domingo, 26 de septiembre de 2010

NUEVO APORTE A LA POESÍA
Escribe Carlos Sforza*
Nuestra provincia se ha caracterizado por la cantidad y calidad de sus poetas. Ello no desmerece, claro, la existencia de escritores valiosos que cultivan otros géneros que no pertenecen a la escritura en versos.
Esa verdad de Perogrullo sirve de pie para escribir sobre una obra recientemente publicada y cuyo autor es Héctor César Izaguirre.
EL AUTOR
Izaguirre es oriundo de San José (Departamento Colón) pero diría que por residencia y trabajo, es una parte importante de los intelectuales de Concepción del Uruguay. Ha ejercido la cátedra de Castellano y Literatura en diversas instituciones como el Colegio Nacional del Uruguay, la Escuela Normal, los Cursos del Profesorado de la misma ciudad y de Concordia, entre otras casas de estudio. Como escritor ha sido galardonado en numerosas ocasiones, destacándose entre otros, el Premio “Fray Mocho” (en colaboración) en dos oportunidades, en el género ensayo. La provincia de Entre Ríos le concedió el Premio al Mérito Artístico. Sus trabajos en diarios y revistas son numerosos y siempre hemos rescatado la labor desarrollada en la Revista SER de Concepción del Uruguay junto al recordado Roberto Parodi y sus estudios publicados en los tres tomos de la Enciclopedia de Entre Ríos, dedicados a la Literatura. Publicó “Defilippis Novoa: una dramaturgia al servicio de la redención del hombre” (Premio “Fray Mocho”, en colaboración con Laura Erpen), el poemario “De otoño y raíces encendidas”, “El Colegio del Uruguay”, “La Fraternidad”.
Conozco a Héctor Izaguirre desde hace años y sé de su valor como ensayista, poeta y conferenciante.
EL LIBRO
Y ahora nos acaba de regalar un nuevo poemario: SINFONÍA GUALEYA (Editorial Dunken, Ilustración de tapa de Luis Alberto Salvarezza, Buenos Aires, 2010, 88 páginas).
Leer este libro de Izaguirre es adentrarse en las entrañas mismas de nuestra gran hembra fluvial: Entre Ríos. Y es hacerlo a través de la recuperación lírica del Río Gualeguay, con todas las connotaciones que ese flujo de agua conlleva.
Es evidente que este trabajo de Izaguirre es original y a la vez de una textura envidiable. Original por cuanto nos sumerge en muchas voces de otros poetas, y arranca del mitológico Ñamandú, el que creó la tierra primeriza, para hacer todo un periplo que es como si anduviera por un tiempo circular y regresar a ese creador primero.
Es evidente que el poeta conoce a fondo la literatura entrerriana, sabe de sus voces, sabe de sus cantores populares, sabe de lo que la tierra que habitamos en esta parte de la Argentina significa y encierra. Ello hace posible que su canto nos introduzca en distintos momentos, con diferentes voces; toma versos prestados de autores que nombra y, a la vez., introduce su temple anímico para que la sinfonía no sea una enumeración caótica, sino una armoniosa composición lírica que con el rescate del Gualeguay, no hace sino rescatar la esencia de la entrerrianía.
Hay recuerdos, hay hombres y mujeres que han cantado a estos lares, hay naturaleza y colores, sabores y hasta olores, en esta SINFONÍA GUALEYA. Y lo que es importante, la carnadura que elige el autor para darnos este libro, es la adecuada. Porque mezcla el pasado legendario, el pasado histórico y el presente y, por qué no, nos proyecta hacia el futuro. Y lo hace con alegorías, con adjetivación justa, con metáforas, con comparaciones. Porque en todo el libro prima un tono diría elegíaco y hasta epopéyico. Sin descuidar las formas y con versos que denotan el dominio del poeta sobre los a veces encabritados modos que presenta la escritura.
Diría que este aporte de Héctor César Izaguirre es uno más que se suma a lo que han hecho nombres ya señeros en estas lides. Y hablo, para citar unos pocos, de Carlos Mastronardi, de Juanele, de Alfredo Veiravé, de Jorge Martí de Delio Paniza, de Rubén Vela, de Miguel Ángel Federik… Y es claro que la mayoría de las voces que resuenan en los versos de Izaguirre, quedan afuera de los enunciados. Pero están ahí. Y esperan que el lector se introduzca en la obra, recupere esas voces en la voz del autor y goce con la lectura de este original, hermoso y perdurable libro de Héctor César Izaguirre.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

lunes, 20 de septiembre de 2010

Sobre Bradbury

Mi nota sobre los noventa años de Ray Bradbury, provocó un feliz comentario de mtreseses. Y dice bien quien hace el comentario al explicitar que la narrativa de Bradbury no se agota en la ciencia ficción, sino que va más allá con narraciones fantásticas y a la vez, sugeridoras pero siempre con ese tono tan especial que es lo que llamaría el estilo de la escritura de Bradbury. mtreseses dice que leyó en su juventud varias de las obras fundamentales del estadounidense. Y habla de lo bien que le han hecho. Es que cuando uno se compenetra con una narración, cuando goza con su lectura, cuando al fin de cuentas no hace sino recibir un bien, esa lectura marca al receptor del mensaje y de una u otra forma, produce en él un cambio. Cambio que se traduce luego en un pensamiento, en una escritura, en un dibujo y hasta en una visión nueva sobre la vida. Gracias por el comentario, mtreseses.

viernes, 17 de septiembre de 2010

LOS NOVENTA AÑOS DE BRADBURY
Escribe Carlos Sforza*
Decir que Ray Bradbury ha cumplido noventa años es trivial. Lo es por cuanto sabemos de su longevidad y, sobre todo, de su actitud creadora que se ha batido en mil batallas con la escritura y ha salido triunfante de ellas.
Decir el nombre de Ray Bradbury es para muchos, hablar de una de las expresiones máximas de la ciencia ficción. Yo agregaría que es también hablar de un escritor de literatura fantástica y de un narrador que tiene cuentos y novelas de extraordinaria factura literaria no exenta, claro, de un sutil toque de poesía.
Tzvetan Todorov escribió que “la fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural”. Y podríamos agregar que el narrador cuando afronta lo fantástico, transgrede esas leyes y se sumerge en un mundo donde todo es posible. Y muchas veces, como sucedió con Julio Verne y otros autores, esas transgresiones no son sino anticipaciones a hechos que luego sucederán.
Bradbury está en la línea de los grandes creadores de ciencia ficción o fantaciencia (como la llamaba Castellani). Y el puesto que ocupa entre los grandes autores del siglo pasado y de lo que va de éste, lo ha ganado con una obra continuada, en la que aparece la gran imaginación del creador y un trabajo constante y pertinaz.
No en vano se ha dicho que Bradbury “ha recorrido caminos disímiles: las rutas solitarias que atraviesan el corazón de los pueblos pequeños de su país, los senderos extraviados que llegan a lugares oscuros y peligrosos, y las veloces autopistas interestelares que se extienden sin límites por los planetas más lejanos. Maestro de los narradores norteamericanos, pionero de la fantaciencia, Ray Bradbury nos hace cerrar los ojos para llevarnos en un viaje vertiginoso a través de los mundos de su imaginación”.
Lo notable de este escritor es la soltura que tiene para presentar diversos tipos de literatura fantástica. Además de su nombrada “Crónicas marcianas” (1950), su nombre es reconocido en el mundo por su celebrada novela “Farenheid 451 (1953) que fue llevada al cine por F. Truffaut. Pero para quienes hemos seguido la trayectoria de la narrativa del autor estadounidense que nació en Waukegan, Illinois, en 1920, no nos son desconocidas sus incursiones por lo fantástico en obras celebradas como “Las doradas manzanas al sol”, “El hombre ilustrado”, “El país de octubre” que es un libro que a mí, personalmente, me gusta sobremanera.
El nonagenario escritor nos da varias pistas sobre lo que para él es la ciencia ficción, la literatura fantástica y las narraciones de anticipación, en un libro que nos muestra su pensamiento y nos devela un poco la vida del autor. Se trata de “FUEISERÁ” que subtituló “Respuestas obvias a futuros imposibles”. Afirma que a él las ideas le “llegan en silencio a la hora en que trato de despertarme y recordar cómo me llamo. Las ideas y las fantasías se sientan en el borde de mi cordura, me susurran al oído y luego, si no me despierto, me dan más de lo que ofrece cualquier gato: un buen golpe en la cabeza, lo que me lleva directamente a correr a mi máquina de escribir antes de que las ideas huyan o mueran o ambas cosas a la vez. En todo caso, hago que las ideas vengan a mí. Yo no voy a ellas (…)”.
Es interesantísimo el planteo que hace Bradbury con referencia a la influencia del arte, la arquitectura, el cine y otras expresiones como las ilustraciones, en la ciencia ficción. Habla de lo que ha significado y significa el cine en el crecimiento de la imaginación y tiene una gran fe en el porvenir de la ciencia ficción. Así afirma que algunos “Tal vez se sientan tentados a decir que aún falta lo peor. Sí, pero yo diría que también falta lo mejor. ¿Por qué no? La ciencia ficción sigue siendo la arquitectura de nuestros sueños y sus ilustraciones seguirán inspirando a la próxima generación de soñadores”. Cuando en 1997 publicó su libro “A ciegas”, en el San Antonio Express-News escribieron: “Ray Bradbury toma situaciones comunes y las transforma en extraordinarias. El tiempo no ha conseguido disminuir la voz elocuente y elegante de Bradbury, ni su vívida imaginación, que lo lleva a hacerse las preguntas más fascinantes, y a proveer las respuestas”.
La grandeza de Bradbury está en su gran imaginación y su capacidad de trabajo. Pensemos que este creador ha escrito también obras de teatro, guiones cinematográficos y guiones para radio y televisión. Y que a los noventa años de edad, continúa con sus grandes ilusiones que comenzaron en su juventud con obras cortas publicadas en revistas y luego, a partir de 1945, con la publicación de obras de ciencia ficción “en las que presenta una imagen despiadada y cáustica de lo que puede llegar a ser un mundo tecnificado, inhumano y brutal”. Esa imagen luego se suaviza y entra por otros cauces donde reina cierto optimismo y aparece una luz esperanzada para el futuro del hombre si sabe utilizar esa técnica para el bien de sí mismo y de sus semejantes.
Cabe consignar que la publicación en nuestro país de “Crónicas marcianas” se produjo por la editorial Minotauro fundada por “Paco” Porrúa en 1955, año en que se edita el libro de Bradbury con un profundo prólogo de Jorge Luis Borges.
La tenacidad por la escritura y los diseños del futuro de Bradbury, se pueden sintetizar en las palabras finales de su “Libro para inspirar a Curas, Rabinos y Pastores Desanimados” publicado en nuestro país por EMECÉ en 2001: “¡Miren!, el misterio se agita…/ ¡Ya vienen los topos humanos,/ Se alzan tras la máscara de Dios/ Atisbando desde sus madrigueras! Es lo que hacemos precisamente. En nuestras vidas. En nuestra ciencias ficciones. En nuestros sueños más queridos. En nuestras tecnologías. En nuestros futuros que, como resultado, se extenderán por siempre desde aquí a la Nebulosa de Orión, que debe ser una metáfora de nuestra existencia a través de todos los Tiempos Futuros. El resto no es silencio. Escribiré de esto, hablaré de esto, actuaré respecto de esto por el resto de mis días”.
Así piensa porque así es Ray Bradbury. Y este es mi homenaje en sus noventa años, como lector y admirador de su extensa y gran obra.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

lunes, 13 de septiembre de 2010

SOBRE EL QUÉ Y EL CÓMO
Escribe Carlos Sforza*
Sin dudas hay un tema recurrente que se plantea al escritor. Es el de considerar dos aspecto de la escritura. Y al hablar de escritura y del escritor, me refiero a la composición de una obra literaria. Ese tema recurrente hace referencia al qué y al cómo.
El qué, se dirige directamente a lo que se desea contar o expresar. La idea o ideas que tiene el escritor para desarrollar en una obra literaria.
El cómo, se refiere a de qué manera se va a desarrollar aquella idea o ideas. Es decir, la forma en que se va a volcar a través de la escritura lo que desea expresar el escritor.
EL QUÉ
Lo que se trata de expresar a través de la escritura, el qué en suma, es importante en la medida en que debe ser una expresión de hechos, personas o historias verosímiles, creíbles, que atraigan al potencial receptor del mensaje. Muchas veces nos encontramos con personas que nos dicen que tienen múltiples historias para contar. Y nos relatan algunos puntos de esas historias. A quien escribe le sucede también tener que escuchar a algún lector que quiere allegarle una historia o le expone una idea para que el escritor, que pacientemente lo escucha, luego las transporte a la escritura y haga de esas historias o ideas, una obra literaria. Por supuesto que he escuchado muchas veces a esos expositores de ideas brillantes para una obra que me las han expuesto de buena fe, pensando que colaboraban en mi tarea de creador de ficciones. Sin dudas todos estamos llenos de historias vistas, vividas u oídas. Pero no sólo de historias e ideas se hace un escritor. Como escribió hace muchos años el hoy olvidado y denostado Hugo Wast, “Todo depende del arte con que se trata un asunto. Si el autor carece de ingenio y amenidad, convertirá en tontería y aburrimiento la cosa más importante; si tiene ese don divino de la gracia y vitalidad en la exposición, que poseen algunos autores, extraerá pepitas de oro de las arenas de cualquier río, aún de los que parezcan más pobres”.
EL CÓMO
En las últimas palabras del autor de “Desierto de piedra” encontramos un atajo para sumergirnos en el cómo. Porque es evidente que cuando se escribe una obra literaria hay que tener presente el cómo se dice lo que se quiere decir. Siempre he citado las palabras de W. Faulkner: “lo importante no es lo que se dice sino cómo se dice”. Y esta afirmación del gran novelista norteamericano tiene validez permanente. La forma en que el escritor narra, en que el poeta crea su poema, el ritmo y el tono que le dan a sus palabras y a la estructura de la obra, hacen de ella que sea una verdadera obra de arte o de lo contrario, un mamarracho que solamente eslabona palabras pero que carece de lo que denominamos el cómo.

Eduardo Mallea, otro olvidado gran escritor argentino, escribió que “En el orden de los valores de estructura, el tono y el ritmo no son la misma cosa. Siendo el primero un índice de sonoridad o resonancia, y el segundo un índice de medida, de cadencia, cobran en la materia de una novela el enigmático valor de la no materia”. Y agrega que “puede afirmarse que no hay libro grande sin un gran tono dominante”. Esos dos elementos de los que habla el autor de “La bahía del silencio” no son sino partes esenciales del cómo. Porque al lograr un tono y un ritmo, se ha encontrado el cómo expresar literaria y artísticamente lo que se quiere revelar. Y digo revelar porque como muchos sostienen y lo escribió hace varios siglos Plotino, el artista es un revelado.
USO DEL LENGUAJE
Vivimos una etapa en la que el lenguaje no sólo se ha devaluado sino que se ha desvirtuado. La creación de palabras inexistentes, la tergiversación de muchas de ellas en cuanto a su significado, el uso grosero de expresiones chabacanas en los medios de comunicación social y en las discusiones de diverso calibre, nos enfrentan con una depreciación del lenguaje. Hay un verdadero desprecio del lenguaje en el uso cotidiano que, lamentablemente recibe el ejemplo de quienes son comunicadores, dirigentes políticos y hasta algunos que dicen pertenecer a una élite de intelectuales.
En una de sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, Italo Calvino sostenía que “La palabra une la huella visible con la cosa invisible, con la cosa ausente, con la cosa deseada o temida, como un frágil puente improvisado tendido sobre el vacío. Por eso para mí el uso justo del lenguaje es el que permite acercarse a las cosas (presentes o ausentes) con discreción y atención y cautela, con el respeto hacia aquello que las cosas (presentes o ausentes) comunican sin palabras” (p.85).
En el uso cotidiano del lenguaje debemos nivelar siempre hacia arriba y no hacia abajo. No me cansaré nunca de reiterar esa afirmación que del lenguaje se puede trasladar a todos los actos de nuestra vida.
Ese uso adecuado del lenguaje hace directa referencia al cómo. A ese dicho que expresa que lo más importante en un texto no es lo que se cuenta, sin cómo se cuenta. En el apéndice al libro de Calvino, el autor de “Las ciudades invisibles” nos dice que del estudio de los distintos lenguajes elaborados a través de los siglos, en los que se han expresado civilizaciones e individuos “(…) lo que nos proponemos es extraer de ellos el lenguaje más apropiado para contar lo que queremos contar, un lenguaje que sea aquello que queremos contar” (p.126).
De allí que si bien los importante es el cómo, el qué no deja de tener su importancia ya que es lo que se quiere transmitir. Por ello es necesaria la complementación adecuada de ambos términos que constituyen lo que se debe expresar: el qué y el cómo. Así de simple, claro.
*Blog del autor: www.hablaelconde.blogspot.com

lunes, 6 de septiembre de 2010

DIÁLOGOS SOBRE EL LIBRO
Escribe Carlos Sforza*
Acabo de leer el libro que reúne los diálogos sobre el libro mantenidos por el escritor y semiólogo Umberto Eco con el dramaturgo y guionista Jean-Claude Carrière. Ese encuentro que devino en libro, y que denominan charla erudita y amena, fue coordinado por Jean-Philippe de Tonnac quien escribe el prólogo. Se trata de “Nadie acabará con los libros”, con ilustraciones de André Kertész, traducción de Helena Lozano Miralles, Editado por Lumen (Buenos Aires, julio de 2010, 266 págs.).
Había leído y comentado algunos aspectos, en los adelantos publicados por ADN Nación y ahora he tenido la oportunidad de gustar de la sabrosa charla entre dos grandes bibliófilos como Eco y Carrière.
Sin dudas se trata de un ensayo hecho a dos voces, con intervenciones esporádicas del coordinador, en el que aparecen no sólo la perdurabilidad del libro ante los avances de la cibernética, sino también numerosos aspectos que hacen a lo que es el libro, a lo que para los convocados a debatir sobre él, significa. Y, claro, muchas, muchísimas cuestiones conexas con el tema libro.
Cuando hablan de los libros antiguos, las palabras de ambos ensayistas son iluminadoras y por lo tanto esclarecen muchos aspectos que, obviamente, el común de los lectores desconocen. Dice Eco al hablar de esos libros antiguos, que “(…) Los libros impresos circulaban sobre todo en los ambientes cultos. Sin duda circulaban mucho más que los manuscritos que los precedieron y, por lo tanto, la invención de la imprenta significó una auténtica revolución democrática”. Y agrega: “En el siglo XVI, Aldo Manuzio tuvo incluso la gran idea de imprimir libros de bolsillo, mucho más fáciles de transportar. Nunca jamás se ha inventado un medio más eficaz, que yo sepa, para transportar información. El ordenador, con todos sus gigas, tiene que conectarse de algún modo a un enchufe eléctrico. Con el libro este problema no existe. Lo repito. El libro es como la rueda. Una vez inventado, no se puede hacer algo mejor” (pp.108/109).
LA VANIDAD
Es interesante y causa verdadero placer cuando ambos dialoguistas se refieren a la vanidad del hombre. Concretamente a los escritores o a quienes pretenden serlo sin tener condiciones para ello. Vienen a cuento entonces las ediciones de autor, donde incluso no se menciona editor, pero que llenan los deseos insatisfechos de algunos que imperiosamente necesitan ver sus nombres en letras de molde, en un libro, como autores. Esa misma vanidad que se advierte en los que se “cuelan” en algunos espectáculos y desde atrás saludan con los brazos en alto para aparecer en la pantalla del televisor como presentes. Se sienten alguien al hacerlo y, a la vez, llenan su vanidad. Asimismo en esa parte del libro se habla de los que esconden sus nombres porque temen represalias, censuras y, en algunas épocas, la hoguera. Hay ediciones anónimas que se denominaban samizdat. Eco encuentra algo positivo en ellas y advierte que hoy aparecen modernos samizdat en Internet que escapan a la censura sin riesgo, pero que pueden causar riesgo a un tercero cuando se lo denuesta o ataca anónimamente.
Dice el autor de “El nombre de la rosa” que “(…) la técnica del samizdat es muy antigua. Se encuentran libros del siglo XVII publicados en ciudades que se llamaban Francopolis, o por el estilo, ciudades evidentemente ficticias. Se trataba, es obvio, de libros por los que sus autores podían ser acusados de herejía” (p.161).
Al hablar del Elogio de la estupidez, se refieren con diversos argumentos y anécdotas a varias etapas de la vida cotidiana de hoy y de antes. No escapa, claro, la educación. Al respecto dice el guionista Carrière que muchas veces la formación y las explicaciones occidentales no son entendibles para otros sectores de continentes como Asia. Afirma así que “La noción de concepto filosófico, por ejemplo, es puramente occidental. ¡Intentemos explicarle que es un concepto a un indio, por muy agudo que sea, o la trascendencia a un chino! Deberíamos ampliar nuestra idea de formación, sin pretender que esto resuelva los problemas”. Y agrega que “A partir de la reforma denominada Jules Ferry, la escuela de Francia ha sido gratuita pero también obligatoria para todos. Lo cual significa que la República se encarga de ofrecer la misma enseñanza a todos los ciudadanos, sin restricciones (….). Yo he sacado provecho de este sistema hasta el final. Sin Jules Ferry, no estaría aquí hablando. Hoy sería un viejo campesino sin blanca (dinero) del sur de Francia. Quién sabe lo que sería…” (pp.177/178).
En varios de los capítulos o apartados del libro, encontramos temas que interesan sobremanera. Así por ejemplo cuando como bibliófilos, Eco y Carrière relatan cuáles son las obras que buscan para sus colecciones. Los incunables y los denominados por los libreros postincunables, es decir libros editados después del siglo XV. Es interesante saber que en el caso del semiólogo italiano, su búsqueda se nutre de libros raros, de ocultismo, de falsos científicos, de delirantes y dementes que han escrito obras realmente extravagantes, que en ellos han expuesto teorías que muchas veces resultan desopilantes.
Hablan también del fuego y los libros. De los millones de libros quemados, como una manera de acallar las voces diferentes, como una forma de mostrar la validez del pensamiento único. Y se refieren a diversas épocas de la historia: así las quemas del nazismo, la de los españoles en América, la de la biblioteca de Bagdad por los mongoles y no hace mucho tiempo cuando fue saqueada en la guerra de Irak, los libros musulmanes en España y los que quemaron los cruzados en medio oriente. No escapan los que los propios escritores han querido que se quemen y se han salvado gracias a que los que los sobrevivieron no cumplieron sus deseos como en el muchas veces citado caso de Kafka.
MUCHOS TEMAS
Es claro que son muchos los temas directamente relacionados con el libro y otros conexos al mismo. Así desfilan temas como los libros que no hemos leído, los que están en nuestra biblioteca sin haber sido leídos por ejemplo, los que por una u otra causa esperan pacientemente al lector. Los libros del altar y los libros del “infierno”. El libro concluye con un tema que suele presentarse muy a menudo: ¿Qué hacer con nuestra biblioteca cuando morimos? Eco, que tiene una biblioteca de unos cincuenta mil volúmenes, desea que su colección no se disperse, que la donem a una biblioteca pública o bien que la subastara una Universidad para sus biblioteca. Carrière dice que dejará en su testamento algunos libros para ser entregados a sus amigos. Una manera de permanecer en su memoria un tiempo, post mortem.
Hay temas que son opinables y que tratan los dialoguistas. Hay algunas afirmaciones de uno y otro que, personalmente, no comparto. Pero no puedo dejar de admirar la agudeza de criterio de ambos ensayistas. Es una obra que no sólo habla del libro y su pervivencia, sino que nos introduce en otros caminos que hablan de la cultura, de la historia, en suma, del hombre en un mundo que avanza. Y, por todo ello, puedo decir que es un diálogo enriquecedor y que hace pensar este que nos ofrecen Umberto Eco y Jean-Claude Carrière.

martes, 31 de agosto de 2010

EL FANTASMA DE LA CAL
Por Carlos SFORZA
Según cuentan los que saben de cosas antiguas, muchos acontecimientos ocurrieron en la Victoria de fines del siglo diecinueve. Algunos de ellos, como el cuento del fantasma de la cal, me los narró mi madre en esas noches de lluvia y viento en que, en medio de un relámpago, uno necesitaba acurrucarse en el fondo de la silla para guarecerse mejor.
En el viejo Quinto Cuartel, cuando el lugar era un emporio económico, trabajaba mi abuelo, don Baudelio Santana. Y con él, muchos otros. Sobre todo inmigrantes. La mayoría pertenecían a la corriente italiana. Algunos menos, a la española. Y todos, reunidos en colonia, laboraban en los comercios de la zona y en especial, en las caleras. Que, por otra parte, eran numerosas puesto que surtían de cal a varias ciudades de otras provincias.
En las largas horas de las noches invernales, los gringos se reunían en la boca del horno en que quemaban la cal. Y allí, matizando las noches interminables, solían hacerse unos buches con caña fuerte.
-¿Qué me dicen del frasquete? –un paisano con bombachas batarazas anchas, unas botas de cuero sin curtir y un facón atravesado en la rastra que apenas cubría un chaleco de lana, se acercó a los obreros.
-Y… trabajando… -Luigi Sampietro, con los bigotes abundantes, mojados por la rubia caña, fue el único que respondió.
-Ta frío ajuera. Pero veo que tienen menjunje pa calentarse. Y como voy lejos, por una tropa saben, me vendrá bien la juerte –y tomó de entre las manos curtidas del gringo Sampietro el botellón con caña.
Hecho esto, con un “Chau”, se perdió en la oscuridad de afuera. Y sólo se escuchó, por un momento, el trote monocorde del caballo sin herrar. Y después, el silencio.
-¡Hijo de perra! –al fin Giuseppe Valoni largó sus palabras que subrayó con escupitajo al suelo. Desde el horno, abierto en ese momento, el calor abrazaba a los italianos que mordían su rabia mientras no descuidaban el trabajo.
Deolindo Sánchez era un paisano taimado. Decían algunos que era medio matrero, hombre de cuidado como que se mentaba que tenía algunos difuntos para el lado de Gualeguay. Y los gringos le tenían miedo. Deolindo conocía, con esa intuición innata del paisano, cuál era el sentimiento que su presencia despertaba. Y se valía de ello. Cuantas veces pasaba por la Calera del Sur, viniendo de visitar a la Dolores, se decía: “Me les llevo la caña juerte a los gringos”. Y eso sucedía siempre. Como si cayera del cielo, se apersonaba y se alzaba con el botellón con el brebaje. A veces lo hacía por la necesidad de tomar un trago; pero las más de las veces, por placer nomás. “¡Gringos jodidos sin güelta! Ni chistan siquiera…”, pensaba para sus adentros. Y seguía su camino.
Los gringos trabajaban esa noche como tantas otras en la Calera del Sur. Había un gran pedido de Buenos Aires porque se necesitaba cal para las construcciones de La Plata que recientemente se había fundado. Y los hombres, sin asco al trabajo, se metían de lleno en la tarea. Afuera era noche cerrada. Ni siquiera se oían los ruidos nocturnos. Una helada se asentaba en los pastos; la luna, arriba, miraba con la somnolencia de una nube que apenas le cubría un pedazo de la cara.
Los italianos –estaban Luigi, Giuseppe, Antonio Busso, Mariano Stoppa y Angelo Volpe- tenían abierto el horno y se habían reunido en la boca como para que el calor los penetrara hasta lo más profundo. Angelo tomó un trago de caña fuerte y se sintió mejor. Los cinco eran hombres de trabajo, sin mayores luces, pero honrados. Nadie podría decir nada de ninguno de ellos. El trabajo y la frente alta. Y el Chianti en los domingos con tallarines y los hijos y la esposa. Después…, todo era eso y nada más.
Sintieron los pasos. Parecía que lo estaban esperando. Se miraron los unos a los otros. Cuando apareció en el centro de la puerta, lo reconocieron: era nomás el Deolindo Sánchez. Su rostro lustroso se abría en una amplia y sobradora sonrisa; un sombrero de alas cortas, con barbijo, le cubría la abundante pelambre oscura; sus ojillos, avispados, se posaron en el botellón de caña fuerte.
-¡Qué frasquete! –dijo por todo saludo y dio un paso hacia el grupo.
-Fa fredo… -murmuró con voz casi initeligible Mariano Stoppa a la vez que se ajustaba un cinturón ancho.
-Tome paisano –Angelo le alcanzó la caña. Y se movió a un costado. Miraba al hombre y a sus compañeros de trabajo. Angelo Volpe era el más joven del quinteto. Tal vez frisaba en los treinta años pero el trabajo en la calera lo había envejecido prematuramente.
-¡Ta linda la cañita! – Sánchez se limpió la boca con el revés de la mano. Y entonces sólo se escuchó un grito perdido en la noche. La boca del horno lo tragó sin más. Un empujón certero y Deolindo Sánchez desapareció entre la cal. Y no se vio más del paisano. Los cinco gringos, con apuro, trancaron la puerta del horno y se secaron el sudor. Afuera hacía mucho frío, pero allí donde ellos estaban, sentían calor. Y transpiraban a mares. Se sentaron en unos banquitos alargados, de madera, y distendieron los músculos.
-¿Un trago de caña? –Antonio Busso sacó un nuevo botellón de entre unos trapos que había en un rincón. Y el quinteto brindó con alivio.
Del paisano Deolindo Sánchez no se supo más. Ni nadie se preocupó por averiguar sobre su paradero. Tampoco, por supuesto, la Dolores que andaba ya en otras cosas.
Al cabo de algunos años la ciudad de La Plata se había edificado. Y, en gran parte, con cal victoriense. En una ocasión, Angelo Volpe anduvo de paseo por aquella ciudad. Cuando caminaba por una diagonal, en una pared revocada con cal, le pareció ver algo. Algo confundido se acercó y cuando estuvo enfrente un golpe pareció paralizarlo entero. En la pared revocada vio con toda claridad el rostro sonriente, lustroso, de ojillos brillantes, del Deolindo Sánchez. Salió como disparado. A la cuadra se dio vuelta y el rostro lo seguía mirando.
Angelo Volpe nunca más volvió a La Plata. Y en el Quinto Cuartel, los cinco gringos que estaban la noche en que al Deolindo Sánchez lo difuntiaron, se persignaban cada vez que recordaban al fantasma de la cal.

miércoles, 25 de agosto de 2010

LOS “CUADERNOS” DE SEBRELI
Escribe Carlos Sforza*
Juan José Sebreli es uno de los prolíficos ensayistas argentinos actuales. Desde su libro inicial “Martínez Estrada, una rebelión inútil” (1960), sus aportes se traducen en dieciséis obras publicadas, en las que ha enfocado diversos temas sobre personas, movimientos, hechos realidades de un mundo cambiante del que él, a sus ochenta años de edad, es un fiel testigo. Testigo porque ha vivido muchos de los hechos y temas estudiados en sus ensayos y porque a la vez, ha tenido la capacidad y lucidez para abordarlos en libros que forman parte de una importante bibliografía ensayística argentina.
Ganador del premio de Ensayo del concurso Debate/Casa de América 2008 por “Comediantes y mártires”, ha recibido también el Premio Konex y el de la Academia Argentina de Letras. Ahora nos sorprende con “CUADERNOS” (Sudamericana, julio de 2010, 368 págs.). Y digo que nos sorprende, puesto que esta obra escapa a lo que consideramos ensayo para entrar en una categoría que en nuestro país no tiene muchos antecedentes, ya que en el libro se reúnen diversos escritos, parte de diarios, de apuntes, de reflexiones, de experiencias. Esa reunión que pudiera devenir en un conglomerado híbrido, gracias a la pluma sagaz de Sebreli se convierte en una obra coherente ya que a pesar de la disparidad de temas abordados, algunos más extensamente que otros, hay un hilo interior que los une. Y la lucidez del autor ha extendido ese hilo de tal manera que logra ofrecernos una obra diferente a sus anteriores libros, pero que muestra el pensamiento y la penetración analítica del autor.
EL LIBRO
En lo que podríamos llamar introducción o prólogo a la obra, Juan José Sebreli advierte que “Este libro no alude en el título al contenido sino al objeto donde fue escrito y cuyo nombre designa, además, un subgénero dentro del vasto género del ensayo, que permite pasar de un tema a otro con una libertad sin límites” (p.9). Ese objeto del que nos habla el autor, él lo explica cuando se refiere a las libretas o cuadernos, que muchos escritores han usado para sus anotaciones. Que han llevado consigo por su manualidad y donde asientan datos, lugares, personas y personajes, cosas que pueden interesarle a posteriori o bien que son de utilidad casi instantánea como un número de teléfono, una dirección, el nombre de un libro.
Así recuerda los cuadernos Moleskine en los que Van Gogh y Matisse dibujaron en sus páginas, los cuadernos de Thomas Mann, el famosos “Cuaderno San Martín” que incluso, dio título al recordado poemario de Jorge Luis Borges de 1929. Una larga serie de cuadernos desfilan por las primeras páginas del libro como una manera, diría casi innecesaria tratándose de Sebreli, de justificar su “Cuadernos” que por sí mismo, al leerlo, se justifica.
Recuerda la tradición argentina del siglo XIX con los diarios de viajes y crónicas de costumbres de Sarmiento, y los escritores de la generación del ochenta, adoptado “de modo algo frívolo”. Aparecen los nombres de Lucio V.Mansilla, Eduardo Wilde y Miguel Cané. Nos recuerda el cambio de comienzos del siglo pasado, cuando desde el periodismo en diarios y revistas, aparecieron las notas de Juan José de Soiza Reilly y Roberto Arlt. Encontramos el advenimiento de los periodistas escritores, con sus investigaciones, como las encuestas y testimonios de Jean Paul Sastre y los reportajes que dieron nacimiento a la “no ficción” en la pluma de Truman Capote.
En la confrontación entre lo académico y lo popular, Sebreli halla un punto de contacto que rompe esos compartimientos estancos. Si sobre la cultura de élite y la popular, Gorge Steiner decía que son “conversaciones académico-periodísticas, el formato en la actualidad”. A lo que el autor de este libro agrega que “Más allá de las relaciones interdisciplinarias se trata de una perspectiva transdiciplinaria”.
En la parte final de su introducción, nos dice Sebreli que “Estas notas sueltas lejos de oponerse a los grandes relatos, son trozos de aquéllos. Cada momento es una forma cerrada en sí misma, muestra una independencia anárquica frente a lo demás, pero la lectura del conjunto revela la identidad del autor y su concepción del mundo”. Que es, en suma, el hilo conductor, al que me referí antes, que une lo que podría aparecer como caótico.
LAS PARTES
Dividido en varias partes o secciones, nos encontramos con Vida Cotidiana, donde nos muestra su visión de personas con sus anécdotas, convertidas a veces en personajes. Nos habla sobre la amistad entre escritores, músicos y hasta personajes de ficción del cine como el caso del dúo Laurel y Hardy. Hace acertadas referencias a la enfermedad y a lo que muchos llamaron “el discreto encanto de la enfermedad”. Recuerda claro, a Bocaccio y El Decamerón, en época de la gran peste, a Emilio Zola en “Naná”, a Hölderling, Artaud y tantos otros. Como a la novela de Camus, “La peste”. Es atrapante cómo Sebreli logra enlazar la enfermedad con la vida real de creadores y obras de ficción y a la vez, relacionarlas con el cine. Es claro que el autor es un reconocido cinéfilo.
En Historias de Vida, rescata apuntes y recuerdos de personas, convertidas ya en personajes, de la vida real. Las duquesas rusas, devenidas espías, emuladas por las damas del Kremlin como María Rosa Oliver, Delia del Carril, la Tota Cuevas y otras. Nos deslumbra con la figura y las anécdotas de Cabito Bioy (primo de Adolfo Bioy Casares) ya que es un personaje de un Buenos Aires desaparecido, pintado con rasgos claros, que muestran la maestría de Sebreli para hacerlo. Como también el fotógrafo IAROS. Sin tapujos pueriles o pacatos, el autor nos habla del Frente de Liberación Homosexual del que él fue fundador y la incorporación al mismo de Néstor Perlongher. Nos muestra asimismo, una semblanza muy bien delineada de Blas Matamoro.
En el apartado Cine, relata vivencias de un auténtico cinéfilo cuando nos habla de la mujer fatal, de Humphrey Bogart, de Greta Garbo, de Orson Welles y del cine argentino. En Ciudades, Sebreli se detiene en Buenos Aires de la que, dice, hay dos solamente en el mundo que se le parecen: Montevideo y Rosario. En Cultura de masas reivindica la música y los artistas. Dedica una larga nota a Catita, a Charlo y recupera otros del viejo cabaret y de tiempos posteriores.
Tiene una sección de Citas, donde transcribe esencialmente párrafos de las novelas negras, especialmente de Raymond Chandler del que dice que “muestra la incidencia en sus obras de la literatura y el teatro inglés, sobre todo los diálogos ingeniosos y cínicos a lo Oscar Wilde” (p.233). También incluye diálogos de películas. En la parte denominada Libros, Sebrelli habla de los jóvenes y los libros, de los políticos y los libros, se pregunta si llegará el fin del libro. Nos habla del ya famoso y casi olvidado Diario de Bioy Casares y sus diálogos y chimentos, cáusticos, con Borges. Quiero, asimismo, destacar la parte dedicada a Roberto Arlt ya que en ella, encuentro muchos aciertos sobre la personalidad y la obra del autor de “El juguete rabioso” Dice Sebreli que en los años cincuenta del siglo pasado, encontró por casualidad “Los siete locos” de Arlt y al leerlo, él que estaba imbuído como tantos de nosotros de la filosofía existencialista, encontró que Roberto Arlt había sido un precursor del existencialismo algunos años antes del auge de esta corriente en Europa. Un artículo, éste sobre el autor de las siempre nombradas aguafuertes, donde entre otras cosas, tipifica los atributos de las ficciones arltianas. Dice asimismo que este autor “heredero de las letras europeas, las reivindicaba frente a quienes se aferraban a la tradición vernácula”. Lo sitúa en una línea media, distante de los famosos grupos de Florida y Boedo.
Sobre Políticas, desnuda lo que fue y significa el mayo francés con un análisis lúcido y esclarecedor. Cuando trata el tema de los guerrilleros y militares argentinos, hace también un buen estudio, separa las aguas y pone las cosas en su lugar. Su mirada no es sesgada sino total. Se completa la obra con otros variopintos temas, como la sexualidad, el tiempo, el riesgo de pensar donde incursiona sobre el pesimismo y el optimismo, su explicación de por qué es agnóstico para cerrar el libro sobre Los finales que es como si se pusiera punto a lo que se abrió con Los comienzos.
COLOFÓN
Un nuevo libro, diferente a los demás en su formato, pero con la coherencia del pensamiento que ha desarrollado Juan José Sebreli a lo largo de su prolífica producción ensayística. Se puede disentir, y de hecho yo disiento, de algunas afirmaciones o pensamientos del autor. Estamos ante una obra abierta, pensada, que admite disensos y, a la vez, diálogo. Que es la manera de ampliar el pensamiento propio y el ajeno. Que en estos tiempos confrontativos y de pensamiento, único es un placer leer.