¿POR QUÉ ESCRIBO COMO ESCRIBO?
Escribe Carlos Sforza*
En cierta ocasión, hace ya varios años, cuando Ediciones Paulinas de Buenos Aires editó mi primera novela “Patio Cerrado”, un lector, oriundo de Rosario, que había leído el libro, después de hacer un elogio del mismo me espetó esta pregunta: “¿Por qué mató al muchacho?”. Se refería al final del libro cuando se suicida el protagonista central. Mi respuesta fue la lógica y la hice con la rapidez del convencimiento: “Yo no maté al muchazo. Se suicidó él”.
En otra ocasión, cuando publiqué “Cuentos con niños” e “Historias de mi pueblo”, alguien me identificó con la ideología marxista por los temas que abordaba. Se refería a que la temática de mis cuentos tomaba en general, a personajes pobres, humildes, desposeídos y en algunos casos, olvidados.
También hubo una vez en que al leer un fragmento de mi novela “Historias en negro y gris”, una señora pareció escandalizada y dijo que cómo un católico como yo podía escribir esas cosas. A ella yo le respondo que yo no soy un novelista católico sino un católico que escribe novelas. Y al hacerlo aparecen personajes y escenas que suceden en todos los rincones del mundo, porque el hombre deja ver sus pasiones, amores, odios, grandezas y bajezas, en cualquier lugar del expendido mundo que habitamos.
Estas anécdotas las cuenta para que el lector pueda apreciar varios aspectos de mi manera de escribir. En primer lugar que cuando un narrador crea un personaje, ese ser de ficción, se independiza del autor y comienza a andar y a hacer su propia vida. Ya no depende de lo que quiera de él el creador, sino que mantiene su libertad dentro de la ficción. En segundo lugar, en mi caso, hay que tener en cuenta que cuando escribo tomo ambientes y personajes que existen. De allí que Martín del Pospós, maestro y amigo, cuando presentó mi primer libro de cuentos, dijo que en la triple alternativa de elegir entre lo que pudieran ser los niños, o de lo que debieran ser los niños, opté por presentar cuadros concretos de lo que son los niños. Y en tercer lugar, queda ya explicada mi posición de católico que escribe novelas y no de novelista católico que pretende hacer una apologética de sus narraciones. Como escribiera Heinrich Böll: “Yo no soy un novelista católico (…). Me considero tan libre como libres dejo yo a los personajes de mis novelas.”
Es cierto que en ese juego de andar por la ficción como creador, aparecen elementos como la memoria y el olvido, que juegan su papel en la actitud del creador. Y la memoria que recupera instantes de la infancia, es primordial al momento de escribir porque suele nutrir de elementos olvidados la labor creadora.
Uno de los temas que están siempre presentes de una u otra forma en mis ficciones, es la muerte. Esa sombra, como he dicho varias veces, que nos acompaña desde el nacimiento y que cuando desaparece de nuestro lado, es porque ya no estamos entre los vivos. El hombre, al decir de Heidegger, es el único ser que sabe que va a morir. Y yo ví la muerte siendo un niño: cuando tenía seis años falleció un tío y al año siguiente, con siete años de edad en mi vida, falleció mi padre. A mis cuatro abuelos no los conocí salvo por fotografías puesto que al nacer yo, ellos ya había fallecido. Eso como tantas cosas de la infancia, inciden consciente o inconcientemente en la labor del escritor. Afloran en ciertas situaciones y quedan, muchas veces, plasmadas en escenas de relatos que no tienen que ver con el autor en cuanto a lo narrado, pero sí en cuanto a vivencias de la niñez.
Elementos materiales como las casas, son en mi narrativa temas recurrentes que se plasman en relatos y misterios que pueden suceder en el interior de esas viviendas. Así como las historias de nuestros ancestros, las guerras jordanistas, los odios que muchas veces tiñeron de rojo a familias enteras. Nada es ajeno a la imaginación del novelista. Todo, diría Manuel Gálvez, es materia novelable. Por esos si bien hay elementos recurrentes, siempre aparecen otros inesperados, buscados o no, que nutren el quehacer creador. Los sueños suelen nutrir, también la labor del creador. Hay cuentos que he soñado literalmente y que luego, al salir del sueño he reescrito como sucede en un caso concreto, en el libro “Los cuentos del Astrólogo”. También Cortázar dijo en una entrevista para la televisión española, que ví íntegra, que “Casa tomada” uno de los clásicos del autor de “Rayuela”, era un cuento que había soñado y que luego, con algún agregado, escribió.
INFLUENCIAS
Todo escritor que ha sido y es un lector adicto, recibe influencias. No es que luego trate de escribir como el autor preferido, sino que como somos deudores de la cultura en que nos nutrimos, asimilamos elementos de diversa índole que tarde o temprano, en general en forma inconsciente, nos alimentan y pasan a formar parte de nuestra manera de vivir la creación literaria.
Yo, por supuesto, asimilé mucho de las charlas-enseñanzas con Martín del Pospós. Aunque nunca me consideré un seguidor de su manera impar de escribir ni tuve el conocimiento directo, como él lo vivió, de las islas y del alma de los isleros de nuestro departamento. Pero con él discutíamos sobre autores del momento. Entre ellos el reconocido autor de “La Colmena”, Camilo José Cela. O Nikos Kazantzakis, el autor de “Cristo de nuevo crucificado. O Carmen Laforet. Aparte de los autores argentinos, a los cuales él conocía al dedillo y de cuyos libros en más de una ocasión, escribimos comentarios.
En mi caso particular, yo reconozco ser deudor de Graham Greene a quien leí por primera vez, cuando se publicó la traducción de “El poder y la gloria”. A Greene lo he seguido desde entonces (hace más de cincuenta años) a través de prácticamente toda su producción novelística. Lo he considerado y considero, como uno de esos escritores que a uno lo marcan. Otro tanto sucede con Gilbert K. Chesterton, cuya producción comencé a leer cuando era estudiante secundario. Por supuesto a uno de los novelistas olvidados de nuestro país como es Arturo Cerretani. Y, claro, no puedo obviar a uno de los escritores excepcionales del siglo XX y lo que va del XXI: Ray Bradbury. Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Manuel Mujica Láinez… A ellos, sumo los españoles citados, y varios argentinos que hoy están vigentes en el público lector y otros no lo están por ese olvido que es propio de nuestra a veces flaca memoria.
Es indudable que la lectura de buenos narradores tiene influencia indirecta en quien es escritor. Se aprende con la lectura de sus libros. Se goza con ellos y, a la vez, se aprende a ver cómo cada autor encara la construcción narrativa cómo escribe lo que quiere contar.
Gálvez decía que “el novelista vuelve a dar vida, pero una vida distinta, a lo que más o menos, ha sucedido. Es un creador de vida y de vidas”. Es claro que para que ello suceda y sea verdadero creador, el narrador debe dejar en sus creaciones su impronta, su ritmo, su micro y cosmovisión escritas con un estilo y una estructura propios y adecuados a cada momento de la ficción.
En ese sentido, personalmente comencé escribiendo desde el narrador omnisciente y en forma lineal. Luego y paulatinamente, pasé a cambiar y mezclar el narrador en tercera persona con el que lo hace en primera persona. Y, a la vez, a incorporar diversos planos temporales y narrativos en mis ficciones. Sin abandonar, cuando el tema lo requería, la forma lineal con monólogo interior, entrecruzamiento de realidad y elementos suprarreales. Todo ello teniendo siempre presente la premisa que no vale sólo lo que se dice, sino cómo se dice.
Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
jueves, 25 de agosto de 2011
viernes, 19 de agosto de 2011
LA PALABRA QUE FUNDA
Escribe Carlos Sforza*
Es conocida la afirmación del poeta alemán Friedrich Hölderlin en los versos finales de su poema “Andenken” cuando dice que lo que perdura “lo fundan los poetas”. Y fue el filósofo alemán Heidegger quien hablando sobre el poeta citado al comienzo, expresó y en cierta forma popularizó la afirmación. Heidegger escribió que “Lo que existe, los poetas lo fundan” y que “la poesía es la fundación del ser por la palabra”. En su libro “Carta sobre el humanismo” el filósofo alemán escribió: “El lenguaje es la misma mansión del ser. En su abrigo habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de este abrigo. Su guarda es el cumplimiento de la revelabilidad del Ser, en tanto que por su decir, hacen acceder al lenguaje esa revelabilidad, y la conservan en el lenguaje” (p.25).
Tenemos que pensar que la poesía, en sus comienzos, no hacía distinción de la forma. Fuera en verso o en prosa, era la palabra poética la que se expresaba.
Es sabido que los filósofos a lo largo de la historia se han ocupado del valor de la palabra. Aristóteles lo hizo 300 años antes de Cristo en su “Poética y también en su “Retórica”. Es por demás conocida la afirmación que hace en el primer libro citado: la poesía es más filosófica y doctrinal que la Historia” y lo es, “porque el poeta expresa principalmente lo universal, y el historiador, lo particular y relativo, de donde resulta que la poesía viene a ser ago más filosófica y grave que la Historia, porque representa no lo que es sino lo que debe ser” (III, 7).
Hegel, por su parte, sostenía que “La poesía ha sido y es maestra de la Humanidad, y su influencia es la más general y la más extendida”.
De todas maneras y afirmado lo dicho por pensadores, estamos ante la palabra y su expresión a través de las creaciones de los que la dicen como poetas en sentido general y en las diversas formas y expresiones en las que se ha divido en géneros conforme a los tiempos y a los cánones que rigen en cada momento en que se produce la eclosión de la palabra.
Sucede que en la poesía expresada a través de los versos, lo que se capta no lo hacemos fijándonos en el tema sino en la presentación del mismo; a la forma. Lo que muchas veces he reiterado, citando a Faulkner, que lo que importa no es lo que se dice sino cómo se lo dice. Hay una simbiosis, una adecuación primera del motivo con la forma para poder ofrecer una obra literaria que sea tal y, a la vez, para atribuirle la cualidad de que sea fundante del ser. Y también casa del hombre desamparado en medio de un ambiente que puede ser hostil o no, pero en el que habita el creador.
El filósofo alemán Johannes Pfeiffer en su libro “La poesía”, al hablar del temple de ánimo que es una de las característica principales que exige la poesía, sostiene que: “Porque revela, ilumina y hace patente el temple de ánimo es verdadero; y por serlo –sólo por serlo- puede la poesía, poetizadota de los temples de ánimo humanos, poseer algo así como una verdad interior. Eso que en la trama de nuestra existencia no son sino chispazos sueltos ocurre en la poesía con reconcentrada receptividad y concentrada expresividad: la atemperada revelación de nuestro ser más auténtico.” Y ante las diversas expresiones que los creadores dan a sus obras, tratando un mismo motivo o tema, agrega que “El que un paisaje de luna se presente en tal o cual forma y coloración; el que una fuente o el otoño se nos ofrezcan así o de otro modo, todo eso está decidido de antemano por el temple de ánimo que los alumbra en cada caso” (pp. 54/55).
Es claro que, pese a lo que muchos creen, la palabra fundante del ser, la palabra poética en su aspecto general no cambia el mundo por su sola presencia. Pero contribuye a reformarlo. Lenta, pausadamente, la palabra penetra en los corazones y en las mentes de los que la reciben, y allí hace su trabajo. Trabajo silencioso, apartado quizá del oropel y del ruido del mundo, muchas veces palabra descarnada; otras, palabra cagada de imágenes, con metáforas y comparaciones; pero siempre con la impronta de ser una verdadera creación literaria, que socava y hace gozar, hace pensar, cambia como que es reveladora, a quien la recibe. Y así, poco a poco se adentra en el mundo y produce aquella fundación del ser de la que hablaba Hölderlin.
Escribe Carlos Sforza*
Es conocida la afirmación del poeta alemán Friedrich Hölderlin en los versos finales de su poema “Andenken” cuando dice que lo que perdura “lo fundan los poetas”. Y fue el filósofo alemán Heidegger quien hablando sobre el poeta citado al comienzo, expresó y en cierta forma popularizó la afirmación. Heidegger escribió que “Lo que existe, los poetas lo fundan” y que “la poesía es la fundación del ser por la palabra”. En su libro “Carta sobre el humanismo” el filósofo alemán escribió: “El lenguaje es la misma mansión del ser. En su abrigo habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de este abrigo. Su guarda es el cumplimiento de la revelabilidad del Ser, en tanto que por su decir, hacen acceder al lenguaje esa revelabilidad, y la conservan en el lenguaje” (p.25).
Tenemos que pensar que la poesía, en sus comienzos, no hacía distinción de la forma. Fuera en verso o en prosa, era la palabra poética la que se expresaba.
Es sabido que los filósofos a lo largo de la historia se han ocupado del valor de la palabra. Aristóteles lo hizo 300 años antes de Cristo en su “Poética y también en su “Retórica”. Es por demás conocida la afirmación que hace en el primer libro citado: la poesía es más filosófica y doctrinal que la Historia” y lo es, “porque el poeta expresa principalmente lo universal, y el historiador, lo particular y relativo, de donde resulta que la poesía viene a ser ago más filosófica y grave que la Historia, porque representa no lo que es sino lo que debe ser” (III, 7).
Hegel, por su parte, sostenía que “La poesía ha sido y es maestra de la Humanidad, y su influencia es la más general y la más extendida”.
De todas maneras y afirmado lo dicho por pensadores, estamos ante la palabra y su expresión a través de las creaciones de los que la dicen como poetas en sentido general y en las diversas formas y expresiones en las que se ha divido en géneros conforme a los tiempos y a los cánones que rigen en cada momento en que se produce la eclosión de la palabra.
Sucede que en la poesía expresada a través de los versos, lo que se capta no lo hacemos fijándonos en el tema sino en la presentación del mismo; a la forma. Lo que muchas veces he reiterado, citando a Faulkner, que lo que importa no es lo que se dice sino cómo se lo dice. Hay una simbiosis, una adecuación primera del motivo con la forma para poder ofrecer una obra literaria que sea tal y, a la vez, para atribuirle la cualidad de que sea fundante del ser. Y también casa del hombre desamparado en medio de un ambiente que puede ser hostil o no, pero en el que habita el creador.
El filósofo alemán Johannes Pfeiffer en su libro “La poesía”, al hablar del temple de ánimo que es una de las característica principales que exige la poesía, sostiene que: “Porque revela, ilumina y hace patente el temple de ánimo es verdadero; y por serlo –sólo por serlo- puede la poesía, poetizadota de los temples de ánimo humanos, poseer algo así como una verdad interior. Eso que en la trama de nuestra existencia no son sino chispazos sueltos ocurre en la poesía con reconcentrada receptividad y concentrada expresividad: la atemperada revelación de nuestro ser más auténtico.” Y ante las diversas expresiones que los creadores dan a sus obras, tratando un mismo motivo o tema, agrega que “El que un paisaje de luna se presente en tal o cual forma y coloración; el que una fuente o el otoño se nos ofrezcan así o de otro modo, todo eso está decidido de antemano por el temple de ánimo que los alumbra en cada caso” (pp. 54/55).
Es claro que, pese a lo que muchos creen, la palabra fundante del ser, la palabra poética en su aspecto general no cambia el mundo por su sola presencia. Pero contribuye a reformarlo. Lenta, pausadamente, la palabra penetra en los corazones y en las mentes de los que la reciben, y allí hace su trabajo. Trabajo silencioso, apartado quizá del oropel y del ruido del mundo, muchas veces palabra descarnada; otras, palabra cagada de imágenes, con metáforas y comparaciones; pero siempre con la impronta de ser una verdadera creación literaria, que socava y hace gozar, hace pensar, cambia como que es reveladora, a quien la recibe. Y así, poco a poco se adentra en el mundo y produce aquella fundación del ser de la que hablaba Hölderlin.
sábado, 13 de agosto de 2011
EL ESCRITOR Y LA REALIDAD
Escribe Carlos Sforza*
Desde remotas épocas los narradores, los primeros que lo hacían oralmente y los posteriores que recurren a la literatura (es decir a lo escrito), partieron muchas veces de la realidad para crear sus relatos. Ha habido (y hay) en la literatura una corriente que se ha llamado simplemente realismo y que tiene diversas vertientes. Se habla de un realismo naturalista, de un realismo mágico y otras muchas clasificaciones que con sutiles diferencias marcan la presencia de la realidad en las ficciones.
Cada escritor tiene una forma propia de acercarse a la realidad. Algunos buscan mostrar una fotografía de ella. Otros por el contrario, tratan de presentarla no como es sino como debiera ser. También están los que parten de ella y le dan una impronta propia, que si bien tiene por base la realidad esa realidad está transformada por la imaginación, por la visión, por el tratamiento que le da el escritor.
Mario Benedetti en la primera nota de su libro “Literatura uruguaya siglo XX” escribió que “(…) Hay que borrar y empezar de nuevo, hay que repasar y repensar el panorama interno, la estructura de los propios principios, porque éstos, en ciertos casos, pueden responder a una realidad que no es la que ahora viene de la calle.” Y agregaba: “Ese reajuste puede desconcertar al creador, a veces por atracción y a veces por rechazo, y en medio de tal desconcierto, el artista puede olvidarse de que es creador, es decir, alguien que debe reelaborar su realidad, dar su propia versión creadora de los sucesos externos. De lo contrario, corre el riesgo de transformarse en un mero registrador de noticias, en un inocuo grabador de ruidos.” (p. 26).
Hay escritores que son más realistas que otros. Hay escritores, asimismo, que eluden parte de la realidad (aunque algo siempre subyace en su inconsciente y se plasma en su escritura) y buscan cauces que llegan hasta la fantaciencia o ciencia ficción. Pero en todo caso, los unos y los otros, deben tener la condición esencial de ser escritor, para así, desde sus diversas perspectivas, encarar lo que debe ser una obra literaria.
El poeta, cuentista y ensayista uruguayo, en esa misma nota, hace algunas sencillas, no por sabidas siempre necesarias para tener en cuenta, acotaciones sobre cómo deben encararse los temas en la escritura. Dice: “Cuento realista o cuento fantástico, ambos deben cumplir en primer término con las exigencias del género literario al que pertenecen. Drama militante o comedia, antes que militancia o costumbrismo, deben funcionar como el teatro que dicen ser. (…) No alcanza con el realismo o la fantasía, con la militancia o el costumbrismo con el arraigo o con la evasión, para asegurar la calidad literaria, el nivel artístico de una obra.” (p. 27). Hace algunas esenciales disquisiciones sobre la confusión del tema con el ámbito y así afirma que “Desde el punto de vista del oficiante literario el narrador debe encontrar el tema para desarrollarlo en un ámbito determinado. Un tema de celos, de angustia o de crueldad tanto puede desarrollarse en una estancia como en un conventillo; o sea, que en el famoso aquí caben todos los grandes temas de la literatura universal.” (p.28)
Ello, claro, da por tierra con el preconcepto que tienen algunos que sostienen que la gran literatura se desarrolla en los grandes centros urbanos, en las ciudades convertidas en megalópolis. Muchas veces he tratado el tema y lo he debatido con aquellos que mantienen una postura intransigente sobre la necesidad de situar el ámbito siempre en los centros urbanos y sobre todo, en los de mayor población.
Los ejemplos de excelentes obras literarias que tienen por ámbito centros acotados de población, a veces lugares desérticos, otras veces pequeños suburbios de pueblos también pequeños, o simplemente el ámbito de una casa que no tiene situación geográfica determinada ni se sabe de otras linderas o si está sola en medio del campo o del desierto, sirven para que el escritor logre crear una obra literaria con valor intrínseco como tal.
El destacado crítico uruguayo Alberto Zum Felde en su libro “La narrativa en Hispanoamérica” sostenía que ha habido en la narrativa una evolución, por otra parte lógica. “En el plano de la realización literaria, -escribe- aquello que constituye el carácter propio y distintivo de esta evolución es la alteración del orden tempo-espacial, que pasa del euclidiano, objetivo, racional, a otro, subjetivo, supra o infra-racional, determinado por la vida interna de la conciencia, en la cual, a su vez, el subconsciente va cobrando una presencia imperiosa.” Y enseguida afirma que “No es que el mundo de la novelística actual –la más característica de este tiempo- sea menos real que el otro, el del realismo objetivo, sino que lo es de otra manera, acaso más profundamente real” y en lo formal, sostiene que “Sin un afilado y duro instrumento intelectual no se puede trabajar literariamente esa materia. De ahí las grandes invenciones técnicas que también caracterizan a los novelistas de este siglo (XX), de Proust en adelante. La narración simple, lineal, no responde; la composición se vuelve complicada, a veces laberíntica.” (p.27).
Es interesante conocer estas opiniones que ilustran e iluminan la creación literaria. Acerca del tema de los personajes y su identificación con las ideas del autor, se sabe que es uno de los errores más comunes en los que suelen incurrir los lectores. Salvo, por supuesto, cuando el escritor quiere imponer a través de su obra sus ideas o las ideas de una ideología. Pero ahí no estamos ante una verdadera obra literaria sino ante un escrito panfletario que quiere hacer militancia a través de una seudo literatura. Algo de esto refiere en su libro mencionado Zum Felde. Así dice: “El verdadero retrato del personaje, dentro de la técnica novelística, debe estar dado en su actuación misma en el relato, y no en lo que el autor opine de él, conceptuándolo; el personaje debe manifestarse él mismo al lector y no esperar que el autor lo explique en una apologética que no responde a los hechos novelados.” (p.115).
El artista, el escritor, debe llegar con humildad a trabajar su obra de arte. Aquí me viene a la memoria lo que escribiera hace varios años Stanislas Fumet: “lo que el artista hace es inclinarse ante la esencia del arte, mas no someterse ciega y sistemáticamente a convenciones que se llaman reglas.” Es decir que se debe tener la suficiente libertad de moverse dentro del arte, dentro de la escritura, teniendo presente ciertas reglas, pero no estar esclavizados por ellas. De lo contraria estaríamos forjando un arte que se constriñe solamente a cumplir reglas y no debemos por otra parte, olvidarnos que las reglas no deben tomarse como fin, según sostenía el autor de “El proceso del arte” sino gozar de la auténtica, insoslayable libertad que tiene cada artista, cada escritor, para crear su obra.
Es así como por necesidad el escritor busca con su imaginación los temas y las situaciones y arma una estructura narrativa para dar cabida y carnadura adecuada a lo que quiere expresar a través de la a veces indócil palabra. El filósofo francés, Jacques Maritain que escribió excelentes páginas sobre la poesía y el arte, hablaba de la intuición creadora. Y al respecto, y como cierre de esta nota, transcribo lo que él sostenía al afirmar que la intuición creadora es un don, “(…) Y ese don está presente acaso en todo hombre que se siente inclinado a trabajar en el arte por una necesidad interior (…) A veces ocurre que en los grande artistas la intuición creadora obra en las tinieblas y en una agonía desesperada. Entonces pueden pensar lo que Pascal sintió respecto a otra clase de gracia (…): Consuélate; no me buscarías si no me hubieras encontrado”.
Escribe Carlos Sforza*
Desde remotas épocas los narradores, los primeros que lo hacían oralmente y los posteriores que recurren a la literatura (es decir a lo escrito), partieron muchas veces de la realidad para crear sus relatos. Ha habido (y hay) en la literatura una corriente que se ha llamado simplemente realismo y que tiene diversas vertientes. Se habla de un realismo naturalista, de un realismo mágico y otras muchas clasificaciones que con sutiles diferencias marcan la presencia de la realidad en las ficciones.
Cada escritor tiene una forma propia de acercarse a la realidad. Algunos buscan mostrar una fotografía de ella. Otros por el contrario, tratan de presentarla no como es sino como debiera ser. También están los que parten de ella y le dan una impronta propia, que si bien tiene por base la realidad esa realidad está transformada por la imaginación, por la visión, por el tratamiento que le da el escritor.
Mario Benedetti en la primera nota de su libro “Literatura uruguaya siglo XX” escribió que “(…) Hay que borrar y empezar de nuevo, hay que repasar y repensar el panorama interno, la estructura de los propios principios, porque éstos, en ciertos casos, pueden responder a una realidad que no es la que ahora viene de la calle.” Y agregaba: “Ese reajuste puede desconcertar al creador, a veces por atracción y a veces por rechazo, y en medio de tal desconcierto, el artista puede olvidarse de que es creador, es decir, alguien que debe reelaborar su realidad, dar su propia versión creadora de los sucesos externos. De lo contrario, corre el riesgo de transformarse en un mero registrador de noticias, en un inocuo grabador de ruidos.” (p. 26).
Hay escritores que son más realistas que otros. Hay escritores, asimismo, que eluden parte de la realidad (aunque algo siempre subyace en su inconsciente y se plasma en su escritura) y buscan cauces que llegan hasta la fantaciencia o ciencia ficción. Pero en todo caso, los unos y los otros, deben tener la condición esencial de ser escritor, para así, desde sus diversas perspectivas, encarar lo que debe ser una obra literaria.
El poeta, cuentista y ensayista uruguayo, en esa misma nota, hace algunas sencillas, no por sabidas siempre necesarias para tener en cuenta, acotaciones sobre cómo deben encararse los temas en la escritura. Dice: “Cuento realista o cuento fantástico, ambos deben cumplir en primer término con las exigencias del género literario al que pertenecen. Drama militante o comedia, antes que militancia o costumbrismo, deben funcionar como el teatro que dicen ser. (…) No alcanza con el realismo o la fantasía, con la militancia o el costumbrismo con el arraigo o con la evasión, para asegurar la calidad literaria, el nivel artístico de una obra.” (p. 27). Hace algunas esenciales disquisiciones sobre la confusión del tema con el ámbito y así afirma que “Desde el punto de vista del oficiante literario el narrador debe encontrar el tema para desarrollarlo en un ámbito determinado. Un tema de celos, de angustia o de crueldad tanto puede desarrollarse en una estancia como en un conventillo; o sea, que en el famoso aquí caben todos los grandes temas de la literatura universal.” (p.28)
Ello, claro, da por tierra con el preconcepto que tienen algunos que sostienen que la gran literatura se desarrolla en los grandes centros urbanos, en las ciudades convertidas en megalópolis. Muchas veces he tratado el tema y lo he debatido con aquellos que mantienen una postura intransigente sobre la necesidad de situar el ámbito siempre en los centros urbanos y sobre todo, en los de mayor población.
Los ejemplos de excelentes obras literarias que tienen por ámbito centros acotados de población, a veces lugares desérticos, otras veces pequeños suburbios de pueblos también pequeños, o simplemente el ámbito de una casa que no tiene situación geográfica determinada ni se sabe de otras linderas o si está sola en medio del campo o del desierto, sirven para que el escritor logre crear una obra literaria con valor intrínseco como tal.
El destacado crítico uruguayo Alberto Zum Felde en su libro “La narrativa en Hispanoamérica” sostenía que ha habido en la narrativa una evolución, por otra parte lógica. “En el plano de la realización literaria, -escribe- aquello que constituye el carácter propio y distintivo de esta evolución es la alteración del orden tempo-espacial, que pasa del euclidiano, objetivo, racional, a otro, subjetivo, supra o infra-racional, determinado por la vida interna de la conciencia, en la cual, a su vez, el subconsciente va cobrando una presencia imperiosa.” Y enseguida afirma que “No es que el mundo de la novelística actual –la más característica de este tiempo- sea menos real que el otro, el del realismo objetivo, sino que lo es de otra manera, acaso más profundamente real” y en lo formal, sostiene que “Sin un afilado y duro instrumento intelectual no se puede trabajar literariamente esa materia. De ahí las grandes invenciones técnicas que también caracterizan a los novelistas de este siglo (XX), de Proust en adelante. La narración simple, lineal, no responde; la composición se vuelve complicada, a veces laberíntica.” (p.27).
Es interesante conocer estas opiniones que ilustran e iluminan la creación literaria. Acerca del tema de los personajes y su identificación con las ideas del autor, se sabe que es uno de los errores más comunes en los que suelen incurrir los lectores. Salvo, por supuesto, cuando el escritor quiere imponer a través de su obra sus ideas o las ideas de una ideología. Pero ahí no estamos ante una verdadera obra literaria sino ante un escrito panfletario que quiere hacer militancia a través de una seudo literatura. Algo de esto refiere en su libro mencionado Zum Felde. Así dice: “El verdadero retrato del personaje, dentro de la técnica novelística, debe estar dado en su actuación misma en el relato, y no en lo que el autor opine de él, conceptuándolo; el personaje debe manifestarse él mismo al lector y no esperar que el autor lo explique en una apologética que no responde a los hechos novelados.” (p.115).
El artista, el escritor, debe llegar con humildad a trabajar su obra de arte. Aquí me viene a la memoria lo que escribiera hace varios años Stanislas Fumet: “lo que el artista hace es inclinarse ante la esencia del arte, mas no someterse ciega y sistemáticamente a convenciones que se llaman reglas.” Es decir que se debe tener la suficiente libertad de moverse dentro del arte, dentro de la escritura, teniendo presente ciertas reglas, pero no estar esclavizados por ellas. De lo contraria estaríamos forjando un arte que se constriñe solamente a cumplir reglas y no debemos por otra parte, olvidarnos que las reglas no deben tomarse como fin, según sostenía el autor de “El proceso del arte” sino gozar de la auténtica, insoslayable libertad que tiene cada artista, cada escritor, para crear su obra.
Es así como por necesidad el escritor busca con su imaginación los temas y las situaciones y arma una estructura narrativa para dar cabida y carnadura adecuada a lo que quiere expresar a través de la a veces indócil palabra. El filósofo francés, Jacques Maritain que escribió excelentes páginas sobre la poesía y el arte, hablaba de la intuición creadora. Y al respecto, y como cierre de esta nota, transcribo lo que él sostenía al afirmar que la intuición creadora es un don, “(…) Y ese don está presente acaso en todo hombre que se siente inclinado a trabajar en el arte por una necesidad interior (…) A veces ocurre que en los grande artistas la intuición creadora obra en las tinieblas y en una agonía desesperada. Entonces pueden pensar lo que Pascal sintió respecto a otra clase de gracia (…): Consuélate; no me buscarías si no me hubieras encontrado”.
viernes, 5 de agosto de 2011
¿PARA QUIÉN ESCRIBEN LOS QUE LO HACEN?
Escribe Carlos Sforza*
Esta pregunta que da título a la nota, no es casual. No lo es por cuanto muchos se han interrogado sobre la escritura y sus destinatarios.
Italo Calvino en la contestación a una encuesta del semanario Rinacista ante las preguntas que motivaban aquélla, dijo: “¿Para quién se escribe una novela? ¿Para quién se escribe una poesía? Para personas que han leído alguna otra novela, alguna otra poesía.” Y agregaba: “Un libro se escribe para que pueda ser colocado junto a otros libros, para que entre a formar parte de una estantería hipotética y, al entrar en ella, de alguna manera la modifique, desplace de su lugar a otros volúmenes o los haga pasar a segunda fila, reclamando el adelantamiento de algunos otros.” Y para redondear el comienzo de sus respuestas a la encuesta abierta por Gian Carlo Ferretti, decía: “¿Qué hace el librero que sabe vender? Dice: ¿Usted ha leído este libro? Pues entonces tiene que llevarse este otro. No es diferente la actitud –imaginaria e inconsciente- del escritor hacia el lector invisible.”
Yo, por mi parte, considero que el escritor cuando escribe no piensa en el posible lector. Ni en el lugar de la estantería en que estará su libro. Escribe porque necesita expresarse, visceralmente es una necesidad que surge cuando tiene (en el caso del narrador) un tema y la imaginación suficiente para desarrollar una narración sustentable por sí misma. Es decir, que pueda adquirir entidad de obra literaria y no una simple sucesión de palabras que carecen de valor como literatura.
De allí que en la contestación a la encuesta, el autor de “Las ciudades invisibles” agregue que “(…) mi primera respuesta exige ya una corrección: una situación literaria empieza a ser interesante cuando se escriben novelas para personas que no son únicamente lectores de novelas, cuando se escribe literatura pensando en una estantería que no contenga solamente libros de literatura.”
Es decir, que el escritor no mira a quien estará dirigida su obra, no piensa ante su necesidad de escribir en el denominado lector ideal, sino, cuando más, en un lector anónimo que puede ser en el caso de la novela o el cuento, un amante de alguno de esos géneros o, por el contrario, podrá acceder a una obra cuyo formato dentro del canon, nunca había tenido ocasión o deseo de leer.
Allí, pienso, reside la esencia de la respuesta a la pregunta del título. El novelista, el cuentista, el poeta, no escriben cuando lo hacen, pensando en el lector. Saben que su obra, para que tenga vida, debe ser leída por alguien. Pero al escribirla ignora por quién. Y no piensa ni en los críticos, ni en los amantes del género abordado, sino en un lector que potencialmente puede estar esperando acceder a esa su obra. Al concluir el libro, el escritor después de las correcciones, agregados, sustituciones o eliminaciones que haga, podrá, tal vez, pensar en el público lector que podrá acceder a su obra. Pero antes no. Cuando siente la irrefrenable necesidad de escribir, lo hace sin tener en cuenta el potencial destinatario de lo que está creando. Incluso no piensa en el lugar que su obra ocupará en la imaginaria estantería de la que nos habla Italo Calvino.
Lo que destaca con muy buen criterio el novelista y ensayista en sus respuestas, es que al escribir un libro debe pensarse que “la literatura tiene que jugar a la alza, apostar al encarecimiento, doblar la apuesta, seguir la lógica de una situación que necesariamente se va agravando”. En buen romance, lo que nos quiere decir Calvino es que hay que escribir de una manera tal que el lenguaje salga enriquecido. No nivelar para abajo, como suelen hacerlo algunos betselleristas, sino para arriba. En un tiempo en que debido a las nuevas tecnologías, la palabra se ha minivaluado, se ha degradado, es imprescindible que la literatura tome el lugar que le corresponde. Y que sirva para que quien acceda a la lectura de un libro, salga enriquecido. Enriquecido por el momento feliz que puede proporcionarle esa lectura, por la forma en que el libro está compuesto, por la calidad literaria del mismo. En suma, porque lo que ha leído no es un rejunte de palabras y acciones y situaciones y personajes, sino que por el arte creativo del escritor, se ha convertido en una verdadera obra literaria.
Mario Benedetti decía que “(…) siempre es imprudente engolosinarse con éxitos aislados. No hay profesionalización posible sin una conquista del gran público, pero la verdadera proeza es realizar esa conquista por medios dignos, es decir, elevando al público hasta el arte, y no bajando el arte hasta el nivel del público.”
Es interesante y concuerda con lo anteriormente escrito, lo dicho por el uruguayo Benedetti quien también, en tiempos de confusión de géneros y malentendidos, sostiene que “El primer malentendido consiste, evidentemente, en confundir literatura con periodismo; novela con reportaje. (…) existe ahora el riesgo de caer en el burdo simplismo de difundir que lo instantáneo siempre es literatura, de tomar lo verdadero como única garantía de lo estético.”
Escribamos, los que escribimos, teniendo en cuenta esas precisiones que han hecho dos destacados escritores contemporáneos y busquemos que lo estético llegue a algún lector que sepa crecer con la lectura. Porque, en suma, la literatura debe hacer crecer al lector. Es una forma, una manera diría, de nivelar hacia arriba a través de la verdadera literatura.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
Escribe Carlos Sforza*
Esta pregunta que da título a la nota, no es casual. No lo es por cuanto muchos se han interrogado sobre la escritura y sus destinatarios.
Italo Calvino en la contestación a una encuesta del semanario Rinacista ante las preguntas que motivaban aquélla, dijo: “¿Para quién se escribe una novela? ¿Para quién se escribe una poesía? Para personas que han leído alguna otra novela, alguna otra poesía.” Y agregaba: “Un libro se escribe para que pueda ser colocado junto a otros libros, para que entre a formar parte de una estantería hipotética y, al entrar en ella, de alguna manera la modifique, desplace de su lugar a otros volúmenes o los haga pasar a segunda fila, reclamando el adelantamiento de algunos otros.” Y para redondear el comienzo de sus respuestas a la encuesta abierta por Gian Carlo Ferretti, decía: “¿Qué hace el librero que sabe vender? Dice: ¿Usted ha leído este libro? Pues entonces tiene que llevarse este otro. No es diferente la actitud –imaginaria e inconsciente- del escritor hacia el lector invisible.”
Yo, por mi parte, considero que el escritor cuando escribe no piensa en el posible lector. Ni en el lugar de la estantería en que estará su libro. Escribe porque necesita expresarse, visceralmente es una necesidad que surge cuando tiene (en el caso del narrador) un tema y la imaginación suficiente para desarrollar una narración sustentable por sí misma. Es decir, que pueda adquirir entidad de obra literaria y no una simple sucesión de palabras que carecen de valor como literatura.
De allí que en la contestación a la encuesta, el autor de “Las ciudades invisibles” agregue que “(…) mi primera respuesta exige ya una corrección: una situación literaria empieza a ser interesante cuando se escriben novelas para personas que no son únicamente lectores de novelas, cuando se escribe literatura pensando en una estantería que no contenga solamente libros de literatura.”
Es decir, que el escritor no mira a quien estará dirigida su obra, no piensa ante su necesidad de escribir en el denominado lector ideal, sino, cuando más, en un lector anónimo que puede ser en el caso de la novela o el cuento, un amante de alguno de esos géneros o, por el contrario, podrá acceder a una obra cuyo formato dentro del canon, nunca había tenido ocasión o deseo de leer.
Allí, pienso, reside la esencia de la respuesta a la pregunta del título. El novelista, el cuentista, el poeta, no escriben cuando lo hacen, pensando en el lector. Saben que su obra, para que tenga vida, debe ser leída por alguien. Pero al escribirla ignora por quién. Y no piensa ni en los críticos, ni en los amantes del género abordado, sino en un lector que potencialmente puede estar esperando acceder a esa su obra. Al concluir el libro, el escritor después de las correcciones, agregados, sustituciones o eliminaciones que haga, podrá, tal vez, pensar en el público lector que podrá acceder a su obra. Pero antes no. Cuando siente la irrefrenable necesidad de escribir, lo hace sin tener en cuenta el potencial destinatario de lo que está creando. Incluso no piensa en el lugar que su obra ocupará en la imaginaria estantería de la que nos habla Italo Calvino.
Lo que destaca con muy buen criterio el novelista y ensayista en sus respuestas, es que al escribir un libro debe pensarse que “la literatura tiene que jugar a la alza, apostar al encarecimiento, doblar la apuesta, seguir la lógica de una situación que necesariamente se va agravando”. En buen romance, lo que nos quiere decir Calvino es que hay que escribir de una manera tal que el lenguaje salga enriquecido. No nivelar para abajo, como suelen hacerlo algunos betselleristas, sino para arriba. En un tiempo en que debido a las nuevas tecnologías, la palabra se ha minivaluado, se ha degradado, es imprescindible que la literatura tome el lugar que le corresponde. Y que sirva para que quien acceda a la lectura de un libro, salga enriquecido. Enriquecido por el momento feliz que puede proporcionarle esa lectura, por la forma en que el libro está compuesto, por la calidad literaria del mismo. En suma, porque lo que ha leído no es un rejunte de palabras y acciones y situaciones y personajes, sino que por el arte creativo del escritor, se ha convertido en una verdadera obra literaria.
Mario Benedetti decía que “(…) siempre es imprudente engolosinarse con éxitos aislados. No hay profesionalización posible sin una conquista del gran público, pero la verdadera proeza es realizar esa conquista por medios dignos, es decir, elevando al público hasta el arte, y no bajando el arte hasta el nivel del público.”
Es interesante y concuerda con lo anteriormente escrito, lo dicho por el uruguayo Benedetti quien también, en tiempos de confusión de géneros y malentendidos, sostiene que “El primer malentendido consiste, evidentemente, en confundir literatura con periodismo; novela con reportaje. (…) existe ahora el riesgo de caer en el burdo simplismo de difundir que lo instantáneo siempre es literatura, de tomar lo verdadero como única garantía de lo estético.”
Escribamos, los que escribimos, teniendo en cuenta esas precisiones que han hecho dos destacados escritores contemporáneos y busquemos que lo estético llegue a algún lector que sepa crecer con la lectura. Porque, en suma, la literatura debe hacer crecer al lector. Es una forma, una manera diría, de nivelar hacia arriba a través de la verdadera literatura.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
viernes, 29 de julio de 2011
UN GRAN ESCRITOR OLVIDADO
Escribe Carlos Sforza*
Nuestro país es en muchos aspectos contradictorio. Hay, en el campo estrictamente literario, una especie de amnesia que con el correr de los años suele profundizarse. Aunque, hay que decirlo también, suelen suceder rescates, resurrecciones de escritores olvidados.
Si quisiéramos hacer una lista de los buenos escritores olvidados, la misma sería extensa. Sucede que la Argentina ha dado a las letras grandes nombres y ello, tal vez, en el fárrago de obras y autores, produce ese olvido ante la constante aparición de otros escritores que, a ciencia cierta no sabemos qué será de ellos en el futuro. También hay que decir que algunos nombres de escritores ya desaparecidos perduran y son celebrados en los comienzos del siglo veintiuno. Pero, claro, son los menos.
El 27 de julio se cumplieron 25 años del fallecimiento de uno de los grandes escritores argentinos que incursionó en la narrativa con excelentes novelas y en el teatro con obras representadas y premiadas. Y que hoy goza del olvido que la memoria no recupera. Se trata de Arturo Cerretani, con quien, en su momento, me unió una amistad que se tradujo en comentarios de libros, en un intercambio epistolar vía Correo Argentino, que nutrió esa amistad surgida a través de la lectura mutua de nuestros libros.
En su momento la labor literaria de Cerretani fue reconocida por la crítica, los lectores y ello le valió que obtuviera el Primer Premio Nacional de Literatura para el trienio 1957/59.
La amistad con Arturo Cerretani nació en la década del sesenta del siglo pasado gracias a la mediación del poeta y cuentista Luis Gorosito Heredia. En su correspondencia se manifiesta amigo, y en una de sus primeras cartas me dice “Permítame que le llame amigo”. Él, escritor ya consagrado, me ofrecía su amistad.
SUS NARRACIONES
Recuerdo que mi lectura primera de una novela de Cerretani fue su “Retrato del inocente” publicada por Emecé en 1960. Tengo en mi biblioteca el ejemplar que me envió con una laudatoria dedicatoria en 1963 cuando yo pisaba los treinta años de edad. Esa novela, que comenté en su oportunidad, motivó una carta del autor a raíz precisamente de mi nota, y en ella Arturo me dice entre otras cosas: “(…) No voy a encomiar su penetración del libro, porque en última instancia me estaría ensalzando yo mismo por su conducto. Sepa solamente que la suya es una comprensión que conmueve al comprendido y lo deja agradecido por un rato largo, además de compensado con motivo de una cantidad de sinsabores (…)”.
En 1944 Cerretani había publicado la novela “El bruto” con prólogo de Walter Santini en Los libros del mirasol. El prologuista dice que en la obra “(…) es factible sorprender la presencia constante de un extremado equilibrio rítmico, el que habrá de manifestarse, sin mengua alguna, en todas las situaciones, así como también en cada una de las actuaciones que se sienten obligados a realizar cada uno de los seres novelados”. Este libro obtuvo el premio Municipal de Literatura y la Faja de Honor de la SADE.
En 1956 apareció en ediciones “doble p” su novela “La violencia”. En la solapa de esta obra, Carlos Prelooker sostiene que el libro “(…) no es solamente una novela de perdurable belleza. Es un clamor y un grito profundo. Una crítica acerba a lo que somos y aparentamos ser”. En la novela, el ultraje a Mara perpetrado por tres turbios personajes, es una muestra acabada de lo que puede llegar a consumar la bajeza del ser humano.
En 1960 publicó “La puerta del bosque” (Editorial Goyanarte). Esta es una novela en la que los personajes exponen los lineamientos de la historia. Está presente en ella el mal. Y fracasa la lucha contra él “porque en el fondo implica un ataque a la vida, a la existencia física y metafísica del hombre”.
En 1965 publica una de las grandes novelas sobre el Buenos Aires de la primera postguerra: “El deschave”. Allí Cerretani despliega su conocimiento de lo porteño, de la zona del puerto, del bajo, que hace posible que surgiera esta excelente obra. La vida orillera en los bajos del mítico Paseo de Julio, la situación ya lastimosa de la diezmada población negra y el típico personaje porteño: el guapo. Y en éste, el novelista muestra la revelación de una “sustancia espiritual inesperada” que es precisamente lo que da título a la novela: el deschave.
En Editorial Galerna publica en 1967 una nouvelle: “Parque a la vuelta”. Breve obra narrativa, con un estilo característico e impuesto del autor, en la que aparece, a través de los ojos de un joven, personajes que pululan en Buenos Aires.
En 1977 publicó en Castañeda (en la misma colección en que apareció la primera edición de mis libro “De casas y misterios”) la novela “Misterio de Beata Faragó”, en que nuevamente el puerto de Buenos Aires y sus gentes, son retratados con sagacidad y excelencia por el autor.
En 1983, por la Editorial de Belgrano, publica “Pequeña suite”. El personaje de esta narración es Pedro Ulrico Fontana Foá quien es conocido por las iniciales de sus nombres: PUFF. Desde esa expresión surge la personalidad del protagonista. Precisamente las aventuras o desventuras de PUFF sirven a Cerretani para mostrar facetas del ser humano, que esquematizadas o estiradas en Pedro Ulrico, corresponden a muchos rostros del ser humano En el personaje late el hombre en soledad. La obra la arma el autor con escenas divertidas, con verdadero juegos del lenguaje, con un acertado manejo de las situaciones creadas.
He querido recordar algunas de las novelas y nouvelles de Cerretani para dar una muestra de su labor incansable de escritor. Podría agregar su “Confesión apócrifa”, “La brasa en la boca” (que mereció el Premio Nacional mencionado), “La viaraza. “Matar a Titilo”.
Como autor de obras de teatro, Cerretani publicó varias. Entre ellas “La mujer de un hombre”que mereció ser recomendadas para el Premio Nacional en 1940 y que, cuando no, por razones políticas y/o ideológicas fue objetada por el Ministro de Instrucción Pública y el autor desposeído del lauro. “La casa sin dueño” mereció el Premio ARGENTORES. En “Tres dramas y un cuarto”, Cerretani publicó en 1964, en Ediciones SER,”La casa sin dueño”, “La mujer de un hombre”, “La zona de sombra” y “La salud del viajero”. Tengo a la vista los libros de Arturo Cerretani que ocupan un lugar de privilegio en mi biblioteca. Y el que reúne sus obras de teatros, lo abro y encuentro, con su infaltable tinta color verde, la dedicatoria que me hizo el autor: “Para Carlos Sforza estos Tres dramas y un cuarto, con la veterana admiración de A. Cerretani”
A 25 años de la muerte de este gran escritor y amigo, he querido recordarlo y sacarlo de un olvido inmerecido, puesto que se trata de uno de los grandes de nuestra literatura.
Arturo Cerretani nació el 31 de octubre de 1907 en Buenos Aires y falleció en la misma ciudad el 27 de julio de 1986.
Escribe Carlos Sforza*
Nuestro país es en muchos aspectos contradictorio. Hay, en el campo estrictamente literario, una especie de amnesia que con el correr de los años suele profundizarse. Aunque, hay que decirlo también, suelen suceder rescates, resurrecciones de escritores olvidados.
Si quisiéramos hacer una lista de los buenos escritores olvidados, la misma sería extensa. Sucede que la Argentina ha dado a las letras grandes nombres y ello, tal vez, en el fárrago de obras y autores, produce ese olvido ante la constante aparición de otros escritores que, a ciencia cierta no sabemos qué será de ellos en el futuro. También hay que decir que algunos nombres de escritores ya desaparecidos perduran y son celebrados en los comienzos del siglo veintiuno. Pero, claro, son los menos.
El 27 de julio se cumplieron 25 años del fallecimiento de uno de los grandes escritores argentinos que incursionó en la narrativa con excelentes novelas y en el teatro con obras representadas y premiadas. Y que hoy goza del olvido que la memoria no recupera. Se trata de Arturo Cerretani, con quien, en su momento, me unió una amistad que se tradujo en comentarios de libros, en un intercambio epistolar vía Correo Argentino, que nutrió esa amistad surgida a través de la lectura mutua de nuestros libros.
En su momento la labor literaria de Cerretani fue reconocida por la crítica, los lectores y ello le valió que obtuviera el Primer Premio Nacional de Literatura para el trienio 1957/59.
La amistad con Arturo Cerretani nació en la década del sesenta del siglo pasado gracias a la mediación del poeta y cuentista Luis Gorosito Heredia. En su correspondencia se manifiesta amigo, y en una de sus primeras cartas me dice “Permítame que le llame amigo”. Él, escritor ya consagrado, me ofrecía su amistad.
SUS NARRACIONES
Recuerdo que mi lectura primera de una novela de Cerretani fue su “Retrato del inocente” publicada por Emecé en 1960. Tengo en mi biblioteca el ejemplar que me envió con una laudatoria dedicatoria en 1963 cuando yo pisaba los treinta años de edad. Esa novela, que comenté en su oportunidad, motivó una carta del autor a raíz precisamente de mi nota, y en ella Arturo me dice entre otras cosas: “(…) No voy a encomiar su penetración del libro, porque en última instancia me estaría ensalzando yo mismo por su conducto. Sepa solamente que la suya es una comprensión que conmueve al comprendido y lo deja agradecido por un rato largo, además de compensado con motivo de una cantidad de sinsabores (…)”.
En 1944 Cerretani había publicado la novela “El bruto” con prólogo de Walter Santini en Los libros del mirasol. El prologuista dice que en la obra “(…) es factible sorprender la presencia constante de un extremado equilibrio rítmico, el que habrá de manifestarse, sin mengua alguna, en todas las situaciones, así como también en cada una de las actuaciones que se sienten obligados a realizar cada uno de los seres novelados”. Este libro obtuvo el premio Municipal de Literatura y la Faja de Honor de la SADE.
En 1956 apareció en ediciones “doble p” su novela “La violencia”. En la solapa de esta obra, Carlos Prelooker sostiene que el libro “(…) no es solamente una novela de perdurable belleza. Es un clamor y un grito profundo. Una crítica acerba a lo que somos y aparentamos ser”. En la novela, el ultraje a Mara perpetrado por tres turbios personajes, es una muestra acabada de lo que puede llegar a consumar la bajeza del ser humano.
En 1960 publicó “La puerta del bosque” (Editorial Goyanarte). Esta es una novela en la que los personajes exponen los lineamientos de la historia. Está presente en ella el mal. Y fracasa la lucha contra él “porque en el fondo implica un ataque a la vida, a la existencia física y metafísica del hombre”.
En 1965 publica una de las grandes novelas sobre el Buenos Aires de la primera postguerra: “El deschave”. Allí Cerretani despliega su conocimiento de lo porteño, de la zona del puerto, del bajo, que hace posible que surgiera esta excelente obra. La vida orillera en los bajos del mítico Paseo de Julio, la situación ya lastimosa de la diezmada población negra y el típico personaje porteño: el guapo. Y en éste, el novelista muestra la revelación de una “sustancia espiritual inesperada” que es precisamente lo que da título a la novela: el deschave.
En Editorial Galerna publica en 1967 una nouvelle: “Parque a la vuelta”. Breve obra narrativa, con un estilo característico e impuesto del autor, en la que aparece, a través de los ojos de un joven, personajes que pululan en Buenos Aires.
En 1977 publicó en Castañeda (en la misma colección en que apareció la primera edición de mis libro “De casas y misterios”) la novela “Misterio de Beata Faragó”, en que nuevamente el puerto de Buenos Aires y sus gentes, son retratados con sagacidad y excelencia por el autor.
En 1983, por la Editorial de Belgrano, publica “Pequeña suite”. El personaje de esta narración es Pedro Ulrico Fontana Foá quien es conocido por las iniciales de sus nombres: PUFF. Desde esa expresión surge la personalidad del protagonista. Precisamente las aventuras o desventuras de PUFF sirven a Cerretani para mostrar facetas del ser humano, que esquematizadas o estiradas en Pedro Ulrico, corresponden a muchos rostros del ser humano En el personaje late el hombre en soledad. La obra la arma el autor con escenas divertidas, con verdadero juegos del lenguaje, con un acertado manejo de las situaciones creadas.
He querido recordar algunas de las novelas y nouvelles de Cerretani para dar una muestra de su labor incansable de escritor. Podría agregar su “Confesión apócrifa”, “La brasa en la boca” (que mereció el Premio Nacional mencionado), “La viaraza. “Matar a Titilo”.
Como autor de obras de teatro, Cerretani publicó varias. Entre ellas “La mujer de un hombre”que mereció ser recomendadas para el Premio Nacional en 1940 y que, cuando no, por razones políticas y/o ideológicas fue objetada por el Ministro de Instrucción Pública y el autor desposeído del lauro. “La casa sin dueño” mereció el Premio ARGENTORES. En “Tres dramas y un cuarto”, Cerretani publicó en 1964, en Ediciones SER,”La casa sin dueño”, “La mujer de un hombre”, “La zona de sombra” y “La salud del viajero”. Tengo a la vista los libros de Arturo Cerretani que ocupan un lugar de privilegio en mi biblioteca. Y el que reúne sus obras de teatros, lo abro y encuentro, con su infaltable tinta color verde, la dedicatoria que me hizo el autor: “Para Carlos Sforza estos Tres dramas y un cuarto, con la veterana admiración de A. Cerretani”
A 25 años de la muerte de este gran escritor y amigo, he querido recordarlo y sacarlo de un olvido inmerecido, puesto que se trata de uno de los grandes de nuestra literatura.
Arturo Cerretani nació el 31 de octubre de 1907 en Buenos Aires y falleció en la misma ciudad el 27 de julio de 1986.
sábado, 23 de julio de 2011
MANUEL GÁLVEZ, ENTRERRIANO POR NACIMIENTO
Escribe Carlos Sforza*
Quizá haya lectores que ignoren que el novelista, ensayista y escritor de nota, Manuel Gálvez es entrerriano. Nació en Paraná (Entre Ríos) el 18 de julio de 1882. Recibió su primera educación en el colegio de los jesuitas, en Santa Fe. Posteriormente se radicó en Buenos Aires hasta el fallecimiento acaecido el 14 de noviembre de 1962.
Fue un escritor que en la primera mitad del siglo XX cubrió uno de los principales espacios dentro de la literatura argentina y trascendió las fronteras del país donde varias de sus obras fueron distribuidas y traducidas.
Comenzó su carrera literaria con un libro de poesía: “Sendero de humildad” (1909) y luego entró de lleno en la novela, con una impronta de un realismo naturalista. Gálvez fue un escritor polifacético por los géneros que cultivó: poesía, novela, cuento, ensayo, historia, biografía, teatro, un libro de memorias en cuatro tomos (“Recuerdos de la vida literaria”).
MI PRIMERA LECTURA DE GÁLVEZ
Yo accedí a Gálvez a través de sus libros de historia (“Vida de don Juan Manuel de Rosas”), y la trilogía de novelas históricas sobre la guerra del Paraguay: “Los caminos de la muerte”, “Humaitá” y “Jornadas de Agonía”, esta trilogía las leí siendo estudiante en la Biblioteca del Club Deportivo 25 de Mayo donde funcionaba un pequeño armario con libros variopintos pero de autores caracterizados por su valor literario.
Luego entré en las otras obras de nuestro comprovinciano por nacimiento, que le dieron también nombradía en el mundo literario de los primeros años del siglo pasado en los que Gálvez con varios otros escritores como Leopoldo Lugones fundaron la Sociedad Argentina de Escritores. Manuel Gálvez creía en la realidad del escritor profesional y, desde la incipiente sociedad, se buscó defender los derechos del escritor.
SUS NOVELAS
Manuel Gálvez escribió numerosas novelas como “El mal metafísico”, “La sombra del convento”, Miércoles Santo”, “La maestra normal”, “Nacha Regules”, “Historia de arrabal”, “El cántico espiritual”, “El uno y la multitud”, “Tránsito Guzmán”. Novelas históricas como la trilogía a que hice referencia líneas arriba, las siete dedicadas al período rosista, entre ellas “El gaucho de los cerrillos”, “El General Quiroga”, “La ciudad pintada de rojo”. Al respecto y como novelista, de él escribió el crítico español Cansino Assens que “es suya la herencia de Galdós, que tantos se disputan en la península”. Cabe tener presente, como hito informativo, que su novela “El general Quiroga” (1932) mereció el Primer Premio Nacional de Literatura.
Cuando se produce la ruptura del campo literario argentino, que como dice Beatriz Sarlo “separó a los novecentistas de los vanguardistas de los años veinte” y se prolongó durante las siguientes décadas, “el drama de la vida literaria de Gálvez (fue) que quiso ser Zola treinta años después del apogeo del naturalismo”. De allí que, según la crítica citada, Gálvez quedó del lado de los denominados “viejos” frente a los “nuevos” o vanguardistas.
La opción de Manuel Gálvez fue sin duda una postura que él consideraba acertada. Sus obras novelísticas son marcadamente naturalistas, pero que muestran un realismo que existía en el país, al que a través de esas novelas retrató el escritor.
Manuel Gálvez que recibió ataques de quienes no pensaban ideológicamente como él y, en cuanto a su narrativa, de quienes estaban encolumnados en otra estética, justificó su obra en “Recuerdos de la vida literaria”. Y lo hizo, como bien lo señala Sarlo en su estudio dedicado al escritor, a través de tres grandes líneas argumentales. Ellas son, según la crítica: “la comparación de su obra y de su proyecto literario con los grandes de la novela europea, particularmente con los naturalistas; la verdad de sus argumentos y personajes, sostenida en la observación y la documentación; y, finalmente, el éxito de mercado como prueba de que el público supo ver lo que no siempre la crítica juzgó con ecuanimidad y sin resentimiento ni envidia”.
Lo cierto es que Manuel Gálvez cumplió dentro de la literatura, una destacada labor y sus lectores fueron cantidades enormes no sólo en el país sino también en el extranjero.
SUS BIOGRAFÍAS
Manuel Gálvez escribió varios textos biográficos con una visión muchas veces revisionista que presentaron a diversos personajes de nuestra historia, con una prosa apropiada no sólo para los especialistas sino para el lector común. Así están sus libros “Vida de Hipólito Yrigoyen, el hombre del misterio” (1939), “Vida de don Juan Manuel de Rosas” (1940), “Vida de don Gabriel García Moreno” (1942), “Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad” (1945).
En todas estas biografías, Manuel Gálvez muestra un conocimiento y una labor de investigación que merecen destacarse. Se puede coincidir o no con su visión histórica sobre cada uno de los biografiados. Pero no se puede dejar de reconocer que el autor ha indagado profundamente en cada uno de ellos, en sus vidas, en su entorno, en el momento histórico en el que actuaron, y a partir de allí, con prosa de un buen escritor que sabe llegar al lector común, nos da su mirada y su valoración de cada uno de los biografiados.
COLOFÓN
Esta nota quiere ser un recuerdo, en el mes de su nacimiento, de un escritor entrerriano que realizó su tarea literaria fuera de nuestra provincia pero que, sin dudas, es uno de los grandes de nuestra literatura. Por las obras que escribió y por la defensa que siempre hizo de los escritores, junto al mencionado Lugones, a Horacio Quiroga y tantos otros que se nuclearon en la SADE y desde allí y muchos desde fuera de la institución, bregaron por el reconocimiento a la labor que tantos hombres y mujeres realizan a través de la escritura.
Escribe Carlos Sforza*
Quizá haya lectores que ignoren que el novelista, ensayista y escritor de nota, Manuel Gálvez es entrerriano. Nació en Paraná (Entre Ríos) el 18 de julio de 1882. Recibió su primera educación en el colegio de los jesuitas, en Santa Fe. Posteriormente se radicó en Buenos Aires hasta el fallecimiento acaecido el 14 de noviembre de 1962.
Fue un escritor que en la primera mitad del siglo XX cubrió uno de los principales espacios dentro de la literatura argentina y trascendió las fronteras del país donde varias de sus obras fueron distribuidas y traducidas.
Comenzó su carrera literaria con un libro de poesía: “Sendero de humildad” (1909) y luego entró de lleno en la novela, con una impronta de un realismo naturalista. Gálvez fue un escritor polifacético por los géneros que cultivó: poesía, novela, cuento, ensayo, historia, biografía, teatro, un libro de memorias en cuatro tomos (“Recuerdos de la vida literaria”).
MI PRIMERA LECTURA DE GÁLVEZ
Yo accedí a Gálvez a través de sus libros de historia (“Vida de don Juan Manuel de Rosas”), y la trilogía de novelas históricas sobre la guerra del Paraguay: “Los caminos de la muerte”, “Humaitá” y “Jornadas de Agonía”, esta trilogía las leí siendo estudiante en la Biblioteca del Club Deportivo 25 de Mayo donde funcionaba un pequeño armario con libros variopintos pero de autores caracterizados por su valor literario.
Luego entré en las otras obras de nuestro comprovinciano por nacimiento, que le dieron también nombradía en el mundo literario de los primeros años del siglo pasado en los que Gálvez con varios otros escritores como Leopoldo Lugones fundaron la Sociedad Argentina de Escritores. Manuel Gálvez creía en la realidad del escritor profesional y, desde la incipiente sociedad, se buscó defender los derechos del escritor.
SUS NOVELAS
Manuel Gálvez escribió numerosas novelas como “El mal metafísico”, “La sombra del convento”, Miércoles Santo”, “La maestra normal”, “Nacha Regules”, “Historia de arrabal”, “El cántico espiritual”, “El uno y la multitud”, “Tránsito Guzmán”. Novelas históricas como la trilogía a que hice referencia líneas arriba, las siete dedicadas al período rosista, entre ellas “El gaucho de los cerrillos”, “El General Quiroga”, “La ciudad pintada de rojo”. Al respecto y como novelista, de él escribió el crítico español Cansino Assens que “es suya la herencia de Galdós, que tantos se disputan en la península”. Cabe tener presente, como hito informativo, que su novela “El general Quiroga” (1932) mereció el Primer Premio Nacional de Literatura.
Cuando se produce la ruptura del campo literario argentino, que como dice Beatriz Sarlo “separó a los novecentistas de los vanguardistas de los años veinte” y se prolongó durante las siguientes décadas, “el drama de la vida literaria de Gálvez (fue) que quiso ser Zola treinta años después del apogeo del naturalismo”. De allí que, según la crítica citada, Gálvez quedó del lado de los denominados “viejos” frente a los “nuevos” o vanguardistas.
La opción de Manuel Gálvez fue sin duda una postura que él consideraba acertada. Sus obras novelísticas son marcadamente naturalistas, pero que muestran un realismo que existía en el país, al que a través de esas novelas retrató el escritor.
Manuel Gálvez que recibió ataques de quienes no pensaban ideológicamente como él y, en cuanto a su narrativa, de quienes estaban encolumnados en otra estética, justificó su obra en “Recuerdos de la vida literaria”. Y lo hizo, como bien lo señala Sarlo en su estudio dedicado al escritor, a través de tres grandes líneas argumentales. Ellas son, según la crítica: “la comparación de su obra y de su proyecto literario con los grandes de la novela europea, particularmente con los naturalistas; la verdad de sus argumentos y personajes, sostenida en la observación y la documentación; y, finalmente, el éxito de mercado como prueba de que el público supo ver lo que no siempre la crítica juzgó con ecuanimidad y sin resentimiento ni envidia”.
Lo cierto es que Manuel Gálvez cumplió dentro de la literatura, una destacada labor y sus lectores fueron cantidades enormes no sólo en el país sino también en el extranjero.
SUS BIOGRAFÍAS
Manuel Gálvez escribió varios textos biográficos con una visión muchas veces revisionista que presentaron a diversos personajes de nuestra historia, con una prosa apropiada no sólo para los especialistas sino para el lector común. Así están sus libros “Vida de Hipólito Yrigoyen, el hombre del misterio” (1939), “Vida de don Juan Manuel de Rosas” (1940), “Vida de don Gabriel García Moreno” (1942), “Vida de Sarmiento, el hombre de autoridad” (1945).
En todas estas biografías, Manuel Gálvez muestra un conocimiento y una labor de investigación que merecen destacarse. Se puede coincidir o no con su visión histórica sobre cada uno de los biografiados. Pero no se puede dejar de reconocer que el autor ha indagado profundamente en cada uno de ellos, en sus vidas, en su entorno, en el momento histórico en el que actuaron, y a partir de allí, con prosa de un buen escritor que sabe llegar al lector común, nos da su mirada y su valoración de cada uno de los biografiados.
COLOFÓN
Esta nota quiere ser un recuerdo, en el mes de su nacimiento, de un escritor entrerriano que realizó su tarea literaria fuera de nuestra provincia pero que, sin dudas, es uno de los grandes de nuestra literatura. Por las obras que escribió y por la defensa que siempre hizo de los escritores, junto al mencionado Lugones, a Horacio Quiroga y tantos otros que se nuclearon en la SADE y desde allí y muchos desde fuera de la institución, bregaron por el reconocimiento a la labor que tantos hombres y mujeres realizan a través de la escritura.
sábado, 16 de julio de 2011
REEDICIÓN DE UN POEMARIO
Escribe Carlos Sforza*
Acaba de publicarse la segunda edición del poemario LA MEMORIA MÁS ANTIGUA de Jorge Isaías (Editorial Ciudad Gótica, Rosario, mayo de 2011, 44 pp.).
El autor de este poemario nació en Los Quirquinchos (Santa Fe) en 1946 y reside en Rosario.
Entre las obras publicadas se destacan las que abordan la poesía y la prosa. Publicó “La búsqueda incesante”, “Poemas a silbo y navajazo”, “Oficios de Abdul”, “Crónica gringa” (con varias ediciones), “Cartas australianas”, “Poemas de amor”, “En carne viva”, “Y su memoria olvidó”, “Prosa sin prisa”, “Un verso recordado”, “Pintando la aldea”, “El fabulador y otras sepias”, “Como un caballo salido del mar”, “Almacén Las Colonias”, “Las calandrias de Juanele”. Ha dirigido Ediciones LA CACHIMBA y, como profesional, es Licenciado en Letras por la Universidad de Rosario. Ha presidido la SADE de la vecina ciudad santafesina.
El libro que acaba de aparecer, en su primera edición fue publicado en 1982. Ahora esta reedición muy bien presentada, tiene prólogo de Alma Maritano y palabras introductorias del propio poeta.
Se trata de un libro que, a través de los versos de Isaías, recupera la memoria de su tierra natal, de personajes, con un hálito mítico que como una sutil neblina, surca cada verso.
No podemos dejar de hacer notar el tratamiento que Jorge Isaías da a cada tema. De qué forma entra en ellos, sean personajes, momentos del campo o estaciones psicológicas del autor que rememora sus pasos infantiles, para no sólo recuperarlos como una realidad que fue, sino hacerlos presentes a través de los poemas que desfilan y desgranan esos recuerdos.
Hay, sin dudas, un juego claro entre memoria y olvido. Y cómo el poeta logra sacar del baúl de la memoria aquello que sus versos necesitan recordar y tienen para él, claro, una pervivencia que no tolera el olvido. Más aún, que por sí mismos entran en el juego poético y se corporizan a través de la carnadura que Jorge Isaías sabe darles adecuadamente a cada uno de ellos.
Hay personajes que, a través de versos breves, casi diría ascéticos pero de alto valor poético, son retratados con una nitidez notable. Tal el caso de “Don Ramón el oriental” (p.22). O con mayor despliegue verbal, “El viejo Pichi” que concluye con estos seis versos: “Se murió don Pichi. Después de su Calabria,/ el vasto mar y sus sesenta años/ exhumando recuerdo en esta tierra./ Lo enterraron con su sombrero aludo/ y negro, los zapatos que nunca se había puesto/ y la más humilde de mis pipas viejas” (p.25). O el retrato simple, poético de “Mingariello” que comienza así: “Tuvo un piloto de color anual/ -con grandes lamparones/ de mugres y de aceites-, una calva/ pequeña de pájaro y una boca/ balbuceante y desdentada” (p.17).
Pero esos retratos de personas y personajes de su pueblo, no agotan este poemario. Porque late, en todo momento el aliento poético de Isaías que sabe darle la cobertura apropiada a cada poema y, a la vez, el temple de ánimo que es imprescindible en una poesía para que ella sea eso: poesía.
Un verdadero regalo para el espíritu esta reedición de LA MEMORIA MÁS ANTIGUA de Jorge Isaías.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
Escribe Carlos Sforza*
Acaba de publicarse la segunda edición del poemario LA MEMORIA MÁS ANTIGUA de Jorge Isaías (Editorial Ciudad Gótica, Rosario, mayo de 2011, 44 pp.).
El autor de este poemario nació en Los Quirquinchos (Santa Fe) en 1946 y reside en Rosario.
Entre las obras publicadas se destacan las que abordan la poesía y la prosa. Publicó “La búsqueda incesante”, “Poemas a silbo y navajazo”, “Oficios de Abdul”, “Crónica gringa” (con varias ediciones), “Cartas australianas”, “Poemas de amor”, “En carne viva”, “Y su memoria olvidó”, “Prosa sin prisa”, “Un verso recordado”, “Pintando la aldea”, “El fabulador y otras sepias”, “Como un caballo salido del mar”, “Almacén Las Colonias”, “Las calandrias de Juanele”. Ha dirigido Ediciones LA CACHIMBA y, como profesional, es Licenciado en Letras por la Universidad de Rosario. Ha presidido la SADE de la vecina ciudad santafesina.
El libro que acaba de aparecer, en su primera edición fue publicado en 1982. Ahora esta reedición muy bien presentada, tiene prólogo de Alma Maritano y palabras introductorias del propio poeta.
Se trata de un libro que, a través de los versos de Isaías, recupera la memoria de su tierra natal, de personajes, con un hálito mítico que como una sutil neblina, surca cada verso.
No podemos dejar de hacer notar el tratamiento que Jorge Isaías da a cada tema. De qué forma entra en ellos, sean personajes, momentos del campo o estaciones psicológicas del autor que rememora sus pasos infantiles, para no sólo recuperarlos como una realidad que fue, sino hacerlos presentes a través de los poemas que desfilan y desgranan esos recuerdos.
Hay, sin dudas, un juego claro entre memoria y olvido. Y cómo el poeta logra sacar del baúl de la memoria aquello que sus versos necesitan recordar y tienen para él, claro, una pervivencia que no tolera el olvido. Más aún, que por sí mismos entran en el juego poético y se corporizan a través de la carnadura que Jorge Isaías sabe darles adecuadamente a cada uno de ellos.
Hay personajes que, a través de versos breves, casi diría ascéticos pero de alto valor poético, son retratados con una nitidez notable. Tal el caso de “Don Ramón el oriental” (p.22). O con mayor despliegue verbal, “El viejo Pichi” que concluye con estos seis versos: “Se murió don Pichi. Después de su Calabria,/ el vasto mar y sus sesenta años/ exhumando recuerdo en esta tierra./ Lo enterraron con su sombrero aludo/ y negro, los zapatos que nunca se había puesto/ y la más humilde de mis pipas viejas” (p.25). O el retrato simple, poético de “Mingariello” que comienza así: “Tuvo un piloto de color anual/ -con grandes lamparones/ de mugres y de aceites-, una calva/ pequeña de pájaro y una boca/ balbuceante y desdentada” (p.17).
Pero esos retratos de personas y personajes de su pueblo, no agotan este poemario. Porque late, en todo momento el aliento poético de Isaías que sabe darle la cobertura apropiada a cada poema y, a la vez, el temple de ánimo que es imprescindible en una poesía para que ella sea eso: poesía.
Un verdadero regalo para el espíritu esta reedición de LA MEMORIA MÁS ANTIGUA de Jorge Isaías.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
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