jueves, 4 de abril de 2013


LEER, ¿UNA COSA RARA?
Escribe Carlos Sforza*
Últimamente se ha hecho mucho hincapié en la lectura. Se habla, por algunos, que se lee menos que antes. Cuestión ésta, que yo he puesto en duda. No creo que se lea menos que antes. Y, tampoco puedo afirmar que se lee mucho más que antes.
Camilo José Cela, Premio Nobel de literatura, autor de una memorable novela como “La colmena”, sostenía algo parecido.
Hay muchas maneras de leer. Por obligación, por compromiso con el autor, por gozo. Ahora sucede que hay talleres de lectura y muchos jóvenes, que han leído algún libro que les ha interesado, lo recomiendan por la Red.
Siempre he sostenido que cuando era estudiante, y hace bastante tiempo, mis compañeros de escuela en su gran mayoría no leían. Y no había televisión ni Internet que los distrajera y motivara para ir por otro camino. La lectura de libros era, aparte de los que se imponían en la escuela por obligación, cosa de pocos. Cuando más, algunos solían leer revistas con aventuras de Mandrake el Mago, Tarzán, Superman o Flash Gordon. Pero en cuanto a libros, éramos muy pocos los que fuera de los del colegio, leíamos.
En una reunión en la Feria Internacional del Libro, la escritora Alicia Steimberg  contó que “Cuando yo era muy joven ya era raro encontrar gente que leyera; en realidad, leer, y mucho, siempre fue cosa rara, de gente rara”. Esa anécdota no hace sino corroborar lo que he sostenido al comienzo y lo he reiterado muchas veces.
Todo ello lleva a la conclusión que la lectura de hoy no es menor a la de antaño. Quizá, a través de otros soportes, como Internet, haya aumentado e incluso  multiplicado. Pero concretamente estamos hablando de la lectura con soporte papel, es decir, del libro impreso.
Se aproxima el Día Mundial del Libro, el 23 de abril, establecido coincidentemente con los aniversarios de las muertes de William Shakespeare, Miguel de Cervantes Saavedra y el Inca Garcilazo de la Vega. Este acontecimiento coadyuva para poder hablar de la lectura hoy.
Es indudable que, como cualquier escritor que lo sea de verdad, sostiene, que la base de una buena escritura es la lectura. Parece ser una verdad de Perogrullo pero hay que repetirla porque es necesario que los jóvenes (e incluso adultos) que deseen encaminarse por la escritura, la recuerde si es que no lo saben.
La escritora Silvia Plager en una nota donde fue entrevistada por ADNCultura, dice que “(…) hay que ser lector primero y después escritor. El que no venera el texto escrito no puede ser escritor.” Y detrás de la mayoría de buenos escritores, hay mucha y atenta lectura. De libros de diversos autores y variados temas y géneros. Pero que hay lectura, no quepa la menor duda. Y no es que se lea para copiar estilos o métodos de escritura. Se lee por la necesidad de vivir otras vidas, de acercarse a otros seres, a otros mundos posibles que el escritor plasma en sus obras.
Cuando uno comienza a leer es como empezar una aventura. La que le deparará el texto que tiene ante la vista. Ricardo Piglia en su libro “El último lector”, dice que “Hay una relación entre la lectura y lo real, pero también hay una relación entre la lectura y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su historia. Digamos mejor que la novela- con Joyce y Cervantes en primer lugar- busca sus temas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer.” Y agrega: “Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo vivir. (…) Para poder definir al lector, diría Macedonio (Fernández), primero hay que saber encontrarlo. Es decir nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura hace eso: le da al lector un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto preciso, lo integra en una narración particular. La pregunta “qué es un lector” es, en definitiva, la pregunta de la literatura. Esa pregunta la constituye, no es externa a sí misma, es su condición de existencia. Y su respuesta –para beneficio de todos nosotros, lectores imperfectos pero reales- es un relato: inquietante, singular y siempre distinto.” (p. 25).
Leer pues, enriquece al lector. Lo transforma en cuanto lo hace partícipe de lo que lee. Y, a la vez, como dice el mexicano Gabriel Zaid, nos vuelve más reales.   

    

domingo, 31 de marzo de 2013


 LOS PERSONAJES DEL NOVELISTA
Escribe Carlos Sforza*
Algunos lectores inquietos se preguntan de dónde saca sus personajes el novelista. La respuesta, claro, es compleja. El novelista maneja sus temas a través de personajes que crea y que, muchas veces se parecen a él mismo. Otras veces nacen casi inconscientemente sobre todo cuando no son los centrales, sino las “comparsas” que rodean a los personajes centrales.
Jacques Robichon sostiene que  “Para el novelista nato, casi nunca existe la elección; no elige sus personajes, los recluta en las aguas que le son propias (…) Al margen de la pintura que le es propia el novelista puede intentar aproximaciones u oposiciones, puede inclinar su cuadro. Es raro que vaya muy lejos; ese algo hacia donde lo lleva su instinto es la garantía más segura de la autenticidad de su objeto.”
Es como decir que el personaje elige al autor. ¿Cómo? De muchas maneras. Hay en cada novelista un mundo interior y exterior que le señala y le propone diversos personajes. El lector se puede preguntar si los personajes tienen algo del autor. Y la respuesta es ambigua, y lo es en la medida en que todo personaje tiene, quizá, algo del autor. Lo que no quiere decir que en cada uno de esos personajes se refleje el autor. Tiene algo en la medida en que inconscientemente aparecen rasgos ocultos, no pensados, del escritor del que se trata.
François Mauriac escribió que “Aún en estado de gracia, mis criaturas nacen de los más confuso de mí mismo; se forman con aquello que subsiste en mí a mi pesar” Y cuando André Gide comenta ese texto en Journal del 4 de junio de 1931,  expresa: “¡Qué confesión! Eso quiere decir que si fuera un cristiano perfecto, no tendría materia para escribir sus novelas…” Y como escribiera en su libro “François Mauriac” el ensayista, novelista y periodista J. Robichon, “Si –el mismo Mauriac lo ha dicho- los personajes de una ficción nacen del matrimonio que el novelista ha contraído con la realidad, ¿en qué medida nutre consigo mismo las figuras y las almas de sus criaturas? ¿En qué medida los personajes de una ficción deben ser considerados chivos emisarios de quien los ha engendrado y hasta dónde es posible admitir de acuerdo con una teoría  bastante difundida que un héroe de novela libera al novelista de todo cuanto ha refrenado –deseos, cólera, crimen, heroísmo- por medio de un ejercicio que el psicoanálisis ha popularizado con el nombre de transferencia?” Y agrega el crítico citado: “En una hipótesis semejante a) el novelista sería un personaje verdaderamente monstruoso que encargaría a las criaturas de su invención ser infames (o heroicas) en su reemplazo, b) la ventaja más importante para el novelista sería estar dispensado de vivir.”
Precisamente el novelista francés, Mauriac, en su libro “La novela y sus personajes”, dice que afirmar lo anterior “(…) es no tener en cuenta un  extraordinario poder de deformación y acrecentamiento: elemento capital del arte del novelista (…) Suele suceder que a veces terminamos por encontrar en nuestro propio corazón el ínfimo punto de partida de alguna reivindicación que estalla en uno de nuestros héroes: pero es tan desmesurado que en realidad no subsiste nada en común entre aquello que ha experimentado el novelista y lo que sucede en su personaje.” Y también sostiene que “(…) el arte del novelista es una lupa, una lente bastante poderosa como para acrecentar ese enervamiento, para hacer un monstruo de él, para nutrir la rabia del padre de familia de “El nido de víboras”… De un impulso del humor, el novelista extrae una pasión furiosa. Y no sólo amplifica desmesuradamente y hace un monstruo con casi nada, sino que aísla, destaca aquellos sentimientos que en nosotros están envueltos, dulcificados, combatidos, por una multitud de sentimientos contrarios…” (págs. 114/116).
El  pensamiento de François Mauriac vale mucho en tanto se trata de uno de los grandes novelistas franceses del siglo veinte. Y tanto es así que sus aportes a la novelística y al pensamiento pueden recuperarse lozanos como cuando salieron a luz sus obras.
También hay que tener presente que, si hay rasgos inconscientes del escritor en sus personajes, no se debe caer en la tentación de identificar al personaje con el autor. Como tampoco podemos atribuirle las ideas o pensamientos de un personaje como si fueran los de quien lo creó. Hay que deslindar los campos y dar al César lo que es del César y, gen este caso, al novelista lo que es de él. Así de sencillo.             

domingo, 24 de marzo de 2013


EL LENGUAJE EN LA NOVELA
Escribe Carlos Sforza*
Mucho se ha escrito sobre el lenguaje en la novela. Hay quienes defienden el purismo a ultranza, hay quienes están a favor de un lenguaje llano, sin demasiados ornamentos, hay otros que sostienen la necesidad de mantener el lenguaje conforme a la época en que se desarrolla la narración, los hay, asimismo, quienes por el contrario, aunque la novela narre episodios antiguos, debe ser escrita con un lenguaje que sea adaptado al tiempo en que se escribe y, en consecuencia, accesible para el lector.
William Ospina, narrador colombiano que obtuvo en 2009 el Premio Rómulo Gallegos, y que ha escrito novelas sobe la conquista de América, afirma que “todo lenguaje fatalmente envejecerá, no vale la pena acelerar el proceso. Lo importante era revivir esa historia y tratar de hacer reales esas selvas en nuestro lenguaje actual”.
Ello significa que para el colombiano no es necesario emplear el lenguaje del siglo XV cuando se escribe hoy. De lo contrario estaríamos ante una narración casi ininteligible para el lector del siglo XXI.
Otro punto a tener en cuenta es cómo hablan los personajes. Y aquí se plantean diferencias entre puristas y novelistas. Ya en la antigua y cotizada revista CONTORNO el tema fue ampliamente debatido. Sobre el mismo tenemos, por ejemplo, la opinión de Manuel Gálvez. El autor de “La maestra normal” sostiene que cuando narra el autor se necesita “una cierta pureza de la prosa…: la novela no deja de ser una obra de arte. El novelista debe conocer bien su idioma Nada más abominable que una larga novela con pésima sintaxis…”. Pero a la vez, hace referencia a cuando quienes hablan son los personajes. Y en ello su posición es bien clara: “Los personajes deben hablar como en la realidad, inclusive incorrectamente. Son admisibles hasta los lugares comunes y los términos groseros, extranjerizados o hampescos, pero el autor no ha de complicarse con esas cosas”. Y agrega: “Los narradores idealistas hacen hablar a los personajes como escriben ellos. Proceden por afán de unidad o por horror a la vulgaridad del diálogo corriente. Valera no ignoraba cómo hablaba Juanita la Larga, pero juzgando de mal gusto el lenguaje campesino, hacía que su protagonista se expresase igual que él”.
Hablamos, claro, de quienes escribimos novelas en este tiempo, es decir, en la actualidad. Nuestro lenguaje puede con el tiempo envejecer pero, a la vez, mantendrá la lozanía con el que fue escrito pese al paso de los años. Como sucede con tantas obras que perduran y vencen el paso del tiempo. El Quijote es, entre otras, una de las novelas que son ejemplo de permanencia en el tiempo.
 Asimismo es necesario tener en cuenta no sólo el lenguaje empleado, sino el cómo se usa ese lenguaje. En la novela sería cómo se cuenta. Oscar Tacca en su libro “Instancias de la novela”, nos habla de la relación que existe entre el narrador y el personaje. Y entre otras cosas dice que el narrador es una abstracción ya que “su entidad se sitúa no en el plano de lo enunciado sino en el de la enunciación”. Esa diferencia la marca Todorov  cuando afirma que “el enunciado es exclusivamente verbal mientras que la enunciación coloca al enunciado  en una situación que presenta elementos no verbales: el emisor, el que habla o escribe; el receptor, el que percibe, y el contexto en el que esta articulación tiene lugar”.
Todo ello viene a cuento cuando tratamos de penetrar en la confección o, mejor, creación, de una novela. El “narrador debe saber para contar. Es sabido que el verdadero carácter de un narrador  no consiste tanto en lo que cuenta (los temas van y vienen), sino en cómo cuenta” (Tacca). Y esta afirmación que por repetida puede resultar redundante, siempre es bueno tenerla presente al momento de escribir una novela. Cuando se tiene una idea o varias, y se comienza a escribir, hay una perspectiva, la del narrador, que le dará la impronta a la obra. Pero, a la vez, el escribir una novela depara tantas situaciones que quizá el autor nunca las pensó, hay que afinar el trabajo de la escritura de tal forma que a la postre lo que se escriba no resulte un fárrago de ideas mal paridas por lo mal escritas, sino que se ensamblen de tal forma, que se logre una obra coherente, sólida, sin fisuras, y que deje también, un camino a veces estrecho, para que el receptor, el lector, pueda continuar la misma con su propia imaginación. De allí la necesidad de emplear un lenguaje acorde con los tiempos en que se vive, pero sin traicionar la esencia de los personajes que, a la postre como se ha dicho siempre, se liberan y transitan libremente por las páginas del libro.
Y para concluir estas reflexiones, quiero hacerlo con lo que piensa de la literatura
el novelista William Ospina, ya que comencé con una cita de él. Dice: “Creo que toda literatura es la manera en que la conciencia  recoge las preguntas de su tiempo, está siempre en la frontera entre los desafíos del mundo al que pertenecemos y los que comienzan para las generaciones que vienen. La aventura de escribir una novela es un esfuerzo por vivir los hechos, además de pensarlos”. 

sábado, 2 de marzo de 2013


HECHOS, INSTITUCIONES Y PERSONAJES DE VICTORIA
Escribe Carlos Sforza*
Juan H. “Lito” Stiechr hace un tiempo nos introdujo en el recuerdo de cosas y hombres e instituciones de nuestro pueblo. Ahora, reincide en esa tarea a través de “Vivencias de aquella Victoria” –Recuerdos inolvidables de 1940 a 1990- (Ediciones Del Castillo, diseño de tapa de Rubén Tealdi, Rosario, febrero de 2013, 240 p.).
En la nota preliminar, el autor aclara que esta volumen “sea recibido e interpretado  no como un libro, que no pretende serlo, sino como una especie de guía, como se estilaba antes, simple recopilación de datos recogidos a través de los años, donde se deslizan nombres y apellidos, apodos, oficios, profesiones, comercios, entidades, misceláneas que tienen como fin primordial rescatar del olvido, pero que hacen  al rico historial pueblerino, abarcando un período de medio siglo: desde 1940 a 1990”.
La aclaración tiene su fundamento lógico en cuanto Lito no ha compuesto una obra orgánica en el sentido de un libro de historia o algo parecido. No ha sido su intención y lo dice claramente y a mí me lo expresó personalmente al entregarme el volumen. En nuestra ciudad, allá por comienzos del siglo pasado, se estilaba mucho sacar una especie de guías donde se consignaban las profesiones, oficios, casas comerciales, fábricas, y muchos otros rubros que iban registrando lo que sucedía en el pueblo a través de sus hombres e instituciones.
Pues bien, “Vivencias de aquella Victoria” ha querido ser algo así como las mencionadas guías y otras publicaciones que registraban el quehacer de la gente de Victoria. Algo que sucedía también con publicaciones a nivel nacional y en diversas ciudades del país.
Stiechr recupera personajes, como lo hizo en su anterior volumen, que han marcado desde diversos sectores, actividades y andanzas, un hito en Victoria. Tal el caso del Dr. Francisco Figueredo, de Carlos Anadón, de Julio Colmal, de Eduardo Rey Cabrera, del fotógrafo Juan Claver, de José Félix Cudini que fuera Intendente de Victoria, de Luis S. Capatto, de Luis M. La Barba, del Tío Panchito. Asimismo enumera, con breves detalles de sus tareas y de su singularidad, a los que el autor denomina personajes inolvidables. Y allí sí, recupera a hombres y mujeres, algunos de ellos a los que conocimos desde que éramos niños, que tenían marcas indelebles de alguna enfermedad mental que los hacía diferenciados y solían deambular por las calles pueblerinas. Otros, con alguna profesión determinada u oficio, y hasta con algunas actividades denominadas “no santas”. Todos personajes que marcaron, en su momento y con su presencia, etapas de la vida cotidiana de la Victoria que señalan los cincuenta años que marca en su obra Lito.
En el volumen se inscriben los Oficios, las Profesiones y se agregan diversas reparticiones, asimismo el autor incluye Instituciones, Clubes y Escuelas, Empresas y Negocios.
No faltan en esta verdadera guía de Victoria de la última parte del siglo XX, la inclusión de Misceláneas, donde aparecen el Chamamé, Pista El Recreo – Quitapenas, Notas del pasado victoriense, cuando nos comunicábamos con Rosario por lanchas y la época de las balsas, asimismo el carnaval local y la enumeración de Reinas y su cohorte de 1949 a 2012, los apodos de muchos victorienses (apodos que son notables y que dieron motivo a quien esto escribe, a hacer una investigación que se incluyó en el Libro de la Academia Porteña del Lunfardo).
Es indudable que en una guía como la que acaba de publicar Juan H. “Lito” Stiechr haya algunas omisiones, y algún dato que no es como se consigna. Y digo esto, puesto que en una enumeración tan amplia, siempre suelen existir omisiones involuntarias. Asimismo en cuanto a lo segundo, debo aclarar que  al referirse a la que se llamó “La Semana de Victoria” realizada en 1954, siendo intendente el citado José Félix Cudini, dice Lito que “se realizó en nuestra ciudad (…) en conmemoración de los 150 años de la fundación del Oratorio de la Matanza”. No fue en recuerdo de ese hecho histórico de los 150 años, sino n conmemoración de los 144 años de la fundación y los 103 años de la erección de Victoria como ciudad, de allí que siempre se habló de los festejos centenarios. Este dato lo conozco puesto que integré como secretario la Comisión de Homenaje, la que organizó una serie de actos, donde usaron de la palabra don Juan Migliol en representación del Centro Comercial, en Plaza San Martín, don Alberto Peverelli frente a la Iglesia, y donde hubo también otro importantes aportes. Fue entonces que por intermedio del P. Gregorio Spiazzi vino a Victoria por primera vez su amigo Raúl Domínguez, y en el Teatro Ideal dictó una conferencia el escritor José Arévalo. Fue asimismo notable la exposición de antigüedades realizada en la exBiblioteca “Juventud” en donde brilló la mano de Eduardo Lorenzo. Toda esa semana que ha evocado Lito, culminó con un gran almuerzo en la Confitería Premier.       
Queda claro, pues, que esta obra no es propiamente un libro de historia, ni una recopilación de notas literarias. Se trata de artículos aparecidos en periódicos y que, como se sabe, muchas veces se escriben al correr de la pluma, lo que los hace sumamente asequibles al gran público con la contrapartida de algunas omisiones o elementos que no concuerdan con lo real. También el autor incursiona en una forma más bien enunciativa, enumerativa, para presentar detalles de integrantes de instituciones de diversa índole. Todo ello está escrito a sabiendas y de allí la aclaración que hace Lito en su nota preliminar.
COLOFÓN
Esta guía-libro que acaba de publicar mi excondiscípulo de la Normal y amigo, Lito Stiechr, es un aporte interesante y valioso para que se perpetúe el recuerdo de gente, hechos, y sociedades e instituciones públicas y privadas de Victoria. 

martes, 26 de febrero de 2013


SOBRE JOSEPH RATZINGER
Escribe Carlos Sforza*
Desde que el Papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, anunció su dimisión al papado que ocurrirá el 28 de febrero de este año, se ha escrito, hablado y comunicado por diversos canales, mucho acerca de esta decisión de la que no se tenía noticias desde hace 600 años.
Se han conjeturado muchas hipótesis sobre los motivo de la renuncia, aunque en su carta en latín el Papa fue claro y contundente. Expresó que “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino.”
Indudablemente hay que tener un criterio sano, una gran fortaleza espiritual, y una sinceridad y visión claras, para tomar una determinación de la envergadura como es renunciar al papado.
El régimen de la Iglesia Católica al respecto, es el de una monarquía perpetua salvo que, por razones valederas y en plena libertad, el Papa renuncie a su mandato de ser la cabeza de la Iglesia en la tierra. Y eso y no otra cosa es lo que ha hecho Joseph Ratzinger.
TIEMPOS DIFÍCILES
A Benedicto XVI le tocó dirigir la Iglesia en tiempos difíciles. Y lo son por las acuciantes cuestiones que sacuden temporalmente a la misma. Es decir, por los desafíos y las realidades que se deben enfrentar.
Benedicto puso todo su esfuerzo en tratar de afrontar y solucionar muchos de esos desafíos. Así tuvo la fortaleza para condenar las aberraciones sexuales de miembros del clero convertidos en pedófilos. Para buscar un acercamiento con otras religiones y, sobre todo, después de su desgraciado discurso de Ratisbona (2006) donde molestó en forma clara al Islam. No obstante ello, hay temas pendientes que, lógicamente trascienden a través de los medios y de las opiniones de especialistas, tanto dentro del clero como del laicado. Se preocupó por la inclusión de muchos hermanos que por razones de ser divorciados no pueden recibir el sacramento de la Eucaristía, por tratar de sanear las finanzas vaticanas y, una llaga que hace temblar a muchos, por las tramas dentro de la curia romana, por cuya reforma muchos claman.
Todo esto, ante la edad avanzada del Papa y la falta de fuerzas para afrontar temas pendientes y que se multiplican en un mundo sumamente globalizado, han llevado a Joseph Ratzinger a resignar el cargo y la misión de ser Papa.
A la vez, es el desafió que el cónclave de cardenales tendrá que tener presente en la elección del futuro pontífice. Porque a quien sea ungido Obispo de Roma y Jefe del Catolicismo, le tocará enfrentar, afrontar y buscar una salida acorde con lo que es la misericordia y el amor que viene de Cristo y al que debemos devolver desde la fe y la caridad como dijo el propio Benedicto en su Mensaje para La cuaresma del 2013.
TRAYECTORIA
El renunciante, Joseph Ratzinger tiene una trayectoria excepcional como teólogo y pensador. Para dar una idea de su talento y sus formación, debemos tener presente que cuando sesionó el Concilio Vaticano II, él junto al  téologo Hans Küng y al teólogo Karl Rahner fueron los que inspiraron muchas de las decisiones de los padres conciliares. Si bien es cierto que en muchas ocasiones difirieron en cuanto a temas profundos, no es menos cierto que insuflaron de vida las sesiones del Concilio al cual, conforme lo dijo el propio Ratzinger con motivo de su renuncia, hay que regresar y logar que se cumpla lo resuelto en el Vaticano II.
Precisamente Ratzinger publicó varios libros sobre las conclusiones y proyecciones de los resultados de la reunión conciliar. Entre ellos en 1965, en traducción y bajo el sello de Ediciones Paulinas, leí en su momento “La Iglesia se renueva”, “La Iglesia se mira a sí misma”, “Resultados y perspectivas en la Iglesia Conciliar”. Siempre he tenido a Joseph Ratzinger por un estudioso, un teólogo, un hombre de pensamiento serio, razonador y que no elude la discusión o “disputatio” como decían los medievalistas, aunque, y debo aclararlo, en algunos aspectos no comparta todo lo que él ha escrito. Entre esto último está la famosa “Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación” (1984) cuando era Prefecto de la “Congregación para la Doctrina de la Fe” que tuvo la aprobación del actual beato, entonces Papa Juan Pablo II.
Pero siempre vi en Joseph Ratzinger al hombre de estudio, no mediático ni mucho menos carismático, como su predecesor en el papado. Ratzinger era y es un hombre de estudio, de estar en la investigación, en la meditación y reflexión. Quizá el papado fue para él como muchos han dicho, una especie de ofrenda que tuvo que dar al aceptar ser Papa, para servir y devolver a la Iglesia el Amor que Cristo puso de manifiesto al momento de la creación y en su entrega en la Cruz.
COLOFÓN
Dejé pasar unos días desde el anuncio de la renuncia de Benedicto XVI para escribir esta nota. Al hacerlo advierto la humildad de las palabras del Pontífice en su renuncia. Y la valentía para romper 600 años de tradición vaticana y hacer saber al mundo (católicos y no católicos) que hay momentos en que se debe dar un paso al costado. Que no somos eternos y no vale de nada querer quedar “atornillado” a un cargo.
Joseph Ratzinger nos ha dado un ejemplo que es valedero hoy en día, cuando la gran mayoría busca mantener una posición determinada aunque no le den las fuerzas, ni el talento ni la aprobación de los fieles y del pueblo al que se debe servir.





lunes, 18 de febrero de 2013

LA CRÍTICA Y EL VALOR LITERARIO


Escribe Carlos Sforza*

Siempre se vuelve sobre algunos temas. En el caso concreto de la literatura, esta vez regreso a raíz de una entrevista que le hizo Paula Escobar Cavarría periodista y editora de Revistas de “El Mercurio” de Chile, al inefable y siempre actual crítico y profesor Harold Bloom.

Lo visitó en su casa de New Haven (Estados Unidos) y el entrevistado, con sus lúcidos 82 años, accedió a varias respuestas, algunas que descolocan posiciones anteriores del propio Bloom.

Cuando la entrevistadora le preguntó que cómo se siente “ser el más influyente y controvertido crítico de nuestro tiempo según The New York Times”, el entrevistado simple y socarronamente respondió: “¡No sé de quien estás hablando! –Se ríe.”

Sostiene que pasados los 80, uno ya no se preocupa por esas cosas. Ante la pregunta “¿Cómo ha vivido con ser la voz que decide quien tiene valor literario o no?”, Harold Bloom que ya está más allá de muchas vanidades de este mundo, sencillamente respondió: “-Nadie puede hacer eso. El valor literario nunca es establecido por un crítico particular o un grupo de críticos. El valor literario se establece por generaciones de poetas, novelistas y dramaturgos que han tenido que luchar contra la influencia de escritores particulares, una influencia que consideran ineludible. Y haciendo eso, establecen su valor. Realmente no interesa lo que dices sobre ellos.”

En síntesis, el crítico estadounidense desliga la influencia de la crítica en cuanto al valor perdurable de una obra literaria.

Es evidente que los críticos, cuando ejercen su función con conocimiento y ecuanimidad, acercan una valoración, opinable por cierto, sobre una determinada obra literaria. Pero de allí a que ello constituya un juicio como valor definitivo, hay un gran trecho para andar. La opinión del crítico, sin dudas, ayuda a quien busca un derrotero y recurre a esa opinión para transitar por un camino de palabras como es la obra literaria.

Luego podrá ese lector, estar o no de acuerdo con las opiniones vertidas por el crítico consultado, leído o escuchado, conforme a lo que la obra en cuestión le depare a él (el lector) personalmente.

El propio Bloom en su libro “Anatomía de la influencia –La Literatura como modo de vida-” sostiene que “Practicar la crítica propiamente dicha consiste en reflexionar poéticamente acerca del pensamiento poético” (p.29). Y esa reflexión ayuda, sin dudas, al lector que se acerca a quien ejerce la crítica pero, como sostiene Bloom, no significa que se establezca necesariamente un valor literario definitivo.

Asimismo es interesante lo que el entrevistado dice sobre la sabiduría. Sostiene que “Yo no tengo sabiduría. Sé dónde la puedes encontrar. La puedes encontrar en Shakespeare, Cervantes o Dante, ahí puedes encontrar sabiduría, partes de la verdad.”. Y agrega: “Además yo estoy más y más consciente de mis propias limitaciones. La vida no funciona deseando mucho algo y obteniéndolo. Con los años ves los monumentos rotos de tus grandes deseos.”

Es evidente que transpuestos los 80 años, Bloom ha llegado a esa madurez que hace que uno se sienta cada vez más a la intemperie. Es decir, desprovistos de aquellos asuntos que creía que eran la verdad cuando en realidad son partes, a veces más amplias y otras muy pequeñas, de la verdad.

Y remite a tres grandes de la literatura occidental. El inglés, el español y el italiano. Ellos, en sus obras, en sus dramas, en sus poesías, en sus novelas, ha presentado sí, la sabiduría y a través de esa sabiduría de los que deambulan por sus libros, la verdad pese a que muchas veces (la mayoría de las veces, por mejor decir) se parte de una mentira. Como que la ficción es mentira pero, pese a serlo en la creación que hace el autor, se convierte en una verdad cabal, pura, que muestra los meandros más secretos del ser humano.

Se sabe que hay desde hace varios años, legiones de críticos de las más diversas escuelas, que dedican su tiempo precisamente no sólo a hacer crítica directa de textos, sino a enseñar (a veces a pontificar) sobre cómo debe ser la crítica y cómo debe evaluarse un texto.

Umberto Eco recuerda algo por lo que muchos hemos pasado. Dice que “Mi generación postcrociana (la primera) exultó con las revelaciones de Wellek y Warren, con la lectura de Dámaso Alonso y de Spitzer. Empezábamos a entender que la lectura no era una merienda campestre en la que se cogían casi al azar, ahora aquí, ahora allá, botones de oro o majuelos de la poesía, anidada entre el estiércol de las cuñas estructurales, sino que se afrontaba el texto como algo entero, animado de vida en distintos niveles. Parecía que nuestra cultura lo había aprendido.” (Sobre literatura, p. 183).

Yo recuerdo bien ese período en que leíamos “Teoría Literaria” (Edit.Gredos) de Warren y Wellek, como los estudio de Alonso y Leo Spitzer, al igual que los de Alfonso Reye y tantos otros. De ellos aprendimos mucho, claro. Pero en la dinámica de la literatura, debimos y debemos seguir aprendiendo de otros. Y, a la vez, tener nuestro propio juicio. Y saber, a la postre, que la valoración de una obra literaria como legado de la humanidad, la dará el tiempo. Mientras tanto, quienes escribimos ficciones, nos conformamos con aquellos lectores desconocidos que acceden a nuestras narraciones y gustan de ellas, como me acaba de suceder con un lector de Paraná que, quedó tan “atrapado” con mi novela “La guerra de los huesos” que comenzó a leerla, según su propio testimonio, en las primeras horas de la mañana y no la dejó hasta las seis de la tarde cuando llegó al final del libro.

Con ello el autor se siente reconfortado. La posterior perennidad de la obra, será cuestión no de un lector ni de un crítico, sino del paso del tiempo y de lo que la posteridad conserve de ella.





martes, 12 de febrero de 2013

LAS NOVELAS SEMANALES DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX


Escribe Carlos Sforza*

Acabo de leer un ensayo-investigación de Beatriz Sarlo sobre las narraciones de circulación periódica en la Argentina. La obra, originariamente se publicó en 1985 y tuvo una segunda edición. La que he leído con sumo interés es la tercera edición, revisada y corregida, editada en 2011.Se trata de “El imperio de los sentimientos: narraciones de circulación periódica en la Argentina, 1917-1925” (Siglo Veintiuno, Editores, Buenos Aires, 176 p.).

Se trata de un estudio pormenorizado, profundo, de las publicaciones semanales que bajo el título de novela (que incluía cuentos y en algunos casos otras materias) se publicaban y distribuían en Buenos Aires y otras ciudades, en quioscos o a domicilio. Es lo que se llamó el apogeo de la literatura sentimental, que, conforme se ha dicho, son “textos de la felicidad: aunque narren la desdicha de los amores contrariados y que la dicha puede alcanzarse a través del matrimonio.”

Beatriz Sarlo sostiene que esa literatura era de barrio y “también literatura predominantemente para mujeres o adolescentes y jóvenes de sectores medios y populares”. No era una literatura de vanguardia ni mucho menos. Se trabajaba sobre clisés y tenía una gran aceptación en las masas. Difería, claro, de la denominada literatura culta o de elite, que a la par comenzaba a publicarse en nuestro país y que en muchos casos era en lo temático semejante a la semanal, pero con el vuelo de lo que podríamos llamar buena literatura.

Hay que tener en cuenta, asimismo, que como dice Beatriz Sarlo refiriéndose a las publicaciones semanales, que éstas eran “escritas cuando la literatura psicológica ya había producido grandes novelas”. Y agrega: “estas publicaciones (las semanales) son regionales por su persistencia en la presentación de una misma temática. Se trata de un movimiento de la subjetividad: el amor, el deseo y la pasión.” (p.22)

Son discursos narrativos lineales, sin desviarse en temas secundarios, siempre teniendo en vista el gusto de los lectores que, ávidamente, esperaban la entrega semanal. Siempre aparece la joven bella, pobre, que aspira a ascender y que llegue su “príncipe” para rescatarla y formar una pareja ideal. Cosa que, que en la ficción de estas publicaciones (y muchas veces en la realidad) no sucede. De allí que en su ensayo, Sarlo sostenga que “Una figura de mujer se repite a lo largo de estos relatos: el de la bella pobre, alguien que merece mejor destino, aunque probablemente no lo alcance. Foco de identificación para las lectoras jóvenes, este tópico (que también forma parte de la literatura de folletín y que Dickens no desdeñó) es compartido por la literatura sentimental y por el cine, y recorre la narrativa semanal como uno de sus hilos conductores.” (p.23).

Es interesante comprobar que si bien Beatriz Sarlo se ha centrado especialmente en el análisis de la dimensión literaria de esas publicaciones, no desdeña hacer algunas incursiones por lo sociológico. Así por ejemplo, afirma que las narraciones semanales vienen a satisfacer las necesidades de amplios sectores medios y populares. En efecto, dice que “Como los lectores cultos, los populares también buscan en la literatura ese lugar de la ensoñación, de la evasión o de la aventura” También sostiene que la lectura de esas narraciones ha hecho posible que vastos sectores populares se hayan acostumbrado a leer y puedan dar, a la postre, un salto cualitativo con respecto a la calidad de la literatura que se presenta ante sus ojos. Ha creado el hábito de la lectura y así, posibilitado el acceso a una literatura que podríamos llamar grande en cuanto a la calidad de su escritura y al planteo de sus temas como a la forma en que esos temas son tratados. De allí que la autora sostenga que en los circuitos en que circulaban esas publicaciones, sectores sociales concretos, producían varios efectos. “Entre ellos, dice Beatriz Sarlo, uno que no carece de importancia: colaboraron en la formación del hábito de la lectura, desarrollando y afirmando destrezas y disposiciones adquiridas en un proceso de alfabetización que es, al mismo tiempo, una de las condiciones del éxito amplio de las narraciones semanales.” (p.25).

La autora menciona once publicaciones semanales: “El cuento ilustrado” (que dirigió Horacio Quiroga), “La mejor novela”, La Novela Argentina, “La Novela del Día” (católica), “La Novela de Hoy”, “La Novela de la Juventud”, “La Novela Nacional; La Novela para Todos”, La Novela Porteña”, “La Novela Semanal” (dirigida por Miguel Sans que salió en 1917 y llegó al número 400 en 1925, y que en marzo de 1920 publica “El Suplemento”) y “La Novela Universitaria”-

Como se puede apreciar, una cantidad de publicaciones que hablan del consumo que los lectores hacían de ellas en los lejanos años de comienzos del siglo pasado.

No se crea que en las narraciones semanales, quienes las escribían eran aprendices (los había sí, y otros que nunca pudieron trascender de esa zona de la literatura para masas). Habían autores que incursionaban por la denominada literatura culta: el caso de Horacio Quiroga, Hugo Wast, Héctor P. Blomberg y varios más. Era, para ellos, una manera de llegar a los que recién accedían a la literatura (muchos inmigrantes e hijos de ellos) y, a la vez, una forma de obtener dinero por las publicaciones que hacían, que no era sino un comienzo de la profesionalización del trabajo intelectual.

El análisis que hace Sarlo de esta literatura es amplio, profundo, y cala hondo en los temas, en la presentación de los personajes característicos de las mismas, en la forma en que se hilvanan las historias que eluden el ascetismo y proponen lo que llama un arte medio a la medida de su público. Dice que “Para contar sus simples y repetidas historias, estas narraciones no eligen un estilo simple. Eligen un estilo de clisé que garantiza la existencias de un plus. En ese plus está su estética, basada tanto en una pronunciada tipificación de personajes y situaciones como en una serie de moldes estilísticos”. (p.157).

Es una literatura de consumo, claro. Pero, como afirma la autora, ese consumismo de la literatura semanal, no se convirtió en regla de gusto, sino que, sucedió lo contrario: “el público nuevo no quedó indefinidamente fijado en el imperio de los sentimientos, sino que logró compartir este imperio con otros.” Y Agrega: “Construir un público, la historia de la literatura lo enseña, es una de las operaciones más complicadas de la cultura moderna. En esta perspectiva, las novelitas sentimentales pueden haber sido, más que un obstáculo, un agradable desvío o una sencilla estación para las iniciaciones” (p.160).

Beatriz Sarlo ha hecho un importante aporte para conocer una parte que fue muy importante y no puede desdeñarse, de la literatura de masas a que comienzos del siglo XX. A la vez, ha ilustrado con ejemplos de las narraciones incluidas en la novela semanal, sus explicaciones y afirmaciones. En suma, ha hecho un trabajo a conciencia, que ilustra y enseña. Yo debo decir que, después de leer este libro, he aprendido muchas cosas que ignoraba sobre aquellas ya añosas publicaciones. Lo que equivale a decir que me he ilustrado y nutrido con la lectura de “El imperio de los sentimientos”.