miércoles, 26 de octubre de 2011

EL ARTE Y LA PAZ
Escribe Carlos Sforza*
El Ciclo Arte por la Paz, que el segundo lunes de cada mes reúne a artistas de distintas disciplinas en un bar de Rosario (Santa Fe), cumplió en 2010, diez años consecutivos de reuniones. Su creador y quien continúa con el Ciclo, es Bernardo Carlos Conde Narvez, oriundo de Concordia y ligado a nuestra ciudad por lazos familiares. Radicado en la vecina ciudad santafesina, Conde Narváez es Licenciado en Comunicación Social, Procurador nacional, artista plástico, escritor, gestor cultural y cumple una labor solidaria destacable en Rosario y otras ciudades. Ha trabajado en diversas instituciones a favor del arte y especialmente, en la relación que el arte como tal, tiene con la paz. De esa inquietud nació el Ciclo que mantiene en actividad después de su décimo cumpleaños. El mismo se inició en el año 2000 en el bar rosarino La Fabrka en calle Tucumán al 1800.
Así comenzó esta patriada cultural que tiene como epicentro el arte pero relacionado con la paz. Lo cual habla de una visión amplia, casi diría ecuménica, del origen y la orientación que le impuso su creador.
Con motivo de los diez años del Ciclo, Bernardo Conde Narváez ha publicado un libro donde nos habla del inicio de la labor del mismo y nos aporta datos significativos sobre las actividades realizadas a lo largo de diez años de labor ininterrumpida.
EL LIBRO
La publicación que ha hecho Bernardo se llama CICLO ARTE POR LA PAZ -10 años- (Editorial Ciudad Gótica, palabras de la contratapa de María Rosa Loja, Arte de tapa de Héctor Beas, Rosario (Santa Fe), marzo de 2011, 236 pp.). La obra, como se aclara en la solapa, fue publicada gracias al subsidio otorgado por la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario lo que habla de la preocupación por la labor cultural que tiene el ente oficial rosarino, demostrado en publicaciones de libros y muchas otras expresiones que hacen al quehacer cultual de la vecina ciudad.
Conde Narváez hace una semblanza de la gestación del Ciclo, a la vez que desarrolla diversas instancias y los nuevos bares rosarinos donde se ha cumplido el proyecto nacido hace una decena de años.
Es interesante saber, y lo cuenta en el libro el autor, que en la primera reunión en La Fabrika fueron invitadas ocho personas. Dice Bernardo que “(…) El lugar ya estaba. Invité a ocho personas. Y no sólo poetas, sino comencé a convocar a gente distinta a la poesía, inteligente, adulta, comprometida. Pero pensé: ocho personas leyendo seguidas, sería muy pesado. Así que le dije a Silvia Contardi, que además de poeta es cantante, si quería cantar. Me dijo que sí.”
Aclara que su deseo era mayor, de tal forma que también invitó a una artista plástica a exponer una obra que se colocó a la entrada. Para esa primera reunión del Ciclo, fueron invitados a leer:
Ángel Oliva, Any Lagos, Graciela Aletta de Sylvas, Martín Navarro, Carlos de La Torre, Idilia Solari, Rubén Plaza y Silvia Ezcurra de De Larrechea, esta última para hablar de Ecología. Aclara el autor que “Entre los cuatro primeros que leían, y los cuatro siguientes, Sonia Contardi, acompañada por un guitarrista, cantaba”. A la entrada se expuso una obra de arte de Graciela Sacco. De allí en más, por el libro desfilan muchos de los que en los diez años que abarca el Ciclo del que nos da cuentas el autor, han estado con su arte tratando de hacerlo valer como un aporte indiscutido para la paz del hombre y de las naciones.
De a poco la gente de Rosario se acostumbró a estas reuniones y el círculo de los que participaron de él se fue ampliando. Y lo que es importante, continúa con vida propia y apoyo de los artistas y de la comunidad rosarina.
APORTES
El libro no sólo es una historia del Ciclo sino que, con buen criterio, Bernardo Conde Narvaez introduce en sus páginas muchos aportes de quienes hablaron y leyeron en las sesiones de los lunes en diversos bares, por donde ha pasado, el Ciclo iniciado en el año 2000.
Para ejemplificar lo dicho, no puedo dejar de mencionar la presencia en esas reuniones, en el bar La Sede, que cerró uno de los ciclos del gran poeta, filósofo, antropólogo, residente actualmente en Buenos Aires, Hugo Mujica. Este sacerdote, en los años del hippysmo de sesenta, estuvo en Estados Unidos, anduvo con los monjes tibetanos y en el país del norte, ingresó y estuvo siete años en un Monasterio Trapense, donde vivió en silencio pues allí los monjes no hablan. Todo eso, según lo oí de la propia boca de Mujica, le sirvió para desarrollar su espíritu, para crecer interiormente y luego, ya de regreso a la vida cotidiana fuera del Monasterio, ofrecernos una poesía descarnada, profunda que lo coloca en lo alto de la actual poesía argentina.
En el libro se insertan algunos de los poemas de Hugo Mujica que comenzó a escribir cuando vivió en el silencio de los trapenses y otros del libro “La pasión según Georg Trakl. Poesía y expiación”. Dice Bernardo que “El pan y el vino de Trakl está fuera del templo, no es el de los parroquianos sentados en sus bancos mientras entonan “un canto moribundo” entre arcos “que flamean sombríos; no, el pan y el vino de Trakl es el de los peregrinos, los errantes, los que osan la intemperie, aún en una noche de invierno”. Y transcribe aquí los versos que Mujica inserta en el libro como éste: “Cuando la nieve cae por la ventana/ y tañe lenta la campana vespertina,/ está puesta la mesa para muchos,/ preparada la casa.// Por oscuros senderos/ llega algún caminante hasta la puerta,/ dorado florece el árbol de los dones/ con la savia fresca de la tierra.// En silencio el caminante entra en la casa,/ el dolor petrifica/ el umbral, pero en la mesa/ en un halo de luz inmaculada/ brillan el pan y el vino.”
En el desarrollo del libro el autor nos cuenta las peripecias pasadas por el Ciclo en los períodos vividos en los diez años de su existencia. Y, como queda dicho, nos entrega poesías y prosas de diversos autores que leyeron en diferentes ocasiones. Es un libro pues, que a medida que avanza en la historia del Ciclo Arte por la Paz, nos ilumina con trabajos aportados por los que han desfilado por los bares rosarinos donde se congregaban los integrantes del grupo creado por Conde Narváez. Una manera de vivificar la historia de los diez años de reuniones.
Hay aportes de diferentes tonos y calidad, es cierto. Hay variedad de enfoques, es verdad. Pero en la disparidad y el encuentro de voces variopintas, se verifica el espíritu del Ciclo. En la parte final del libro, el autor agradece a una gran cantidad de artistas que ha colaborado y aportado sus creaciones para las reuniones de los primeros diez años. Y exhorta a seguir trabajando en el camino emprendido “(…) a favor de la paz mediante el arte y la palabra (…) comprometiéndonos, siendo honestos, solidarios, sensibles y justos (…) Que el arte, la cultura y la palabra sean los instrumentos para logra la paz… para todos”.
Un libro que no sólo cuenta la historia de los diez años del Ciclo Arte por la Paz, sino que ilumina el camino elegido a través de quienes con sus creaciones, han hecho posible el mismo y han aportado su trabajo para que, como dice María Rosa Lojo en la contratapa, “La paz no es pasividad, es creación activa de armonía vital. (…) Desde el corazón de la tragedia el arte cura, repara, encuentra el hilo extraviado del sentido bajo la tierra quemada de las batallas”.
Blog del autor: www.hablaelconde.blogspo.com

viernes, 21 de octubre de 2011

¿CÓMO DEBE SER UNA NOVELA?
Escribe Carlos Sforza*
Es indudable que los lectores de novelas saben cómo es la estructura de la novela. Pero muchas veces sucede que hay detalles que escapan a ciertas obras que se rotulan dentro del género novelístico.
Hay escritores y ensayistas que han tratado el tema en profundidad. Y conviene fijar algunos puntos para ilustrar al lector porque no todo lo que reluce es oro y no todo lo que se dice novela es tal.
El crítico argentino Oscar Tacca en su libro “Instancias de la novela” sostiene que “No leemos hoy como leían los lectores de El Quijote, Robinson Crusoe, ni siquiera los de Balzac, Somos nosotros los verdaderos Pierre Menard de Borges; nosotros, quienes las hacemos nuevas en la lectura.” Y agrega: “Quizás toda la problemática de la novela podría distribuirse en las relaciones establecidas entre las diversas instancias de la narración. ¿En qué consiste la riqueza de un texto? En la multiplicidad y complejidad de las relaciones sutilmente establecidas entre sus categorías.”
Pensemos que para el novelista lo importante es partir del hecho que está manejando hombres. Es decir seres de carne y huesos, que piensan, tienen pasiones, aman y también odian. De allí que la narración debe ser escrita en forma vívida, “con sentido humano”.
Reitero un concepto que por repetido no está demás recordarlo: el novelista tiene un plan para su obra, pero los personajes se imponen dentro de ese plan y se le escapan de las manos al escritor. Empiezan a andar con libertad en las acciones que realizan. Manuel Gálvez sostenía que “fracasa el novelista que pretende someter a los personajes a su plan”.
Recuerda el autor de “La maestra normal” que “(…) El momento de “Niebla” en que el protagonista se le presenta a Unamuno y le dice que no quiere morir, no es tan fantástico como pudiera creerse. Los personajes no se le aparecen al novelista como si fuesen seres humanos o como fantasmas, pero sí en una realidad semejante al sueño”. Y es así, por ello el autor tiene que extremar su imaginación para que las acciones dentro de la novela se adecuen a cada personaje.
Incluso la manera de expresarse. De allí que los buenos novelistas hacen hablar a sus personajes como realmente hablan y no a la manera de las novelas idealistas donde los personajes no se expresan “como en la realidad: hablan pulcra y correctamente como escribe el autor”.
Por supuesto que no se debe caer en la chabacanería. Debe ensamblarse el lenguaje del escritor, el literario, con el de los personajes para que la obra sea una auténtica novela y por ende, una obra de literatura y no un folletín barato.
Uno de los caracteres que han marcado como esenciales en las novelas algunos autores, es el diálogo. La gente se conoce hablando. Y en una novela, cuando hay personajes que se relacionan de una u otra forma, la mejor manera de presentarlos es creando diálogos. También hay que tener presente que los diálogos deben ir acompañados muchas veces de acotaciones del narrador, pues depende de las circunstancias y del tono que ponga en las palabras el personaje, la validez del poder conocerlo el lector. Allí, una acotación certera del novelista puede darle el verdadero tono y alcance aunque sea a una sola palabra dicha por un personaje.
Muchos personajes de novelas son tomados de la vida real y transformados o desfigurados. F. Mauriac opinaba que “Nuestras pretendidas criaturas están formadas por elementos tomados de lo real; combinamos con más o menos habilidad lo que nos suministra la observación de los otros y el conocimiento que tenemos de nosotros mismos”.
Es claro que a los personajes debemos dejarlos hacer su propio camino. Es la vida de ellos la que nos impone narrarla. Y ahí está la necesaria capacidad del autor para que ello suceda. Cuando se dan esas interacciones del personaje con el autor, se llega a lograr una novela que valga como tal. De lo contrario estaríamos escribiendo una historia informativa, o un folletín que es como un calco de otro que ya escribimos o el modelo del podríamos escribir luego.
Otro rasgo que debe ser desterrado es el pretender que los personajes hablen con las ideas del autor. Muchas veces el lector cree que lo que dice el personaje, es precisamente lo que piensa el autor. Y se equivoca cuando lee una verdadera novela. Romain Rolland escribió al respecto: “No solamente los actos y las opiniones de Juan Cristóbal, sino las consideraciones y los juicios intelectuales expresados en la obra bajo una forma impersonal, participan de la atmósfera moral de mi héroe. Es perfectamente estúpido atribuirme todas las ideas, a menudo paradójicas de mi obra”.
Estas acotaciones, creo, sirven para que el lector tenga una idea clara sobre cómo es una novela cuando se trata de una obra literaria.

domingo, 16 de octubre de 2011

LA VANGUARDIA POÉTICA DE BETTY MEDINA CABRAL
Escribe Carlos Sforza*
Sigo desde hace años la trayectoria poética de Betty Medina Cabral. Su labor como poeta ha sido analizada y premiada por diversos medios. El escritor uruguayo Pablo Troisse le ha dedicado varios libros donde estudia lo que es la poesía de Betty Medina Cabral.
UNDERGROUND
Es claro que, cuando se han leído los libros de la poeta de Río Cuarto (Córdoba), uno se encuentra siempre con una poesía underground. Es decir, de una manifestación literaria que ignora voluntariamente las estructuras establecidas. Esa creación poética coloca a la autora en lo que podríamos llamar la vanguardia. Y lo es no sólo por la estructura que da a su expresión, sino por el contenido de la misma. Y, pienso, al analizar la poesía de Betty, uno se encuentra con una verdadera poesía erótica. Por otra parte sabemos que la poesía erótica, como se la ha definido incluso por el Diccionario de la Real Academia Española, es una poesía amatoria.
En un comentario que hice sobre un libro anterior de la poeta, “La extraña del expediente”, sostuve que Betty Medina Cabral “es en sus obras y se hace a través de las mismas. Se hace escribiendo. Y escribe lo que es su ser. Su poesía se coloca en muchos tramos, entre lo mejor que se ha dicho líricamente en la poesía erótica. Sabemos que en literatura, los límites entre lo erótico y lo pornográfico son lábiles. También sabemos que dentro del arte, se han desarrollado representaciones o símbolos eróticos en todos los tiempos y en todas las civilizaciones”. La poeta en su caso particular, siempre ha estado del lado de la poesía amatoria, de la poesía erótica y, siempre, ha mantenido su postura y no ha cruzado el límite que separa lo erótico de lo pornográfico.
SU NUEVO LIBRO
Betty Medina Cabral acaba de entregarnos un nuevo libro. Se trata de ESCRIBA ENLLUVIADA (Colección Betty Medina Cabral, foto de la autora por Graciela Rabino, dibujos de Carlos Terribili, edición al cuidado de Sandra Tirante, impreso en los talleres gráficos de la Universidad Nacional de Río Cuarto, junio de 2011, 120 pp.)
Este volumen sigue las estructuras de sus anteriores obras y continúa la línea vanguardista de la autora. Es una obra de poesía erótica, y cabe en la categoría ya descripta de lo under.
La poeta transita con una libertad admirable, los vericuetos de la poesía amatoria. Lo hace con el desparpajo de crear neologismos, de eliminar artículos, de unir palabras, de marcar el ritmo interior a través del uso continuado de adjetivos, de sustantivos, de comparaciones. La de Medina Cabral no es, claro, una poesía fácil para quienes están acostumbrados a la poética académica, o al verso blanco pero con una disposición sintáctica determinada.
Su poesía nos lleva como de la mano, a la manera de un lazarillo, por los difíciles meandros de un viaje a la esencia misma de lo erótico. Pero con una sutileza que no cae nunca y, por el contrario, eleva el espíritu del lector.
En Betty hay una unidad en el oficio de vivir y en el oficio literario. En su poesía está la vida. Está el dolor de la vida. Y el sufrimiento que es, según dice el gran dolor y en ese gran dolor está el calmante (p. 75).
Aparecen dos colores que suelen estar en todas sus poesías: el azul y el amarillo. Este último, es un permanente e insoslayable acompañante cromático en la lírica de Medina Cabral.
Como en toda su obra, hay en ésta un hálito de vida vivida. Como escribí en otro lugar, “Eso conmueve. Porque se ubica entre los poetas que saben no sólo poner su lirismo en el papel sino que con cada verso hay un chorro de sangre de la poeta. Es la sangre de su vida, que en sí misma, con alegrías y dolores, muchas veces no equilibrados, se derrama en cada línea y lo hace no como una manifestación realista de fácil acceso, sino como un torrente incontenible de palabras que se unen, a veces casi arbitrariamente, dentro de un esquema lírico que convierte a Betty Medina Cabral en una de las esenciales poetas de la vanguardia de la poética de habla española, dentro de una temática existencial y con sabor de verdadero erotismo que por ser tal y ser su creadora una poeta, hace de su obra una expresión de buena literatura”.
Sabemos que la escritura salva al escritor. Es una especie de coraza que lo protege de los embates de la vida cuando la vida es dura. Como dijo la propia poeta en una entrevista: “Sigo prendida a la escritura y seguiré hasta el final porque ese mundo irreal que se crea escribiendo, me ha salvado de la realidad, que es mezquina, estrecha y angosta”.
Y como la vida de Betty Medina Cabral ha sufrido muchos vaivenes, es propio que su expresión a través de la escritura de vanguardia y erótica que crea en todo momento, sea aquella coraza que la salva de la estrechez de una realidad mezquina y que, muchas veces, es dolorosa.
Esta obra es, en suma, un nuevo y valioso aporte a la poesía under que con tanta excelencia crea Betty Medina Cabral.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

sábado, 8 de octubre de 2011

HISTORIAS Y PERSONAJES BUSCAN AL AUTOR
Escribe Carlos Sforza*
El título de la nota hace referencia directa a la labor del contador de historias o narrador. Es decir a cómo nacen las historias que escribe y los personajes que actúan en esas historias.
Es evidente que cada autor tiene una manera peculiar, única quizá, de imaginar una historia y hacer deambular por ella a los personajes. Muchas veces son hechos fortuitos, inesperados, los que sorprenden al escritor y lo incitan y nutren para desarrollar una narración. Sea un cuento, un relato una novela. Claro que no es lo mismo el desarrollo de una novela que el de un cuento.
En la primera no es sólo contar una historia y hacer andar y actuar a un personaje. Es mucho más complejo puesto que, como he dicho otras veces, la novela es como un gran delta con innumerables canales de agua, ciénagas, embalsados, tierra firme, con diversas derivaciones. Todo ello hace que la estructura novelística sea compleja y requiera de un hilo central pero, a la vez, de anexos que son como parte del condimento que da sabor a la novela.
En el cuento la cuestión parece simplificarse puesto que no se nutre de esos vericuetos que encontramos en la novela, sino que tiene un eje central que es el que mueve todo el relato. No es cuestión de extensión. Más bien es cuestión de tensión. El cuento además de su verosimilitud, debe ser una especie de círculo donde la atención del lector no se disperse hasta el punto que se pueda leer sin hesitar, de un tirón.
CUANDO LAS HISTORIAS Y PERSONAJES BUSCAN AL AUTOR
Por mi experiencia personal, estoy convencido que las historias y los personajes buscan al autor. El escritor, a lo menos en mi caso, no anda detrás de una historia, hurgando aquí y allá para encontrarla. Por el contrario, sucede que la historia lo busca a uno y se mete de tal forma que el escritor no puede dejar de pensar en ella y con su imaginación creadora, armar un relato que será una novela o un cuento.
Como experiencia personal puedo decir que hay hechos que uno vive y acontecimientos de los que se entera por los medios de comunicación, el contacto personal o interpósita persona, que le transmiten la necesidad de hacerlos novelables. Es decir, de escribir una obra basada en esos hechos, acontecimientos y/o personas que causan tal impacto que el escritor, entonces, reacciona y se da cuenta que lo andan buscando para que sea la voz de esas historias y de esos personajes.
Recuerdo que cuando escribí y publiqué con seudónimo, por los finales de la década del cincuenta y comienzos de los sesenta mi primer cuento que titulé “Será Justicia”, fue un hecho que me tocó vivir directamente el que dio lugar a contar una historia. Era el desalojo de una familia de colonos en la zona rural de Victoria y a mí me tocó actuar como oficial de justicia puesto que trabajaba en el Juzgado de 1a. Instancia en lo Civil y Comercial. Ver esa escena, los chicos, hijos de los colonos, amontonados entre las cacharpas sobre los carros rusos, todo ello, fue como que me entrara de lleno y de golpe y me poseyera. De ahí que esa historia de gente para mí desconocida, dio nacimiento a aquel lejano cuento.
La primera novela que escribí y que fue publicada en 1965 por Ediciones Paulinas y distribuida en Argentina, México y España, nació de una historia que leí en un periódico local. Era un delito que había cometido un joven y cuyo destino fue ir a la cárcel, con un final inesperado. El final que puse a la novela no estaba ni fue así en la realidad. Pero el hecho, el impacto de esa noticia, fue lo que me motivó a escribir la novela que, gracias a la recomendación de quien era asesor de las Ediciones Paulinas, el novelista y crítico Adolfo L. Pérez Zelaschi, fue publicada en la colección en que salió la tercera edición de “El país de los chajás” de Martín del Pospós” entre otras obras.
La segunda novela publicada, “La rueda” (1975), narra una historia que me llegó de boca de uno de los protagonistas. Lucía Mendieta es el nombre que puse al personaje central y si bien es una obra que relata un hecho de mal trato y abuso de una menor, esa historia me buscó a mí como escribidor de la misma. Me rondó en la cabeza y un día me puse a escribirla. Y fue una obra, ambientada en Victoria que comienza en la octava de carnaval en la Plaza San Martín y culmina en la salida del Hospital público con un hálito de esperanza en medio de la desesperanza de la protagonista. Es una de las historias que se valió de mi imaginación y mi pluma para que llegara a la gente, al lector. En el Concurso Literario de Obras Inéditas, organizado por la Municipalidad de La Matanza (Bs.As.) en 1974, el original de “La rueda” mereció una mención del Jurado que entre otros integraban Nicolás Cócaro, Graciela Maturo y Ernesto Goldar. La novela fue editada en Victoria al año siguiente.
Por otra parte, la muerte de Juan Domingo Perón y los días inmediatos a ella, me captó de tal forma que dio origen a la novela “Historias en negro y gris” donde entrecruzo cuatro historias con retrospectiva, intercambio de planos temporales y geográficos que mereció el elogio de la crítica por la estructura moderna de la obra y por el tratamiento del tema, y de escritores como Gustavo García Saraví y Ulises Petit de Murat. Un hecho, la muerte de Perón que me buscó a mí como escritor. Y que fructificó en la escritura de la novela.
En el caso de los cuentos, evidentemente también sucede así. Mi primer libro, “Cuentos con niños” surgió de ver chicos en diversas actitudes, con diferentes motivaciones, y esas historias y esas personas convertidas luego en personajes, fueron quienes buscaron al escritor para que las fijara en cada cuento. Los libros posteriores no escapan a esa impronta de historias que buscan al autor.
“De casas y misterios” reeditado por la Sociedad Filantrópica “Terror do Corso” en Ediciones Del Castillo (Rosario, 2011), son cuentos que surgieron de relatos orales escuchados en mi infancia, de ver casas con un hálito especial en mi ciudad, historias que me encontraron a mí y que yo las transformé en cuentos.
A veces son sueños que en el inconsciente afloran cuando duermo y que por alguna extraña razón, conexión o lo que fuere, se graban y necesitan ser contados, con el lógico e imprescindible trabajo de la imaginación y el pulimento y andamiaje que le debo dar como escritor. Así sucede con “El sueño” incluido en mi libro “La culpa la tuvo el cuento”, o en “”Una tarde de claridades cíclicas” incluido en “Los Cuentos del Astrólogo”.
De esa forma, puedo decir a través de mi experiencia, que el narrador no busca las historias sino que son las historias las la lo buscan a él. Y ella se traduce en el armado de obras que nacen en un mundo donde todo es materia novelable. Y como escritores, nos encontramos con esa materia y cuando es apta y nos llama, debemos transformarla en una obra de arte literario como cocreadores o continuadores de la creación que permanentemente está en evolución y, por suerte, necesita de los artistas (en este caso de los escritores) para que se concrete.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿HAN MUERTO LOS VALORES?
Escribe Carlos Sforza*
La vertiginosa marcha de los tiempos actuales hace pensar que no existen valores. Y si existen, desgraciadamente pareciera que está guardados en un ropero o barridos para colocarlos debajo de una gran alfombra.
Por supuesto que esto se ve y se traduce en actos que los humanos realizan en diversas circunstancias de sus vidas. Vemos travestismo político, social, sindical, juvenil y sigue la larga lista.
También es cierto que en muchos períodos de la historia se ha asistido a una ignorancia o soterramiento de los valores. Y no es menos cierto que muchos valores varían conforme a las civilizaciones a las que pertenecen y cambian con el correr del tiempo y con los cambios que ese transcurrir temporal puede provocar en los hombres.
En un acto de verdadera toma de conciencia, el filósofo francés Gabriel Marcel escribió: “De una manera general, reflexionando sobre las aberraciones que se multiplican sin descanso en torno de nosotros, tanto en el plano de la ética y del pensamiento especulativo como en el del orden estético, me he visto impulsado a tomar a contrario una conciencia cada vez más clara de un cierto número de valores, que durante todo el período en el cual se constituyó lo que gusta llamar precisamente mi filosofía, fui, sin embargo, llevado a despreciar espontáneamente. Pero todos esos valores están ligados a la sabiduría y a la sensatez”.
Valores, dice el pensador francés, ligados a la sabiduría y a la sensatez. Indudablemente los valores que hablan desde la sabiduría, se constituyen a través del pensamiento reflexivo y crítico. Del saber que hace posible ponerlo en práctica a través de valores.
Asimismo cuando se refiere a la sensatez nos remite al sentido común. A lo que la razón y el corazón del hombre admiten como una cosa que no necesita de muchas explicaciones porque en definitiva, se explica por sí sola. Ese sentido común que advertimos en los dichos populares, en los refranes repetidos oralmente de generación en generación. Ese sentido común que lo tiene, incluso, un hombre sin estudios, sin haber pasado por las academias o las universidades, pero que nace de lo íntimo de su ser. Ese sentido común que, lamentablemente, muchos hombres que ocupan cargos importantes, que quizá han transitado por los claustros universitarios, no lo tienen. Y si lo tienen, por razones que quizá solamente ellos puedan conocer, no lo ponen en práctica.
Nos llamamos hombres civilizados. Y lo somos si tenemos presente que “la condición del hombre civilizado (lo es) por oposición a cierto estado primitivo, salvaje o bárbaro” (Marcel).
En ese sentido, tengamos en cuenta que toda civilización implica tener valores. Pueden variar de una civilización a otra, como escribí líneas arriba. Pero no puede haber una civilización si una serie de valores. El admirado filósofo citado, sostiene que “De cualquier manera que se defina una civilización, es de una evidencias innegable que ella implica creencias, esto es, valores”.
Precisamente los valores son los pilares de las civilizaciones que perduran. Cuando se violan los valores, la civilización ha entrado en una crisis que puede llevar a la destrucción final de esa civilización. Y en ese supuesto, surgirá una nueva, con sus valores que deberán ser respetados y cumplir con lo que mandan para ser fieles al espíritu de la civilización que entroniza tales valores.
Hay en la modernidad o posmodernidad o posposmodernidad, una tendencia a minivaluar. Es decir a menospreciar los valores. Hay como un estado de efervescencia donde todo se pone en discusión y en duda. Y existe una propensión a que cualquier hijo de vecinos, tome un micrófono o se presente en la pantalla de un televisor o escriba en un diario. Y así puedan opinar sin más ni más, sobre los valores que suelen ser pilares que sostiene el andamiaje social. Y lo hacen sin conocimiento y con un desparpajo que deja perplejo a quien se dedica de lleno a aplicar la sabiduría y la sensatez cuando se trata de analizar los valores.
Es como si cada uno se sintiera poseedor de la verdad absoluta. Y caemos, ahí sí, en una actitud soberbia y fanática. Es simplemente una actitud de orgullo. Y como sostiene Gabriel Marcel es allí cuando la sabiduría debe enfrentarse. “Contra la hybris, contra el orgullo”. Juan Pablo II en la carta encíclica “FIDES ET RATIO” decía que “se puede definir, pues, al hombre como aquel que busca la verdad”. Y antes había sostenido que “De por sí, toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre”
Por eso hoy como ayer y tal vez, más que nunca, debemos buscar la verdad para poder cumplir con los valores que sustentan el ser de una civilización. Cuando los infradotados quieren imponer su pensamiento, hay que reaccionar. Y hay que hacerlo desde cada lugar que nos toque ocupar., Hay que reivindicar los valores y, fundamentalmente, saber ver en el otro al prójimo. Es decir a quien es el que puede dialogar con nosotros. De esa forma y no cerrándose, se puede avanzar hacia una sociedad más justa basada en valores compartidos.

lunes, 26 de septiembre de 2011

PERSONAJES RECURRENTES EN LAS FICCIONES
Escribe Carlos Sforza*
Hay en las ficciones diversos personajes que muchas veces se reiteran en la obra de algunos autores. Hay, también, narradores que no utilizan los mismos personajes en sus diversas obras aunque algunas veces, aparecen rasgos o elementos presentes en obras anteriores.
En esta nota me referiré a los autores que tienen un personaje que se reitera en casi todas sus narraciones. Ello suele suceder, en forma bastante frecuente, en los relatos policiales.
EL PARADIGMA
Para mí un personaje paradigmático en este sentido es Sherlock Holmes, la creación de Arthut Conan Doyle. Si bien el autor utilizó otros personajes en algunos de sus libros, la saga que tiene como héroe principal al detective que vive en Baker Street de Londres, es un ejemplo de la persistencia del autor para mantener los relatos con ese detective privado.
Las entregas que hacía Conan Doyle de sus ficciones policiales estaban arraigadas de forma exagerada en los lectores y seguidores de las aventuras de Sherlock Holmes acompañado por su amigo el Dr. Watson. Y era tal el apego que tenía esos receptores de las narraciones de Conan Doyle que, cuano éste, cansado de escribir relatos policiales, decide eliminar al detective en una célebre pelea con el Profesor Moriarty, su gran enemigo, hace que ambos se despeñen por un barranco y mueran.
Ante este hecho, los lectores de las aventuras de Sherlock Holmes en masa levantaron su voz de protesta puesto que no podían admitir que su héroe hubiera muerto y con su muerte, terminaran los relatos de sus aventuras.
Ante este clamor y la demanda de los lectores, Conan Doyle “resucitó” al detective con un argumento que debió inventar. En efecto, en la caída lo hace aparecer sosteniéndose en una rama que había en el barranco y salir del trance. Luego, misteriosamente, y para que sus enemigos no lo ataquen, se esconde en una casa hasta que se comunica con su fiel ayudante y, de allí en más, continuó el autor escribiendo a regañadientes, sus relatos policiales con el gran personaje que era el detective de Baker Street.
OTROS CASOS
Esa recurrencia a un mismo personaje, se da en otros casos. Así el novelista belga Georges Simenon, ampliamente conocido por sus novelas policiales cuyo protagonista es el comisario Maigret. Simenon tiene una larga producción en el género pero siempre ha mantenido una pareja calidad literaria. Tal el caso de “Maigret”, “El perro amarillo”, “El hombre que veía pasar los trenes”, “La mano”, “Maigret y Monsieur Charles” entre otros.
El mismo caso sucede con las novelas de Agatha Christie. Es ella sin ninguna duda, la más famosa novelista policíaca inglesa. Ella como los dos anteriores, utiliza investigadores recurrentes como el detective belga Hércules Poirot o Miss Maple. Los lectores recordarán por haberlas leído o visto en el cinematógrafo, “Asesinato en el Orient Express”, “Diez negritos”, “Muerte en el Nilo” entre otras muchas novelas ya que su bibliografía superar el medio centenar de obras.
A esta nómina debo agregar el caso de Gilbert Keith Chesterton escritor inglés que nació en Londres en 1874 y falleció en 1936. Su primer libro publicado fue uno de poemas. Luego siguieron novelas, ensayos, biografías como “San Francisco de Asís” y
“Santo Tomás de Aquino”. En 1911 publicó su primera novela policíaca con el padre Brown, sacerdote católico, como personaje central. Realizó una saga con las historias del padre Brown que es digna de leerse y que personalmente releo cada tanto. Borges, en sus ensayos ha comentado la obra policíaca de Chesterton y se ha declarado un admirador del gran escritor inglés. Puedo agregar en esta lista al español Manuel Vásquez Montalbán, creador del personaje Pepe Carvalho, que comienza su ciclo recurrente con “Yo maté a Kennedy” (1970) y continúa con obras como “Los mares del Sur”, ”Historias de fantasmas”, “El Balneario”, “Los pájaros de Bangkok” y varios más.
El citado Jorge Luis Borges en colaboración con Adolfo Bioy Casares, publicó “Seis problemas para Isidro Parodi, donde utiliza el personaje único en la resolución de los problemas policiales que debe resolver.
Otro novelista argentino que falleció en 2005, es Adolfo L. Pérez Zelaschi, que está considerado de los mejores autores de novelas policiales del país.
Él, al igual que los anteriores, utiliza recurrentemente un personaje, el comisario Leoni, que es quien narra y resuelve los casos que se le presentan. Él está presente, por ejemplo, en su libro “Con arcos y ballestas” donde el autor se muestra como uno de los escritores excelente de novelas y relatos policiales. Y en sus novelas y relatos Leoni es el protagonista de los mismos. A esta nómina debo agregar los cuentos policiales de Leonardo Castellani que crea un personaje a semejanza del de Chesterton, el padre Metri y sus relatos se ubican en el Chaco santafesino.
De esta forma, he reunido una serie de personajes recurrentes en obras valiosas de autores argentinos y extranjeros. Podría, claro, ampliarse la lista con otros escritores y, muchas veces, con autores de menor valía que los citados quienes tomaron personajes recurrentes en sus ficciones. Pero, con lo escrito, creo que es suficiente.

sábado, 17 de septiembre de 2011

¿QUÉ LEEMOS LOS ESCRITORES?
Escribe Carlos Sforza*
La pregunta que da título a esta nota tiene, claro, diversas respuestas. Y es así puesto que cada escritor es una individualidad y por serlo, sus preferencias varían de uno a otro. Para tratar de responder a la interrogación, me voy a referir a mis lecturas. Y de esa manera puedo dar una pista a quienes son mis lectores, sobre lo que a lo largo del tiempo formaron mis muchas lecturas.
Cuando era niño, hace ya bastante tiempo, las lecturas se centraban en revistas y algunos libros. Las revistas eran, por ejemplo, un suplemento que editada el diario “Crítica” y que se publicaba creo que los martes y los viernes de cada semana. Ahí, en tiras teníamos lecturas ilustradas de diversa índole. Aventuras de Tarzán, la vida jocosa de “los cebollitas” y muchas más. A ello se sumaba “El Tony” y el “Pif Paf”con las aventuras de Mandrake el Mago, Tarzán y numerosas historietas que nutrían mi imaginación niña junto a las aventuras de Superman y el emperador Ming.
No puedo obviar la lectura de artículos especiales para la edad, del memorable “Tesoro de la Juventud” que leíamos en la casa de una vecina, la Sra. Julia Muzzio de Cudini que, como buena maestra de la Escuela Laprida, en su biblioteca tenía la colección de los preciados libros que eran una verdadera enciclopedia, variada y accesible aún para los niños.
No puedo obviar la lectura de algunas obras que publicaba la revista “Leoplán”. La que se grabó de una manera muy especial fue “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, que en folletín se publicó en esa revista y que impresionaba la ilustración de la tapa con el famoso retrato.
Con el correr del tiempo, lecturas de Salgari y otros de por medio, me dediqué de lleno a leer novelas policiales. El detonador de esas lecturas fue la colección de las novelas y cuentos escritos por Arthur Conan Doyle, con Sherlock Holmes como el paradigma de detective privado que se adelantaba a Scotland Yard y resolvía los más intricados casos como “El sabueso de los Baskerville”, “La marca de los cuatro” y tantas otras aventuras como los enfrentamientos y luchas sin cuartel con el Profesor Moriarty. A esas lecturas de las obras de Conan Doyle, se sumaban otras novelas policiales, conseguidas a bajo precio en los quioscos de revistas, como la colección de Sexton Blake (de quien conservo aún dos libritos), de Mr.Reeder, de Fantosma y otros por el estilo. En esa época de mi adolescencia, leía prácticamente una novela policial por día. Y para lograrlo, además de recurrir a las bibliotecas públicas, intercambiaba libros con amigos.
EN LA SECUNDARIA
Cuando comencé el cuatro año de la secundaria, mis lecturas derivaron en muchos escritores que nos proporcionaban los profesores del Colegio Nacional de Nogoyá. En historia, libros del revisionismo histórico con Juan José Antonio Segura, historiador y maestro ejemplar. En literatura leía a poetas como Antonio Machado, Francisco Luis Bernárdez, Paul Claudel, asimismo a los españoles artífices del idioma como Azorín. Por supuesto a los autores clásicos del programa de literatura del Colegio. Pero lo que nos reunía a un grupo de alumnos, eran esas otras lecturas que no las hacíamos por obligación académica, sino por el gozo de la lectura misma. A ello se sumaba el estudio y profundización en temas de religión, teología y filosofía.
Posteriormente ahondé en lecturas de los libros de Giovanni Papini, de Graham Greene, de Francois Mauriac, de George Bernanos, de Gabriel Marcel, de León Bloy, de Jacques Maritain, de Jean Paul Sartre, de Merleau Ponty, M. F.Sciacca, Camilo José Cela., de Gilbert K. Chesterton. Asimismo los clásicos novelistas norteamericanos: Faulkner, John Dos Passos, Hemingwey. El irlandés James Joyce. La inglesa Virginia Wolf. El norteamericano Kart Vonnegut…
OTRAS LECTURAS
A esa nómina, incompleta de lecturas intensas y meditadas, debo agregarle mi predilección por los libros de Ray Bradbury, uno de los preferidos autores no sólo de ciencia ficción sino de narraciones donde se mezclan el misterio, lo sorprendente y la belleza de un estilo excelente y de una estructura novelística de calidad indudable.
En cuanto a los argentinos, mis lecturas se han nutrido de Ernesto Sábado, Arturo Cerretani, Adolfo Bioy Casares, Manuel Mujica Láinez, Jorge Luis Borges, María Esther de Miguel, Juan Carlos Ghiano… Está sobreentendido que a la par de ellos, he leído a los autores entrerrianos cuya nómina es extensa y de otros lugares del país. Por supuesto no se puede, en mi caso, obviar a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti. Y un gran escritor alemán como H. Böll o el irlandés G. Orwell. Tampoco a Umberto Eco y también, en forma muy especial, a Italo Calvino
También es cierto, que entre mis lecturas figuran nombres de autores, libros y antologías que, por mi tarea como crítico y comentador de libros, realizo incesantemente. Son cientos los artículos en los que he reseñado y he comentado y he hecho crítica literaria de libros editados en el país y fuera de él. Han desfilado muchos autores, algunos de alto valor, otros de menor valor y, obviamente, ha habido malos libros escritos por quienes pretenden ser escritores y no les el cuero para serlos.
COLOFÓN
Como final a la respuesta de la nota, puedo asegurar que esas muchas, muchísimas lecturas han nutrido mi vida y me han dado gozo y oportunidad de vivir muchas vidas en las vidas de cada narración. A la vez, he aprendido mucho puesto que al leer buenos autores, algo siempre queda y sirve, inconscientemente, al escritor. Y, claro, sigo leyendo como buen adicto a la letra impresa, a las ficciones, a la poesía, al ensayo y la filosofía.