jueves, 19 de agosto de 2010

HISTORIA ARGENTINA HASTA 1880
Escribe Carlos Sforza*
En el primer trimestre de marzo de 2010 se publicó un libro sobre la historia argentina hasta el año 1880. Se trata de “El proceso federal argentino (1776-1880)” cuyo autor es José Felipe Marini. Ha sido editado por DUNKEN (Buenos Aires, 2010, 488 págs.). Siempre es bueno que se investigue, se sumen hallazgos e interpretaciones de nuestra historia, para así iluminar más la búsqueda de lo que nuestro pasado fue y en base a ello, saber de dónde realmente venimos.
EL AUTOR
José Felipe Marini es Coronel (R) y Licenciado en Ciencias Políticas y Diplomáticas de la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de la Universidad Nacional del Litoral en 1965. Dicha facultad funcionó en Rosario y por sus aulas anduve cuando inicié mi inconclusa carrera de Diplomacia. En su momento, era la única facultad que ofrecía esa disciplina en el país y casi en Sudamérica, ya que a ella concurrían alumnos procedentes de Brasil, Perú y otros países vecinos.
Marini desde que egresó de su carrera universitaria se ha dedicado a la investigación, publicación y docencia en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, en la Escuela de Defensa Nacional, en la Escuela de Guerra, en diversas universidades y academias e institutos superiores. Entre sus libros, cabe destacarse los dedicados al estudio de la geopolítica y nuestro país. En Buenos Aires, donde reside, despliega asimismo una activa labor en la Asociación Entrerriana “General Urquiza” y tengo el honor de contarlo entre mis amigos. Por razones familiares de su esposa, Marini está vinculado a familias de Victoria, ciudad a la que ha visitado en muchas oportunidades.
EL LIBRO
En líneas generales debo decir que la investigación que ha realizado José Felipe Marini es amplia, exhaustiva, seria, documentada y a partir de los hechos y la documentación y bibliografía consultadas, logra mostrar una visión certera del desarrollo de nuestro proceso histórico desde el año 1776 hasta 1880.
Sabemos que nuestra historia, concretamente el período que abarca el siglo XIX ha sido investigado e interpretado desde diversos puntos de vistas, a veces tendenciosamente, otras muchas, con ecuanimidad. En todas ellas, se han puesto de relieve los aspectos salientes de nuestro pasado y a las versiones tradicionales y oficiales, se han sumado las del revisionismo histórico. Muchas veces, en esas confrontaciones de lo que es nuestro pasado, ha habido encontronazos por las diferentes interpretaciones de los hechos y personas que intervinieron. No obstante ello, de a poco, se ha producido un
decantamiento y una seria actitud interpretativa, separada de ideologías que obnubilan la visión, para que hoy podamos tratar de encontrar un asidero para intentar ver lo que realmente sucedió, cómo sucedió, por qué sucedió, y formarnos una opinión valedera de nuestra historia. De allí que pueda decir que este libro de Marini ayuda al lector a informarse y a la vez, a iluminar su propio pensamiento.
EL PROCESO FEDERAL
El autor busca mostrar a través de sus investigaciones y su interpretación de lo que ellas le han reportado, el proceso federal que desde la formación del virreynato hasta 1880 trató de imponer una forma de vida política en nuestras tierras.
Dice Marini que “El federalismo ha sido un fenómeno político con fuertes tonos económicos, sociales, demográficos, culturales y, especialmente geopolíticos. Por ello su tratamiento nos aparta de las clásicas interpretaciones oficiales o revisionistas de nuestra historia, normalmente explicadas desde la óptica porteña” (p.9).
Cuando avanzamos en la lectura de la obra, advertimos que esa acotación del autor es valedera. Y, a la vez, nos sumergimos en una historia que en mucho se aparta de los manuales en uso, de los textos tradicionales y de muchas otras versiones históricas manchadas por un ideologismo que suele sesgar la visión.
Resulta sumamente interesante esta investigación cuando desnuda la raíz eminentemente unitaria de muchos próceres argentinos, que buscaban la hegemonía de Buenos Aires, centralizando todo en ese punto, con un manejo discrecional y unidireccional de la aduana del puerto.
Analiza en profundidad la lucha del pensamiento liberal unitario de los porteños enfrentados con el sentido federal del interior. Y es de destacar el tratamiento que da a la revolución de Buenos Aires, que careció del apoyo popular, frente a la oriental que surgió de la decisión del pueblo. Con buenos argumentos, basados en sus investigaciones, destaca ampliamente lo que fue la figura de Artigas enfrentada a los gobernantes porteños. Éstos, unitarios en su pensamiento, querían imponer ese régimen, mientras el oriental, apoyado por los pueblos libres y soberanos, buscaba el sentido federal de gobierno para estas tierras.
Marini demuestra con documentación y apoyo bibliográfico, el sentido que los porteños quisieron siempre imponer al rumbo del país, mientras que los pueblos del interior, tenían otra visión. Por supuesto que en las páginas de este importante libro por lo que aporta a la historiografía argentina, desfilan los hechos fundamentales y, diría, fundantes de lo que fue ese largo período histórico. Muestra la figura de Juan José de Urquiza, en su dimensión de organizador y, también, en su posterior actitud dubitativa ante el avance porteño con Mitre y Sarmiento. Las luchas intestinas y lo que fue la última y frustrada revolución jordanista en el también último valuarte del federalismo, la provincia de Entre Ríos.
Asimismo quiero rescatar el tratamiento que da a Ricardo López Jordán, y al trágico asesinato de Urquiza y sus dos hijos. Aclara lo que muchos desconocen o no quieren conocer: la orden de López Jordán era “tomar prisionero a Urquiza para que deje el mando y se retirara a la vida privada u optara por irse al extranjero (…) y respetar a su familia y bienes personales” (p.421). No su muerte. Tanto es así, que como se demostró en el proceso judicial por el asesinato de Urquiza, esa es la versión de los hechos como lo relataron los que intervinieron en el complot: Mosqueira y Vera.
Dice Marini que en Entre Ríos creían vivir en una confederación y no en un estado federal como lo establece la Constitución. La rebelión de Entre Ríos y el asesinato de Urquiza “carecían de fundamentos éticos, legales y políticos suficientes para ser aceptados en el orden nacional” y agrega que “Sarmiento no podía permitir un retorno violento al pasado vencido. Pero su ensañamiento con la provincia de Entre Ríos fue desmedido y cargado de rencor” (p.435).
En su Epílogo afirma Marini: “Desde la Revolución de Mayo hasta 1853, federales y unitarios lucharon denodadamente para imponer un sistema de gobierno que armonizara con sus respectivos intereses. La Constitución Nacional de 1853 con las reformas de 1860, tuvo el mérito de combinar satisfactoriamente las posiciones enfrentadas. La organización del Estado Federal definido en la Constitución de 1853 terminó en 1880 con la capitalización de Buenos Aires” (p.465).
Es interesante destacar que el autor al final de cada uno de los catorce capítulos del libro, hace un resumen de lo dicho en ellos y acompaña la bibliografía respectiva. Asimismo, al final de la obra inserta la Bibliografía general utilizada en su investigación.
En suma, este es un libro que nos muestra una parte de nuestra historia, en la que prácticamente se forjó el país, con una visión clara y precisa que coloca a la obra de José Felipe Marini entre los importantes y valiosos aportes que en los últimos tiempos se han hecho para esclarecer nuestro pasado histórico.

miércoles, 11 de agosto de 2010

CARTAS A JÓVENES ESCRITORES
Escribe Carlos Sforza*
A lo largo de la historia de la literatura encontramos cartas escritas a jóvenes escritores. Las mismas han sido redactadas por otros escritores, muchos de ellos si no la mayoría, consagrados, dando sus consejos, su experiencia, a quienes hacen las primeras armas en la escritura y en los diversos géneros en los que hoy está dividida académicamente la labor literaria.
ALGUNAS CARTAS
Entre las más difundidas cartas a los jóvenes iniciados en el arte de escribir, no podemos soslayar “Cartas a un joven poeta” que escribió Rainer María Rilke a Franz Xaver Capuz. Se trata de diez epístolas desde el año 1903 al año 1908. Estas cartas han sido leídas no sólo por el destinatario, sino por muchísimos poetas que han abrevado en ellas y han aprovechado las reflexiones y consejos del autor de “Las elegías de Duino”. Capuz dice en el prólogo a la reedición que tengo a la vista de SigloVeinte (1957), que esas cartas son importantes para conocer el mundo de Rilke “e importantes también para muchos de hoy y de mañana que se forman y devienen. Y donde habla un grande y sin igual artista deben callar los pequeños” (prólogo del año 1929). Rilke habla con la experiencia de un verdadero y grande poeta. Le dice al destinatario que “Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí”. Y después le expresa: “Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece. (…) Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente”.
En 1975 en Ediciones El Mendrugo (Bs.As.) Ernesto Sábato publicó “Carta a un joven escritor”, de la que tengo un ejemplar con una afectuosa dedicatoria del autor de “Sobre héroes y tumbas”. Se trata de una larga carta donde Sábato le habla con su sabiduría y experiencia a un “Querido y remoto muchacho”. Dice en una parte que “un gran escritor no es un artífice de la palabra sino un gran hombre que escribe y él lo sabe. Si no, ¿cómo preferir el bárbaro Cervantes al virtuoso Quevedo?” Llama la atención sobre el fetiche de “lo nuevo” y por eso dice en su carta que “Cada cultura tiene un sentido de la realidad, y dentro de ese ciclo cultural, cada artista. (…) Cada creador debe buscar y encontrar su propio instrumento, el que le permite decir realmente su verdad, su visión del mundo”.
Eduardo Mallea escribió en 1962 “Palabras sobre un arte (A un novelista que comienza)” y que incluyó en su libro “Poderío de la novela” editado por Aguilar. Es una larga carta dividida en 21 pequeños capítulos, donde da sus consejos a ese potencial novelista que comienza su trabajo que es vocación y oficio. Le expresa en unas líneas que “(…) me daría satisfacción pensar que en la base de usted mismo y de su arte radica primordialmente la idea de conflicto. Casi no valdría la pena escribir si no existiera la idea cenital de la contienda trágica del alma consigo misma”. Cuando habla del artista, le dice que éste “es realista porque es testigo, el testigo por antonomasia, el testigo de los testigos; no realista por las órdenes de la secta ni por las tentaciones de la comodidad”. Lo llama a ser “interior y contumazmente libre” ya que “a nada debe servir más que a la verdad profunda de sus criaturas: si son fuertes, de todos modos se rebelarán sobre usted mismo; sólo le tocará escucharlas con lealtad”.
Mario Vargas Llosa publicó “Cartas a un novelista” en 1997 (Edit.Ariel). El libro reúne doce epístolas dirigidas a un amigo, joven que comienza a manejar los difíciles hilos del discurso novelesco. Le habla de su experiencia cuando era joven y también le aclara lo que siempre he sostenido: que “la ficción es una mentira que encubre una profunda verdad”. Sostiene que la vocación literaria no es un pasatiempo sino una “dedicación exclusiva y excluyente “, por eso, agrega: “quien ha hecho suya esta hermosa y absorbente vocación, no escribe para vivir, vive para escribir”.
Habla del tema y de la forma, algo que es fundamental en la narración. De allí que según Vargas Llosa “lo que una novela cuenta es inseparable de la manera como está contada”. Habla de la estructura de la novela, de los planos de la realidad y de tantos otros tópicos que, sin dudas, para el joven narrador al que las cartas van dirigidas (que al fin, somos todos los lectores) le muestran los puntos de vista de un novelista de valor como es el autor de “La guerra del fin del mundo”.
CARTA A UN JOVEN ESCRITOR
El escritor y miembro de la Real Academia Española, Arturo Pérez-Reverte, publicó en el diario “La Nación” de Buenos Aires (9/8/2010), “Carta a un joven escritor”. Ello motivó esencialmente esta nota y me permitió recuperar algunas de las anteriores cartas que grande autores han escrito para hablar sobre el arte de crear poesía o de narrar.
Pérez-Reverte dice a su potencial lector-escritor que para el oficio que emprende “No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro”. Para llegar a ser escritor, afirma el autor español que “Cuenta el talento de cada cual”. Y aclara: “Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte”.
Ante el apuro de muchos jóvenes (y no tan jóvenes escritores) por publicar, advierte el autor de la carta que están “Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes”.
De allí que es importante escuchar lo que nos dice gente de valor y de experiencia en esta aventura de ser escritores. Afirma Pérez-Reverte que “lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida” (…) Escribe cuando tengas algo que contar”.
Es indudable que la vida enseña más que muchas academias sobre el arte de la novela. Sobre cómo se encara una noticia, un suceso, un hecho cotidiano y se lo transforma en una ficción que tenga verosimilitud y, a la vez, la forma adecuada para contarlos.
Destaca que si bien es cierto que en una novela hay arte, no es menos cierto que también hay artesanía. Oficio puesto al servicio de la imaginación. Asimismo da un valioso consejo sobre la escritura. Dice: “La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ese”.
Es claro cuando afirma que “una novela es, sobre todo una historia que contar Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa”. Para ello, aconseja conocer a los grandes novelistas. Los del siglo XIX y los de comienzos del XX. Da nombres como Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens y de varios españoles. Y como final, pone los puntos sobre las ies. Aconseja y aconseja bien. Por eso escribe:”Sitúate en tu tiempo y tu obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, “El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como “Crimen y castigo” en el suyo. Un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia”.
Todo lo dicho por los autores citados y los breves comentarios, no son sino para que sirvan de acicate, de consejo, de advertencia para los jóvenes que hoy o mañana, comenzarán a vivir la excepcional aventura de convertirse en escritores.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

miércoles, 4 de agosto de 2010

EL FUTURO DEL LIBRO FRENTE A LA CIBERNÉTICA
Escribe Carlos Sforza*
Cada tanto en medio del vertiginoso mundo en el que vivimos, surgen voces autorizadas que hablan del futuro del libro impreso como lo disfrutamos hoy frente a los avances de la tecnología.
Precisamente acaba de salir editado por Lumen un libro que recoge el análisis que sobre el tema hicieron el escritor, semiólogo y docente Umberto Eco y el guionista (conocido por muchas películas dirigidas por Buñuel) Jean-Claude Carrière. El diálogo mantenido por ambos fue recopilado por el periodista Jean-Philippe de Tonac y publicado como queda dicho.
En la revista ADN CULTURA La Nación del 3l de julio de 2010, se nos ha dado un anticipo de lo que, sin dudas, es un sabroso y esperanzado diálogo entre el escritor y el guionista, con breves intervenciones del compilador.
EL TEMA
Es evidente que el planteo del tema es actual, discutible y de suma importancia. Actual puesto que asistimos a diferentes formas y versiones a través de la computadora, de libros de diversa índole. Discutible ya que hay quienes sostienen la pervivencia del libro con el formato actual y quienes sostienes su desaparición eliminado por las nuevas tecnologías. Importante puesto que está en juego nada menos que el libro y su futuro. Es decir, si sobrevivirá a las nuevas tecnologías incorporadas por la cibernética o si desaparecerá con una muerte anunciada por algunos.
U. Eco asienta un gran verdad que muchos no han advertido sobre la nueva alfabetización que conlleva la aparición de Internet. Dice el autor de “El nombre de la rosa” que “Con Internet hemos vuelto a la era alfabética. Si alguna vez pensamos que habíamos entrado en la civilización de las imágenes, pues bien, el ordenador nos ha vuelto a introducir en la galaxia Gutenberg y todos se ven de nuevo obligados a leer. Para leer es necesario un soporte. Este soporte no puede ser únicamente el ordenador. ¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis!” Y agrega: “Además el ordenador depende la electricidad y no te permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama. El libro es, a fin de cuentas, un instrumento más flexible”.
LOS SOPORTES DURADEROS
El compilador hizo en medio del diálogo una pregunta pertinente. Ante el interrogante por la caducidad o posible muerte del libro, quiso saber qué se puede pensar de los soportes diseñados para almacenar la información: disquetes, cintas, CD-ROM que ya han quedado atrás.
El cineasta Carrière hace sobre este punto una serie importante de aclaraciones con el aporte de su propia experiencia en el cine. Y al historiar la evolución de los soportes denominados duraderos, concluye que son los más efímeros. Duran poco tiempo y deben ser reemplazados por nuevos soportes que la tecnología va creando y produciendo. Y ello implica nuevas compras de aparatos, nuevos conocimientos sobre su funcionamiento. En suma, lo que hace dos años o poco más, se creía era un soporte para siempre, caduca ante el avance tecnológico. Cosa que, claro, no sucede con el soporte libro.
Con buen tino Carrière cuenta que un amigo, cineasta belga, conserva “dieciocho ordenadores, simplemente para poder ver trabajos antiguos. Lo que quiere decir que no hay nada más efímero que los soportes duraderos”. Como dice Umberto Eco:
“La velocidad con la que la tecnología se renueva nos obliga en efecto, a un ritmo insostenible de reorganización permanente de nuestras costumbres mentales. Cada dos años habría que cambiar de ordenador porque estas máquinas se han concebido exactamente para eso: para que se vuelvan obsoletas al cabo de un período determinado, cuando arreglarlas sale más caro que comprar una nueva”.
EL LIBRO
Sobre el libro, además de su ductilidad para ser transportado, para leerlo, para estar con él a solas, sintiendo el olor a tinta fresca cuando ha aparecido recientemente y lo leemos, o ese sabor a algo añoso cuando los extraemos de un estante de nuestra biblioteca y damos vuelta las páginas y nos encontramos con subrayados, apuntes, impresiones que hemos escrito en los márgenes y que, sin dudas, reflejan nuestros estados de ánimo, nuestros pensamientos en los momentos en los que hicimos los subrayados o las anotaciones, que no son los mismos cuando recorremos las páginas
nuevamente. Han transcurridos meses, años quizá, y el libro nos resulta nuevo y somos otro leyéndolo por quién sabe qué vez…
Umberto Eco dice en el diálogo que “Ante la disyuntiva, hay una sola opción: o el libro sigue siendo el soporte para la lectura o se inventará algo que se parecerá a lo que el libro nunca ha dejando de ser, incluso antes de la invención de la imprenta”. Y a renglón seguido expresa que “Las variaciones en torno al objeto libro no han modificado su función, ni su sintaxis, desde hace más de quinientos años. El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se ha inventado no se puede hacer nada mejor No se puede hacer una cuchara que sea mejor que la cuchara. (…) El libro ha superado sus pruebas y no se ve cómo podríamos hacer nada mejor para desempañar esa función. Quizás evolucionen sus componentes, quizás sus páginas dejen de ser de papel. Pero seguirá siendo lo que es”.
Los adelantos de la cibernética son innegables. La información al instante que podemos obtener a través de Internet no se discute. Pero es información y no más. Es comunicación virtual y no más. Pero no es el libro por más que se intenten hacer experiencias on line con los libros. Yo recuerdo que cuando leí el Ulises de Joyce, en dos tomos, me dispuse a hacerlo en un momento determinado, cuando mi espíritu y mi mente estaban dispuestos a ello. Y lo leí de un tirón. Pese a la densidad de ese día en el que Leopold Bloom anda por las calles de Dublín con Stephen Dedalus, el personaje de “Retrato de un artista adolescente”, y en el que las largas páginas finales son el monólogo interior de Molly Bloom, no dejé el libro hasta que llegué al final. Yo me imagino hoy, ante la pantalla de la computadora, leyendo el Ulises. Sería, pienso, una aventura imposible de llevar adelante. Y además de los inconvenientes visuales, conspiraría claramente sobre la lectura y comprensión de la misma. Sólo con el soporte del libro impreso, pude adentrarme en los vericuetos de la novela de Joyce y gozar con su lectura.
De esta manera he comprobado personalmente lo que vale el libro como soporte para la obra literaria. Sin desmerecer otras aportaciones, claro. Pero, hasta hoy e incluyo el mañana, el libro es insustituible. Quizá, como dice Eco, sea porque es una prolongación biológica del ser humano ya que viene de la invención de la escritura. “Podemos considerar la escritura, afirma el semiólogo, como la prolongación de la mano, y en este sentido tiene algo casi biológico, Se trata de un tecnología de comunicación inmediatamente vinculada al cuerpo. Una vez inventada, ya no puedes renunciar a ella. Otra vez más, es como haber inventado la rueda. Las ruedas de hoy siguen siendo las de la prehistoria. Al contrario, nuestras invenciones, cine, radio. Internet, no son biológicas”.
¡Larga vida, pues, al libro!

jueves, 29 de julio de 2010

“TEMO AL HOMBRE DE UN SOLO LIBRO”
Escribe Carlos Sforza*
He releído el artículo publicado por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez que bajo el título “Los hombres de un solo libro” publicó en el diario “La Nación” de Buenos Aires (03/07/2010).
Y lo he releído porque encuentro en su apretada síntesis motivo de reflexión sobre un tema que en todos los tiempos ha aparecido. Y, claro, también y en buena forma, en nuestra época.
Cuenta Ramírez que en Ginebra, caminando por la Gran Rue fue a visitar la Sociedad de Lectura, ubicada en un hermoso palacete y donde se aloja una de las mejores bibliotecas de aquella ciudad. Relata también que al llegar a la segunda planta, “sobre el marco de la puerta de acceso al mayor de los depósitos de libros, coleccionados a lo largo de dos siglos, hay una inscripción de advertencia escrita en latín, que reza: Timeo hominem unius libri, lo que en buen castellano quiere decir: Temo al hombre de un solo libro”.
Pensemos, como lo piensa el autor de la nota, que en Ginebra vivió Calvino quien era, precisamente, hombre de un solo libro: la Biblia. Y llama la atención que esa frase esté allí, en el corazón del calvinismo, como advertencia a quienes se aferran a un solo libro, es decir, al pensamiento único.
La historia de la humanidad, desde que existió el libro (con el formato y soporte que tuviese) nos muestra que han existido hombres de un solo libro. Que han impuesto ese libro que es decir, el pensamiento único, a los demás seres humanos. Y aún hoy, lamentablemente, constatamos la existencia de un fundamentalismo que no es sino fanatismo, centrado en el pensamiento único. Un maniqueísmo que separa buenos y malos, aceptados y réprobos. Donde los que están con el libro único son los buenos y los que no lo están, sino que tienen diversidad de pensamiento, son los malos.
LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA
La legendaria quema de la no menos legendaria (hoy reconstruida) Biblioteca de Alejandría, nos habla, según una tradición no desdeñable, del aferrarse al libro único. De ser hombre de un solo libro.
Borges escribió en “Historia de la noche” el hermoso poema “Alejandría, 641 A.D.” en el que nos muestra líricamente lo que era la Biblioteca que fue quemada. Comienza el poma con estos versos: “Desde el primer Adán que vio la noche/ y el día y la figura de su mano,/ fabularon los hombres y fijaron/ en piedra o en metal o en pergamino/ cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño./ Aquí está su labor: la Biblioteca”. Y enumera qué hay en los anaqueles de esa biblioteca, donde está la historia, los sueños, la “gran memoria de los siglos”. Y en el final del poema, habla de su destrucción:”En el siglo primero de la Hégira, yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas/ y que impone el Islam sobre la tierra,/ ordeno a mis soldados que destruyan/ por el fuego la larga Biblioteca”.
Precisamente Omar, según la tradición, ordenó destruir la Biblioteca de Alejandría porque contenía infinidad de libros, para él, inútiles, puesto que con tener solamente el Corán, era suficiente. Lo demás era superfluo. Omar, hombre de un solo libro, no admitía la disparidad de otros libros, no soportaba la presencia de tantos volúmenes que no reflejaran el pensamiento único que para él, fundamentalista sin dudas, era la única verdad que debía estar contenida en un libro.
LA BIBLIA
Hay quienes, a lo largo del tiempo, han tomado a la Biblia literalmente en todos sus párrafos y narraciones, y se aferran a ella como la única verdad porque es el libro de Dios. De allí han surgido muchas variantes, incluidas las sectas talmúdicas judaicas a las que se refiere Ramírez en su nota.
Por mi parte debo destacar asimismo, que en el desarrollo de la narración bíblica, hay sucesos que han inspirado a muchos a emularlos. No olvidemos, por ejemplo, que en los libros del Antiguo Testamento la poligamia estaba aceptada en muchos casos. Uno de ellos es el de Abraham y Sara cuando ésta, estéril, le ofrece a la sierva egipcia Agar para que con él tengan un hijo (Gn 16). O las mujeres de Jacob (Gn 31 y sgts.). Para citar uno pocos casos paradigmáticos.
Quizá estos casos fueron los que decidieron a Joseph Smith a aceptar la poligamia en la “Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” que fundó en 1830 en Estados Unidos ayudado por Oliver Cowdery. La poligamia fue dentro de las instituciones mormonas, una de las más discutidas. Al principio era practicada en la clandestinidad y fue oficialmente proclamada en 1852. Pero luego tuvo que ser abolida en 1890 para cumplir con las leyes constitucionales de Estados Unidos. Este ejemplo vale esencialmente para corroborar cómo muchas veces se aferran a un solo libro y aceptan el mismo pese a las prohibiciones existentes aunque a la postre, deben acatar lo que la sociedad legisla para vivir regularmente en esa sociedad.
MUESTRAS DEL PENSAMIENTO ÚNICO
En la historia del cristianismo han existido muchos hombres y sectores que ha querido imponer el pensamiento único. Ha habido “caza de brujas” por no pensar como ordenaba la iglesia. Hubo hogueras que no sólo convirtieron en cenizas los libros, sino a quienes pensaban de manera distinta al pensamiento, entonces considerado único, de la iglesia. Los hubo en el catolicismo como los hubo en las iglesias reformadas.
Asimismo es de advertir cómo los gobiernos autoritarios, buscan imponer un solo libro y eliminar al resto. Proceden como el Omar de la quema de la Biblioteca de Alejandría.
Adolfo Hitler en “Mi Lucha” sostiene enfáticamente que “Cualquier ideal del mundo (…) seguirá careciendo de fuerza para la vida de la nación hasta que no se haga de sus principios la base de un movimiento combativo (…) y hasta que sus dogmas partidarios no se convierta en una nueva ley fundamental del Estado, para toda la comunidad” (p. 127). Es la imposición del pensamiento único. Del libro único o de un solo libro.
Pensemos en el año 1933 y leamos lo que escribe Arthur Koestler: “En aquellos días ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebels se arrojaron a las llamas millones de libros”. Y ahora vayamos al año 1952 y escuchemos al mismo Koestler en su libro “La escritura invisible”: “En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros” y hay dos ilustraciones que muestran y dicen en los epígrafes, lo que asienta el autor mencionado (pp.394 y sgts.).
Y sin ir más lejos, en nuestro país, en distintas épocas, hemos visto incendiar bibliotecas, quemar libros y allanar y secuestra volúmenes. Es que quienes tienen un libro único, y se apoderan de él haciéndolo bandera y dogma, no pueden admitir la existencia de otros libros. No pueden tolerar pensamientos diferentes. A la fuerza y con la furia que les da el fanatismo, arremeten contra todo lo que sea distinto. Quieren matar el pensamiento ajeno, el del que no piensa como su libro único. Y saben que lo deben hacer porque el pensar libera al hombre y, porque pese a su tozudez y violencia, no reconocen un hecho clave: las ideas no se matan. Se pueden acallar pero, a la postre, surgen como el ave Fénix y sirven para iluminar con las discrepancias lógicas, las mentes y los caminos de los hombres.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

domingo, 25 de julio de 2010

POESÍA DESDE VILLAGUAY
Escribe Carlos Sforza*
Petra Elarre nació en Villaguay en 1927. Estudió en su ciudad natal y se especializó en sus estudios terciarios de Francés en Buenos Aires. Regresó a Villaguay y allí, en su reducto, rodeada de sus mascotas y su jardín y sus árboles y oyendo el trino de los pájaros, continúa su incansable e insoslayable labor poética.
Escribió en su libro “Extendido y azul”: “Hago lo que los astros, el destino, (¿Dios?) habían fijado para mí. Es lo que hice, lo que sigo haciendo y lo que seguiré haciendo mientras viva. Yo, la poeta, cumplo conmigo. Y no me arrepiento”. Es la vida misma de Petra Elarre convertida en poesía: en la existencia y en la escritura que, claro, es parte de la existencia del ser humano.
NUEVO LIBRO
En abril de este año acaba de salir una nueva obra de la poeta villaguayense. Se trata de “ALAS” (Emprendimientos (im)posibles, portada de Héctor Santomil, prólogo de Marita Frontelli, Villaguay, 2010, 96 págs.). El libro se compone de cinco partes: Prosa poética, Romances y sonetos, Cartas en prosa poética, Versos libres y una página bajo el título: Yo, Buda.
Diría que la autora recurre a la poesía en todo el libro. Tengamos en cuenta, como lo he dicho y otros lo ha dicho antes que yo, que en su comienzo la poesía era una sola. Y luego, por diversas razones, de dividió en verso y prosa. Pero, esencialmente, hay prosa que es poesía como hay versos que no son poesía.
Petra ha optado, a esta altura de su larga vida, por entregarse y entregarnos una especie de autobiografía poética. No que narra su vida cronológica, sino que es como una mirada introspectiva sobre lo que ella es y lo que para ella significa el mundo y esencialmente, el microcosmos que la rodea. De allí que recurra a la prosa, al verso, a la epístola. En suma, que a través de la poesía, exprese lo que ella ha sido y es en la vida.
PROSA POÉTICA
Los estados de ánimo de la poeta surgen en esta parte del libro. Como la tristeza, patentizada por los elementos exteriores que significan el frío y la lluvia. Así habla de “Tristeza de soledad entre las plantas. Tristeza de lluvia y de cielo gris. Frío y tristeza en frío que nombro en el invierno frío que se acerca, se acerca… El frío, la lluvia. Yo y el frío. Yo y la lluvia. Y la tristeza. Siempre”. (p.19).
Esos estados de ánimo producidos por el paisaje, no son ajenos a los escritores entrerrianos. En sus apuntes, Martín del Pospós, el recordado autor de “El país de los chajás”, hablaba de los paisajes grises, faltos de luz, que provocaban en él una tristura que lo deprimían.
Petra indaga por lo que ya no está, por quien ya no está, y la respuesta en las voces para ella audibles de la calandrias, hablan de un lejos. Pero que se prolonga como el eco en la repetición de esas mismas palabras.
Y hay una devolución de lo que no está cuando aparecen las golondrinas. Es que ha vuelto la luz, la alegría, que es producto de un paisaje claro y luminoso. La poeta recurre al juego incansable de palabras y a paradojas para explicar la propia vida como claramente se advierte en “Si te digo que no (o que sí)”.
Con lirismo emplea las comparaciones como cuando en “Silencio I” expresa: “Te dije que entres en silencio al silencio donde los ángeles duermen. Su sueño es tan liviano como una pluma apenas sostenida por el aire” (p.26).
Quizá en “Árboles” haya una inconsciente reminiscencia heracliteana cuando dice: “Volverán las alas y será como antes, igual al antes, (¿igual…?). Faltará el amor” (p.28). En muchas páginas de su libro, Petra Elarre hace un juego reiterativo de ciertas palabras claves en la composición. Ello, sin dudas, logra fortalecer la expresión que es lo que, pienso, busca la creadora.
Entre los recursos que también utiliza poéticamente Petra, está la metáfora. Vaya un ejemplo: “Caminaba por la vereda envuelta por la frazada del sol” (p.34). O en esa gran metáfora que es “La araucaria” donde está presente la mujer-árbol: “Soy una araucaria creciendo y creciendo hasta llegar al cielo. Le robo un poco de azul y lo beso, araucaria que besa el cielo” (p.39). Hay momentos en la prosa poética, en la que entran en juego distintos estados de la hacedora. Por ejemplo en “Muñeco de trapo” donde campea la angustia. “Y así me quedaba, sentada a la vera de la nada, a la vera de la angustia que no es nada pero duele (…) Me robaron mi silencio y me dejaron esta angustia tan alta como el cielo”. Gabriel Marcel decía que la angustia es el dolor que no puede llorar. Y esta prosa nos entrega mucho de ese dolor.
No obstante todo ello, la poeta en esta autobiografía, en esta confesión (Maritain afirmaba que toda obra de arte es una confesión), da lugar a la esperanza. Da lugar a la vida pese a que la muerte siempre va a nuestro lado esperándonos. Así lo veo al leer “Punto Final” (p.48).
También me ha llegado mucho su “Carpe Diem”, el vive el día. Allí la creadora presenta poéticamente la vanidad y la banalidad de ciertas vidas, frente a la realidad donde sí puede encontrarse la felicidad que vence a la muerte. Todo ello coronado con un nombrar la nostalgia, el edén perdido en “Es bueno estar así”, pero comprender y asumir que el hoy es otro tiempo, diferente, pero digno de ser vivido porque campea la esperanza.
VERSOS
Petra Elarre conoce y maneja los metros clásicos. Y les imprime su poética. Así nos entrega tres romances: dos en octosílabos y uno en hexasílabos que tienen un salero especial. Y cinco sonetos, ajustados, medidos, uno de ellos con estrambote (ya lo hizo en su anterior libro) que como el lector sabe, es un grupo de versos que se agrega al final de una composición de forma cerrada.
Con amplitud, Petra tiene una parte dedicada al verso libre o blanco, donde no hay rima ni medida, pero sí ritmo interior. Y así demuestra que sabe hacerlo pues es una creadora. Y corrobora lo que sostenía Borges cuando decía que el verso libre es, si se quiere, más difícil que el medido, puesto que debe tener ese hálito poético imprescindible para que sea poesía y no otra cosa.
CARTAS Y FINAL
Las Cartas en prosa poética son una muestra de amor a sus seres queridos, escritas en diversas ocasiones, recuperando a través de la epístola, el contacto amoroso con sus nietos y otras personas que están en el costado izquierdo del pecho de la poeta.
La página final del libro es una toma de conciencia a través de las tres herramientas de la sabiduría budista: “Escuchar y oír. Contemplar y reflexionar. Meditar”. Parte de la lectura real o no, de un libro que hablaba sobre Gautama, el Buda. Y luego de penetrar en sus entrañas, meditar y encontrar lo que buscó en toda su vida, puede escribir: “Regresé a mi casa, a mis libros, a mis plantas, a mis versos, a mis flores. A mi vida de siempre, a mi lugar, con el corazón latiendo de otra manera. Ahora era Yo, Buda” (p.94).
Un libro, éste de Petra Elarre, que nos acerca a través de la poesía total, una confesión de la hacedora y lo que es ella y lo que es su entorno, y todas las emociones que pasados los ochenta años, puede decirse y decirnos en la serenidad de su bien llevada vida.
NOTA: no puedo dejar de aclarar un error que se ha deslizado en el prólogo del libro, donde se dice que Oscar Wilde es el autor de “Tini”, cuando debió decirse Eduardo Wilde, el que vivió en la Argentina y no el irlandés
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

martes, 13 de julio de 2010

LA FILOSOFÍA NARRADA COMO VIVENCIA

Escribe Carlos Sforza*
Tomás Abraham es un filósofo argentino que, aparte de hablar y escribir sobre filosofía, se compromete con notas de actualidad y, a la vez, acaba de editar el libro “Historia de una biblioteca” (Sudamericana, Bs.As., 2010, 544 págs.).
El autor dice en la nota que abre el volumen: “Todos conocen el best selller mundial “El mundo de Sofía”. Es la historia de una niña que recibe semanalmente en la casilla de correo de su casa un sobre misterioso con un capítulo de la historia de la filosofía. En una estructura de cuento se inscribe una historia no muy diferente de la que podemos ver en los manuales de divulgación. Quisiera en pocas palabras contarles El mundo de Tomás” (p.17).
Recordemos que el autor de “El mundo de Sofía” era un profesor de filosofía que no encontraba el camino para hacer gustar su materia a los jóvenes estudiantes. Y pensó en escribir una novela donde va estructurando la historia de la filosofía con un éxito editorial no imaginado.
Tomás Abraham nos cuenta cómo accedió a la filosofía y cómo, desde la primera lectura quedó prendido a la filosofía. Nos relata en esa primera nota cómo era él cuando joven, con un problema de tartamudez, con un profesor que le enseñaba inglés en su casa, con un regalo para un cumpleaños, el libro “Historia de la filosofía” de Wil Durant. Y allí se encontró con la célebre ilustración que todos conocemos donde Sócrates está en una celda con sus discípulos cuando debe tomar el vaso de cicuta para cumplir la condena a muerte decretada por las autoridades.
Cuenta que leyó algunas páginas del libro y encontró que un hombre debe morir, suicidarse “por tener pensamiento”.
Encontró que Sócrates peleaba con la palabra. Y narra que “Pelear con la palabra era lo que Tomás conocía bien, pero esta pelea socrática no se decidía en el interior de su boca, sino que se dirigía ante quienes pretendían cercenársela. La dirección de la lucha cambiaba, salía de la caverna bucal y se dirigía hacia fuera, el mundo en el que vivían los seres de palabra terminante y decisiva. Creyó ver en esa historia recién descubierta algo que podía ser importante: un mundo nuevo, un espejo que debía atravesar. Fue por ese motivo que le pidió al profesor de inglés que le recomendara un primer diálogo de Platón” (pp.18/19).
Esa narración, en tercera persona (que es como si hablara el alter ego) nos sitúa en la etapa en la que Abraham se introduce en el mundo del pensamiento, en los meandros de la filosofía.
De allí en más, el autor nos introduce en la biblioteca. Saca al azar un libro de Heidegger y la lectura del “Schelling” del pensador alemán lo hizo, expresa, pensar “sobre los puntos salientes de la historia de la filosofía. Y es así como se propone realizar una “serie de recuerdos de mis lecturas filosóficas”. Porque, afirma, “La biblioteca es el cuerpo de un filósofo. Su esqueleto y su carne. Sin ella muere de hambre. Los libros son el mundo que lo lleva al mundo. Hay dos mundos para el filósofo. No el de arriba y el de abajo como en el platonismo, sino el de adentro y el de afuera de los anaqueles. La biblioteca no es un mueble. Es el reaseguro de una identidad. Recorrerla es recordar y confirmar una historia y un presente. Nuestros libros son como la antigua caja de ahorro. Está depositado nuestro saber y nuestro tener” (p.19). Con esa hermosa comparación final, Tomás Abraham nos lleva a sus lecturas y, por ellas, a desandar el camino que comienza en la antigüedad con Platón y llega hasta los tiempos de la modernidad para recalar, en el libro, en Nietzsche que, como bien dice el filósofo, no es el último estante. Lo que hace presumir que tendremos otros aportes de la filosofía a través de la historia de la biblioteca de Abraham.
LLEGAR AL GRAN PÚBLICO
La propuesta de Tomás Abraham no es esencialmente académica. Sin perder rigurosidad histórica y fidelidad al exponer el pensamiento de los muchos filósofos abordados, el autor logra su objetivo: llegar al gran público. Es cierto que hay temas de la filosofía que no son de fácil acceso. Pero no es menos cierto que Abraham los presenta con un lenguaje claro, accesible, que puede hacer que el lector no embebido en las lecturas filosóficas, pueda entrar en las páginas de “Historia de una biblioteca” y sentirse cómodo en ellas.
La metodología que utiliza el filósofo para tratar a quienes desde la Grecia anterior a Cristo han filosofado y han expuesto su pensamiento, no se circunscribe a una exposición histórica de cómo ha evolucionado el pensamiento. Cuando aborda algunos temas, a algunos pensadores, se vale de los comentarios sobre ellos de quienes han sido sus maestros, ya sea en la Sorbona en París o en otras circunstancias. Así le sirven de guías, o son su Virgilio como expresa recordando a Dante, Althusser, Michel Foucault entre otros.
Tiene incursiones sabrosas al comentar el pensamiento de los filósofos que desfilan por los anaqueles de su biblioteca. Que es decir, por los que él ha leído y conoce. Y los entrega al lector para enseñar la evolución del pensamiento y, creo, para enseñar que se debe pensar ya que al hacerlo el hombre va haciéndose libre.
De la antigua Grecia, avanza Tomás Abraham hacia el advenimiento del Cristianismo y lo que para su afianzamiento significó el pensamiento de San Pablo. Nos introduce en San Agustín y parte de la anterior patrística y luego llega al medioevo. Allí analiza con buen olfato el pensamiento aristotélico en los comentarios de Avicena y Averroes, y cómo ello da motivo a la incursión de Santo Tomás que toma a Aristóteles y en base a él (aunque tiene también influencia de San Agustín), estructura su filosofía en la “Suma contra los gentiles” y su teología en la voluminosa “Suma Teológica”.
No ha eludido en páginas anteriores a los esenios ni a Orígenes. Pero lo que me ha parecido de los comentarios y exposiciones de Abraham, es que se puede disentir de él en algunos (o también, por qué no, en muchos) enfoques. Pero que ello no obsta para reconocer la lealtad de un pensador para con el público, porque al tratar temas y autores con los cuales no coincide en el pensamiento, lo hace con una objetividad digna de elogio. Sobre todo en estos tiempos en que estamos acostumbrados al pensamiento único motivado por el fanatismo de estar siempre aferrados a un libro único como ha expresado el escritor nicaragüense Sergio Ramírez.
LOS ENSAYISTAS
Hay una parte del libro en la que el autor enfoca la labor de los ensayistas. Por supuesto, toma a quien muchos consideran como el creador del ensayo: Montaigne. Cita a nuestro Ezequiel Martínez Estrada cuando éste afirma: “El ensayo tal como lo concebimos hoy, está en Montaigne acabado en punto de perfección. No crea él ese género, pero lo constituye al fijarle sus condiciones típicas, como la forma más holgada y libre de reglas para la expresión natural del pensamiento y de la emoción” (p.277). Incursiona sobre la situación histórica que llevaron a Lévi-Strauss y Althusser a crear “un clima en el que el saber en las ciencias sociales y la filosofía debían regirse por el rigor demostrativo de las matemáticas y de la lingüística estructural” (p.285). Y analiza lo que al respecto ve y piensa Pierre Clastres a quien Abraham conoció en París que rescató “El discurso sobre la servidumbre voluntaria”, escrito por el amigo del alma de Montaigne, Étienne de la Bóetie, como lo hicieron también Claude Lefort y Gilles Deleuze.
REGRESO A LOS FILÓSOFOS
En su libro, después de esa entrada sobre los ensayistas, el autor regresa a los filósofos. Claro, faltaba hablar de Descartes. Faltaba también la anatematizada y a la vez inmensa figura de Baruch Spinoza, de Pascal, de Leibniz, de Hobbes. Y entrar en la segunda parte de los tiempos modernos con el liberalismo, Adam Smith, Voltaire, Rousseau, Kant, Hegel, Schopenhauer, Marx y llegar al último pensador de ese estante.
Todo ello escrito, como queda dicho, con una prosa sencilla, tratando siempre de exponer, desentrañar y glosar el pensamiento de cada filósofo según la trascendencia que para Tomás Abraham ha tenido. No sólo en lo que la academia ha fijado como una historia de la filosofía, sino en el propio autor, el filósofo Tomás Abraham que, sin dudas, es uno de los serios y seguros pensadores que en estos tiempos habitan nuestro suelo. Y a quien le debemos nuestro agradecimiento por la tarea que a través de su biblioteca, ha realizado para exponer su periplo por la filosofía y, a la vez, darnos hermosas lecciones sobre lo que significa cada pensador que ha abordado.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

jueves, 8 de julio de 2010

UN ESCRITOR QUE VENCE AL TIEMPO
Escribe Carlos Sforza*
Leyendo el voluminoso y profundo libro “Historia de una biblioteca” de Tomás Abraham (544 páginas), me encontré, cuando trata la filosofía del medioevo y habla de Santo Tomás de Aquino, que sorpresivamente para mí, el filósofo argentino en dos artículos (págs. 203/207), recurre a Gilbert K. Chesterton.
Ese reencuentro impensado en el libro que sigo leyendo de Abraham, me mueve a escribir esta nota sobre el gran escritor inglés a quien comencé a leer en mi época de estudiante secundario y a quien continúo leyendo siempre,
Chesterton nació en Londres el 29 de mayo de 1874 y murió en Beaconsfield el 14 de junio de 1936. A manera de síntesis de su labor intelectual quiero simplemente consignar que escribió unos 80 libros, 200 cuentos, infinidad de artículos periodísticos y participó en los comienzos del siglo XX en grandes debates públicos junto a su amigo Hilaire Belloc y polemizó muchas veces con su amigo agnóstico George Bernard Shaw.
TEMAS ABORDADOS
El escritor Chesterton abordó los más diversos temas y encaró diferentes géneros según los cánones clásicos. Fue un destacado poeta, un ensayista de fuste, un narrador excelente.
Borges al hablar de las metáforas en las conferencias reunidas en “Arte Poética”, se refiere a una de las estrofas que más lo han impresionado. Dice: “Los versos proceden de una poema de Chesterton llamado “A Second Chilshood” (Segunda niñez)” y lo transcribe en inglés y luego continúa con su traducción al español y sus consideraciones: “Pero no envejeceré hasta ver surgir la enorme noche,/ nube que es más grande que el mundo,/ monstruo hecho de ojos”. No un monstruo lleno de ojos (conocemos esos monstruos desde el Apocalipsis de San Juan), sino –y esto es mucho más terrible- un monstruo hecho de ojos, como si esos ojos fueran un tejido orgánico” (pp. 40/41). Chesterton escribió “La balada del caballo blanco” que tuvo una buena acogida de la crítica.
Leonardo Castellani que en su libro “Crítica Literaria” dedicó varios capítulos a Chesterton a quien conoció personalmente en Roma, nos entrega un retruque galante escrito en versos por el autor inglés Cuenta Castellani que cuando aquél tenía más de setenta años, los diarios ingleses dieron noticias que catequizando a una joven anglicana, Miss Herbet, la que le objetaba la rareza de que Cristo “eligiera por ánfora sacramental el pan y el vino (…) va el gran humorista y le dirige en verso el siguiente argumento…” y transcribe en inglés los versos y agrega Castellani: “Que mal traducidos (no es posible dar la enérgica concisión del inglés) quieren decir:
A otros y en antaño hubiese dicho
Que dogmas hondos cual la Cristiandad
Yacen en el partir del pan y el vino
Y que se encarna Cristo de nuevo en cada pan.
A ti, menos palabras más humanas
Me bastan: que el que sirve en ese altar
Por beber de tal vino dio el amor femenino.
Sí, un amor como el tuyo, por beber vino tal.”
(pp.188/189)
LA FILOSOFÍA
Gilbert K. Chesterton abordó con un gran sentido del humor, con un planteo paradójico, temas de teología, de filosofía, de literatura. En él siempre primó el humor y con ese sentido humorístico bien inglés escribió sus libros. En su biografía de Santo Tomás de Aquino que en traducción de Horacio Muñoz publicó en nuestro país Espasa-Calpe en su Colección Austral, y cuya séptima edición de 1948 tengo a la vista, dice el autor en Nota Preliminar que “El objeto de este libro no es otro que presentar un bosquejo
popular de una gran figura histórica que debiera gozar aún de mayor popularidad.” (p.9).
Es claro que él quiere hacer conocer esa figura del Doctor Angélico a quienes no profesan su propia fe, para que lo conozcan como él mismo puede conocer la figura de Mahoma por ejemplo. No agrega mucho, claro, sobre Santo Tomás en cuanto a lo que surge de los propios escritos del teólogo y filósofo medieval, pero sí le pone un sabor especial a sus páginas, con afirmaciones sólidas sobre esas ramas del saber, hace referencias al mundo moderno, a los intelectuales y otras cosas que atraen por la forma en que las encara. Es su estilo y es la forma en la que llega al público lector.
De allí que Tomás Abraham en el comienzo de su primer artículo que titula “Una singular ortodoxia”, afirme: “Comprender el cristianismo a través de Gilbert Keith Chesterton es una tarea grata para el pensamiento. Es uno de los argumentadores más sagaces que nos ha dado la literatura moderna, y, a veces, un hombre sabio. Conoce a los hombres, por eso habla de Dios” (p.203).
El libro del inglés sobre Santo Tomás, empieza en el primer capítulo con una semblanza y hasta comparación paradójica entre dos santos: Francisco de Asís y Tomás de Aquino. También escribió Chesterton una biografía del santo de Asís. Reconforta que Tomás Abraham haya recuperado la figura del gran polemista inglés y que termine su último artículo con estas palabras: “Nos despedimos de Chesterton, con el agradecimiento a este gigante por habernos ayudado a comprender ciertas virtudes del pensamiento cristiano del Medioevo” (p.207).
EL NARRADOR
La obra de Chesterton como narrador es extensa. Diría que comienza con la fuerza de un libro muy conocido: “El hombre que fue jueves”. Y se afirma decididamente con los cuentos policiales que tienen como protagonista al P. Brown.
Precisamente Leonardo Castellani, después de las críticas que recibiera “El hombre que fue jueves”, obra que había desconcertado a quienes la juzgaron en los diarios ingleses, se imagina lo que Chesterton debe haber pensado y decidido. Sobre aquella obra decía The Universe: “No sabemos lo que Chesterton quiere decir”. En Evening News afirmaban: “Es un enorme cuento filosófico simbólico, o mejor aún, metafísico, cuyo personaje principal es nada menos que Dios Padre”. Y Castellani imagina que Chesterton debe haber pensado: “Me han llamado descabellado porque en El hombre que fue jueves solté las riendas de mi imaginación…Voy a demostrar que puedo dominarla. Escribiré cuentos ceñidísimos, fantásticos sí, y paradojales más que Hoffman, pero al mismo tiempo cerrados y lógicos como un icosaedro…” (op.cit. p.164).
Y así salió la saga del P.Brown reunida en sus obras completas que editó Aguilar en 1952, con traducción, entre otros, de Alfonso Reyes y que tengo a la vista, y reúne cinco libros con el P. Brown como protagonista, y seis más, encabezados por el siempre recordado “El hombre que sabía demasiado”. Libro de 1532 páginas, en papel Biblia, que he leído y releído infinidad de veces. Porque encontrarse con la figura del Cura casi grotesco en su aspecto, pero de una lucidez y capacidad de raciocinio excepcionales, con el luego converso ladrón Flambleau, con el severo policía francés Arístides Valentin y con tantos personajes creados por la imaginación de G.K.Chesterton es un verdadero gozo para quienes amamos las novelas y relatos policiales, con el estilo y la estructura que le imprime el escritor inglés.
Sin dudas, es una verdadera satisfacción encontrar a un escritor que ha atravesado todo el siglo XX y hoy, en la primera década del siglo XXI, mantiene vigencia y atrae por su excelente capacidad como ensayista, poeta, narrador. Esa es la pervivencia que tiene (y, creo, mantendrá) Gilbert Keith Chesterton.