que integran el volumen son materia que se lee y estudia en las escuelas de Victoria y otros puntos del país. De allí que esta reedición haya sido recibida con alegría por muchos docentes y lectores de las ficciones de Carlos Sforza.
Originalmente se espera que la obra se presente para el 13 de mayo próximo en el Hotel SOL VICTORIA de la ciudad homónima de Entre Ríos, como cierre del bicentenario de Victoria, que se inició el 13 de mayo ppdo.
Es éste, sin dudas, un nuevo y valioso aporte de la Sociedad Filantrópica "Terror do Corso" en su tarea de difundir la cultura a través de actos y libros como el que aparecerá este año.
Para esta reedición, la mencionada Sociedad prevé que la tapa y los cuentos lleven ilustraciones del plástico Gabriel Calabrese.
Este libro (agotado) mereció el Primer Premio de la Dirección de Cultura de Entre Ríos, en el Concurso Mejor Obra Édita, género cuento, otorgado por un jurado integrado por Julieta Gómez Paz, Juan Carlos Ghiano y Delfín L. Garasa.
Varios de los cuentos que integran el volumen son materia que se lee y estudia en las escuelas de Victoria y otros puntos del país. De allí que esta reedición haya sido recibida con alegría por muchos docentes y lectores de las ficciones de Carlos Sforza.
Originalmente se espera que la obra se presente para el 13 de mayo próximo en el Hotel SOL VICTORIA de la ciudad homónima de Entre Ríos, como cierre del bicentenario de Victoria, que se inició el 13 de mayo ppdo.
Es éste, sin dudas, un nuevo y valioso aporte de la Sociedad Filantrópica "Terror do Corso" en su tarea de difundir la cultura a través de actos y libros como el que aparecerá este año.
miércoles, 26 de enero de 2011
LA NOVELA POLICIAL
Escribe Carlos Sforza*
Siempre he sido un consecuente lector de la novela y el cuento policiales. Desde mi adolescencia, como lo he registrado en otras ocasiones, fui un verdadero “consumidor” de novelas policiales. Es claro que no existían entre nosotros los medios audiovisuales (salvo el cinematógrafo) y, junto a los relatos policiales, las tiras de historias ilustradas en los diarios de entonces y las revistas también ilustradas, nutrían las apetencias juveniles.
Mi iniciación en las novelas policiales fue a través de las historias de Sir Arthur Conan Doyle con el detective privado Sherlock Holmes y su fiel ayudante el Dr. Watson, eran leídas con inusitado interés y placer.
El TIPO DE NOVELA PREFERIDO
Para mi gusto, quizá porque me inicié con la novela inglesa (traducida, claro), el tipo de novela policial que me ha apasionado es el de la deducción, el análisis, seguidos por la acción. Ello significa que prefiero el personaje central del tipo de Auguste Dupin, la inolvidable creación de Edgar Allan Poe, a la novela denominada “negra” donde los investigadores, privados o de la policía y los criminales hacen gala excesiva de la fuerza, el maltrato, las trompadas y el uso indiscriminado de ametralladoras.
Recordemos que Poe puso a Dupin como el gran razonador en sus relatos policiales “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada”.
Conan Doyle toma a un Sherlock Holmes misántropo, con cierta adicción a la morfina, con descansos en la música de su violín, con sus caracterizaciones para encontrar a los asesinos (como en “El sabueso de los Baskerville”), y ese personaje que utiliza la observación y la deducción para resolver los casos que se le presentan, deambula por los relatos del autor inglés y es un verdadero gozo leer sus aventuras.
Más cercano a nosotros, Gilbert Keith Chesterton, otro autor inglés, nos pone en escena al Padre Brown, un sacerdote insignificante en su aspecto pero con una mente brillante. Y los cuentos de Chesterton son un deleite para quien ama el relato policial. Jorge Luis Borges escribió en la revista SUR en julio de 1936 que “Chesterton, en las diversas narraciones que integran la Saga del Padre Brown y las de Gabriel Gale el poeta y las del Hombre Que Sabía Demasiado (…) presenta un misterio, propone una aclaración sobrenatural y la reemplaza luego, sin perdida, con otra de este mundo. Sus diálogos, su modo narrativo, su definición de los personajes y los lugares, son excelentes”. Efectivamente, los relatos policiales de G. K. Chesterton son un compendio de perfección en cuanto a las características de los personajes, a la ambientación de las secuencia narrativas y a la descripción de los ambientes.
A estos autores podríamos agregarle los nombres de Agatha Christie y su detective Hércules Poirot y Miss Marple, en novelas como “Asesinato en el Orient Express”
y “Muerte en el Nilo” y de Georges Simenon creador del inolvidable inspector Maigret protagonista de obras como “El crimen del inspector Maigret”, “El testamento de Donadieu” y “Maigret y el vendedor de vinos” entre otros.
EN LA ARGENTINA
En nuestro país hay una tradición de relatos policiales, muchas veces ignorados u olvidados por los lectores. Recordemos que el propio Jorge Luis Borges junto a su amigo Adolfo Bioy Casares son los creadores de un personaje llevado al libro y que desde su lugar, sin moverse, descubre y desenreda intricados problemas policiales. Se trata de don Isidro Parodi creado por la imaginación trabajando en conjunto de los dos escritores mencionados que firmaron los relatos como H. Bustos Domecq, tal el caso de “Seis problemas para don Isidro Parodi” o “Un modelo para la muerte” firmado con el seudónimo de B. Suárez Linch. No podemos olvidar que ambos escritores crearon en 1945 en EMECÉ la colección “El séptimo círculo” en la que seleccionaron y publicaron una serie de grandes novelas policiales de autores de diferentes nacionalidades. Comenzó esa recordada y valiosa colección con la novela de Nicholas Blake, “La bestia debe morir”. El nombre del autor es el seudónimo del poeta inglés Cecil Day Lewis y sobre este autor de novelas policiales escribió Howard Haycraft que “Es de los pocos escritores que concilian la excelencia literaria con el arte de urdir misterios perfectos. Trátase de un maestro del género policial”. Gracias a esa recordada colección creada por Borges y Bioy Casares pudimos acceder a obras, entre otros, de James M. Cain con “El cartero llama dos veces”, John Dickson Carr con “Hasta que la muerte nos separe”, Vera Caspary con “Laura”, Patrick Quentin con “Enigma para actores”.
También es imprescindible citar a Leonardo Castellani, prolífico autor de ensayos filosóficos y teológicos, de novelas y, a ello debemos sumarle las fábulas y, lo que hace a esta nota, los relatos policiales. Y en estos últimos la creación del personaje central: el padre Metri. El propio Castellani en una entrevista sostiene que ese personaje está inspirado en el padre Brown de Chesterton. Y agrega: “Ahora, del padre Metri yo inventé muchos cuentos y otros son verídicos, contados por mi tío Félix cuando yo era chico. Porque el padre Metri es una cosa histórica, existió. Se llamaba Hermete Constanzi y lo empezaron a llamar Metri como su fuera Demetrio”
Otro de los autores de relatos policiales de calidad, poco difundido entre nosotros, es Adolfo Pérez Zelaschi uno de nuestros excelentes autores policiales, creador del policía jubilado Leoni, protagonista de innumerables relatos del autor argentino. Su libro “Con arcos y ballestas” es una prueba de su calidad y de la labor de Leoni para resolver problemas criminales. Aparte de ese hermoso libro, Pérez Zelaschi, entre otras obras, publicó “El caso de la muerte que telefonea”, “Divertimento para revólver y piano”, “Mis mejores cuentos policiales”. Fue Miembro de la Academia Argentina de Letras y recibió las más altas distinciones nacionales y el premio de Plaza y Janés por su novela “Nicolasito”.
Los relatos policiales, cuando tienen calidad, son una lectura que atrapa, apasiona y
hace gozar al lector. De allí, quizá, nazca también y en gran medida, mi adicción por ellos.
Escribe Carlos Sforza*
Siempre he sido un consecuente lector de la novela y el cuento policiales. Desde mi adolescencia, como lo he registrado en otras ocasiones, fui un verdadero “consumidor” de novelas policiales. Es claro que no existían entre nosotros los medios audiovisuales (salvo el cinematógrafo) y, junto a los relatos policiales, las tiras de historias ilustradas en los diarios de entonces y las revistas también ilustradas, nutrían las apetencias juveniles.
Mi iniciación en las novelas policiales fue a través de las historias de Sir Arthur Conan Doyle con el detective privado Sherlock Holmes y su fiel ayudante el Dr. Watson, eran leídas con inusitado interés y placer.
El TIPO DE NOVELA PREFERIDO
Para mi gusto, quizá porque me inicié con la novela inglesa (traducida, claro), el tipo de novela policial que me ha apasionado es el de la deducción, el análisis, seguidos por la acción. Ello significa que prefiero el personaje central del tipo de Auguste Dupin, la inolvidable creación de Edgar Allan Poe, a la novela denominada “negra” donde los investigadores, privados o de la policía y los criminales hacen gala excesiva de la fuerza, el maltrato, las trompadas y el uso indiscriminado de ametralladoras.
Recordemos que Poe puso a Dupin como el gran razonador en sus relatos policiales “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada”.
Conan Doyle toma a un Sherlock Holmes misántropo, con cierta adicción a la morfina, con descansos en la música de su violín, con sus caracterizaciones para encontrar a los asesinos (como en “El sabueso de los Baskerville”), y ese personaje que utiliza la observación y la deducción para resolver los casos que se le presentan, deambula por los relatos del autor inglés y es un verdadero gozo leer sus aventuras.
Más cercano a nosotros, Gilbert Keith Chesterton, otro autor inglés, nos pone en escena al Padre Brown, un sacerdote insignificante en su aspecto pero con una mente brillante. Y los cuentos de Chesterton son un deleite para quien ama el relato policial. Jorge Luis Borges escribió en la revista SUR en julio de 1936 que “Chesterton, en las diversas narraciones que integran la Saga del Padre Brown y las de Gabriel Gale el poeta y las del Hombre Que Sabía Demasiado (…) presenta un misterio, propone una aclaración sobrenatural y la reemplaza luego, sin perdida, con otra de este mundo. Sus diálogos, su modo narrativo, su definición de los personajes y los lugares, son excelentes”. Efectivamente, los relatos policiales de G. K. Chesterton son un compendio de perfección en cuanto a las características de los personajes, a la ambientación de las secuencia narrativas y a la descripción de los ambientes.
A estos autores podríamos agregarle los nombres de Agatha Christie y su detective Hércules Poirot y Miss Marple, en novelas como “Asesinato en el Orient Express”
y “Muerte en el Nilo” y de Georges Simenon creador del inolvidable inspector Maigret protagonista de obras como “El crimen del inspector Maigret”, “El testamento de Donadieu” y “Maigret y el vendedor de vinos” entre otros.
EN LA ARGENTINA
En nuestro país hay una tradición de relatos policiales, muchas veces ignorados u olvidados por los lectores. Recordemos que el propio Jorge Luis Borges junto a su amigo Adolfo Bioy Casares son los creadores de un personaje llevado al libro y que desde su lugar, sin moverse, descubre y desenreda intricados problemas policiales. Se trata de don Isidro Parodi creado por la imaginación trabajando en conjunto de los dos escritores mencionados que firmaron los relatos como H. Bustos Domecq, tal el caso de “Seis problemas para don Isidro Parodi” o “Un modelo para la muerte” firmado con el seudónimo de B. Suárez Linch. No podemos olvidar que ambos escritores crearon en 1945 en EMECÉ la colección “El séptimo círculo” en la que seleccionaron y publicaron una serie de grandes novelas policiales de autores de diferentes nacionalidades. Comenzó esa recordada y valiosa colección con la novela de Nicholas Blake, “La bestia debe morir”. El nombre del autor es el seudónimo del poeta inglés Cecil Day Lewis y sobre este autor de novelas policiales escribió Howard Haycraft que “Es de los pocos escritores que concilian la excelencia literaria con el arte de urdir misterios perfectos. Trátase de un maestro del género policial”. Gracias a esa recordada colección creada por Borges y Bioy Casares pudimos acceder a obras, entre otros, de James M. Cain con “El cartero llama dos veces”, John Dickson Carr con “Hasta que la muerte nos separe”, Vera Caspary con “Laura”, Patrick Quentin con “Enigma para actores”.
También es imprescindible citar a Leonardo Castellani, prolífico autor de ensayos filosóficos y teológicos, de novelas y, a ello debemos sumarle las fábulas y, lo que hace a esta nota, los relatos policiales. Y en estos últimos la creación del personaje central: el padre Metri. El propio Castellani en una entrevista sostiene que ese personaje está inspirado en el padre Brown de Chesterton. Y agrega: “Ahora, del padre Metri yo inventé muchos cuentos y otros son verídicos, contados por mi tío Félix cuando yo era chico. Porque el padre Metri es una cosa histórica, existió. Se llamaba Hermete Constanzi y lo empezaron a llamar Metri como su fuera Demetrio”
Otro de los autores de relatos policiales de calidad, poco difundido entre nosotros, es Adolfo Pérez Zelaschi uno de nuestros excelentes autores policiales, creador del policía jubilado Leoni, protagonista de innumerables relatos del autor argentino. Su libro “Con arcos y ballestas” es una prueba de su calidad y de la labor de Leoni para resolver problemas criminales. Aparte de ese hermoso libro, Pérez Zelaschi, entre otras obras, publicó “El caso de la muerte que telefonea”, “Divertimento para revólver y piano”, “Mis mejores cuentos policiales”. Fue Miembro de la Academia Argentina de Letras y recibió las más altas distinciones nacionales y el premio de Plaza y Janés por su novela “Nicolasito”.
Los relatos policiales, cuando tienen calidad, son una lectura que atrapa, apasiona y
hace gozar al lector. De allí, quizá, nazca también y en gran medida, mi adicción por ellos.
lunes, 17 de enero de 2011
LAS APOSTILLAS DE UMBERTO ECO
Escribe Carlos Sforza*
Después de haber publicado su novela “El nombre de la rosa”, el escritor italiano Umberto Eco escribió en la revista Alfabeto en 1983, su “Apostillas a El nombre de la rosa”. Posteriormente este breve estudio sobre la gestación y escritura de la novela, fue publicado en forma de libro. He releído esta obra que poseo en su traducción al español por Ricardo Pochtar, de Ediciones de la Flor, del año 1987.
Es sumamente interesante leerlo puesto que en esta breve obra de 84 páginas, Eco relata como fue gestada y sobre todo, lo que él, que es un semiólogo notable, piensa desde su perspectiva de novelista sobre la novela en general y “El nombre de la rosa” en particular. Y, obviamente, para quienes transitamos por la creación de obras de ficción, los aportes de un colega de la talla de Umberto Eco nos resultan de mucho interés.
LA INSPIRACIÓN
Siempre he sostenido que no creo en la inspiración sino en la imaginación para crear ficciones. Ese rapto de inspiración del que algunos suelen hablarnos, para mí y por mi experiencia, no existe. Eco opina lo mismo. Expresa textualmente: “Miente el autor cuando dice que ha trabajado llevado por el rapto de la inspiración.(…) Cuando el escritor (o el artista en general) dice que ha trabajado sin pensar en las reglas del proceso, sólo quiere decir que al trabajar no era consciente de su conocimiento de dichas reglas. Aunque sería incapaz de escribir la gramática de su lengua materna, el niño la habla a la perfección. Pero el conocimiento de las reglas no es privativo del gramático: el niño las conoce muy bien, aunque no sepa que las conoce. El gramático sólo es aquel que sabe por qué y cómo el niño conoce la lengua”.
Precisamente el creador de ficciones no procede por un impulso irresistible que lo lleva a escribir, poseído por el famoso rapto de la inspiración. No. El creador de ficciones pone en juego su imaginación y escribe, quizá páginas y páginas sin detenerse, movido precisamente por la necesidad de expresar lo que quiere contar, lo que desea narrar para que alguien, el lector potencial, pueda luego sumergirse en sus historias para gozarlas o rechazarlas si no están bien contadas. Eco diferencia el hecho de que el escritor pueda luego contar como ha hecho su obra y otra es el probar que se ha escrito bien. Y cita a Poe cuando el autor de “El gato negro” decía que “una cosa es el efecto de la obra, y otra el conocimiento del proceso”.
De allí que la imaginación juegue un papel decisivo en la confección de una novela. Pues en cada escritor existe un creador que reescribe libros ya anteriormente escritos. Con una impronta propia, con un estilo (para decirlo de alguna manera) propio. Hay, como sostiene el autor de “El nombre de la rosa”, un eco de intertextualidad en cada nuevo libro que se crea. Afirma, en consecuencia, que “Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes”. Y agrega más adelante: “Descubrí, pues, que una novela no tiene nada que ver, en principio con las palabras. Escribir una novela es una tarea cosmológica, como la que se cuenta en el Génesis (Ya decía Woody Allen que los modelos hay que saber elegirlos)”.
LO COSMOLÓGICO
Cada novela es un mundo. De allí el sentido y carácter cosmológico que tiene. “La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas” dice Eco. Y para construir ese mundo se necesita mucha imaginación. Imaginación que estará al servicio del mundo que se desea crear. Al fin, el fabulador es un creador, un hacedor. Es claro que no todo es moverse discrecionalmente, sin límites, porque el resultado sería un caos. Umberto Eco afirma que “Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. (…) En narrativa los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso. Pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas”. Y para ello es de suma importancia e insoslayable, que la historia que se cuenta sea verosímil para el receptor, es decir, para quien se convierte en lector u oyente de la historia. Y allí entra en juego la calidad del escritor. Que debe saber contar de tal forma que lo irreal, lo fabuloso, sea verosímil y atrape la atención de quien recibe lo que se le narra.
EL DIÁLOGO
En su “Apostillas…”, el escritor piamontés hace referencia expresa al planteo que se hizo al escribir su novela: el diálogo. Dice que las conversaciones a él le planteaban muchas dificultades y las resolvió escribiendo. El diálogo que parece una cosa sencilla, no lo es tanto al momento de escribir. De allí que mucha novelas carezcan prácticamente de diálogos o sean avaras en el uso de ellos.
Hugo Wast decía que “Nada es más viviente que el diálogo y nada más difícil de transportar a las páginas inmóviles de un libro”. Y también sostenía que “El diálogo pone ante nuestros ojos varios tipos a la vez, y los pintas mejor que una larga descripción, porque nos muestra sus almas, si está conducido por las manos de un artista”.
Eco afirma que los artificios de que se vale el narrador para ceder la palabra a los distintos personajes, “es un tema poco tratado en las teorías de la narrativa”. Y es verdad que el tema es de tener muy en cuenta a la hora de ponerse a crear una novela. Porque los diálogos bien ubicados en la estructura novelesca, dan un sabor muy especial a la narración.
DIVERSIÓN, INTRIGA, AMENIDAD
Al escribir “El nombre de la rosa” Eco dice que quería que el lector se divirtiese. Aclara que divertir no significa “desviar de los problemas”. Y a la postre, la novela que divierte, hace que el lector aprenda. Afirma que “Unas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras que aprende algo sobre el lenguaje. Pero siempre aprende”.
Para ello retoma las controversias planteadas desde 1965 a la fecha de su “Apostillas…” y lo que la llamada posmodernidad aportó en su momento. Se volvió a la intriga en la novela y a ello se le sumó la amenidad. Y con no poca ironía sostiene que el significado de la posmodernidad retrocedió en el tiempo, aplicándoselo a escritores anteriores y “como sigue deslizándose, la categoría de lo posmoderno no tardará a llegar hasta Homero”.
Ante lo que llama el chantaje del pasado y la destrucción de ese pasado pretendida por cierta vanguardia, Eco dice que “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio-, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Y para ilustrarlo nos dice: “Véase lo que sucede con Joyce. El Retrato es la historia de un intento moderno. Dublinenses, pese a ser anterior, es más moderno que el Retrato. Ulises está en el límite. Finnegans Wake ya es posmoderno, o al menos inaugura el discurso posmoderno; para ser comprendido, exige, no la negación de lo ya dicho, sino su relectura irónica”.
En esta relectura de “Apostillas a El nombre de la rosa”. Umberto Eco me ha deparado un momento de placer y, a la vez, me ha hecho reflexionar sobre lo que muchas veces he vivido, y es el hecho de saber, conocer, sentir lo que es ser un escritor de novelas.
Escribe Carlos Sforza*
Después de haber publicado su novela “El nombre de la rosa”, el escritor italiano Umberto Eco escribió en la revista Alfabeto en 1983, su “Apostillas a El nombre de la rosa”. Posteriormente este breve estudio sobre la gestación y escritura de la novela, fue publicado en forma de libro. He releído esta obra que poseo en su traducción al español por Ricardo Pochtar, de Ediciones de la Flor, del año 1987.
Es sumamente interesante leerlo puesto que en esta breve obra de 84 páginas, Eco relata como fue gestada y sobre todo, lo que él, que es un semiólogo notable, piensa desde su perspectiva de novelista sobre la novela en general y “El nombre de la rosa” en particular. Y, obviamente, para quienes transitamos por la creación de obras de ficción, los aportes de un colega de la talla de Umberto Eco nos resultan de mucho interés.
LA INSPIRACIÓN
Siempre he sostenido que no creo en la inspiración sino en la imaginación para crear ficciones. Ese rapto de inspiración del que algunos suelen hablarnos, para mí y por mi experiencia, no existe. Eco opina lo mismo. Expresa textualmente: “Miente el autor cuando dice que ha trabajado llevado por el rapto de la inspiración.(…) Cuando el escritor (o el artista en general) dice que ha trabajado sin pensar en las reglas del proceso, sólo quiere decir que al trabajar no era consciente de su conocimiento de dichas reglas. Aunque sería incapaz de escribir la gramática de su lengua materna, el niño la habla a la perfección. Pero el conocimiento de las reglas no es privativo del gramático: el niño las conoce muy bien, aunque no sepa que las conoce. El gramático sólo es aquel que sabe por qué y cómo el niño conoce la lengua”.
Precisamente el creador de ficciones no procede por un impulso irresistible que lo lleva a escribir, poseído por el famoso rapto de la inspiración. No. El creador de ficciones pone en juego su imaginación y escribe, quizá páginas y páginas sin detenerse, movido precisamente por la necesidad de expresar lo que quiere contar, lo que desea narrar para que alguien, el lector potencial, pueda luego sumergirse en sus historias para gozarlas o rechazarlas si no están bien contadas. Eco diferencia el hecho de que el escritor pueda luego contar como ha hecho su obra y otra es el probar que se ha escrito bien. Y cita a Poe cuando el autor de “El gato negro” decía que “una cosa es el efecto de la obra, y otra el conocimiento del proceso”.
De allí que la imaginación juegue un papel decisivo en la confección de una novela. Pues en cada escritor existe un creador que reescribe libros ya anteriormente escritos. Con una impronta propia, con un estilo (para decirlo de alguna manera) propio. Hay, como sostiene el autor de “El nombre de la rosa”, un eco de intertextualidad en cada nuevo libro que se crea. Afirma, en consecuencia, que “Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes”. Y agrega más adelante: “Descubrí, pues, que una novela no tiene nada que ver, en principio con las palabras. Escribir una novela es una tarea cosmológica, como la que se cuenta en el Génesis (Ya decía Woody Allen que los modelos hay que saber elegirlos)”.
LO COSMOLÓGICO
Cada novela es un mundo. De allí el sentido y carácter cosmológico que tiene. “La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas” dice Eco. Y para construir ese mundo se necesita mucha imaginación. Imaginación que estará al servicio del mundo que se desea crear. Al fin, el fabulador es un creador, un hacedor. Es claro que no todo es moverse discrecionalmente, sin límites, porque el resultado sería un caos. Umberto Eco afirma que “Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. (…) En narrativa los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso. Pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas”. Y para ello es de suma importancia e insoslayable, que la historia que se cuenta sea verosímil para el receptor, es decir, para quien se convierte en lector u oyente de la historia. Y allí entra en juego la calidad del escritor. Que debe saber contar de tal forma que lo irreal, lo fabuloso, sea verosímil y atrape la atención de quien recibe lo que se le narra.
EL DIÁLOGO
En su “Apostillas…”, el escritor piamontés hace referencia expresa al planteo que se hizo al escribir su novela: el diálogo. Dice que las conversaciones a él le planteaban muchas dificultades y las resolvió escribiendo. El diálogo que parece una cosa sencilla, no lo es tanto al momento de escribir. De allí que mucha novelas carezcan prácticamente de diálogos o sean avaras en el uso de ellos.
Hugo Wast decía que “Nada es más viviente que el diálogo y nada más difícil de transportar a las páginas inmóviles de un libro”. Y también sostenía que “El diálogo pone ante nuestros ojos varios tipos a la vez, y los pintas mejor que una larga descripción, porque nos muestra sus almas, si está conducido por las manos de un artista”.
Eco afirma que los artificios de que se vale el narrador para ceder la palabra a los distintos personajes, “es un tema poco tratado en las teorías de la narrativa”. Y es verdad que el tema es de tener muy en cuenta a la hora de ponerse a crear una novela. Porque los diálogos bien ubicados en la estructura novelesca, dan un sabor muy especial a la narración.
DIVERSIÓN, INTRIGA, AMENIDAD
Al escribir “El nombre de la rosa” Eco dice que quería que el lector se divirtiese. Aclara que divertir no significa “desviar de los problemas”. Y a la postre, la novela que divierte, hace que el lector aprenda. Afirma que “Unas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras que aprende algo sobre el lenguaje. Pero siempre aprende”.
Para ello retoma las controversias planteadas desde 1965 a la fecha de su “Apostillas…” y lo que la llamada posmodernidad aportó en su momento. Se volvió a la intriga en la novela y a ello se le sumó la amenidad. Y con no poca ironía sostiene que el significado de la posmodernidad retrocedió en el tiempo, aplicándoselo a escritores anteriores y “como sigue deslizándose, la categoría de lo posmoderno no tardará a llegar hasta Homero”.
Ante lo que llama el chantaje del pasado y la destrucción de ese pasado pretendida por cierta vanguardia, Eco dice que “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio-, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Y para ilustrarlo nos dice: “Véase lo que sucede con Joyce. El Retrato es la historia de un intento moderno. Dublinenses, pese a ser anterior, es más moderno que el Retrato. Ulises está en el límite. Finnegans Wake ya es posmoderno, o al menos inaugura el discurso posmoderno; para ser comprendido, exige, no la negación de lo ya dicho, sino su relectura irónica”.
En esta relectura de “Apostillas a El nombre de la rosa”. Umberto Eco me ha deparado un momento de placer y, a la vez, me ha hecho reflexionar sobre lo que muchas veces he vivido, y es el hecho de saber, conocer, sentir lo que es ser un escritor de novelas.
martes, 11 de enero de 2011
ROBERTO ARLT EN ESCORZO
Escribe Carlos Sforza*
Quiero presentar la figura de Roberto Arlt bajo algunos aspectos que, quizá, han sido poco tratados cuando se habla de su obra como escritor.
En primer lugar debemos situarnos en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Él había nacido en Flores (Bs.As.) en abril de 1900 y murió en Buenos Aires en 1942.
Era un descendiente de inmigrantes que, como muchos, se afincó en la Capital Federal y desde allí, buscó por distintos caminos una posición en la que comenzaba a convertirse en gran urbe sudamericana.
EL ESCRITOR
Sabemos que Roberto Arlt luchó para ascender en un ambiente literario donde se producía el roce y la controversia entre los grupos de Florida y de Boedo. Arlt no pertenecía a ninguno de ellos de manera directa. Era lo que hoy llamaría un francotirador. Estaba por encima de las rencillas literarias protagonizadas por ambos grupos que, vale recordarlo, tenían en sus filas a destacados escritores que comenzaban a perfilarse por peso propio. Atrás quedaban los que hasta entonces habían monopolizado las letras argentinas desde Buenos Aires. Era la irrupción de nuevas voces (a veces convertidas en parricidas) que intentaban imponer su escritura en un ambiente que, sien dudas, no era de fácil acceso.
No es tarea sencilla entender a Arlt si no se hace un estudio del ambiente del cual procedía y en el que trataba de insertarse. Se ha estudiado, es cierto, cuáles eran los saberes que estaban al alcance de la gente común, del pueblo, que no tenía acceso a la universidad ni a estudios superiores. Y las herramientas de aquellos muchachos que quizá cursaron sólo la escuela primaria, que era gratuita y obligatoria, fueron los saberes populares. Que se limitaban a la química, la metalurgia y la física, que se obtenían en publicaciones rústicas que se vendían a bajo precio en quiscos de revistas.
Precisamente esos saberes eran los que utilizó Arlt en varios de sus relatos, porque era lo que estaba a la mano y lo que el pueblo, que él retrató en sus novelas y cuentos, manejaba.
Cuando leemos la primera novela de Roberto Arlt, patrocinada en cierta medida por Ricardo Güiraldes, “El juguete rabioso”, nos encontramos con Silvio Astier que se presenta como inventor, lector de manuales de divulgación y toda una laya de libros y folletines que lo inducen por ese camino para lograr ascender y ubicarse en un mundo difícil como era la Buenos Aires de aquellas décadas. Y aparece claro ese aspecto de inventor cuando concurre a la Escuela Militar Palomar de Caseros donde inscribían a aprendices de mecánicos y al enterarse por el oficial que lo atiende que está llenas todas las vacantes, con desparpajo, le dice al militar que él es inventor. Y lo escuchan preguntando qué había inventado y ahí desarrolla todas las teorías de lo que eran sus inventos: un señalador automático de estrellas fugaces y una máquina de escribir con caracteres de imprenta. Habla de sus conocimientos de cinemática, dinámica, motores a vapor y explosión y sobre explosivos. Era lo que el pueblo, representado por Silvio, sabía y con ese saber buscaba un lugar en la sociedad. Quería aplicar sus conocimientos folletinescos y de manuales populares, para crear inventos que pudieran reportarle un buen pasar.
En la novela “Los siete locos”, el Astrólogo recurre a Endorsain que maneja saberes que pueden servirles al grupo de revolucionarios nihilistas. La unión de estos personajes produce una complementación muy bien tratada por Arlt ya que Endorsain sostiene conocer cómo se fabrica un gas letal que el Astrólogo y su gente pueden utilizar para terminar con una sociedad que ha caído en la podredumbre.
Como dice Beatriz Sarlo, “Frente a los saberes de la elite letrada, aparecen estos saberes prácticos, que no se adquieren sólo en la universidad sino en las páginas de los diarios y en la relación con los nuevos artefactos”.
De allí que la destacada investigadora citada, sostenga que “Las máquinas de Arlt son máquinas sociales, urbanas, y máquinas de guerra: desde las invenciones más elementales de los muchachos de “El juguete rabioso” hasta la fábrica de gas letal que Endorsain diseña en “Los siete locos”.
EL PERIODISTA
Roberto Arlt aparte de escritor, autor de las dos novelas citadas y de las dos más que publicó: “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932), y de dos libros de cuentos: “El jorobadito” (1933) y “El criador de gorilas” (1941) y de varias obras de teatro como “Trescientos millones”, “Saverio, el cruel” “El fabricante de fantasmas” y otras, fue un destacado periodista. Sus Aguafuertes publicadas en el diario El Mundo, han hecho historia en el periodismo argentino. Escribió las Aguafuertes porteñas y las Aguafuertes españolas entre otros trabajos periodísticos. Su labor en la redacción de El Mundo desde 1928 hasta 1942, lo señalan como uno de aquellos periodistas que se formaron como escritores en las redacciones de diarios, periódicos y revistas. Aberto Gerchunoff es uno de los más notables, como lo hizo Borges en sus comienzos porteños, y como fue, en los Estados Unidos, Truman Capote.
La tarea periodística de Arlt fue intensa y proficua. Bien afirma Beatriz Sarlo que “Se podría decir: Arlt fue escritor porque fue periodista. Aunque se quejara de escribir un número fijo de líneas por día y se rebelara ante la necesidad de encontrar un argumento diferente para esas líneas de la crónica diaria. Como sea, los iluminados, los locos, los marginales, los utopistas, los autoritarios y los revolucionarios de sus novelas, son personajes de la crónica tanto como de la literatura, nocturnos visitantes de las redacciones adonde llevaban sus extravagancias, parroquianos de los bares que rodeaban a los grandes diarios. Casi todos ellos pueden ser delincuentes o futuros delincuentes; en todo caso, siempre son marginales por exageración de alguna cualidad”
Arlt fue un redactor destacadísimos de El Mundo. Él firmaba su columna y el diario, que era impreso en tabloide y tenía gran entrada en las clases populares, lo hizo uno de los periodistas insustituibles hasta el punto que dejó la redacción al momento de su muerte.
Además, como dice Roberto Retamoso, en el caso de las Aguafuertes, hay que tener presente que se las considera de carácter periodístico por una convención genérica de lo que es tal y lo que es literatura. De allí que este crítico sostenga que “los textos periodísticos de Roberto Arlt han desafiado y desafían este tipo de distinciones, ya que por su peculiar lenguaje, por sus formas descriptivas y narrativas, por su temática o por sus recursos y dispositivos retóricos, nunca dejan de evocar la presencia de los discursos literarios”.
COLOFÓN
He querido evocar a Roberto Arlt como una forma de reivindicar a uno de los grandes escritores y cultores del periodismo de nuestro país. Arlt es dentro de las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado, una bisagra que rompe con las estructuras, válidas por cierto, de grupos literarios enraizados en Buenos Aires y alineados ideológicamente en sectores diferentes. Por eso, como sostiene Beatriz Sarlo, “nunca ha tenido mucho sentido la discusión sobre el contenido ideológico de la ficción arltiana. El extremismo es de izquierda o de derecha; no habla tanto de contenidos sino de situaciones de crisis que provocan la acción y anuncian la inminencia del cambio. Es una forma. El extremismo arltiano es la ideología de quien desprecia a las ideologías por reformistas, ellas también modos de la ensoñación consoladora de masas”.
Otro de los tópicos de la literatura de Arlt es el dilema de los que planteaban y plantean que escribía mal. Así puede decir B. Sarlo que “Arlt es un narrador extra-ordinario y por eso el problema de su “mala escritura” es un falso problema. No se puede ser buen narrador y mal escritor al mismo tiempo”.
De allí que en este escorzo de Roberto Arlt, yo pueda decir que el escritor recordado tiene hoy la misma o mayor vigencia que hace cincuenta años cuando la muerte lo alejó de este mundo. Asimismo, me atrevo a agregar que por muchas de sus páginas desfila una literatura de fantaciencia o ciencia ficción. Una literatura de anticipación. Que agrega, claro, un condimento más a la obra de Roberto Arlt.
Escribe Carlos Sforza*
Quiero presentar la figura de Roberto Arlt bajo algunos aspectos que, quizá, han sido poco tratados cuando se habla de su obra como escritor.
En primer lugar debemos situarnos en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Él había nacido en Flores (Bs.As.) en abril de 1900 y murió en Buenos Aires en 1942.
Era un descendiente de inmigrantes que, como muchos, se afincó en la Capital Federal y desde allí, buscó por distintos caminos una posición en la que comenzaba a convertirse en gran urbe sudamericana.
EL ESCRITOR
Sabemos que Roberto Arlt luchó para ascender en un ambiente literario donde se producía el roce y la controversia entre los grupos de Florida y de Boedo. Arlt no pertenecía a ninguno de ellos de manera directa. Era lo que hoy llamaría un francotirador. Estaba por encima de las rencillas literarias protagonizadas por ambos grupos que, vale recordarlo, tenían en sus filas a destacados escritores que comenzaban a perfilarse por peso propio. Atrás quedaban los que hasta entonces habían monopolizado las letras argentinas desde Buenos Aires. Era la irrupción de nuevas voces (a veces convertidas en parricidas) que intentaban imponer su escritura en un ambiente que, sien dudas, no era de fácil acceso.
No es tarea sencilla entender a Arlt si no se hace un estudio del ambiente del cual procedía y en el que trataba de insertarse. Se ha estudiado, es cierto, cuáles eran los saberes que estaban al alcance de la gente común, del pueblo, que no tenía acceso a la universidad ni a estudios superiores. Y las herramientas de aquellos muchachos que quizá cursaron sólo la escuela primaria, que era gratuita y obligatoria, fueron los saberes populares. Que se limitaban a la química, la metalurgia y la física, que se obtenían en publicaciones rústicas que se vendían a bajo precio en quiscos de revistas.
Precisamente esos saberes eran los que utilizó Arlt en varios de sus relatos, porque era lo que estaba a la mano y lo que el pueblo, que él retrató en sus novelas y cuentos, manejaba.
Cuando leemos la primera novela de Roberto Arlt, patrocinada en cierta medida por Ricardo Güiraldes, “El juguete rabioso”, nos encontramos con Silvio Astier que se presenta como inventor, lector de manuales de divulgación y toda una laya de libros y folletines que lo inducen por ese camino para lograr ascender y ubicarse en un mundo difícil como era la Buenos Aires de aquellas décadas. Y aparece claro ese aspecto de inventor cuando concurre a la Escuela Militar Palomar de Caseros donde inscribían a aprendices de mecánicos y al enterarse por el oficial que lo atiende que está llenas todas las vacantes, con desparpajo, le dice al militar que él es inventor. Y lo escuchan preguntando qué había inventado y ahí desarrolla todas las teorías de lo que eran sus inventos: un señalador automático de estrellas fugaces y una máquina de escribir con caracteres de imprenta. Habla de sus conocimientos de cinemática, dinámica, motores a vapor y explosión y sobre explosivos. Era lo que el pueblo, representado por Silvio, sabía y con ese saber buscaba un lugar en la sociedad. Quería aplicar sus conocimientos folletinescos y de manuales populares, para crear inventos que pudieran reportarle un buen pasar.
En la novela “Los siete locos”, el Astrólogo recurre a Endorsain que maneja saberes que pueden servirles al grupo de revolucionarios nihilistas. La unión de estos personajes produce una complementación muy bien tratada por Arlt ya que Endorsain sostiene conocer cómo se fabrica un gas letal que el Astrólogo y su gente pueden utilizar para terminar con una sociedad que ha caído en la podredumbre.
Como dice Beatriz Sarlo, “Frente a los saberes de la elite letrada, aparecen estos saberes prácticos, que no se adquieren sólo en la universidad sino en las páginas de los diarios y en la relación con los nuevos artefactos”.
De allí que la destacada investigadora citada, sostenga que “Las máquinas de Arlt son máquinas sociales, urbanas, y máquinas de guerra: desde las invenciones más elementales de los muchachos de “El juguete rabioso” hasta la fábrica de gas letal que Endorsain diseña en “Los siete locos”.
EL PERIODISTA
Roberto Arlt aparte de escritor, autor de las dos novelas citadas y de las dos más que publicó: “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932), y de dos libros de cuentos: “El jorobadito” (1933) y “El criador de gorilas” (1941) y de varias obras de teatro como “Trescientos millones”, “Saverio, el cruel” “El fabricante de fantasmas” y otras, fue un destacado periodista. Sus Aguafuertes publicadas en el diario El Mundo, han hecho historia en el periodismo argentino. Escribió las Aguafuertes porteñas y las Aguafuertes españolas entre otros trabajos periodísticos. Su labor en la redacción de El Mundo desde 1928 hasta 1942, lo señalan como uno de aquellos periodistas que se formaron como escritores en las redacciones de diarios, periódicos y revistas. Aberto Gerchunoff es uno de los más notables, como lo hizo Borges en sus comienzos porteños, y como fue, en los Estados Unidos, Truman Capote.
La tarea periodística de Arlt fue intensa y proficua. Bien afirma Beatriz Sarlo que “Se podría decir: Arlt fue escritor porque fue periodista. Aunque se quejara de escribir un número fijo de líneas por día y se rebelara ante la necesidad de encontrar un argumento diferente para esas líneas de la crónica diaria. Como sea, los iluminados, los locos, los marginales, los utopistas, los autoritarios y los revolucionarios de sus novelas, son personajes de la crónica tanto como de la literatura, nocturnos visitantes de las redacciones adonde llevaban sus extravagancias, parroquianos de los bares que rodeaban a los grandes diarios. Casi todos ellos pueden ser delincuentes o futuros delincuentes; en todo caso, siempre son marginales por exageración de alguna cualidad”
Arlt fue un redactor destacadísimos de El Mundo. Él firmaba su columna y el diario, que era impreso en tabloide y tenía gran entrada en las clases populares, lo hizo uno de los periodistas insustituibles hasta el punto que dejó la redacción al momento de su muerte.
Además, como dice Roberto Retamoso, en el caso de las Aguafuertes, hay que tener presente que se las considera de carácter periodístico por una convención genérica de lo que es tal y lo que es literatura. De allí que este crítico sostenga que “los textos periodísticos de Roberto Arlt han desafiado y desafían este tipo de distinciones, ya que por su peculiar lenguaje, por sus formas descriptivas y narrativas, por su temática o por sus recursos y dispositivos retóricos, nunca dejan de evocar la presencia de los discursos literarios”.
COLOFÓN
He querido evocar a Roberto Arlt como una forma de reivindicar a uno de los grandes escritores y cultores del periodismo de nuestro país. Arlt es dentro de las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado, una bisagra que rompe con las estructuras, válidas por cierto, de grupos literarios enraizados en Buenos Aires y alineados ideológicamente en sectores diferentes. Por eso, como sostiene Beatriz Sarlo, “nunca ha tenido mucho sentido la discusión sobre el contenido ideológico de la ficción arltiana. El extremismo es de izquierda o de derecha; no habla tanto de contenidos sino de situaciones de crisis que provocan la acción y anuncian la inminencia del cambio. Es una forma. El extremismo arltiano es la ideología de quien desprecia a las ideologías por reformistas, ellas también modos de la ensoñación consoladora de masas”.
Otro de los tópicos de la literatura de Arlt es el dilema de los que planteaban y plantean que escribía mal. Así puede decir B. Sarlo que “Arlt es un narrador extra-ordinario y por eso el problema de su “mala escritura” es un falso problema. No se puede ser buen narrador y mal escritor al mismo tiempo”.
De allí que en este escorzo de Roberto Arlt, yo pueda decir que el escritor recordado tiene hoy la misma o mayor vigencia que hace cincuenta años cuando la muerte lo alejó de este mundo. Asimismo, me atrevo a agregar que por muchas de sus páginas desfila una literatura de fantaciencia o ciencia ficción. Una literatura de anticipación. Que agrega, claro, un condimento más a la obra de Roberto Arlt.
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