LA NOVELA POLICIAL
Escribe Carlos Sforza*
Siempre he sido un consecuente lector de la novela y el cuento policiales. Desde mi adolescencia, como lo he registrado en otras ocasiones, fui un verdadero “consumidor” de novelas policiales. Es claro que no existían entre nosotros los medios audiovisuales (salvo el cinematógrafo) y, junto a los relatos policiales, las tiras de historias ilustradas en los diarios de entonces y las revistas también ilustradas, nutrían las apetencias juveniles.
Mi iniciación en las novelas policiales fue a través de las historias de Sir Arthur Conan Doyle con el detective privado Sherlock Holmes y su fiel ayudante el Dr. Watson, eran leídas con inusitado interés y placer.
El TIPO DE NOVELA PREFERIDO
Para mi gusto, quizá porque me inicié con la novela inglesa (traducida, claro), el tipo de novela policial que me ha apasionado es el de la deducción, el análisis, seguidos por la acción. Ello significa que prefiero el personaje central del tipo de Auguste Dupin, la inolvidable creación de Edgar Allan Poe, a la novela denominada “negra” donde los investigadores, privados o de la policía y los criminales hacen gala excesiva de la fuerza, el maltrato, las trompadas y el uso indiscriminado de ametralladoras.
Recordemos que Poe puso a Dupin como el gran razonador en sus relatos policiales “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada”.
Conan Doyle toma a un Sherlock Holmes misántropo, con cierta adicción a la morfina, con descansos en la música de su violín, con sus caracterizaciones para encontrar a los asesinos (como en “El sabueso de los Baskerville”), y ese personaje que utiliza la observación y la deducción para resolver los casos que se le presentan, deambula por los relatos del autor inglés y es un verdadero gozo leer sus aventuras.
Más cercano a nosotros, Gilbert Keith Chesterton, otro autor inglés, nos pone en escena al Padre Brown, un sacerdote insignificante en su aspecto pero con una mente brillante. Y los cuentos de Chesterton son un deleite para quien ama el relato policial. Jorge Luis Borges escribió en la revista SUR en julio de 1936 que “Chesterton, en las diversas narraciones que integran la Saga del Padre Brown y las de Gabriel Gale el poeta y las del Hombre Que Sabía Demasiado (…) presenta un misterio, propone una aclaración sobrenatural y la reemplaza luego, sin perdida, con otra de este mundo. Sus diálogos, su modo narrativo, su definición de los personajes y los lugares, son excelentes”. Efectivamente, los relatos policiales de G. K. Chesterton son un compendio de perfección en cuanto a las características de los personajes, a la ambientación de las secuencia narrativas y a la descripción de los ambientes.
A estos autores podríamos agregarle los nombres de Agatha Christie y su detective Hércules Poirot y Miss Marple, en novelas como “Asesinato en el Orient Express”
y “Muerte en el Nilo” y de Georges Simenon creador del inolvidable inspector Maigret protagonista de obras como “El crimen del inspector Maigret”, “El testamento de Donadieu” y “Maigret y el vendedor de vinos” entre otros.
EN LA ARGENTINA
En nuestro país hay una tradición de relatos policiales, muchas veces ignorados u olvidados por los lectores. Recordemos que el propio Jorge Luis Borges junto a su amigo Adolfo Bioy Casares son los creadores de un personaje llevado al libro y que desde su lugar, sin moverse, descubre y desenreda intricados problemas policiales. Se trata de don Isidro Parodi creado por la imaginación trabajando en conjunto de los dos escritores mencionados que firmaron los relatos como H. Bustos Domecq, tal el caso de “Seis problemas para don Isidro Parodi” o “Un modelo para la muerte” firmado con el seudónimo de B. Suárez Linch. No podemos olvidar que ambos escritores crearon en 1945 en EMECÉ la colección “El séptimo círculo” en la que seleccionaron y publicaron una serie de grandes novelas policiales de autores de diferentes nacionalidades. Comenzó esa recordada y valiosa colección con la novela de Nicholas Blake, “La bestia debe morir”. El nombre del autor es el seudónimo del poeta inglés Cecil Day Lewis y sobre este autor de novelas policiales escribió Howard Haycraft que “Es de los pocos escritores que concilian la excelencia literaria con el arte de urdir misterios perfectos. Trátase de un maestro del género policial”. Gracias a esa recordada colección creada por Borges y Bioy Casares pudimos acceder a obras, entre otros, de James M. Cain con “El cartero llama dos veces”, John Dickson Carr con “Hasta que la muerte nos separe”, Vera Caspary con “Laura”, Patrick Quentin con “Enigma para actores”.
También es imprescindible citar a Leonardo Castellani, prolífico autor de ensayos filosóficos y teológicos, de novelas y, a ello debemos sumarle las fábulas y, lo que hace a esta nota, los relatos policiales. Y en estos últimos la creación del personaje central: el padre Metri. El propio Castellani en una entrevista sostiene que ese personaje está inspirado en el padre Brown de Chesterton. Y agrega: “Ahora, del padre Metri yo inventé muchos cuentos y otros son verídicos, contados por mi tío Félix cuando yo era chico. Porque el padre Metri es una cosa histórica, existió. Se llamaba Hermete Constanzi y lo empezaron a llamar Metri como su fuera Demetrio”
Otro de los autores de relatos policiales de calidad, poco difundido entre nosotros, es Adolfo Pérez Zelaschi uno de nuestros excelentes autores policiales, creador del policía jubilado Leoni, protagonista de innumerables relatos del autor argentino. Su libro “Con arcos y ballestas” es una prueba de su calidad y de la labor de Leoni para resolver problemas criminales. Aparte de ese hermoso libro, Pérez Zelaschi, entre otras obras, publicó “El caso de la muerte que telefonea”, “Divertimento para revólver y piano”, “Mis mejores cuentos policiales”. Fue Miembro de la Academia Argentina de Letras y recibió las más altas distinciones nacionales y el premio de Plaza y Janés por su novela “Nicolasito”.
Los relatos policiales, cuando tienen calidad, son una lectura que atrapa, apasiona y
hace gozar al lector. De allí, quizá, nazca también y en gran medida, mi adicción por ellos.
miércoles, 26 de enero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
LAS APOSTILLAS DE UMBERTO ECO
Escribe Carlos Sforza*
Después de haber publicado su novela “El nombre de la rosa”, el escritor italiano Umberto Eco escribió en la revista Alfabeto en 1983, su “Apostillas a El nombre de la rosa”. Posteriormente este breve estudio sobre la gestación y escritura de la novela, fue publicado en forma de libro. He releído esta obra que poseo en su traducción al español por Ricardo Pochtar, de Ediciones de la Flor, del año 1987.
Es sumamente interesante leerlo puesto que en esta breve obra de 84 páginas, Eco relata como fue gestada y sobre todo, lo que él, que es un semiólogo notable, piensa desde su perspectiva de novelista sobre la novela en general y “El nombre de la rosa” en particular. Y, obviamente, para quienes transitamos por la creación de obras de ficción, los aportes de un colega de la talla de Umberto Eco nos resultan de mucho interés.
LA INSPIRACIÓN
Siempre he sostenido que no creo en la inspiración sino en la imaginación para crear ficciones. Ese rapto de inspiración del que algunos suelen hablarnos, para mí y por mi experiencia, no existe. Eco opina lo mismo. Expresa textualmente: “Miente el autor cuando dice que ha trabajado llevado por el rapto de la inspiración.(…) Cuando el escritor (o el artista en general) dice que ha trabajado sin pensar en las reglas del proceso, sólo quiere decir que al trabajar no era consciente de su conocimiento de dichas reglas. Aunque sería incapaz de escribir la gramática de su lengua materna, el niño la habla a la perfección. Pero el conocimiento de las reglas no es privativo del gramático: el niño las conoce muy bien, aunque no sepa que las conoce. El gramático sólo es aquel que sabe por qué y cómo el niño conoce la lengua”.
Precisamente el creador de ficciones no procede por un impulso irresistible que lo lleva a escribir, poseído por el famoso rapto de la inspiración. No. El creador de ficciones pone en juego su imaginación y escribe, quizá páginas y páginas sin detenerse, movido precisamente por la necesidad de expresar lo que quiere contar, lo que desea narrar para que alguien, el lector potencial, pueda luego sumergirse en sus historias para gozarlas o rechazarlas si no están bien contadas. Eco diferencia el hecho de que el escritor pueda luego contar como ha hecho su obra y otra es el probar que se ha escrito bien. Y cita a Poe cuando el autor de “El gato negro” decía que “una cosa es el efecto de la obra, y otra el conocimiento del proceso”.
De allí que la imaginación juegue un papel decisivo en la confección de una novela. Pues en cada escritor existe un creador que reescribe libros ya anteriormente escritos. Con una impronta propia, con un estilo (para decirlo de alguna manera) propio. Hay, como sostiene el autor de “El nombre de la rosa”, un eco de intertextualidad en cada nuevo libro que se crea. Afirma, en consecuencia, que “Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes”. Y agrega más adelante: “Descubrí, pues, que una novela no tiene nada que ver, en principio con las palabras. Escribir una novela es una tarea cosmológica, como la que se cuenta en el Génesis (Ya decía Woody Allen que los modelos hay que saber elegirlos)”.
LO COSMOLÓGICO
Cada novela es un mundo. De allí el sentido y carácter cosmológico que tiene. “La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas” dice Eco. Y para construir ese mundo se necesita mucha imaginación. Imaginación que estará al servicio del mundo que se desea crear. Al fin, el fabulador es un creador, un hacedor. Es claro que no todo es moverse discrecionalmente, sin límites, porque el resultado sería un caos. Umberto Eco afirma que “Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. (…) En narrativa los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso. Pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas”. Y para ello es de suma importancia e insoslayable, que la historia que se cuenta sea verosímil para el receptor, es decir, para quien se convierte en lector u oyente de la historia. Y allí entra en juego la calidad del escritor. Que debe saber contar de tal forma que lo irreal, lo fabuloso, sea verosímil y atrape la atención de quien recibe lo que se le narra.
EL DIÁLOGO
En su “Apostillas…”, el escritor piamontés hace referencia expresa al planteo que se hizo al escribir su novela: el diálogo. Dice que las conversaciones a él le planteaban muchas dificultades y las resolvió escribiendo. El diálogo que parece una cosa sencilla, no lo es tanto al momento de escribir. De allí que mucha novelas carezcan prácticamente de diálogos o sean avaras en el uso de ellos.
Hugo Wast decía que “Nada es más viviente que el diálogo y nada más difícil de transportar a las páginas inmóviles de un libro”. Y también sostenía que “El diálogo pone ante nuestros ojos varios tipos a la vez, y los pintas mejor que una larga descripción, porque nos muestra sus almas, si está conducido por las manos de un artista”.
Eco afirma que los artificios de que se vale el narrador para ceder la palabra a los distintos personajes, “es un tema poco tratado en las teorías de la narrativa”. Y es verdad que el tema es de tener muy en cuenta a la hora de ponerse a crear una novela. Porque los diálogos bien ubicados en la estructura novelesca, dan un sabor muy especial a la narración.
DIVERSIÓN, INTRIGA, AMENIDAD
Al escribir “El nombre de la rosa” Eco dice que quería que el lector se divirtiese. Aclara que divertir no significa “desviar de los problemas”. Y a la postre, la novela que divierte, hace que el lector aprenda. Afirma que “Unas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras que aprende algo sobre el lenguaje. Pero siempre aprende”.
Para ello retoma las controversias planteadas desde 1965 a la fecha de su “Apostillas…” y lo que la llamada posmodernidad aportó en su momento. Se volvió a la intriga en la novela y a ello se le sumó la amenidad. Y con no poca ironía sostiene que el significado de la posmodernidad retrocedió en el tiempo, aplicándoselo a escritores anteriores y “como sigue deslizándose, la categoría de lo posmoderno no tardará a llegar hasta Homero”.
Ante lo que llama el chantaje del pasado y la destrucción de ese pasado pretendida por cierta vanguardia, Eco dice que “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio-, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Y para ilustrarlo nos dice: “Véase lo que sucede con Joyce. El Retrato es la historia de un intento moderno. Dublinenses, pese a ser anterior, es más moderno que el Retrato. Ulises está en el límite. Finnegans Wake ya es posmoderno, o al menos inaugura el discurso posmoderno; para ser comprendido, exige, no la negación de lo ya dicho, sino su relectura irónica”.
En esta relectura de “Apostillas a El nombre de la rosa”. Umberto Eco me ha deparado un momento de placer y, a la vez, me ha hecho reflexionar sobre lo que muchas veces he vivido, y es el hecho de saber, conocer, sentir lo que es ser un escritor de novelas.
Escribe Carlos Sforza*
Después de haber publicado su novela “El nombre de la rosa”, el escritor italiano Umberto Eco escribió en la revista Alfabeto en 1983, su “Apostillas a El nombre de la rosa”. Posteriormente este breve estudio sobre la gestación y escritura de la novela, fue publicado en forma de libro. He releído esta obra que poseo en su traducción al español por Ricardo Pochtar, de Ediciones de la Flor, del año 1987.
Es sumamente interesante leerlo puesto que en esta breve obra de 84 páginas, Eco relata como fue gestada y sobre todo, lo que él, que es un semiólogo notable, piensa desde su perspectiva de novelista sobre la novela en general y “El nombre de la rosa” en particular. Y, obviamente, para quienes transitamos por la creación de obras de ficción, los aportes de un colega de la talla de Umberto Eco nos resultan de mucho interés.
LA INSPIRACIÓN
Siempre he sostenido que no creo en la inspiración sino en la imaginación para crear ficciones. Ese rapto de inspiración del que algunos suelen hablarnos, para mí y por mi experiencia, no existe. Eco opina lo mismo. Expresa textualmente: “Miente el autor cuando dice que ha trabajado llevado por el rapto de la inspiración.(…) Cuando el escritor (o el artista en general) dice que ha trabajado sin pensar en las reglas del proceso, sólo quiere decir que al trabajar no era consciente de su conocimiento de dichas reglas. Aunque sería incapaz de escribir la gramática de su lengua materna, el niño la habla a la perfección. Pero el conocimiento de las reglas no es privativo del gramático: el niño las conoce muy bien, aunque no sepa que las conoce. El gramático sólo es aquel que sabe por qué y cómo el niño conoce la lengua”.
Precisamente el creador de ficciones no procede por un impulso irresistible que lo lleva a escribir, poseído por el famoso rapto de la inspiración. No. El creador de ficciones pone en juego su imaginación y escribe, quizá páginas y páginas sin detenerse, movido precisamente por la necesidad de expresar lo que quiere contar, lo que desea narrar para que alguien, el lector potencial, pueda luego sumergirse en sus historias para gozarlas o rechazarlas si no están bien contadas. Eco diferencia el hecho de que el escritor pueda luego contar como ha hecho su obra y otra es el probar que se ha escrito bien. Y cita a Poe cuando el autor de “El gato negro” decía que “una cosa es el efecto de la obra, y otra el conocimiento del proceso”.
De allí que la imaginación juegue un papel decisivo en la confección de una novela. Pues en cada escritor existe un creador que reescribe libros ya anteriormente escritos. Con una impronta propia, con un estilo (para decirlo de alguna manera) propio. Hay, como sostiene el autor de “El nombre de la rosa”, un eco de intertextualidad en cada nuevo libro que se crea. Afirma, en consecuencia, que “Así volví a descubrir lo que los escritores siempre han sabido (y que tantas veces nos han dicho): los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes”. Y agrega más adelante: “Descubrí, pues, que una novela no tiene nada que ver, en principio con las palabras. Escribir una novela es una tarea cosmológica, como la que se cuenta en el Génesis (Ya decía Woody Allen que los modelos hay que saber elegirlos)”.
LO COSMOLÓGICO
Cada novela es un mundo. De allí el sentido y carácter cosmológico que tiene. “La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas” dice Eco. Y para construir ese mundo se necesita mucha imaginación. Imaginación que estará al servicio del mundo que se desea crear. Al fin, el fabulador es un creador, un hacedor. Es claro que no todo es moverse discrecionalmente, sin límites, porque el resultado sería un caos. Umberto Eco afirma que “Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. (…) En narrativa los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso. Pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas”. Y para ello es de suma importancia e insoslayable, que la historia que se cuenta sea verosímil para el receptor, es decir, para quien se convierte en lector u oyente de la historia. Y allí entra en juego la calidad del escritor. Que debe saber contar de tal forma que lo irreal, lo fabuloso, sea verosímil y atrape la atención de quien recibe lo que se le narra.
EL DIÁLOGO
En su “Apostillas…”, el escritor piamontés hace referencia expresa al planteo que se hizo al escribir su novela: el diálogo. Dice que las conversaciones a él le planteaban muchas dificultades y las resolvió escribiendo. El diálogo que parece una cosa sencilla, no lo es tanto al momento de escribir. De allí que mucha novelas carezcan prácticamente de diálogos o sean avaras en el uso de ellos.
Hugo Wast decía que “Nada es más viviente que el diálogo y nada más difícil de transportar a las páginas inmóviles de un libro”. Y también sostenía que “El diálogo pone ante nuestros ojos varios tipos a la vez, y los pintas mejor que una larga descripción, porque nos muestra sus almas, si está conducido por las manos de un artista”.
Eco afirma que los artificios de que se vale el narrador para ceder la palabra a los distintos personajes, “es un tema poco tratado en las teorías de la narrativa”. Y es verdad que el tema es de tener muy en cuenta a la hora de ponerse a crear una novela. Porque los diálogos bien ubicados en la estructura novelesca, dan un sabor muy especial a la narración.
DIVERSIÓN, INTRIGA, AMENIDAD
Al escribir “El nombre de la rosa” Eco dice que quería que el lector se divirtiese. Aclara que divertir no significa “desviar de los problemas”. Y a la postre, la novela que divierte, hace que el lector aprenda. Afirma que “Unas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras que aprende algo sobre el lenguaje. Pero siempre aprende”.
Para ello retoma las controversias planteadas desde 1965 a la fecha de su “Apostillas…” y lo que la llamada posmodernidad aportó en su momento. Se volvió a la intriga en la novela y a ello se le sumó la amenidad. Y con no poca ironía sostiene que el significado de la posmodernidad retrocedió en el tiempo, aplicándoselo a escritores anteriores y “como sigue deslizándose, la categoría de lo posmoderno no tardará a llegar hasta Homero”.
Ante lo que llama el chantaje del pasado y la destrucción de ese pasado pretendida por cierta vanguardia, Eco dice que “La respuesta posmoderna a lo moderno consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse –su destrucción conduce al silencio-, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad”. Y para ilustrarlo nos dice: “Véase lo que sucede con Joyce. El Retrato es la historia de un intento moderno. Dublinenses, pese a ser anterior, es más moderno que el Retrato. Ulises está en el límite. Finnegans Wake ya es posmoderno, o al menos inaugura el discurso posmoderno; para ser comprendido, exige, no la negación de lo ya dicho, sino su relectura irónica”.
En esta relectura de “Apostillas a El nombre de la rosa”. Umberto Eco me ha deparado un momento de placer y, a la vez, me ha hecho reflexionar sobre lo que muchas veces he vivido, y es el hecho de saber, conocer, sentir lo que es ser un escritor de novelas.
martes, 11 de enero de 2011
ROBERTO ARLT EN ESCORZO
Escribe Carlos Sforza*
Quiero presentar la figura de Roberto Arlt bajo algunos aspectos que, quizá, han sido poco tratados cuando se habla de su obra como escritor.
En primer lugar debemos situarnos en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Él había nacido en Flores (Bs.As.) en abril de 1900 y murió en Buenos Aires en 1942.
Era un descendiente de inmigrantes que, como muchos, se afincó en la Capital Federal y desde allí, buscó por distintos caminos una posición en la que comenzaba a convertirse en gran urbe sudamericana.
EL ESCRITOR
Sabemos que Roberto Arlt luchó para ascender en un ambiente literario donde se producía el roce y la controversia entre los grupos de Florida y de Boedo. Arlt no pertenecía a ninguno de ellos de manera directa. Era lo que hoy llamaría un francotirador. Estaba por encima de las rencillas literarias protagonizadas por ambos grupos que, vale recordarlo, tenían en sus filas a destacados escritores que comenzaban a perfilarse por peso propio. Atrás quedaban los que hasta entonces habían monopolizado las letras argentinas desde Buenos Aires. Era la irrupción de nuevas voces (a veces convertidas en parricidas) que intentaban imponer su escritura en un ambiente que, sien dudas, no era de fácil acceso.
No es tarea sencilla entender a Arlt si no se hace un estudio del ambiente del cual procedía y en el que trataba de insertarse. Se ha estudiado, es cierto, cuáles eran los saberes que estaban al alcance de la gente común, del pueblo, que no tenía acceso a la universidad ni a estudios superiores. Y las herramientas de aquellos muchachos que quizá cursaron sólo la escuela primaria, que era gratuita y obligatoria, fueron los saberes populares. Que se limitaban a la química, la metalurgia y la física, que se obtenían en publicaciones rústicas que se vendían a bajo precio en quiscos de revistas.
Precisamente esos saberes eran los que utilizó Arlt en varios de sus relatos, porque era lo que estaba a la mano y lo que el pueblo, que él retrató en sus novelas y cuentos, manejaba.
Cuando leemos la primera novela de Roberto Arlt, patrocinada en cierta medida por Ricardo Güiraldes, “El juguete rabioso”, nos encontramos con Silvio Astier que se presenta como inventor, lector de manuales de divulgación y toda una laya de libros y folletines que lo inducen por ese camino para lograr ascender y ubicarse en un mundo difícil como era la Buenos Aires de aquellas décadas. Y aparece claro ese aspecto de inventor cuando concurre a la Escuela Militar Palomar de Caseros donde inscribían a aprendices de mecánicos y al enterarse por el oficial que lo atiende que está llenas todas las vacantes, con desparpajo, le dice al militar que él es inventor. Y lo escuchan preguntando qué había inventado y ahí desarrolla todas las teorías de lo que eran sus inventos: un señalador automático de estrellas fugaces y una máquina de escribir con caracteres de imprenta. Habla de sus conocimientos de cinemática, dinámica, motores a vapor y explosión y sobre explosivos. Era lo que el pueblo, representado por Silvio, sabía y con ese saber buscaba un lugar en la sociedad. Quería aplicar sus conocimientos folletinescos y de manuales populares, para crear inventos que pudieran reportarle un buen pasar.
En la novela “Los siete locos”, el Astrólogo recurre a Endorsain que maneja saberes que pueden servirles al grupo de revolucionarios nihilistas. La unión de estos personajes produce una complementación muy bien tratada por Arlt ya que Endorsain sostiene conocer cómo se fabrica un gas letal que el Astrólogo y su gente pueden utilizar para terminar con una sociedad que ha caído en la podredumbre.
Como dice Beatriz Sarlo, “Frente a los saberes de la elite letrada, aparecen estos saberes prácticos, que no se adquieren sólo en la universidad sino en las páginas de los diarios y en la relación con los nuevos artefactos”.
De allí que la destacada investigadora citada, sostenga que “Las máquinas de Arlt son máquinas sociales, urbanas, y máquinas de guerra: desde las invenciones más elementales de los muchachos de “El juguete rabioso” hasta la fábrica de gas letal que Endorsain diseña en “Los siete locos”.
EL PERIODISTA
Roberto Arlt aparte de escritor, autor de las dos novelas citadas y de las dos más que publicó: “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932), y de dos libros de cuentos: “El jorobadito” (1933) y “El criador de gorilas” (1941) y de varias obras de teatro como “Trescientos millones”, “Saverio, el cruel” “El fabricante de fantasmas” y otras, fue un destacado periodista. Sus Aguafuertes publicadas en el diario El Mundo, han hecho historia en el periodismo argentino. Escribió las Aguafuertes porteñas y las Aguafuertes españolas entre otros trabajos periodísticos. Su labor en la redacción de El Mundo desde 1928 hasta 1942, lo señalan como uno de aquellos periodistas que se formaron como escritores en las redacciones de diarios, periódicos y revistas. Aberto Gerchunoff es uno de los más notables, como lo hizo Borges en sus comienzos porteños, y como fue, en los Estados Unidos, Truman Capote.
La tarea periodística de Arlt fue intensa y proficua. Bien afirma Beatriz Sarlo que “Se podría decir: Arlt fue escritor porque fue periodista. Aunque se quejara de escribir un número fijo de líneas por día y se rebelara ante la necesidad de encontrar un argumento diferente para esas líneas de la crónica diaria. Como sea, los iluminados, los locos, los marginales, los utopistas, los autoritarios y los revolucionarios de sus novelas, son personajes de la crónica tanto como de la literatura, nocturnos visitantes de las redacciones adonde llevaban sus extravagancias, parroquianos de los bares que rodeaban a los grandes diarios. Casi todos ellos pueden ser delincuentes o futuros delincuentes; en todo caso, siempre son marginales por exageración de alguna cualidad”
Arlt fue un redactor destacadísimos de El Mundo. Él firmaba su columna y el diario, que era impreso en tabloide y tenía gran entrada en las clases populares, lo hizo uno de los periodistas insustituibles hasta el punto que dejó la redacción al momento de su muerte.
Además, como dice Roberto Retamoso, en el caso de las Aguafuertes, hay que tener presente que se las considera de carácter periodístico por una convención genérica de lo que es tal y lo que es literatura. De allí que este crítico sostenga que “los textos periodísticos de Roberto Arlt han desafiado y desafían este tipo de distinciones, ya que por su peculiar lenguaje, por sus formas descriptivas y narrativas, por su temática o por sus recursos y dispositivos retóricos, nunca dejan de evocar la presencia de los discursos literarios”.
COLOFÓN
He querido evocar a Roberto Arlt como una forma de reivindicar a uno de los grandes escritores y cultores del periodismo de nuestro país. Arlt es dentro de las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado, una bisagra que rompe con las estructuras, válidas por cierto, de grupos literarios enraizados en Buenos Aires y alineados ideológicamente en sectores diferentes. Por eso, como sostiene Beatriz Sarlo, “nunca ha tenido mucho sentido la discusión sobre el contenido ideológico de la ficción arltiana. El extremismo es de izquierda o de derecha; no habla tanto de contenidos sino de situaciones de crisis que provocan la acción y anuncian la inminencia del cambio. Es una forma. El extremismo arltiano es la ideología de quien desprecia a las ideologías por reformistas, ellas también modos de la ensoñación consoladora de masas”.
Otro de los tópicos de la literatura de Arlt es el dilema de los que planteaban y plantean que escribía mal. Así puede decir B. Sarlo que “Arlt es un narrador extra-ordinario y por eso el problema de su “mala escritura” es un falso problema. No se puede ser buen narrador y mal escritor al mismo tiempo”.
De allí que en este escorzo de Roberto Arlt, yo pueda decir que el escritor recordado tiene hoy la misma o mayor vigencia que hace cincuenta años cuando la muerte lo alejó de este mundo. Asimismo, me atrevo a agregar que por muchas de sus páginas desfila una literatura de fantaciencia o ciencia ficción. Una literatura de anticipación. Que agrega, claro, un condimento más a la obra de Roberto Arlt.
Escribe Carlos Sforza*
Quiero presentar la figura de Roberto Arlt bajo algunos aspectos que, quizá, han sido poco tratados cuando se habla de su obra como escritor.
En primer lugar debemos situarnos en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado. Él había nacido en Flores (Bs.As.) en abril de 1900 y murió en Buenos Aires en 1942.
Era un descendiente de inmigrantes que, como muchos, se afincó en la Capital Federal y desde allí, buscó por distintos caminos una posición en la que comenzaba a convertirse en gran urbe sudamericana.
EL ESCRITOR
Sabemos que Roberto Arlt luchó para ascender en un ambiente literario donde se producía el roce y la controversia entre los grupos de Florida y de Boedo. Arlt no pertenecía a ninguno de ellos de manera directa. Era lo que hoy llamaría un francotirador. Estaba por encima de las rencillas literarias protagonizadas por ambos grupos que, vale recordarlo, tenían en sus filas a destacados escritores que comenzaban a perfilarse por peso propio. Atrás quedaban los que hasta entonces habían monopolizado las letras argentinas desde Buenos Aires. Era la irrupción de nuevas voces (a veces convertidas en parricidas) que intentaban imponer su escritura en un ambiente que, sien dudas, no era de fácil acceso.
No es tarea sencilla entender a Arlt si no se hace un estudio del ambiente del cual procedía y en el que trataba de insertarse. Se ha estudiado, es cierto, cuáles eran los saberes que estaban al alcance de la gente común, del pueblo, que no tenía acceso a la universidad ni a estudios superiores. Y las herramientas de aquellos muchachos que quizá cursaron sólo la escuela primaria, que era gratuita y obligatoria, fueron los saberes populares. Que se limitaban a la química, la metalurgia y la física, que se obtenían en publicaciones rústicas que se vendían a bajo precio en quiscos de revistas.
Precisamente esos saberes eran los que utilizó Arlt en varios de sus relatos, porque era lo que estaba a la mano y lo que el pueblo, que él retrató en sus novelas y cuentos, manejaba.
Cuando leemos la primera novela de Roberto Arlt, patrocinada en cierta medida por Ricardo Güiraldes, “El juguete rabioso”, nos encontramos con Silvio Astier que se presenta como inventor, lector de manuales de divulgación y toda una laya de libros y folletines que lo inducen por ese camino para lograr ascender y ubicarse en un mundo difícil como era la Buenos Aires de aquellas décadas. Y aparece claro ese aspecto de inventor cuando concurre a la Escuela Militar Palomar de Caseros donde inscribían a aprendices de mecánicos y al enterarse por el oficial que lo atiende que está llenas todas las vacantes, con desparpajo, le dice al militar que él es inventor. Y lo escuchan preguntando qué había inventado y ahí desarrolla todas las teorías de lo que eran sus inventos: un señalador automático de estrellas fugaces y una máquina de escribir con caracteres de imprenta. Habla de sus conocimientos de cinemática, dinámica, motores a vapor y explosión y sobre explosivos. Era lo que el pueblo, representado por Silvio, sabía y con ese saber buscaba un lugar en la sociedad. Quería aplicar sus conocimientos folletinescos y de manuales populares, para crear inventos que pudieran reportarle un buen pasar.
En la novela “Los siete locos”, el Astrólogo recurre a Endorsain que maneja saberes que pueden servirles al grupo de revolucionarios nihilistas. La unión de estos personajes produce una complementación muy bien tratada por Arlt ya que Endorsain sostiene conocer cómo se fabrica un gas letal que el Astrólogo y su gente pueden utilizar para terminar con una sociedad que ha caído en la podredumbre.
Como dice Beatriz Sarlo, “Frente a los saberes de la elite letrada, aparecen estos saberes prácticos, que no se adquieren sólo en la universidad sino en las páginas de los diarios y en la relación con los nuevos artefactos”.
De allí que la destacada investigadora citada, sostenga que “Las máquinas de Arlt son máquinas sociales, urbanas, y máquinas de guerra: desde las invenciones más elementales de los muchachos de “El juguete rabioso” hasta la fábrica de gas letal que Endorsain diseña en “Los siete locos”.
EL PERIODISTA
Roberto Arlt aparte de escritor, autor de las dos novelas citadas y de las dos más que publicó: “Los lanzallamas” (1931) y “El amor brujo” (1932), y de dos libros de cuentos: “El jorobadito” (1933) y “El criador de gorilas” (1941) y de varias obras de teatro como “Trescientos millones”, “Saverio, el cruel” “El fabricante de fantasmas” y otras, fue un destacado periodista. Sus Aguafuertes publicadas en el diario El Mundo, han hecho historia en el periodismo argentino. Escribió las Aguafuertes porteñas y las Aguafuertes españolas entre otros trabajos periodísticos. Su labor en la redacción de El Mundo desde 1928 hasta 1942, lo señalan como uno de aquellos periodistas que se formaron como escritores en las redacciones de diarios, periódicos y revistas. Aberto Gerchunoff es uno de los más notables, como lo hizo Borges en sus comienzos porteños, y como fue, en los Estados Unidos, Truman Capote.
La tarea periodística de Arlt fue intensa y proficua. Bien afirma Beatriz Sarlo que “Se podría decir: Arlt fue escritor porque fue periodista. Aunque se quejara de escribir un número fijo de líneas por día y se rebelara ante la necesidad de encontrar un argumento diferente para esas líneas de la crónica diaria. Como sea, los iluminados, los locos, los marginales, los utopistas, los autoritarios y los revolucionarios de sus novelas, son personajes de la crónica tanto como de la literatura, nocturnos visitantes de las redacciones adonde llevaban sus extravagancias, parroquianos de los bares que rodeaban a los grandes diarios. Casi todos ellos pueden ser delincuentes o futuros delincuentes; en todo caso, siempre son marginales por exageración de alguna cualidad”
Arlt fue un redactor destacadísimos de El Mundo. Él firmaba su columna y el diario, que era impreso en tabloide y tenía gran entrada en las clases populares, lo hizo uno de los periodistas insustituibles hasta el punto que dejó la redacción al momento de su muerte.
Además, como dice Roberto Retamoso, en el caso de las Aguafuertes, hay que tener presente que se las considera de carácter periodístico por una convención genérica de lo que es tal y lo que es literatura. De allí que este crítico sostenga que “los textos periodísticos de Roberto Arlt han desafiado y desafían este tipo de distinciones, ya que por su peculiar lenguaje, por sus formas descriptivas y narrativas, por su temática o por sus recursos y dispositivos retóricos, nunca dejan de evocar la presencia de los discursos literarios”.
COLOFÓN
He querido evocar a Roberto Arlt como una forma de reivindicar a uno de los grandes escritores y cultores del periodismo de nuestro país. Arlt es dentro de las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado, una bisagra que rompe con las estructuras, válidas por cierto, de grupos literarios enraizados en Buenos Aires y alineados ideológicamente en sectores diferentes. Por eso, como sostiene Beatriz Sarlo, “nunca ha tenido mucho sentido la discusión sobre el contenido ideológico de la ficción arltiana. El extremismo es de izquierda o de derecha; no habla tanto de contenidos sino de situaciones de crisis que provocan la acción y anuncian la inminencia del cambio. Es una forma. El extremismo arltiano es la ideología de quien desprecia a las ideologías por reformistas, ellas también modos de la ensoñación consoladora de masas”.
Otro de los tópicos de la literatura de Arlt es el dilema de los que planteaban y plantean que escribía mal. Así puede decir B. Sarlo que “Arlt es un narrador extra-ordinario y por eso el problema de su “mala escritura” es un falso problema. No se puede ser buen narrador y mal escritor al mismo tiempo”.
De allí que en este escorzo de Roberto Arlt, yo pueda decir que el escritor recordado tiene hoy la misma o mayor vigencia que hace cincuenta años cuando la muerte lo alejó de este mundo. Asimismo, me atrevo a agregar que por muchas de sus páginas desfila una literatura de fantaciencia o ciencia ficción. Una literatura de anticipación. Que agrega, claro, un condimento más a la obra de Roberto Arlt.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
VICTORIA EN LAS LETRAS
Escribe Carlos Sforza*
Es habitual que en revistas y páginas culturales se realicen balances cuando concluye un año calendario. Es, pienso, una manera de saber lo que se ha hecho y pensar en lo que se ha dejado de hacer. Es una especie de mirada crítica sobre el quehacer literario de un lugar determinado. En este caso, de Victoria, bautizada poéticamente por Gaspar L. Benavento como “La de la Siete Colinas”.
Nuestra ciudad tiene una larga trayectoria dentro del quehacer literario. La tiene desde el siglo diecinueve con las muchas publicaciones recogidas por diarios y revistas de la época a través de poemas, prosas poéticas y otras expresiones de las letras. No podemos soslayar la primera novela histórica entrerriana, escrita e impresa y editada en Victoria: “Viuda y Virgen” de Pablo Díaz.
Durante el siglo pasado hay un continuo trabajo literario plasmado por diversos escritores que abordaron la poesía y la prosa. Es indudable que en la nómina hay nombres que son hitos de la literatura victoriense y se insertan en la gran literatura nacional. Tal el caso del mencionado poeta, ensayista, autor de obras de teatro y leyendas, Gaspar L. Benavento. A él se suma Marcelino Román con una obra que cultiva la poesía denominada culta y de estilo clásico con la gauchesca. Agreguemos el nombre de Martín del Pospós con “El País de los Chajás” que mereció el Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación y es una de las obras fundamentales con su visión estilizada de las islas de nuestro departamento.
Enumerar y nombrar suele resultar problemático puesto que es más lo que se olvida que lo que se consigna. No obstante ello debo mencionar a Rosa María Sobrón, excelente poeta y autora de recordadas estampas y a María del Carmen Murature de Badaracco que a la par de su labor historiográfica, tiene en su haber varios libros de poesía de un alto lirismo. Juan de Mata Ibáñez, Argentino Cejas, María Cristina Reggiardo de García Martín, Adrián Trucco…
LOS QUE ESTAMOS
A esa incompleta lista debo agregar los que estamos y desde hace años trabajamos en la creación de obras literarias, sea poesía o ficción. Así Marta Zamarrita, “Coca” Antúnez”, Gloria Traverso, Gladys Navarro Sartirana, María del Carmen Rourich, Francisco “Paco” Robles (hoy residente en Irlanda), Claudio González (“Rantés”), quien escribe esta nota…
Concretamente a ese núcleo que, lo reitero, es incompleto y así lo quieren marcar los puntos suspensivos, en los últimos años y en este que está por finalizar Victoria se ha visto acrecentada en lo literario con diversas publicaciones. No sólo en diarios y revistas, en lecturas realizadas en diversos ámbitos como en el Grupo “Alfonsina”, en el Hotel Sol Victoria con el Evento Internacional donde nos reunimos artistas plásticos, escritores, poetas y disertantes, músicos, cantantes y actores, en la Agrupación Cultural Victoria, en la Fiesta Provincial de la Poesía “Marcelino M. Román” realizada a fines de octubre en el Teatro Municipal Victoria, en nuestra ciudad, sino y, con el soporte del papel, en la publicación de libros.
Tal el caso de Ariel Otero con “Chico Cuento” (2009), Gladys Navarro Sartirana con “Regreso a la luz” (2009), Cecilia Oberti, María del Carmen Rourich con “Territorios azules” (Poesía y Prosa), Graciela Paleari en un libro compartido, Laura Pérez con su novela “Tierra Hogar” (20l0), Juan H.“Lito Stiechr con la reedición actualizada de “Historial Municipal” (2010) y “Recuerdos” (Aquellos tiempos inolvidables de 1940 a 1980)” (noviembre de 2010).
No puedo dejar de mencionar la labor que a favor de la reedición de autores victorienses, cumple la Sociedad Filantrópica “Terror do Corso” que en enero de 2010
publicó una nueva edición de “La de las Siete Colinas” de Gaspar L.Benavento. Y para continuar con esa tarea, la mencionada Sociedad reeditó en septiembre de 20l0, “El 5º Cuartel, Ceniza y Humo” de Raúl R. Trucco con ilustraciones de Gabriel Calabrese, prólogo del autor de esta nota y, para complementar el libro, con el cuento de mi autoría “El Fantasma de la Cal”, “Aquel Quinto que Imagino” de Oscar Lami y “Raúl R. Trucco” por Marcela Trucco.
Hubo algunos reconocimientos por la labor a favor de la cultura como el que en el citado evento internacional de 20l0 en el Hotel Sol Victoria se me entregó una plaqueta como Miembro Honorable y en el mismo acto se le entregó una similar a la recientemente desaparecida artista plástica y entrañable amiga, Imelda Banchero de Luque. También en la Fiesta Provincial de la Poesía recibí el galardón “El Cimarrón Entrerriano” por mi trayectoria, igual distinción recibió en la Fiesta Provincial del Teatro en nuestra ciudad, el actor y director teatral Hugo Labarba.
Son hitos que han dejado las tareas de ceración en nuestro pueblo y que merecen destacarse en la medida en que ubican a Victoria en el circuito cultural (y concretamente a lo que se refiere esta nota) en las letras de la provincia y que en muchas ocasiones trascienden los límites comarcanos para proyectarse al ámbito nacional.
Escribe Carlos Sforza*
Es habitual que en revistas y páginas culturales se realicen balances cuando concluye un año calendario. Es, pienso, una manera de saber lo que se ha hecho y pensar en lo que se ha dejado de hacer. Es una especie de mirada crítica sobre el quehacer literario de un lugar determinado. En este caso, de Victoria, bautizada poéticamente por Gaspar L. Benavento como “La de la Siete Colinas”.
Nuestra ciudad tiene una larga trayectoria dentro del quehacer literario. La tiene desde el siglo diecinueve con las muchas publicaciones recogidas por diarios y revistas de la época a través de poemas, prosas poéticas y otras expresiones de las letras. No podemos soslayar la primera novela histórica entrerriana, escrita e impresa y editada en Victoria: “Viuda y Virgen” de Pablo Díaz.
Durante el siglo pasado hay un continuo trabajo literario plasmado por diversos escritores que abordaron la poesía y la prosa. Es indudable que en la nómina hay nombres que son hitos de la literatura victoriense y se insertan en la gran literatura nacional. Tal el caso del mencionado poeta, ensayista, autor de obras de teatro y leyendas, Gaspar L. Benavento. A él se suma Marcelino Román con una obra que cultiva la poesía denominada culta y de estilo clásico con la gauchesca. Agreguemos el nombre de Martín del Pospós con “El País de los Chajás” que mereció el Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación y es una de las obras fundamentales con su visión estilizada de las islas de nuestro departamento.
Enumerar y nombrar suele resultar problemático puesto que es más lo que se olvida que lo que se consigna. No obstante ello debo mencionar a Rosa María Sobrón, excelente poeta y autora de recordadas estampas y a María del Carmen Murature de Badaracco que a la par de su labor historiográfica, tiene en su haber varios libros de poesía de un alto lirismo. Juan de Mata Ibáñez, Argentino Cejas, María Cristina Reggiardo de García Martín, Adrián Trucco…
LOS QUE ESTAMOS
A esa incompleta lista debo agregar los que estamos y desde hace años trabajamos en la creación de obras literarias, sea poesía o ficción. Así Marta Zamarrita, “Coca” Antúnez”, Gloria Traverso, Gladys Navarro Sartirana, María del Carmen Rourich, Francisco “Paco” Robles (hoy residente en Irlanda), Claudio González (“Rantés”), quien escribe esta nota…
Concretamente a ese núcleo que, lo reitero, es incompleto y así lo quieren marcar los puntos suspensivos, en los últimos años y en este que está por finalizar Victoria se ha visto acrecentada en lo literario con diversas publicaciones. No sólo en diarios y revistas, en lecturas realizadas en diversos ámbitos como en el Grupo “Alfonsina”, en el Hotel Sol Victoria con el Evento Internacional donde nos reunimos artistas plásticos, escritores, poetas y disertantes, músicos, cantantes y actores, en la Agrupación Cultural Victoria, en la Fiesta Provincial de la Poesía “Marcelino M. Román” realizada a fines de octubre en el Teatro Municipal Victoria, en nuestra ciudad, sino y, con el soporte del papel, en la publicación de libros.
Tal el caso de Ariel Otero con “Chico Cuento” (2009), Gladys Navarro Sartirana con “Regreso a la luz” (2009), Cecilia Oberti, María del Carmen Rourich con “Territorios azules” (Poesía y Prosa), Graciela Paleari en un libro compartido, Laura Pérez con su novela “Tierra Hogar” (20l0), Juan H.“Lito Stiechr con la reedición actualizada de “Historial Municipal” (2010) y “Recuerdos” (Aquellos tiempos inolvidables de 1940 a 1980)” (noviembre de 2010).
No puedo dejar de mencionar la labor que a favor de la reedición de autores victorienses, cumple la Sociedad Filantrópica “Terror do Corso” que en enero de 2010
publicó una nueva edición de “La de las Siete Colinas” de Gaspar L.Benavento. Y para continuar con esa tarea, la mencionada Sociedad reeditó en septiembre de 20l0, “El 5º Cuartel, Ceniza y Humo” de Raúl R. Trucco con ilustraciones de Gabriel Calabrese, prólogo del autor de esta nota y, para complementar el libro, con el cuento de mi autoría “El Fantasma de la Cal”, “Aquel Quinto que Imagino” de Oscar Lami y “Raúl R. Trucco” por Marcela Trucco.
Hubo algunos reconocimientos por la labor a favor de la cultura como el que en el citado evento internacional de 20l0 en el Hotel Sol Victoria se me entregó una plaqueta como Miembro Honorable y en el mismo acto se le entregó una similar a la recientemente desaparecida artista plástica y entrañable amiga, Imelda Banchero de Luque. También en la Fiesta Provincial de la Poesía recibí el galardón “El Cimarrón Entrerriano” por mi trayectoria, igual distinción recibió en la Fiesta Provincial del Teatro en nuestra ciudad, el actor y director teatral Hugo Labarba.
Son hitos que han dejado las tareas de ceración en nuestro pueblo y que merecen destacarse en la medida en que ubican a Victoria en el circuito cultural (y concretamente a lo que se refiere esta nota) en las letras de la provincia y que en muchas ocasiones trascienden los límites comarcanos para proyectarse al ámbito nacional.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
UNA MANERA DE VIVIR
Escribe Carlos Sforza*
Al aceptar el Premio Nobel de Literatura 2010, en Estocolmo, ante la academia sueca, Mario Vargas Llosa pronunció un discurso en el que realizó una verdadera autobiografía a la vez que hizo el elogio fundamentado, de la escritura y la ficción, desde el punto de vista del lector y del escritor.
Narró sus experiencias de niño, adolescente, joven y adulto, en sus más de setenta años de vida. Y lo hizo con un auténtico sentido de equidad para consigo mismo y para quienes gozaron del discurso en Suecia y quienes gozamos al leerlo en un rincón entrerriano y en tantos otros lugares del vasto y globalizado mundo actual.
EL FANATISMO
Vargas Llosa es un hombre que se caracteriza por su postura contraria a cualquier fanatismo. Sea político, religioso o de la clase que fuere. Así expresa que “Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias”. Y agrega: “Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se siente poseedores de verdades absolutas”.
Es indudable que a través de la historia, los fundamentalismos han perforado la convivencia pacífica de la gente. Y cuando se cree que han desparecido, resurgen con otras formas, otras modalidades, con nuevas “formas de barbarie” que pueden resultar letales no sólo localmente, sino en expansión mundial. Ante este panorama, el peruano sostiene que hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. Hace una enumeración de su juventud adherida al marxismo hasta que vio la realidad encarnada en países donde esa forma de marxismo se aplicaba y, desilusionado, fue girando para convertirse en un demócrata gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Kart Popper a los que debe, dice, su “revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas”. Y a renglón seguido sostiene que “Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquellare sanguinario de la revolución cultural china”.
Su aprendizaje en su estada en París, cuando en la capital francesa estaban Sastre y Camus, en los años de Ionesco, Becket, Bataille y Cioran, fue fundamental en su vida. Afirma que recibió enseñanzas inolvidables, “como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad”.
Estas confesiones del Premio Nobel de Literatura vienen bien para que los lectores y sobre todo para quienes nos dedicamos a escribir, comprendamos cómo se forja una ficción: con vocación y mucho trabajo. La vocación es parte de nuestro ser y a ella debemos ponerle a su servicio la imaginación y para que fructifique, la constancia en el trabajo. Como no me canso de repetir, hay que “sudar la camiseta” para lograr concretar una obra literaria.
LA CONQUISTA Y LA EMANCIPACIÓN
La autocrítica que hace Vargas Llosa sobre la conquista y la emancipación, debieran leerla con detenimiento en forma especial, los que a ultranza y fanatismo, estigmatizan la conquista de los españoles. Dice: “La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes, fueron en gran número nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron”. Por esos sostiene que nuestras críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Y lo dice así porque, sostiene que “al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella es una asignatura pendiente en toda América latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza”. Palabras para pensar y reflexionar, sin dudas.
LEER Y ESCRIBIR
Mario Vargas Llosa sostiene que cuando, a los once años perdió la inocencia al enfrentar cuestiones de la vida, todo cambió. Descubrió la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Entonces, dice, “Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir”. Y agrega también: “Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador, ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa”.
Ese entregarse al trabajo de fabular es una actitud positiva para contrarrestar el desánimo, la adversidad. Porque el escritor se sumerge en otras vidas, en otros mundos, en otras historias y sale de sí mismo y crea mundos que lo hacen vivir allí, en esas ficciones o fábulas surgidas de su imaginación y logra aventar el mundo concreto en el que vive. Es una prolongación de lo que ha sido y es la creación del mundo. Es un hacedor y, como dice citando a Flaubert, “Escribir es una manera de vivir”. Una manera de vivir que quienes escribimos ficciones, lo experimentamos con ilusiones y alegría, buscando las palabras para que, encadenadas las unas con las otras, formen las hileras donde surgen los personajes que se escapan de nuestras manos y a los que no podemos sujetarlos porque sería coartarles su libertad, cosa que para el auténtico fabulador es imposible hacer.
Por otra parte, Vargas Llosa dice que “La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la mayoría de los seres humanos (…)”.
La ficción, se sabe, es mentira. Pero pese a serlo, se transforma en verdad porque presenta seres y hechos ficticios que a la postre, pertenecen a la realidad y a la verdad de esa vida y esos hechos que suelen existir y suceder. De allí que el lector al sumergirse en una ficción, participa de ella y vive muchas vidas. No dos o tres vidas, sino las muchas que la ficción le proporciona. Y tal vez, al identificarnos con esos seres de ficción, estemos realizando una transmutación al compartir esas vidas y sentir las alegrías y pesares de cada uno de los personajes de ficción.
De allí que Vargas Llosa sostiene que “Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores, transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad”. Y concluye su imperdible discurso afirmando: “Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
Escribe Carlos Sforza*
Al aceptar el Premio Nobel de Literatura 2010, en Estocolmo, ante la academia sueca, Mario Vargas Llosa pronunció un discurso en el que realizó una verdadera autobiografía a la vez que hizo el elogio fundamentado, de la escritura y la ficción, desde el punto de vista del lector y del escritor.
Narró sus experiencias de niño, adolescente, joven y adulto, en sus más de setenta años de vida. Y lo hizo con un auténtico sentido de equidad para consigo mismo y para quienes gozaron del discurso en Suecia y quienes gozamos al leerlo en un rincón entrerriano y en tantos otros lugares del vasto y globalizado mundo actual.
EL FANATISMO
Vargas Llosa es un hombre que se caracteriza por su postura contraria a cualquier fanatismo. Sea político, religioso o de la clase que fuere. Así expresa que “Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias”. Y agrega: “Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se siente poseedores de verdades absolutas”.
Es indudable que a través de la historia, los fundamentalismos han perforado la convivencia pacífica de la gente. Y cuando se cree que han desparecido, resurgen con otras formas, otras modalidades, con nuevas “formas de barbarie” que pueden resultar letales no sólo localmente, sino en expansión mundial. Ante este panorama, el peruano sostiene que hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. Hace una enumeración de su juventud adherida al marxismo hasta que vio la realidad encarnada en países donde esa forma de marxismo se aplicaba y, desilusionado, fue girando para convertirse en un demócrata gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Kart Popper a los que debe, dice, su “revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas”. Y a renglón seguido sostiene que “Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquellare sanguinario de la revolución cultural china”.
Su aprendizaje en su estada en París, cuando en la capital francesa estaban Sastre y Camus, en los años de Ionesco, Becket, Bataille y Cioran, fue fundamental en su vida. Afirma que recibió enseñanzas inolvidables, “como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad”.
Estas confesiones del Premio Nobel de Literatura vienen bien para que los lectores y sobre todo para quienes nos dedicamos a escribir, comprendamos cómo se forja una ficción: con vocación y mucho trabajo. La vocación es parte de nuestro ser y a ella debemos ponerle a su servicio la imaginación y para que fructifique, la constancia en el trabajo. Como no me canso de repetir, hay que “sudar la camiseta” para lograr concretar una obra literaria.
LA CONQUISTA Y LA EMANCIPACIÓN
La autocrítica que hace Vargas Llosa sobre la conquista y la emancipación, debieran leerla con detenimiento en forma especial, los que a ultranza y fanatismo, estigmatizan la conquista de los españoles. Dice: “La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes, fueron en gran número nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron”. Por esos sostiene que nuestras críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Y lo dice así porque, sostiene que “al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella es una asignatura pendiente en toda América latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza”. Palabras para pensar y reflexionar, sin dudas.
LEER Y ESCRIBIR
Mario Vargas Llosa sostiene que cuando, a los once años perdió la inocencia al enfrentar cuestiones de la vida, todo cambió. Descubrió la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Entonces, dice, “Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfesable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir”. Y agrega también: “Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador, ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa”.
Ese entregarse al trabajo de fabular es una actitud positiva para contrarrestar el desánimo, la adversidad. Porque el escritor se sumerge en otras vidas, en otros mundos, en otras historias y sale de sí mismo y crea mundos que lo hacen vivir allí, en esas ficciones o fábulas surgidas de su imaginación y logra aventar el mundo concreto en el que vive. Es una prolongación de lo que ha sido y es la creación del mundo. Es un hacedor y, como dice citando a Flaubert, “Escribir es una manera de vivir”. Una manera de vivir que quienes escribimos ficciones, lo experimentamos con ilusiones y alegría, buscando las palabras para que, encadenadas las unas con las otras, formen las hileras donde surgen los personajes que se escapan de nuestras manos y a los que no podemos sujetarlos porque sería coartarles su libertad, cosa que para el auténtico fabulador es imposible hacer.
Por otra parte, Vargas Llosa dice que “La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la mayoría de los seres humanos (…)”.
La ficción, se sabe, es mentira. Pero pese a serlo, se transforma en verdad porque presenta seres y hechos ficticios que a la postre, pertenecen a la realidad y a la verdad de esa vida y esos hechos que suelen existir y suceder. De allí que el lector al sumergirse en una ficción, participa de ella y vive muchas vidas. No dos o tres vidas, sino las muchas que la ficción le proporciona. Y tal vez, al identificarnos con esos seres de ficción, estemos realizando una transmutación al compartir esas vidas y sentir las alegrías y pesares de cada uno de los personajes de ficción.
De allí que Vargas Llosa sostiene que “Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores, transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad”. Y concluye su imperdible discurso afirmando: “Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
domingo, 12 de diciembre de 2010
“RECUERDOS” DE JUAN H. “LITO” STIECHR
Escribe Carlos Sforza*
Hay formas para recuperar el pasado. La historia estrictamente investigada y recuperada es una de ella. La más científica que se nos puede entregar. Hay crónicas, que recogen la tradición ya sea oral o vivida y reflejan momentos y personajes de un pueblo y de un país también. Y hay una manera muy especial de recordar personas, hechos, instituciones, instancias del pasado. En esta última categoría se ubica sin dudas el libro de Juan H. “Lito” Stiechr, “RECUERDOS” que tiene por subtítulo: “Aquellos tiempos inolvidables de 1940 a 1980” (Imprenta Los Gráficos, tapa y prólogo de Rubén Tealdi, Victoria –E.R.-, noviembre de 2010, 348 p.).
El autor recoge en esta obra artículos periodísticos y notas publicadas en medios gráficos, que recuperan esa porción de historia lugareña, concretamente victoriense, que muchas veces puede quedar relegada a la memoria de algunos y a la tradición oral. “Lito” Stiechr ha tenido el buen tino de agrupar sus escritos en un volumen que con el sostén de ser un libro impreso, sirve para rescatar una parte del pasado cotidiano del pueblo e incluso de la campiña victoriense.
El libro está dividido en seis capítulos: PERSONAJES, OFICIOS-COMERCIO, ESPESCTÁCULOS Y FESTIVALES, INSTITUCIONES Y ESCUELAS, DEPORTES y RECUERDOS (Misceláneas). En el primer capítulo, como surge del título, el autor recupera personas que se han destacado en diversas actividades en nuestro medio, ya sea en la docencia, en la medicina, en la política, en su trabajo en favor de la comunidad y todo aquello que hace a la dinámica de una ciudad donde si no todos, casi todos nos conocemos y sabemos quiénes han sido esas personas. Por supuesto que “Lito” ilustra a sus lectores con datos que escapan por lo general al común de la gente y lo hace con la impronta de una nota periodística que hace llevadera la lectura.
Es interesantísima la recuperación que el autor hace de diversos oficios y comercios como las viejas peluquerías, las panaderías, las carpinterías, las carnicerías, los mecánicos, los viejos mateos, los almacenes de campaña (llamados de ramos generales), músicos y tantas otras actividades que en el correr de cuarenta años se han desarrollado y que muchas continúan y otras ha desaparecido, en Victoria y sus distritos.
Hay en el tercer capítulo un recuerdo muy especial a festivales que han marcado hitos en el pueblo y por supuesto, una muy especial recordación a los centenarios carnavales victorienses que siguen vivos todos los comienzos de año.
En cuanto a INSTITUCIONES y ESCUELAS, desfilan aniversarios de establecimientos educacionales con breves historias, guardería, hogar de ancianos, la Sociedad de Beneficencia y la concreción del Hospital que hoy es el “Dr.Fermín Salaberry” y pertenece a la provincia, los desaparecidos Boy Scouts, entre otros.
Un capítulo especial y jugoso es el dedicado al deporte, donde están reflejados los orígenes y el historial, siempre dentro de la nota periodística, de los principales clubes deportivos de Victoria, los por entonces célebres campeonatos de baby fútbol en el Club 25 de Mayo (en los cuales el autor del libro y el de este comentario, jugaron en el mismo equipo), las canchas de pelota a paleta que pululaban en la ciudad y la campaña y otras expresiones que quedan registradas en este libro.
El último capítulo son precisamente RECUERDOS que el autor fija en sus notas, como los paseos del día del estudiante, con toda la preparación y el ritual que entonces tenían, un especial recuerdo a Rincón de Nogoyá donde pasó su infancia y primeros años de adolescente el autor, como asimismo la vieja calle San Luis (hoy Hipólito Irigoyen) donde vivió con sus padres y hermanos cuando se instalaron en Victoria, antiguas ordenanzas, la desaparecida Sociedad San Luis…
Muchas de las notas son ilustradas con fotografías, lo que hace que también se conserve a través de ellas lo que el autor nos relata en sus escritos.
Este libro de Juan H. “Lito” Stiechr tiene las características en cada artículo, de lo que es la impronta periodística. No entra en elucubraciones o reflexiones históricas académicas, sino el volar de la pluma que le da la carnadura necesaria para que sea cada uno de ellos, una nota periodística. El autor ha querido y logrado, por suerte, recogerlos en un libro que pasa a formar parte de la bibliografía necesaria para conocer una parte a veces no registrada debidamente, de nuestro pasado. De allí que esta edición sea un valioso aporte para Victoria gracias al tesón, la búsqueda y la recopilación de sus notas periodísticas, que ha hecho J. Stiechr.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
Escribe Carlos Sforza*
Hay formas para recuperar el pasado. La historia estrictamente investigada y recuperada es una de ella. La más científica que se nos puede entregar. Hay crónicas, que recogen la tradición ya sea oral o vivida y reflejan momentos y personajes de un pueblo y de un país también. Y hay una manera muy especial de recordar personas, hechos, instituciones, instancias del pasado. En esta última categoría se ubica sin dudas el libro de Juan H. “Lito” Stiechr, “RECUERDOS” que tiene por subtítulo: “Aquellos tiempos inolvidables de 1940 a 1980” (Imprenta Los Gráficos, tapa y prólogo de Rubén Tealdi, Victoria –E.R.-, noviembre de 2010, 348 p.).
El autor recoge en esta obra artículos periodísticos y notas publicadas en medios gráficos, que recuperan esa porción de historia lugareña, concretamente victoriense, que muchas veces puede quedar relegada a la memoria de algunos y a la tradición oral. “Lito” Stiechr ha tenido el buen tino de agrupar sus escritos en un volumen que con el sostén de ser un libro impreso, sirve para rescatar una parte del pasado cotidiano del pueblo e incluso de la campiña victoriense.
El libro está dividido en seis capítulos: PERSONAJES, OFICIOS-COMERCIO, ESPESCTÁCULOS Y FESTIVALES, INSTITUCIONES Y ESCUELAS, DEPORTES y RECUERDOS (Misceláneas). En el primer capítulo, como surge del título, el autor recupera personas que se han destacado en diversas actividades en nuestro medio, ya sea en la docencia, en la medicina, en la política, en su trabajo en favor de la comunidad y todo aquello que hace a la dinámica de una ciudad donde si no todos, casi todos nos conocemos y sabemos quiénes han sido esas personas. Por supuesto que “Lito” ilustra a sus lectores con datos que escapan por lo general al común de la gente y lo hace con la impronta de una nota periodística que hace llevadera la lectura.
Es interesantísima la recuperación que el autor hace de diversos oficios y comercios como las viejas peluquerías, las panaderías, las carpinterías, las carnicerías, los mecánicos, los viejos mateos, los almacenes de campaña (llamados de ramos generales), músicos y tantas otras actividades que en el correr de cuarenta años se han desarrollado y que muchas continúan y otras ha desaparecido, en Victoria y sus distritos.
Hay en el tercer capítulo un recuerdo muy especial a festivales que han marcado hitos en el pueblo y por supuesto, una muy especial recordación a los centenarios carnavales victorienses que siguen vivos todos los comienzos de año.
En cuanto a INSTITUCIONES y ESCUELAS, desfilan aniversarios de establecimientos educacionales con breves historias, guardería, hogar de ancianos, la Sociedad de Beneficencia y la concreción del Hospital que hoy es el “Dr.Fermín Salaberry” y pertenece a la provincia, los desaparecidos Boy Scouts, entre otros.
Un capítulo especial y jugoso es el dedicado al deporte, donde están reflejados los orígenes y el historial, siempre dentro de la nota periodística, de los principales clubes deportivos de Victoria, los por entonces célebres campeonatos de baby fútbol en el Club 25 de Mayo (en los cuales el autor del libro y el de este comentario, jugaron en el mismo equipo), las canchas de pelota a paleta que pululaban en la ciudad y la campaña y otras expresiones que quedan registradas en este libro.
El último capítulo son precisamente RECUERDOS que el autor fija en sus notas, como los paseos del día del estudiante, con toda la preparación y el ritual que entonces tenían, un especial recuerdo a Rincón de Nogoyá donde pasó su infancia y primeros años de adolescente el autor, como asimismo la vieja calle San Luis (hoy Hipólito Irigoyen) donde vivió con sus padres y hermanos cuando se instalaron en Victoria, antiguas ordenanzas, la desaparecida Sociedad San Luis…
Muchas de las notas son ilustradas con fotografías, lo que hace que también se conserve a través de ellas lo que el autor nos relata en sus escritos.
Este libro de Juan H. “Lito” Stiechr tiene las características en cada artículo, de lo que es la impronta periodística. No entra en elucubraciones o reflexiones históricas académicas, sino el volar de la pluma que le da la carnadura necesaria para que sea cada uno de ellos, una nota periodística. El autor ha querido y logrado, por suerte, recogerlos en un libro que pasa a formar parte de la bibliografía necesaria para conocer una parte a veces no registrada debidamente, de nuestro pasado. De allí que esta edición sea un valioso aporte para Victoria gracias al tesón, la búsqueda y la recopilación de sus notas periodísticas, que ha hecho J. Stiechr.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com
lunes, 6 de diciembre de 2010
EN EL ALMA DE NUESTRAS PLAZAS
Escribe Carlos Sforza*
Primero, y por mucho tiempo, fue la placita Moreno. Eran los años de la infancia. Las diagonales y las calles laterales de dentro del paseo público, eran de tierra.
Allí, bordeados por el verde de los canteros, en las siestas de sol mezquino del invierno, fue el ruido de las chorlas, las porcelanas, los aceros. Y el juego a las bolillas (así lo llamábamos nosotros). Y también las carreras. Y los trompos bailoteando en círculos interminables, picoteados de jugar a los puazos.
También, eludiendo los cables del alumbrado, estuvieron las cometas: barriletes, bombas, medio-mundos, algún barco perdido, y las impares tarascas. Y la vida transcurría. El dolor andaba a nuestro lado; la tragedia desfilaba a nuestra vera. Pero, en actitud displicente, los ignorábamos. Estábamos, por razones de edad, al margen de esos condimentos del vivir cotidiano.
A veces, y ya nuestro panorama se alargaba, era una escapada a otra plaza. Íbamos en barra (¿de qué otra manera podíamos incursionar en un barrio vedado?). Y entonces era cuando la plaza Libertad se nos aparecía de lejos. Allí, en el centro, estaba esa pirámide alta (altísima para nuestra imaginación niña). Y los juegos: el tobogán preferido; las hamacas; y las piedras de los muchachos de la barra del lugar, que veían invadir por un grupo de intrusos sus lares queridos. Y siempre, con una altura impresionante, la pirámide, con esa mujer allí arriba (claro, era la Libertad, y podía permitirse el gusto de mirarnos desde tan encumbrada postura. Y también, causarnos no poco pavor traducido en una especie indefinible de vértigo).
Y otra vez, en nuestros años niños, fue la plaza principal, la San Martrín. Ya allí, había que ir con la mejor ropa que teníamos. Era el lugar de los actos patrióticos. Y de la procesión de la Virgen Patrona. Y del corso oficial. Y del paseo de los jóvenes y las chicas que hacían sus primeras armas en el amor.
Y de la mano, una noche de carnaval, con el asombro saltándonos de los ojos, estuvimos con nuestro padre. Era el sucederse de las caravanas de hombres, de máscaras, el ruido interminable de las matracas y los pitos; el correr, con el viento del último momento, de las tapitas de cerveza y naranja y chinchibira, que unían su sonidos al de las gentes y los vehículos y al ritmo enloquecido del corso.
Después, los años fueron pasando. Y las plazas, las tres plazas más importantes de nuestro pueblo, fueron creciendo. Las costumbres cambiaron. Y los niños siguieron siendo siempre niños. Oír eso, ahora cuando la vieja y querida placita Moreno ha vestido su aspecto con baldosas, ha agregado el busto del patrono del lugar, ha mejorado el alumbrado, ha incorporado juegos infantiles; cuando la plaza Libertad también ha ampliado su vestuario y ha embellecido su aspecto; cuando la plaza San Martín, que es la principal (la de los actos oficiales, de la procesión de la Patrona, de los corsos que ya no están y del mejor traje), también ha avanzado en el tiempo; cuando hemos visto nuestra prolongación a través de nuestros hijos y nietos, nos parece que estamos allí también nosotros. Retrotraemos el tiempo y jugamos en las diagonales; en los bancos; a veces (sin que nos vea el cuidador, que pese a todo es amigo de los niños), subimos a los canteros.
Porque las plazas, nuestras plazas, como todas las plazas del mundo, conservan un pedazo grande de nuestra infancia. Y es bueno, es saludable, es hermoso, volver a rememorar la infancia. Volver a ser niños (no por nada Jesús dijo que había que hacerse niños). Y estas plazas nuestras, estos paseos victorienses, estos rincones adentrados en nuestro corazón, siguen deparándonos esas emociones.
A veces, algún paseante con imaginación volandera y fácil quizá advierta el paso de sombras rápidas, andariegas, movedizas. Es, sin dudas, el hálito de nuestra infancias que así, imperceptibles para quienes no saben ver, ha quedado allí, prendido de los canteros verdes, en juego permanente, con el beneplácito de las flores y los pájaros. Y otras veces, la sonrisa de algún poeta que sabe, por pura intuición, que sus amigos, los niños y los espíritus de los que siguen siéndolo pese a la edad cronológica, juegan, saltan, viven en esos paseos que son nuestras plazas: la Moreno de nuestra primeras andanzas; la Libertad de nuestras esporádicas incursiones; la San Martín de los actos protocolares (y del juego, también antes, de nuestras hijas y nietos).
Escribe Carlos Sforza*
Primero, y por mucho tiempo, fue la placita Moreno. Eran los años de la infancia. Las diagonales y las calles laterales de dentro del paseo público, eran de tierra.
Allí, bordeados por el verde de los canteros, en las siestas de sol mezquino del invierno, fue el ruido de las chorlas, las porcelanas, los aceros. Y el juego a las bolillas (así lo llamábamos nosotros). Y también las carreras. Y los trompos bailoteando en círculos interminables, picoteados de jugar a los puazos.
También, eludiendo los cables del alumbrado, estuvieron las cometas: barriletes, bombas, medio-mundos, algún barco perdido, y las impares tarascas. Y la vida transcurría. El dolor andaba a nuestro lado; la tragedia desfilaba a nuestra vera. Pero, en actitud displicente, los ignorábamos. Estábamos, por razones de edad, al margen de esos condimentos del vivir cotidiano.
A veces, y ya nuestro panorama se alargaba, era una escapada a otra plaza. Íbamos en barra (¿de qué otra manera podíamos incursionar en un barrio vedado?). Y entonces era cuando la plaza Libertad se nos aparecía de lejos. Allí, en el centro, estaba esa pirámide alta (altísima para nuestra imaginación niña). Y los juegos: el tobogán preferido; las hamacas; y las piedras de los muchachos de la barra del lugar, que veían invadir por un grupo de intrusos sus lares queridos. Y siempre, con una altura impresionante, la pirámide, con esa mujer allí arriba (claro, era la Libertad, y podía permitirse el gusto de mirarnos desde tan encumbrada postura. Y también, causarnos no poco pavor traducido en una especie indefinible de vértigo).
Y otra vez, en nuestros años niños, fue la plaza principal, la San Martrín. Ya allí, había que ir con la mejor ropa que teníamos. Era el lugar de los actos patrióticos. Y de la procesión de la Virgen Patrona. Y del corso oficial. Y del paseo de los jóvenes y las chicas que hacían sus primeras armas en el amor.
Y de la mano, una noche de carnaval, con el asombro saltándonos de los ojos, estuvimos con nuestro padre. Era el sucederse de las caravanas de hombres, de máscaras, el ruido interminable de las matracas y los pitos; el correr, con el viento del último momento, de las tapitas de cerveza y naranja y chinchibira, que unían su sonidos al de las gentes y los vehículos y al ritmo enloquecido del corso.
Después, los años fueron pasando. Y las plazas, las tres plazas más importantes de nuestro pueblo, fueron creciendo. Las costumbres cambiaron. Y los niños siguieron siendo siempre niños. Oír eso, ahora cuando la vieja y querida placita Moreno ha vestido su aspecto con baldosas, ha agregado el busto del patrono del lugar, ha mejorado el alumbrado, ha incorporado juegos infantiles; cuando la plaza Libertad también ha ampliado su vestuario y ha embellecido su aspecto; cuando la plaza San Martín, que es la principal (la de los actos oficiales, de la procesión de la Patrona, de los corsos que ya no están y del mejor traje), también ha avanzado en el tiempo; cuando hemos visto nuestra prolongación a través de nuestros hijos y nietos, nos parece que estamos allí también nosotros. Retrotraemos el tiempo y jugamos en las diagonales; en los bancos; a veces (sin que nos vea el cuidador, que pese a todo es amigo de los niños), subimos a los canteros.
Porque las plazas, nuestras plazas, como todas las plazas del mundo, conservan un pedazo grande de nuestra infancia. Y es bueno, es saludable, es hermoso, volver a rememorar la infancia. Volver a ser niños (no por nada Jesús dijo que había que hacerse niños). Y estas plazas nuestras, estos paseos victorienses, estos rincones adentrados en nuestro corazón, siguen deparándonos esas emociones.
A veces, algún paseante con imaginación volandera y fácil quizá advierta el paso de sombras rápidas, andariegas, movedizas. Es, sin dudas, el hálito de nuestra infancias que así, imperceptibles para quienes no saben ver, ha quedado allí, prendido de los canteros verdes, en juego permanente, con el beneplácito de las flores y los pájaros. Y otras veces, la sonrisa de algún poeta que sabe, por pura intuición, que sus amigos, los niños y los espíritus de los que siguen siéndolo pese a la edad cronológica, juegan, saltan, viven en esos paseos que son nuestras plazas: la Moreno de nuestra primeras andanzas; la Libertad de nuestras esporádicas incursiones; la San Martín de los actos protocolares (y del juego, también antes, de nuestras hijas y nietos).
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