martes, 12 de febrero de 2013

LAS NOVELAS SEMANALES DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX


Escribe Carlos Sforza*

Acabo de leer un ensayo-investigación de Beatriz Sarlo sobre las narraciones de circulación periódica en la Argentina. La obra, originariamente se publicó en 1985 y tuvo una segunda edición. La que he leído con sumo interés es la tercera edición, revisada y corregida, editada en 2011.Se trata de “El imperio de los sentimientos: narraciones de circulación periódica en la Argentina, 1917-1925” (Siglo Veintiuno, Editores, Buenos Aires, 176 p.).

Se trata de un estudio pormenorizado, profundo, de las publicaciones semanales que bajo el título de novela (que incluía cuentos y en algunos casos otras materias) se publicaban y distribuían en Buenos Aires y otras ciudades, en quioscos o a domicilio. Es lo que se llamó el apogeo de la literatura sentimental, que, conforme se ha dicho, son “textos de la felicidad: aunque narren la desdicha de los amores contrariados y que la dicha puede alcanzarse a través del matrimonio.”

Beatriz Sarlo sostiene que esa literatura era de barrio y “también literatura predominantemente para mujeres o adolescentes y jóvenes de sectores medios y populares”. No era una literatura de vanguardia ni mucho menos. Se trabajaba sobre clisés y tenía una gran aceptación en las masas. Difería, claro, de la denominada literatura culta o de elite, que a la par comenzaba a publicarse en nuestro país y que en muchos casos era en lo temático semejante a la semanal, pero con el vuelo de lo que podríamos llamar buena literatura.

Hay que tener en cuenta, asimismo, que como dice Beatriz Sarlo refiriéndose a las publicaciones semanales, que éstas eran “escritas cuando la literatura psicológica ya había producido grandes novelas”. Y agrega: “estas publicaciones (las semanales) son regionales por su persistencia en la presentación de una misma temática. Se trata de un movimiento de la subjetividad: el amor, el deseo y la pasión.” (p.22)

Son discursos narrativos lineales, sin desviarse en temas secundarios, siempre teniendo en vista el gusto de los lectores que, ávidamente, esperaban la entrega semanal. Siempre aparece la joven bella, pobre, que aspira a ascender y que llegue su “príncipe” para rescatarla y formar una pareja ideal. Cosa que, que en la ficción de estas publicaciones (y muchas veces en la realidad) no sucede. De allí que en su ensayo, Sarlo sostenga que “Una figura de mujer se repite a lo largo de estos relatos: el de la bella pobre, alguien que merece mejor destino, aunque probablemente no lo alcance. Foco de identificación para las lectoras jóvenes, este tópico (que también forma parte de la literatura de folletín y que Dickens no desdeñó) es compartido por la literatura sentimental y por el cine, y recorre la narrativa semanal como uno de sus hilos conductores.” (p.23).

Es interesante comprobar que si bien Beatriz Sarlo se ha centrado especialmente en el análisis de la dimensión literaria de esas publicaciones, no desdeña hacer algunas incursiones por lo sociológico. Así por ejemplo, afirma que las narraciones semanales vienen a satisfacer las necesidades de amplios sectores medios y populares. En efecto, dice que “Como los lectores cultos, los populares también buscan en la literatura ese lugar de la ensoñación, de la evasión o de la aventura” También sostiene que la lectura de esas narraciones ha hecho posible que vastos sectores populares se hayan acostumbrado a leer y puedan dar, a la postre, un salto cualitativo con respecto a la calidad de la literatura que se presenta ante sus ojos. Ha creado el hábito de la lectura y así, posibilitado el acceso a una literatura que podríamos llamar grande en cuanto a la calidad de su escritura y al planteo de sus temas como a la forma en que esos temas son tratados. De allí que la autora sostenga que en los circuitos en que circulaban esas publicaciones, sectores sociales concretos, producían varios efectos. “Entre ellos, dice Beatriz Sarlo, uno que no carece de importancia: colaboraron en la formación del hábito de la lectura, desarrollando y afirmando destrezas y disposiciones adquiridas en un proceso de alfabetización que es, al mismo tiempo, una de las condiciones del éxito amplio de las narraciones semanales.” (p.25).

La autora menciona once publicaciones semanales: “El cuento ilustrado” (que dirigió Horacio Quiroga), “La mejor novela”, La Novela Argentina, “La Novela del Día” (católica), “La Novela de Hoy”, “La Novela de la Juventud”, “La Novela Nacional; La Novela para Todos”, La Novela Porteña”, “La Novela Semanal” (dirigida por Miguel Sans que salió en 1917 y llegó al número 400 en 1925, y que en marzo de 1920 publica “El Suplemento”) y “La Novela Universitaria”-

Como se puede apreciar, una cantidad de publicaciones que hablan del consumo que los lectores hacían de ellas en los lejanos años de comienzos del siglo pasado.

No se crea que en las narraciones semanales, quienes las escribían eran aprendices (los había sí, y otros que nunca pudieron trascender de esa zona de la literatura para masas). Habían autores que incursionaban por la denominada literatura culta: el caso de Horacio Quiroga, Hugo Wast, Héctor P. Blomberg y varios más. Era, para ellos, una manera de llegar a los que recién accedían a la literatura (muchos inmigrantes e hijos de ellos) y, a la vez, una forma de obtener dinero por las publicaciones que hacían, que no era sino un comienzo de la profesionalización del trabajo intelectual.

El análisis que hace Sarlo de esta literatura es amplio, profundo, y cala hondo en los temas, en la presentación de los personajes característicos de las mismas, en la forma en que se hilvanan las historias que eluden el ascetismo y proponen lo que llama un arte medio a la medida de su público. Dice que “Para contar sus simples y repetidas historias, estas narraciones no eligen un estilo simple. Eligen un estilo de clisé que garantiza la existencias de un plus. En ese plus está su estética, basada tanto en una pronunciada tipificación de personajes y situaciones como en una serie de moldes estilísticos”. (p.157).

Es una literatura de consumo, claro. Pero, como afirma la autora, ese consumismo de la literatura semanal, no se convirtió en regla de gusto, sino que, sucedió lo contrario: “el público nuevo no quedó indefinidamente fijado en el imperio de los sentimientos, sino que logró compartir este imperio con otros.” Y Agrega: “Construir un público, la historia de la literatura lo enseña, es una de las operaciones más complicadas de la cultura moderna. En esta perspectiva, las novelitas sentimentales pueden haber sido, más que un obstáculo, un agradable desvío o una sencilla estación para las iniciaciones” (p.160).

Beatriz Sarlo ha hecho un importante aporte para conocer una parte que fue muy importante y no puede desdeñarse, de la literatura de masas a que comienzos del siglo XX. A la vez, ha ilustrado con ejemplos de las narraciones incluidas en la novela semanal, sus explicaciones y afirmaciones. En suma, ha hecho un trabajo a conciencia, que ilustra y enseña. Yo debo decir que, después de leer este libro, he aprendido muchas cosas que ignoraba sobre aquellas ya añosas publicaciones. Lo que equivale a decir que me he ilustrado y nutrido con la lectura de “El imperio de los sentimientos”.

martes, 5 de febrero de 2013

LA VIDA: ESCUELA DEL ESCRITOR


Escribe Carlos Sforza*

Hace poco apareció un libro en Italia que, conforme a lo que sobre él se ha escrito, reúne las conferencias de la periodista y narradora Oriana Fallaci (que falleció en 2006). La obra reúne, a estar a las informaciones, las conferencias de la polémica ex corresponsal de guerra italiana. Conforme a la traducción, el libro se titula “Mi corazón está más cansado que mi voz” y lo editó Rizzoli.

La vital, polémica y profunda Oriana Fallaci incursiona en una de sus conferencias sobre temas que hacen al quehacer de los periodistas y de los escritores. Darío Ferillo en el CORRIERE DELLA SERA, sostiene que la Fallaci tiene una idea del periodismo no “como oficio sino como misión”. Y agrega que esa misión le consumirá gran parte de su vida. Agrega que en la autora “(…) está esa fe chamánica en el rol del escritor a imagen y semejanza de un sacerdote guerrero, tal vez predestinado desde el vientre de su madre, y por lo tanto condenado a no desconectarse nunca y a decir siempre, y como sea, la verdad. Y también a ser objetivo a su manera, si por esa palabra se entiende una participación directa, sin mediaciones, con los hechos. Se les exige un sí incondicional a las razones de la vida, antes de sentarse en el escritorio para describirla.”

LA ESCUELA DEL ESCRITOR

Oriana Fallaci entre cuyas obras figura la novela “Un hombre” y donde sobre su admirado Alekos Panagulis y le dedica un capítulo cuando estuvo detenido, sostiene que cuando habla del protagonista de la novela (Alekos) ella tuvo oportunidad de conversar con él de muchas cosas, pero no de lo que sintió cuando estaba en prisión. Un entrevistador le preguntó entonces a la autora si Panagulis le contó lo que sentía en su largo confinamiento a lo que la italiana respondió que no. Y ahí surgió la pregunta que cómo ella lo sabía pues era fiel testimonio de lo que pasaba con el detenido. Oriana respondió: “Me lo imaginé. El motivo por el cual un escritor es capaz de todo eso, en mi opinión, es que la verdadera escuela del escritor es la vida misma, empezando por la propia. Y dado que su trabajo principal es observar la vida, empezando por la propia, jamás separa su trabajo de su vida personal. No se desconecta nunca.” Y agregó a renglón seguido que “Todo lo que hace, prueba, piensa, ve, entiende ingresa en su escritura como un líquido vertido en una botella a través de un embudo. Incluso cuando duerme y sueña. Incluso cuando ama y hace el amor. Y como es consciente de ello, nunca está satisfecho. Y en proceso de escritura, reinventa la realidad, la dilata, quiere que la verdad sea más verdadera que la verdad, arrancándole a la crónica periodística o a su vida personal un episodio particular para universalizarlo.”

Todo ello nos lleva a la conclusión que, en la opinión de la Fallaci y de muchos escritores, la mejor escuela para quien es narrador, es la vida. La ajena y la propia. Y el ojo del novelista, del fabulador, siempre está atento a los vaivenes de lo que lo rodea. Porque todo es materia novelable. Por supuesto que a ese aprendizaje que da la vida y que se asume consciente e inconscientemente, se le adicionan otros componentes, como puede ser el estudio, el aprendizaje en charlas personales o grupales, y, claro, sobre todo en la lectura de los narradores que son en esencia, verdaderos creadores de los mundos de la ficción.

Concordante con la opinión de Oriana Fallaci, conviene recordar que Emerson dijo: “Si quiere aprender a escribir, debe hacerlo en la calle. Tanto para los propósitos como para los medios de ese arte, debe frecuenta la plaza pública. El pueblo, no la universidad, es el hogar del escritor.”

Es que la vida enseña. La propia y la vida ajena. Nada escapa a la mirada inquisidora del narrador. Todo resulta interesante y puede serle útil en cualquier momento. Chesterton decía que “Estamos imbuidos de la primera de las doctrinas democráticas, que todos los hombres son igualmente interesantes.” No olvidemos que en las obras de un novelista entran muchas categorías de seres humanos. Manuel Gálvez sostenía que “Para el novelista los hombres, en cuanto objeto novelable, valen todos lo mismo: el santo y el bandido, el imbécil y el genio. Su misión es comprender lo humano y revelarlo (…) El novelista es más escritor que literato”. Y también el autor de “La maestra normal” afirma que “El novelista ama al pueblo. (…) “El novelista es casi siempre sencillo y sincero. No pude ser farsante quien vive buscando la verdad humana y transponiéndola en sus libros”.

Es que, como afirma quien dio pie a esta nota, Oriana Fallaci, la gran escuela del narrador es la vida. Y precisamente por eso, por conocerla, por interrogarla, cuando aparece reflejada en la ficción resulta verosímil, atrapante y demuestra que aunque sus temas sean del pasado, siempre el narrador marcha “de acuerdo con el tiempo nuevo”.

lunes, 21 de enero de 2013

LA NOVELA PÓSTUNA DE CARLOS FUENTES


Escribe Carlos Sforza*

Acabo de leer la novela póstuma del escritor mexicano Carlos Fuentes, quien falleció el 15 de mayo de 2012. Se trata de “Federico en su balcón” (Alfaguara, tapa: Jorge Pinto, contratapa de Sergio Ramírez, primera edición, Buenos Aires, noviembre de 2012, 298 páginas).

Ya di, antes de la aparición de la novela, una visión aproximada a la misma a través de los dos primeros capítulos publicados como anticipo en ADNCultura del diario “La Nación.

Ahora tengo a través de la lectura del libro, la visión total de la obra póstuma del

escritor mexicano. En la contratapa, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez nos hace un acercamiento a lo que es y significa esta última novela de Fuentes. Dice: “Esta novela es el testamento literario de Carlos Fuentes, una lección definitiva sobre lo que fue y seguirá siendo como escritor. Un autorretrato hablado donde el narrador se multiplica en sus personajes, creando la contradicción espiritual y filosófica que siempre bulló en su alma, una dialéctica que abre interrogaciones sin intentar respuestas determinantes.”

Planteada desde un diálogo del autor con Federico Nietzsche de un balcón a otro, Fuentes nos introduce en un mundo que en cierta forma es parte del famoso “eterno retorno” del filósofo. Y los grandes interrogantes sobre el superhombre, la voluntad de poder, la muerte de Dios que planteó en sus escritos el pensador, sirven de base, en gran medida, para analizar lo que sucede a una serie de personajes que cubren, diría, toda la gama de seres humanos que pueblan nuestro mundo.

Es una verdadera miscelánea donde Fuentes recrea, a través de la ficción la realidad de los pueblos iberoamericanos. Porque no elude ni la violencia, ni las aberraciones, ni la compasión, ni el odio, ni el amor. Y podría seguir la enumeración de los valores y los vicios humanos que se traducen en la praxis de la gente y en el accionar de la masa cuando se proclama y autodefine como asamblea y voltea gobiernos, saquea, tortura y mata, como antes lo han hecho quienes se guarecían en la denominada legalidad que no era sino una burda mistificación de la democracia. Esas escenas aparecen reiteradamente en la novela y, a la vez, sirven para las reflexiones de los que desde sus balcones hablan sobre estos y otros temas.

Con justeza escribe Sergio Ramírez que “Desde el balcón en el Hotel Metropol, Federico Nietzsche, que regresa a una edad moderna con sus viejas dudas y culpas, interroga a Federico Nietzsche en el otro balcón. Carlos Fuentes, desde el suyo, interroga a Carlos Fuentes que se asoma al otro. Entre ambos hay espejos que los reflejan y reflejan a las edades. Carlos Nietzsche y Federico Fuentes conversan sobre el poder, el amor y la justicia mientras van dando entrada a estrafalarios y paradigmáticos personajes al escenario de una revolución donde caerán cabezas. Así es la historia de la ambición humana, de la intriga por el poder, del delirio que lleva al crimen, de la bastardía de la traición, porque el poder implica hilos manejados tras bambalinas, dominio sobre el otro”.

Es de destacar que Carlos Fuentes siempre estuvo pendiente del vaivén de la historia de los pueblos latinoamericanos. Sobre todo, porque lo conoce bien, de su amado México. Y en la novela aparece esa postura del escritor hacia su pueblo que representa, sin dudas, a muchos pueblos americanos. El dominio de quienes manejan entre bambalinas a los negociantes y especuladores poderosos, a una cohorte de adulones que están a su servicio, se refleja en Federico Loredano. Como la lucha libertaria por el derecho y bajo un régimen moral, en el abogado Aarón Azar, y una parte más práctica del ejercicio del poder en Dante (hermano de sangre de Federico). Y está el mártir (a sabiendas u obligado, queda a elección del lector) que es Saúl Mendés Renania junto a la misteriosa ex monja Sor Consolata que toma el nombre de María-Águila. La lucha por imponer la revolución. El fusilamiento de Dante por orden de su amigo Azar. Luego la muerte ominosa de éste a quien la Asamblea vitupera después de haberlo elevado a la gloria de Jefe de la revolución Y el regreso de Federico, manejando hilos del gobierno que imponen los militares conservadores bajo el mando del General Andrea del Sargo, cuando el pueblo se ha destruido a sí mismo y hay pobreza, hambre, asesinatos. Y otros personajes, como el acomodaticio Bacilicato, o Gala, o Elisa, o Rayón o Zacarías, o Charlotte “Madame Mère. Todos ellos tienen cabida en los meandros de esta novela que sin dudas, es un verdadero interrogante sobre el destino de muchos hombres y de no pocos pueblos.

Pocas veces nos encontramos con una novela del calibre de ésta, póstuma de Carlos Fuentes. Que hace pensar a la vez que se hace leer con fruición. Digna novela de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo.





martes, 15 de enero de 2013

¡SALIÖ!

                                  ¡YA ESTÁ EN LA CALLE!

En estos días salió a la calle. Se trata de mi nueva novela "La guerra de los huesos", de 272 p., ilustración de tapa: Óleo de Ruth Sverdlov, fotografía del autor de Celso Rendos, Ediciones del CLÉ (Paraná).
Como me dice en un correo electrónico mi colega escritor Osvaldo Baccaro, de San Nicolás (Bs.As.), ya no me pertenece. Es de los lectores. Claro, todo aquel que se sumerja en la lectura se convertirá en un nuevo habitante de las historias narradas y de los personajes que deambulan en esas historias que, a la postre, no es sino la historia de nuestro presente con sus alegrías, dolores, desesperanza y esperanzas.
Valoro y agradezco las palabras que me ha hecho llegar Baccaro, uno de los buenos narradores bonaerenses, quien ha leído la novela con una rapidez excecional, pues como me expresa, "atrapa".
Comparto con los seguidores de mi blog la alegría de esta sexta novela que acaba de dejar mi casa y es de cada lector que se meta en ella y la guste. Gracias a todos los que de una u otra forma, siempre me alentaron en mi labor y, por supuesto, a mis consecunetes lectores.

jueves, 27 de diciembre de 2012

“LA GUERRA DE LOS HUESOS”


En la primera semana de enero sale mi nueva novela

Se trata de la sexta novela, editada por Ediciones del Clé que dirige el escritor Ricardo Maldonado en Paraná.

La obra que aparecerá esta semana que comienza tiene como ilustración de tapa un Óleo de Ruth Sverdlov, fotografía del autor de Celso Rendos y una síntesis biográfica del autor en las solapas. El libro, de 272 páginas, está impecablemente impreso y estará a disposición de los lectores en el mes de enero.

Como un anticipo del mismo, reproduzco a continuación lo que se ha escrito de la obra en la contratapa:



“Una vez más el escritor Carlos Sforza aborda el género novela en La guerra de los huesos. Y lo hace narrando la historia de cuatro generaciones cuyas vidas se inscriben en la compleja y apasionante trama de la historia argentina. Para ello utiliza la simultaneidad de planos temporales y espaciales permitiendo un movimiento de lectura que le imprime un ritmo y estilo propios de la tradición literaria inaugurada por James Joyce.

La vida de los Martínez –protagonistas de la historia en esta novela- está atravesada por las mismas pasiones, padecimientos y sueños que caracterizan a cualquier familia argentina, con las marcas propias del contexto que corresponden a cada generación, con un riguroso cuidado de las referencias políticas e históricas.

La trama captura el interés del lector quien, como aquel último lector de Ricardo Piglia, …se pierde en los múltiples ríos del lenguaje.

En el juego permanente entre lo real y lo suprareal se advierte la inscripción de La guerra de los huesos en lo que Carlos Fuentes llamó la tradición de la Mancha.

De este modo las letras entrerrianas vuelven a contar con el aporte del escritor victoriense quien demuestra una vez más maestría en el manejo del lenguaje, destreza en el desarrollo narrativo y conocimiento de la condición humana a través de la configuración de los personajes que pueblan la historia, la que cobra relevancia literaria ya que no sólo destaca por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta.

Por último se enfatiza el compromiso de Sforza con su entorno más próximo. Las historias que crea se asientan en nuestra propia tierra, conjugándose lugares y tiempos que el lector puede reconocer y que enraízan con algún fragmento de su propia historia, constituyéndose de este modo en un lector comprometido a la vez que atento y voraz con el relato que se despliega.”





jueves, 29 de noviembre de 2012

LA EXPERIENCIA A TRAVÉS DE LA NOVELA


Escribe Carlos Sforza*

Pienso que la novela depara al lector muchas experiencias. Precisamente como escribiera Umberto Eco, el que lee una narración vive dos veces. Su propia vida y la vida de quienes pueblan lo que ha leído. Esas experiencias que el autor de una novela o de un cuento transmite a través del texto escrito, sirven sin dudas al lector desconocido que transita por las líneas de la escritura.

Pero, a la vez (y antes), ha sido el propio escritor el que ha recibido esas nuevas, a veces impensadas, experiencias que va hilvanando en la narración.

Cuando corregí las pruebas de galera de mi novela “La guerra de los huesos” que aparecerá en enero próximo, advertí muchas cosas que tenía olvidadas y que están insertas en el libro. Son esas experiencias que uno mismo recibe y que, dormidas en el original, despiertan cuando quien las ha escrito las vuelve a experimentar a través de la nueva lectura, lápiz en mano, al hacer las correcciones de lo que en las galeras se ha plasmado ya con la diagramación que tendrá la obra.

Dice Jacques Rancière en “La palabra muda”, que “La novela es entonces la destrucción de toda economía estable de la enunciación ficcional, su sumisión a la anarquía de la escritura. Y con toda naturalidad ha tomado como héroe fundamental al lector de novelas, al que las toma por verdaderas, no porque su imaginación esté enferma sino porque la novela misma es la enfermedad de la imaginación, la abolición de todo principio de realidad de la ficción a través de las aventuras de la letra errante.” Y agrega también: “Lo que está en el centro de la locura de Don Quijote es, como se ha dicho, esta abolición. Su locura consiste justamente en rechazar la división que todos le propone (…)” (p. 114). Y enumera esas propuestas: la de Maese Pedro, el ventero, el cura… Porque “Don Quijote es el héroe de esa literalidad que ha destruido por adelantado, clandestinamente, el sistema de la imitación legítima, el sistema de la representación” (p. 115).

Precisamente es de esta forma, como nace con Cervantes la tradición de La Mancha en la novelística. Que se prolonga hasta nuestros días con los narradores iberoamericanos. Al releer las pruebas de galera, encuentro mucho asidero a las reflexiones del filósofo francés citado habida cuenta que se juegan planos reales y suprarreales, cuestiones y situaciones imaginadas pero que se “burlan” de la realidad. El principio de mimesis se trastoca para crear una nueva realidad.

El lector, en la medida en que se encuentre con esa nueva realidad y la asuma como tal, estará viviendo una nueva experiencia vital. Su existencia será otra en la medida en que se consustancie con lo que el narrador le dice a través de su verbo. Siempre claro, que la forma en que se lo diga sea verosímil por más que se aparte de la realidad. Allí está lo que el propio escritor debe lograr: hacer verosímil lo que puede no serlo. Y que quien reciba el discurso narrativo, lo tome así: como verosímil.

Cuando Italo Calvino, el gran investigador y narrador italiano, buceó en las tradiciones de las narraciones que se transmitieron oralmente en los pueblos de su país, llegó a la conclusión que los cuentos de hadas son verdaderos. Dice al respecto que son tomados de acontecimientos humanos, “(…) una explicación general de la vida, nacida en tiempos remotos y conservada en la lenta rumia de las conciencias campesinas hasta llegar a nosotros; son un catálogo de los destinos que pueden padecer un hombre o una mujer, porque sobre todo hacerse con un destino es precisamente parte de la vida: la juventud, desde el nacimiento que a menudo trae consigo un augurio o una condena, al alejamiento de la casa, a las pruebas para llegar a la edad adulta y la madurez, para confirmarse como ser humano” (“De Fábula”, p. 32 y siguientes).

Por ello es que los cuentos de hadas, como hoy las narraciones de ciencia ficción, o antes las locuras de Don Quijote, y toda la narrativa que en cuentos y noveles siguen esa tradición, son verdaderas. Porque prima una verdad escondida muchas veces por hechos que parecen no ser de la realidad pero que esconden, en su simbolismo, muchísima realidad.

Todo ello depara una verdadera experiencia al escritor. Y, por supuesto, al destinatario de su escritura: el lector.

martes, 13 de noviembre de 2012

SOBRE LA FICCIÓN


Escribe Carlos Sforza*

Normalmente cuando he publicado un libro de ficción no lo he vuelto a leer. Eso me ha pasado con las novelas en forma especial. Pero sucede que por razones especiales he vuelto a leer dos novelas publicadas: “Rostros del hombre” y “Como a través del tiempo…” Esas lecturas, después que ambos libros han andado por diversos andariveles de lectores y lecturas, me han mostrado una forma especial de mi escritura y sobre todo, del estilo y la estructura novelesca. Estructura que comenzó con mi tercera novela: “Historias en negro y gris” Precisamente sobre esta última obra, Gustavo García Saraví escribió: “Su novela me ha parecido excelente y bien a la altura de las que pasan a ser best seller en el tramposo mundo contemporáneo. Formidable la idea de aglutina las historias alrededor de aquella fecha (!!), muy bien manejados los elementos primarios (pero no elementales) que las componen y la existencia de un pueblo que verdaderamente lo es, y excelente también la técnica y el manejo (cada vez más dificultoso) de lo novelístico”.

Ese comentario del recordado escritor argentino significó un verdadero aliento para mi nueva manera de encarar la escritura de la ficción novelística.

Cuando escribí la novela que le siguió a ella, continué con la misma técnica que había empleado en “Historias en negro y gris”. La novelista Syria Poletti, en los fundamentos que escribió como Jurado para recomendar el libro para el Premio Fray Mocho de novela (1980), dijo: “Se destaca “Rostros del hombre” por la originalidad de la estructura novelística, por la forma lograda de redondear una novela, por la verosimilitud y gravitación de los personajes, por rastrear formas de vida tan típicamente entrerrianas, por rescatar léxicos y características bien regionales y el retorno a los valores tradicionales de la novela argentina”.

Todo ello ha significado un camino dentro de la novela que comenzó en 1965 con “Patio cerrado” y llegó hasta “Como a través del tiempo…” (1986) y que se va a continuar. Precisamente al dar término a la corrección de originales que ya están en la editorial para ser publicados, de mi nueva novela, “La guerra de los huesos”, he constatado que mi técnica y mi inserción en la temática latinoamericana, con la presencia de elementos reales y suprarreales, como se ha escrito varias veces, con lo mítico y lo real muchas veces en contrapunto, se mantiene intacta y, creo, superada en la novela que aparecerá próximamente.

Es indudable que el escritor, como lo he dicho en otras ocasiones, sufre influencias inconscientes de autores que lee y a los que se asimila como lector partícipe de la ficción.

Dice Jacques Rancière en “La palabra muda”, que “la finalidad de la ficción es gustar. En esto coincide Voltaire con Corneille, que a su vez coincidía con Aristóteles”. Se trata del viejo principio de los antiguos cuando definían una obra bella: lo que visto u oído, gusta.

El filósofo francés que he citado, en su libro también dice que “A la epopeya perdida sucedía la novela, género sin género, género de la mezcla de los géneros, en el que el relato, el canto o el discurso iban a manifestar de un modo distinto el principio de poeticidad. A la epopeya homérica, en la que el poeta se esfumaba detrás de la representación de un mundo poético, se oponía la novela Don Quijote, que nos presentaba el principio poético personificado en un personaje, en su encuentro con el mundo de la prosa y en su combate por poetizar cualquier realidad encontrada.” (p. 83/84).

De allí que después de Cervantes y gracias a él, nace prácticamente la novela moderna. Ese género sin género (tal vez por eso Camilo José Cela decía que novela es aquella obra que debajo del título se le puede escribir ¡novela!), que tiene en el siglo pasado un quiebre en la concepción novelística a partir del Ulises de James Joyce y que evoluciona constantemente. Dejó de ser la obra lineal para convertirse en una obra que se muestra en diversos planos, con simultaneidad de acciones en el tiempo y el espacio, con interacción de elementos míticos, pero siempre, claro, conservando la verosimiltud que hace que la obra se convierta, pese a que es ficción, en una verdad que el lector recibe y de la que participa y hasta continúa cuando su imaginación se lo pide. Es lo que hoy buscamos quienes escribimos novelas. No para un lector ideal ni predeterminado, sino para el lector desconocido que un día abre el libro y se sumerge en él porque simple, sencillamente, le gustó.